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Comentari :: corrupció i poder
Re: Botín asegura a Zapatero que Solbes será un gran ministro de Economía
22 mar 2004
Juntos y revueltos, en esa mezcolanza de damnificados de la historia, se encuentran los planificadores y ejecutores de las guerras, y los agredidos; quienes continúan luchando por abrirle al pueblo un puesto en la historia, y quienes, desde los gobiernos, lo masacran económica y físicamente; partidos y personajes que hacen posición a regimenes neoliberales, hombro a hombro con otros que conspiran contra gobiernos democráticos anti neoliberales.

La Internacional Socialista es un parque zoológico no temático. Depredadores con sus víctimas, en la misma jaula; partidos leones, viejos, desdentados y artríticos, que ya ni en la mirada reflejan sus pasadas glorias. Partidos monos que sólo han servido para divertir y que pasaron su vida saltando de principio a principio. Partidos zorros, traidores a las primeras de cambio. Partidos camaleones, que, agotados los colores de tanto cambiar, ahora son de un gris fétido. Partidos felinos, sanguinarios y rencorosos, que continúan cometiendo tropelías por el mundo.

Partidos sapos, partidos babosas, partidos serpientes. En fin, la Internacional Socialista se convirtió en la sentina de la historia política del siglo XX, hedionda a traición y derrota.

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Si bien se atribuye el diseño general de la transición a Torcuato Fernández Miranda, está claro que una empresa de tal magnitud no se puede realizar en solitario. Parece muy clara la implicación norteamericana, pues el sistema político diseñado seguía fielmente el modelo establecido en Europa Occidental tras la II Guerra Mundial. No sólo estaba claro que la CIA también tenía sus agentes bien colocados en España, sino también la enorme influencia que la embajada de Estados Unidos ha tenido siempre ante cualquier gobierno español. También por aquellos años eran conocidas las actividades de la Comisión Trilateral, y la fuerte apuesta que la Internacional Socialista hizo para reinventar el PSOE, incluida una gran inyección económica, con Willy Brandt como representante de los intereses norteamericanos en esa organización (recordemos su valioso papel en la guerra fría cuando era alcalde de Berlín Occidental). Entre las premisas fundamentales que debían cumplirse estarían la neutralización de los movimientos populares.

Las elecciones celebradas en octubre de 1982 arrojaron en el Estado español un escandaloso resultado ya que los socialistas, que superaron los diez millones de votos, lograron doblar al siguiente partido en la contienda electoral que resultó ser la derecha liderada por el antiguo ministro franquista, Manuel Fraga. Sin embargo, los ciudadanos españoles pudieron comprobar enseguida que las expectativas de cambio quedarían diluidas ya en los primeros discursos retóricos de los dirigentes del PSOE. Las elecciones municipales celebradas apenas medio año más tarde de las generales mostraron cómo en el Estado el partido en el Gobierno perdía dos millones y medio de los votos que le llevaron a la Moncloa.

En los diez años siguientes, la promesa del cambio resultó una broma pesada. Felipe González, ahora presidente del Gobierno español, pasó por ser uno de los dirigentes del ala conservadora de la Internacional Socialista. Y ello tuvo un crudo reflejo en la política diaria. Los poderes tradicionales que habían conformado el Estado siguieron ejerciendo su peso fáctico, mientras que la corrupción, otro de los temas consustanciales a la historia española, salpicó con tanta intensidad a los socialistas que en 1994 perdieron por tres millones de votos con relación a la derecha una confrontación electoral.

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Eran los tiempos felices de finales de los ochenta, cuando las presidencias de Felipe González en España (1982-96), Carlos Andrés Pérez en Venezuela (1989-93) y Carlos Saúl Menem en Argentina (1989- 99) coincidían parcialmente, con otro importante amigo socialista de González en el Ministerio de Obras Públicas, en Chile, Ricardo Lagos. Eran también tiempos de crisis económica en la Madre Patria y de la decisión de González -continuada con mayor vigor después, por Aznar- de superarlas con la reconquista del El dorado americano. Las nuevas naves insignias se llamaban Iberia, Telefónica, Repsol, Endesa, etcétera, y las huellas que dejaron no fueron menos destructivas como las de la primera conquista.

Con la promoción activa de González-Aznar, Andrés Pérez y Menem, los servicios bancarios, la energía eléctrica y petrolera, las comunicaciones, los fondos de pensiones, servicios públicos de agua y luz, todo fue privatizado por "la cofradía" de esos modernizadores. Deshuesada la línea aérea venezolana VIASA por Iberia, la compañía española repitió su obra de expolio con Aerolíneas Argentinas, dejándola también en la destrucción total. Después siguió la gran estafa de la enajenación de Yacimientos Petrolíferos Argentinos (YPF) a Repsol, una empresa petrolera española sin petróleo, estafa que fue concertada directamente entre Aznar y Menem, sobre la base de una amistad personal que incluía fuertes financiamientos de Menem a la campaña electoral del Partido Popular de Aznar, canalizados, según los periodistas argentinos Daniel Cecchini y Jorge Zicolillo, a través de la Secretaria de Inteligencia del Estado (SIDE).
Cada mes de mayo una caravana de limusinas negras se dirige hasta el hotel escogido por la organización. En su interior, un centenar de banqueros, jefes de gobierno, economistas, presidentes de multinacionales, académicos y responsables de los medios de comunicación. Todos ellos se encierran durante un intenso fin de semana pocos días antes de la reunión del G8. El sistema de seguridad para proteger a este grupo es tan elitista como sus miembros. Entre ellos, varios agentes de la CIA.

La nómina de bilderbergers es sorprendente. Por ello, la revista "The Economist" escribió hace unos años que "cuando alguien hace escala en Bilderberg, ya llegó". La frase tiene sentido si se tiene en cuenta que Bill Clinton y Tony Blair asistieron a las cumbres poco antes de convertirse en los gobernantes de sus respectivos países. También son sonadas las gestiones de Kissinger y Agnelli para convencer a Berlusconi de la importancia de que el bilderberger Renato Ruggiero fuese nombrado ministro de Exteriores. El último secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, también ha asistido a las reuniones del Club.

Otras supuestas "maniobras" de los bilderbergers han sido denunciadas tanto por publicaciones de izquierdas como por otras de derechas. Los izquierdistas de "Big Issue" aseguraban que en la reunión celebrada en Sintra (Portugal) en 1999 se decidió dar carta blanca a Rusia para bombardear Chechenia. Los partidarios de Margaret Thatcher también acusan al Club de haber presionado para conseguir apartarla de la política por oponerse al euro. Curiosamente, el Club de Bilderberg es acusado tanto de nazi como de antisemita, de conservador como de "socialista".

España ha sido una vez sede de un encuentro del Club. En 1989, Felipe González dio la bienvenida al grupo en el balneario pontevedrés de La Toja. En aquella ocasión estuvieron presentes el ex secretario general de la OTAN Lord Carrington, el ministro de asuntos exteriores austriaco, Franz Vranitzky, Jesús de Polanco y Miguel Boyer.

Entre los españoles que han pasado por Bilderberg en alguna de sus ediciones se encuentran Manuel Fraga, el financiero Jaime de Carvajal y Urquijo (director de Ford España), Rodrigo Rato (vicepresidente del Gobierno y ministro de Economía), Pedro Solbes (comisario europeo para asuntos monetarios), Matías Rodríguez de Iriarte (vicepresidente del BSCH), Joaquín Almunia (ex secretario general del PSOE), Ramón de Miguel (secretario de Estado para Asuntos Exteriores) y Francisco González (presidente del BBVA).

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El emblema de la Comisión Trilateral consiste en un círculo periférico dividido en tres trazos de los que parten otras tantas flechas que convergen en un círculo interior. Se pretende con ello reflejar el clásico arcano de la Unidad que se despliega en el dos y en el tres, y a la que, a su vez, se llega por medio de éstos; simbología que, en este caso, no es más que una siniestra parodia tras la que nada se encuentra que no sea el culto al demiurgo inspirador de la religión "humanista" del poder y del dinero, que es el culto que se oficia en los aerópagos del Nuevo Orden Mundial.

Efectivamente, desde que fuera creada la Comisión Trilateral, y después de veinte años de "distribución" de los recursos mundiales, éstos son acaparados en más de un 80% por los países pertenecientes a la órbita de la Comisión, países que apenas representan en su conjunto el 10% de la población mundial.

Prescindiendo de las declamaciones altisonantes y de los efectismos hipócritas, lo cierto es que uno de los objetivos para los que fue creada la Comisión se basa justamente en lo contrario, esto es, en consolidar la hegemonía del bloque desarrollado sobre los países del Tercer Mundo y en impedir que éstos puedan obstaculizar el futuro de ese predominio. De ahí que una de las primeras propuestas del ideólogo trilateralista Z. Brzezinski, consistiese en "el establecimientos de un sistema internacional que no pueda verse afectado por los "chantajes" del Tercer Mundo". En ese mismo sentido se manifestaría durante la cumbre de Kyoto de 1975, donde señaló explícitamente que "el eje esencial de los conflictos ya no se sitúa entre el mundo occidental y el mundo comunista, sino entre los países desarrollados y los que aún no lo están", una declaración que reflejaba adicionalmente la doctrina desarrollada por la Comisión Trilateral.

Bajo el eslógan "el comercio es la paz", los diversos trusts económicos integrados en la Trilateral mantuvieron un lucrativo negocio con la extinta URSS y sus satélites, procurándoles todo tipo de equipamientos industriales, sistemas electrónicos, productos petroquímicos, cereales, etc. La magnitud de esas operaciones crediticias y comerciales implicaba, como consecuencia adicional, una dependencia casi absoluta del régimen soviético respecto del área de implantación de la Comisión Trilateral , sumamente interesada, a su vez, en no malograr con humanitarismos extemporáneos tan importante mercado. Por otro lado, la situación hacía perfectamente tolerable el enfrentamiento indirecto entre ambos bloques y sus guerras en el Tercer Mundo, siempre y cuando se mantuviesen en un nivel que no perturbara los intereses de las grandes potencias en el plano internacional. Una confrontación, por lo demás, que nunca fue más allá de las habituales pugnas limítrofes entre ambos bandos en sus respectivas zonas de influencia, y que resultaba necesaria, además, para dar salida a sus excedentes armamentísticos y para justificar su industria militar.

Pero el caballo de batalla de la Comisión Trilateral, y aquí ya entramos de lleno en sus motivaciones esenciales, es la interdependencia, un concepto que, en la práctica, no es sino el elemento básico en torno al cual se articula la tesis y el propósito fundamental de la organización, a saber, el Gobierno Mundial.

La idea según la cual los Estados nacionales deben renunciar a su soberanía en aras de un proyecto supranacional, controlado e instrumentalizado, naturalmente, por los cónclaves plutocrático-tecnocráticos, aparecía ya esbozada en un comunicado emitido por el Comité Directivo de la Trilateral a raíz de la cumbre de 1975: "La comisión Trilateral espera que, como feliz resultado de la Conferencia, todos los gobiernos participantes pondrán las necesidades de interdependencia por encima de los mezquinos intereses nacionales o regionales". Posteriormente, las manifestaciones en ese mismo sentido, pero expresadas ya de forma más explícita, se han venido sucediendo como algo habitual. A título de muestra, bastará con citar algunas de ellas.

Así, en una entrevista publicada por el New York Times (1-8-76), el inefable Brzezinski afirmaba que "en nuestros días, el Estado-Nación ha dejado de jugar su papel". En términos parecidos se expresaba el financiero Edmond de Rothschild en la revista Enterprise. "La estructura que debe desaparecer es la nación". Otro destacado trilateralista, R Gardner, significaba en el Foreign Affairs (revista del Consejo de Relaciones Exteriores) "los diversos fracasos internacionalistas acaecidos desde 1945, a pesar de los esfuerzos por evitarlos llevados a cabo por las distintas instituciones de reclutamiento mundial", proponiendo como refuerzo alternativo a esa situación "la creación de instituciones adaptadas a cada asunto y de reclutamiento muy seleccionado, al objeto de tratar caso por caso los problemas específicos y corroer así, trozo a trozo, las soberanías nacionales". Declaraciones similares a las citadas, pero más contundentes aún, ya fueron reproducidas al principio del este capítulo, por lo que bastará con remitirse a ellas.

Todos estos planteamientos, que conforman el eje de la actuación de la Trilateral, constituyeron el leiv motiv de su nacimiento, justificado en razón de la necesidad de que los problemas de Norteamérica, Europa y Japón se resolviesen en común a través de su interdependencia económica y tecnológica. Planteamientos que, como será fácil advertir, son los mismos que han inspirado el alumbramiento de otros foros de ámbito multinacional (Fondo Monetario Internacional, GATT, Maastricht, etc.) dominados por los poderes económicos y gestionados por sus peones político-burocráticos. El principio básico, que es el mismo en todos los casos, sería perfectamente enunciado por David Rockefeller con estas palabras: "De lo que se trata es de sustituir la autodeterminación nacional que se ha practicado durante siglos en el pasado por la soberanía de una élite de técnicos y de financieros mundiales".

Para conocer el exacto significado de esa interdependencia, perfectamente claro por otra parte, basta con prescindir de la retórica practicada por dichos foros supranacionales y acudir a las conclusiones que adoptan en sus cumbres periódicas. La Conferencia de Davos de 1971 ofrece una buena muestra al respecto: "En los próximos treinta años, alrededor de trescientas multinacionales geocéntricas regularán a nivel mundial el mercado de los productos de consumo, y no subsistirán más que algunas pequeñas firmas para abastecer mercados marginales. El objetivo deberá alcanzarse en dos etapas: primeramente, diversas firmas y entidades bancarias se reagruparán en el marco multinacional; después, hacia finales de la década, esas multinacionales se acoplarán al objeto de controlar, cada una en su especialidad, el mercado mundial". Si nos situamos en la más inmediata actualidad, la última reunión de Davos tenía lugar entre el 26 y el 31 de enero de 1995, con la asistencia de los dirigentes de las más poderosas Multinacionales del planeta y de un nutrido elenco de tecnócratas y líderes políticos. En el curso de dicho encuentro, uno de los principales animadores del Foro Económico Mundial, el trilateralista y ex-ministro francés Raimond Barre, se dirigió a los asistentes lamentando el hecho de que, pese al indudable avance experimentado en los últimos años por el proceso de globalización de la economía mundial, éste no progrese al ritmo adecuado, añadiendo como colofón que "tal vez sea necesaria la experiencia de un crack económico para que queden definidas las nuevas reglas de juego".

Por lo que se refiere al ámbito político, las intervenciones directas en el mismo por parte de la Comisión Trilateral comenzaron a producirse al poco de su creación, al punto que ya en 1977, con motivo de las elecciones que llevaron a Jimmy Carter a la presidencia de los Estados Unidos, salió a la luz una de sus muestras más flagrantes. En efecto, una vez constituida la Administración Carter pudo comprobarse que, además del presidente, varios de los altos cargos del nuevo gobierno estaban vinculados a la Comisión. Figuraban entre ellos Walter Mondale, vicepresidente del gabinete, Cyrus Vance, titular de la secretaría de Estado, Harold Brown, secretario de Defensa, y Zbigniew Brzezinski, en la jefatura del Consejo Nacional de Seguridad.

El rotativo francés Le Monde Diplomatique se haría eco de esa situación, describiéndola en los siguientes términos: "La candidatura del Sr.Carter ha estado preparada desde lejos y sostenida hasta la victoria por un grupo de hombres que representan el más alto nivel del poder. Figuran entre ellos los presidentes del Chase Manhattan Bank, del Bank of America, de Coca Cola, Caterpillar, Bendix, Lehman Brothers, Hewlett-Packard, CBS, etc. Estos hombres, junto con varios tecnócratas, algunos sindicalistas y unos cuantos políticos constituyen la rama americana de la Comisión Trilateral".

Simultáneamente, un destacado dirigente trilateralista, George Franklin, se pronunciaba sobre el particular con estas palabras. "En el caso Carter creo que hemos jugado un papel considerable; él, por su parte, merece la confianza de la Comisión por su educación en política extranjera".

Entre las actividades internas de la Comisión Trilateral merece citarse la elaboración de informes redactados por equipos de expertos de la organización, y a través de los cuales se analizan los asuntos más relevantes del mundo actual, siempre enfocados desde la perspectiva de los intereses trilateralistas. Dado su número (hasta el momento más de 40), sería imposible ocuparse aquí, siquiera brevemente, de todos ellos. Pero hay uno sobre el que merece la pena detenerse. Se trata del informe nº 8, de 211 páginas de extensión, que lleva por título "La Crisis de la Democracia". Este trabajo, elaborado por los trilateralistas Michel Crozier, sociólogo, Samel Huntington, profesor de Harvard e ideólogo del plan de devastación de las aldeas vietnamitas, y Joji Watanuki, profesor de sociología en la Universidad Sophia de Tokyo, contiene análisis y recomendaciones tan sugestivas como éstas:

"En el curso de los últimos años el funcionamiento de la democracia parece haber provocado un desmoronamiento de los medios clásicos de control social, una desligitimación de la autoridad política y una sobrecarga de exigencias a los gobiernos.....De igual modo que existen unos límites potencialmente deseables de crecimiento económico, también hay unos límites deseables de extensión democrática. Y una extensión indefinida de la democracia no es deseable.....Un desafío importante ha sido lanzado por ciertos intelectuales y por grupos próximos a ellos, que afirman su disgusto por la corrupción, el materialismo y la ineficacia del sistema, al mismo tiempo que ponen de manifiesto la subordinación de los gobiernos democráticos al capitalismo monopolístico. Los contestatarios que manifiestan su desagrado ante la sumisión de los gobiernos democráticos al capitalismo monopolístico constituyen hoy un serio peligro. Se hace preciso reservar al gobierno el derecho y la posibilidad de retener toda información en su fuente".
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