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Anàlisi :: educació i societat
Historia del siglo XX (Hobsbawm). 8: La guerra fría
21 nov 2003
Cuando se hizo ver que había un gran peligro de guerra para justificar una carrera de armamento
(Pasajes seleccionados)

En la práctica, la situación mundial se hizo razonablemente estable poco después de la guerra, y siguió siéndolo hasta mediados de los 70, cuando el sistema internacional y sus componentes entraron en otro prolongado período de crisis política y económica. Hasta entonces ambas superpotencias habían aceptado el reparto desigual del mundo, habían hecho los máximos esfuerzos por resolver las disputas sobre sus zonas de influencia sin llegar a un choque abierto (...) De hecho, a la hora de la verdad, la una confiaba en la moderación de la otra (...) (p 232)



¿Cómo podemos, pues, explicar los 40 años de enfrentamiento armado y de movilización permanente, basados en la premisa siempre inverosímil, y en este caso totalmente infundada, de que el planeta era tan inestable que podía estallar ua guerra mundial en cualquier momento, y que eso sólo lo impedía una disuasión mutua sin tregua? En primer lugar, la guerra fría se basaba en la creencia occidental, absurda vista desde el presente pero muy lógica tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, de que la era de las catástrofes no se había acabado en modo alguno; que el futuro del capitalismo mundial y de la sociedad liberal distaba mucho de estar garantizado. (p 234)



¿Por qué se puede tachar de «apocalíptica» (Hughes) la visión de los «profesionales del Departamento de Estado» tras el fin de la guerra? (...) Y es que ahora resulta evidente, y era tal vez razonable en 1945-1947, que la URSS ni era expansionista —menos aún agresiva— ni contaba con extender el avance del comunismo más allá de lo que se supone se había acordado en las cumbres de 1943-1945. (p 235-236)



En resumen, mientras que a los EEUU los preocupaba el peligro de una hipotética supremacía mundial de la URSS en el futuro, a Moscú le preocupaba la hegemonía real de los EEUU en el presente sobre todas las partes del mundo no ocupadas por el Ejército rojo. (...)

Y es que el Gobierno soviético, aunque también satanizara a su antagonista global, no tenía que preocuparse por ganarse los votos de los congresistas o por las elecciones presidenciales y legislativas, al contrario que el Gobierno de los EEUU. Para conseguir ambos objetivos, el anticomunismo apocalíptico resultaba útil y, por consiguiente, tentador, incluso para políticos que no estaban sinceramente convencidos de su propia retótica (...) Más concretamente, la histeria pública facilitaba a los presidentes la obtención de las enormes sumas necesarias para financiar la política norteamericana de una ciudadanía notoria por su escasa predisposición a pagar impuestos. (p 238)



Así, ambos bandos se vieron envueltos en una loca carrera de armamentos que llevaba a la destrucción mutua, en manos de una clase de generales atómicos y de intelectuales atómicos cuya profesión les exigía que no se dieran cuenta de esa locura. Ambos grupos se vieron también implicados en lo que el presidente Eisenhower (...) calificó, al retirarse, de «complejo militar-industrial» (...) Los intereses creados de estos grupos eran los mayores que jamás hubiesen existido en tiempos de paz entre las potencias. (p 239)



Aunque el aspecto más visible de la guerra fría fuera el enfrentamiento militar y la carrera de armamento atómico cada vez más frenética en Occidente, ése no fue su impacto principal. (...)

Mucho más evidentes resultan las consecuencias políticas de la guerra fría, que, casi de inmediato, polarizó el mundo dominado por las superpotencias en dos «bandos» claramente divididos. Los gobiernos de unidad nacional antifascista que habían dirigido Europa hasta el final de la guerra (con la significativa excepción de los tres principales contendientes, la URSS, los EEUU y Gran Bretaña) se escindieron en regímenes pro y anticomunistas homogéneos en 1947-1948. En Occidente, los comunistas desaparecieron de los gobiernos para convertirse en parias políticos permanentes. Los EEUU tenían prevista una intervención militar en caso de victoria comunista en las elecciones italianas de 1948. La URSS siguió el mismo camino, eliminando a los no comunistas de las «democracias populares» pluripartidistas, que fueron clasificadas desde entonces como «dictaduras del proletariado» (...) (p 241)



Y sin embargo, a medida que se fue prolongando la guerra fría, fue creciendo la distancia entre el avasallador dominio militar, y por lo tanto político, de la alianza por parte de Washington y los resultados cada vez peores de la economía norteamericana. El peso económico del mundo se estaba desplazando de los EEUU a las economías europea y japonesa, que aquéllos tenían la convicción de haber rescatado y reconstruido. Los dólares, tan escasos en 1947, habían ido saliendo de EEUU como un torrente cada vez mayor, acelerado —sobre todo en los años 60— por la afición norteamericana a financiar el déficit provocado por los enormes costes de sus actividades militares planetarias, especialmente la guerra de Vietnam (...) (p 245)



Los historiadores del siglo XXI, lejos del recuerdo vivo de los años 70 y 80, se devanarán los sesos ante la aparente insensatez de este brote de fiebre militar [a partir de mediados de los años 70], la retórica apocalíptica y la conducta internacional a menudo extravagante de los gobiernos estadounidenses, sobre todo en los primeros años del presidente Reagan (1980-1988). Tendrán que valorar la hondura de los traumas subjetivos de derrota, impotencia y pública ignominia que afligieron a la clase política de los EEUU en los años 70, doblemente penosos por el desprestigio en que cayó la presidencia de los EEUU en los años en que Richard Nixon tuvo que dimitir por un sórdido escándalo (...)

La cruzada contra «el imperio del mal», a la que el Gobierno del presidente Reagan —por lo menos en público— consagró sus energías, estaba, pues, concebida como una terapia para los EEUU más que como un intento práctico de restablecer el equilibrio mundial (...) (p 251-252)



En realidad, el mismo presidente Reagan, a pesar de la retórica que le pusieran por delante quienes le escribían los discursos, y a pesar de lo que pudiera pasar por su mente no siempre lúcida, creía realmente en la coexistencia enre los EEUU y la URSS, pero una coexistencia que no estuviese basada en un repugnante equilibrio de terror mutuo: lo que Reagan soñaba era un mundo totalmente libre de armas nucleares, al igual que el nuevo secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov (...)

A efectos prácticos, la guerra fría acabó en las dos cumbres de Reykjavik (1986) y Washington (1987). (p 253)



Ambas superpotencias abusaron de sus economías y las distorsionaron mediante la competencia en una carrera de armamentos colosal y enormemente cara, pero el sistema capitalista mundial podía absorber la deuda de tres billones de dólares —básicamente en gastos militares— en que los años 80 hundieron a los EEUU, hasta entonces el mayor acreedor mundial. Nadie, ni dentro ni fuera, estaba dispuesto a hacerse cargo de una deuda equivalente en el caso soviético, que, de todos modos, representaba una proporción de la producción soviética (posiblemente la cuarta parte) mucho mayor que el 7 por 100 del gigantesco PIB de los EEUU que se destinó a partidas de defensa a mediados de los años 80. (...) En resumen, la guerra fría fue, desde el principio, una lucha desigual. (p 253-254)



Fue la interacción de la economía de modelo soviético con la economía del mundo capitalista a partir de los años 60 lo que hizo vulnerable al socialismo. Cuando en los años 70 los dirigentes socialistas decidieron explotar los nuevos recursos del mercado mundial a su alcance (precios más altos del petróleo, créditos blandos, etc) en lugar de enfrentarse a la árdua tarea de reformar su sistema económico, cavaron sus propias tumbas. La paradoja de la guerra fría fue que lo que derrotó y al final arruinó a la URSS no fue la confrontación, sino la distensión. (p 254-255)



La guerra fría había transformado la escena internacional en tres sentidos. En primer lugar, había eliminado o eclipsado totalmente las rivalidades y conflictos, salvo uno, que configuraron la política mundial antes de la Segunda Guerra Mundial. (...)
En segundo lugar, la guerra fría había congelado la situación internacional y, al hacerlo, había estabilizado lo que era un estado de las cosas provisional y por fijar. Alemania era el caso más visible (...)
En tercer lugar, la guerra fría había llenado el mundo de armas hasta un punto que cuesta creer. (p 255-257)
Sindicat Terrassa