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500. Qué ha pasado
16 des 2019
articulo de la publicación anárquica sobre los hechos de octubre, 500
¿Qué ha pasado?

"El ser humano esta más dispuesto a sufrir, mientras que los males
sean tolerables, que a enmendarse a sí mismo mediante la abolición
de las formas a las que está acostumbrado"
Thomas Jefferson

Por todo el mundo (y casi literalmente) es sabido que desde el 14
de octubre de 2019 y hasta el 19 de octubre, con algunos otros repuntes
esporádicos días después (27 de octubre,…), ha habido algo de jaleillo
en toda Catalunya; principalmente en Barcelona y Girona pero también
en Lleida, Tarragona, Sabadell, etc. Especialmente bullicioso ha sido ese
jaleillo en la ciudad condal, hasta tal punto que los mossos d’esquadra
lo han calificado como el mayor altercado al que han tenido que enfrentarse en toda su historia (y eso que se fundaron en 1721). Pero ¿todo el
mundo sabe qué es lo que ha pasado realmente? Más allá de un recuento
o descripción de sucesos, lo que aquí pretendemos es explicar claramente (siempre bajo nuestro criterio, obviamente) qué es lo que ha sucedido
para que se haya desatado una ola de violencia por todo el principat (o
la autonomía catalana, según quién te lo cuente) de una magnitud tal,
que no se conocía desde por lo menos los años setenta.
Lo que ha ocurrido en Catalunya, y en especial en Barcelona, ha
sido básicamente una revuelta anti-estatal y anti-policial. No una revuelta anti-estatal en genérico (aunque algo de eso también ha habido)
sino más bien una revuelta contra el estado español y sobretodo contra
los aspectos más opresivos y represivos de éste, y una revuelta anti-policial, en el sentido de que es contra quien más se ha focalizado este descontento al ser la policía (mossos y nacional) los guardaespaldas de los
gobernantes, tanto españoles como catalanes, auténticos responsables,
aunque no solo, de los motivos que han llevado al levantamiento. Pero lo
sucedido, al mismo tiempo, tampoco ha sido tan simple como eso. Bajo
el hastío del autoritarismo, la represión (un aspecto inherente a toda
autoridad) ha sido el detonante de la situación, llevando a su climax un
conflicto que viene de largo. No se puede, no obstante, explicar todo en
términos exclusivamente de “estado español reprime las libertades del
pueblo catalán” porque hay muchas más cosas en ciernes. Mucha gente
era independentista y el factor clave que desata toda la revuelta es la
sentencia a los presos y presas del procés, pero mucha otra gente no lo
era y salía a la calle para ser escuchada o para que no se pisotearan sus
derechos o porque consideraban esa situación intolerable. Había mucha
gente joven y mucha gente que hablaba castellano y cuando empezaban
los disturbios había menos esteladas. Es muy complejo lo que ha sucedido estos días. Ni ha sido una “insurrección” indepe ni una revuelta
anarquista, ni una pataleta juvenil, ni un episodio de delincuencia organizada… lo ha sido todo a la vez, y al mismo tiempo nada de esto.
Hablamos de unos sentimientos culturales y nacionales (al margen de que estos sean una soberana chorrada o no) de una parte importante de la población que se vieron pisoteados tras la revocación del
prometido (por el gobierno) estatut de autonomía en 2010 por el tribunal
constitucional, episodio estatutario que siguió coleando en 2012, y luego
con la ilegalización y represión del referendum del 1-0 de 2017; hablamos de un aumento de la represión con el endurecimiento del código
penal en 2011 y 2015 (en este último caso de las llamadas leyes mordaza), hablamos de un aumento de la precariedad y la miseria con los
recortes presupuestarios en materia de las llamadas políticas sociales de
2011 y 2012 (hechas por la generalitat y luego aumentadas por el gobierno central) y de ahí en adelante; hablamos de un aumento de la penuria cotidiana con las últimas reformas laborales, como mínimo desde el
2010 en adelante (sin olvidar las de 2002, 1995, 1992, 1988, 1985, 1982,…);
hablamos del autoritarismo endémico, en especial hacia los/as jóvenes,
de una sociedad en la que desde el presidente hasta tu padre, pasando
por la médico, el policía, la juez, el jefe, la profesora, el revisor,… hacen
recaer sobre cualquiera (en particular si es joven, si es de clase baja, en
muchos casos si es mujer, la mayoría de las veces si es de fuera, etc) el
peso de la norma. Todos estos factores, es decir, el hecho de que la sociedad es una mierda y de que cualquier estado la rige siempre y encima
con poca liviandad, se conjugan para que muchísima gente esté harta
(harta de corrupción, de penurias, de arrogancia, de impuestos, en definitiva de humillaciones) y parte de esa gente salga a quemar cosas y a
enfrentarse con los sicarios de cualquier sociedad: la policía. Pero no nos
equivoquemos, ese hartazgo no lo produce un mal gobierno, una nacionalidad opresora, una mala política económica,… o al menos no solo,
ese hartazgo lo produce todo un sistema y se ha manifestado de forma
violenta pero, en el fondo con una cierta perspectiva democrática.
El 14 de octubre de 2019 sale la “sentencia del procés” con penas de cárcel elevadas (de 9 a 13 años) para los/as políticos/as presos/as políticos/
as. En ese momento, a imitación de las protestas de Hong Kong, la entidad tsunami democrátic (la parte moderada y reformista de la ola de
protestas) hace un llamamiento a bloquear el aeropuerto que es respondido por los mossos y la policía nacional repartiendo democracia a partes iguales. Como parece que a estos cuerpos les patrocina una óptica,
empiezan las primeras pérdidas de ojos por parte de los manifestantes.
El independentismo oficial llama a la gente a movilizarse para luego
reprimirla. Recordemos que el jefe de los mosos, en última instancia, es
el president de la generalitat, el mismo de “apreteu, apreteu” (lo que no
dijo es que los que iban a apretar iban a ser los mossos). Hubo andanadas de hostias en el aeropuerto y ahí se vio bien clara la diferencia entre
la policía del estado fascista español y la de la democrática república
catalana: una usa pelotas de goma, la otras balas de foam.
Ante tal episodio represivo, el 15 de octubre la protesta se traslada a la delegación del gobierno (y en las otras capitales catalanas a las
subdelegaciones), en esos momentos la protesta pacífica se les va de las
manos, tanto al reformismo independentista, democrático y pro sistema
(Omnium cultural, ANC, Tsunami democrátic, partidos políticos) y los
mossos restauran el orden a balazo (de caucho) limpio, auxiliandoles la
policía nacional, que permanece en la segunda linea, resguardando los
edificios de la institucionalidad española. Si el día anterior la protesta
fue pacífica pero disruptiva y eso fue respondido con violencia policial,
a la que muchos manifestantes resisitieron y respondieron legítimamente, este día, todo empezó de manera cívica pero acabó con barricadas ardiendo y enfrentamiento con nuestros oftalmólogos favoritos: la policía.
Una minoría muy mayoritaria de encapuchados/as desbordó el civismo
y el seny de la gent de pau para decir que están ya hasta los cojones/
ovarios.
Como los mossos llevaban el peso de los aporreamientos (a casa
mana qui mana i no un estranger), el 16 de octubre la protesta se traslada a la consellería de interior, convocada por los desconcertantes y semi-reformistas CDR (porque en ellos hay de todo y te puedes encontrar
desde pujolistas hasta planteamientos ácratas incluso, si bien eso no es
su seña de identidad ni lo que los caracteriza). Esto fue el primer gesto masivo de que la historia no era independentismo oficialista versus
estado español, porque esto suponía pasarse por el forro las directrices
de la generalitat y de sus entidades afines, y porque en los CDR no solo
hay independentistas. Aquí se notó aun más que en días anteriores que
en la protesta estaban muy presentes individuos que no eran indepes, ni
siquiera estaban politizados pero estaban hartos de injusticias. Quizas
identificaran la solución con la totalmente difusa, no concretada (ideológicamente hablando) e idealizada república catalana, como si la asociasen a la libertad o a la mejora de las condiciones de vida (una gran
ingenuidad, por cierto, pero el imaginario colectivo es como es, en otras
épocas sucedió lo mismo con la república española, la primera y sobre
todo la segunda, con el anarquismo, con el comunismo o con la democracia española), pero el hecho es que estaban ahí, hartos y carentes, por
fortuna, de mando. Más barricadas ardiendo y más hostias nos dejó ese
día.
El 17 de octubre continúan los cortes de vías de comunicación,
que habían empezado el 14. Se cortan carreteras y autopistas y vías de
tren, sobre todo el ave. Este día se producen las marchas por la libertad,
que confluyen en Barcelona el día 18, día de aturada de país. Hay más
altercados por el centro, sobre todo al caer la noche. El centro vuelve a
ser el escenario de enfrentamientos y sigue notándose la presencia de
jóvenes que, independentistas o no, protestan y generan caos por algo
más que el independentismo o que una sentencia a todas luces ejemplarizante y represora (como casi todas las sentencias). El asunto del procés
empieza a evidenciarse cada vez más como la gota que colma el vaso,
al igual que en Hong Kong esa gota es la ley de extradición, en Chile la
subida del billete de metro (no es por 30 pesos, es por 30 años, rezaban
las pancartas), en el Líbano la corrupcion de un ministro, en Irak el aumento del desempleo, en Ecuador la subida del precio del combustible,
igual que en Francia con sus chalecos amarillos, en Bolivia un fraude
electoral, etc, etc.
El 18 de octubre es el día fuerte de la semana grande de Barcelona. Se desborda todo, todo es un gran pifostio y se desata el hartazgo en
el mayor disturbio ocurrido en la ciudad desde la II República (guerra
civil a parte, claro, porque eso a lo mejor fue algo más que un disturbio)
según los mossos (aunque igual exageran un pelín) y la mayor batalla
campal a la que este cuerpo se ha enfrentado en su historia, dicho tam-
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3
bién por ellos mismos. Aquí ya se va al traste la estrategia demócrata del
independentismo oficialista, porque ésta no incluye ni la violencia ni la
ruptura de la paz social, sino solo una moderada desobediencia civil e
institucional que les permita sentarse con alguna fuerza en una mesa
de negociaciones. Al fin y al cabo todo se reduce a eso, movilizar a la
masa y usarla como peones de ajedrez para ganar una partida en la que
quizás, ni siquiera sea la independencia lo que está en juego. La cuestión
es que ese día todo se va al carajo con unos disturbios de la leche y la
policía y la prensa (que vienen a ser más o menos lo mismo), además de
toda la clase política, ya empiezan a difundir y cacarear que tras los disturbios está una especie de alianza de independentistas revolucionarios
y un sector de anarquistas comandando a miles de jóvenes estudiantes
(o ninis) descontentos. Qué cosa más curiosa que ahora los enemigo irreconciliables cooperan para acabar con los disturbios, condenan todos la
violencia (aunque el independentismo oficialista cuando puede trata de
aprovecharlos políticamente a su favor de manera tímida) e incluso el
ministro del interior de españa se reúne con el conseller de interior de
cataluña cuando el gobierno central no quiere saber nada del catalán
para solventar la denominada “crisis territorial”. Ahora los malos son
los antisistema (anarquistas e independentistas radicales) y los manifestantes pacíficos son buenos porque son cívicos aunque estén equivocados según el gobierno y los medios españoles. Este día nos demostró
que el imbécil de Albert Rivera tenía razón, no fue una huelga general
(el seguimiento fue del 50%, algo bastante flojito para una huelga) sino
un “sabotaje general”.
Reuniones y más reuniones, condenas y más condenas. Todo
con tal de acabar con la violencia, la violencia subversiva, claro está y
que no se desborde un conflicto que parece estar muy encauzado y por
momentos ser más una farsa que una auténtica realidad. Esa violencia
“antisistema” tan perseguida a través de la ley antiterrorista por todos
los estados (y recordemos cómo generalitat y gobierno central han colaborado para deshacerse de la “amenaza anarquista” en las operaciones
anti-terroristas de 2013 a 2016 contra el anarquismo) es lo que desestabiliza y molesta a una autoridad, autonómica o central, que no quiere
que nada se le escape de las manos, continuó el sábado 19 de octubre, si
bien más reducida, y tras una semana de calma (que no de ausencia de
protestas) volvió a repuntar en otros momentos posteriores, como el 27
de octubre.
Pero esta misma violencia subversiva no ha dejado de tener cierto
aire demócrata y se ha diferenciado mucho de la de anteriores ocasiones,
como por ejemplo la de los días de la huelga general de 2010, la de 2011
(esta última sólo en Catalunya, Galiza y Euskadi), las dos huelgas generales de 2012, las protestas estudiantiles de 2012, las protestas okupas y
anarquistas de 2013 y 2014 (con el intento de desalojo de can víes como
momento más destacado) o 2016. Ha tenido ese aire porque al haber sido
esencialmente anti-policial no se han atacado, al menos sistemáticamente, símbolos del capitalismo como bancos, inmobiliarias, sedes de partidos y sindicatos, periodistas, etc, como sí ha ocurrido en otras ocasiones
similares. De hecho ha habido episodios en los que algunos/as manifestantes saqueaban alguna tienda (sólo dos saqueos de importancia se han
contabilizado frente a las decenas de otras ocasiones) y otros manifestantes que también estaban tras las barricadas les
han recriminado, incluso
forcejeando, dicha actitud. Esto viene marcado
por la mentalidad democrática de muchos/as de
esas/os manifestantes y
muchas de sus declaraciones: el famosos “prendemos fuego para que
nos escuchen”. Claro, de
ahí a saquear o romper
cosas va un trecho porque quemar es protesta y
lucha legítima (al obstaculizar el avance policial,
la máquina represora)
pero robar y romper da
mala imagen, imagen de
delincuente. En el fondo
hay un civismo, y hasta
un clasismo, larvado ahí
porque quizás si nos escucharan no habría pasado esto. Pero pedir que te escuchen o que algo cambie no es lo mismo
que querer destruir el sistema; eso se hace, aunque no exclusivamente,
con destrucción material. Las revoluciones que respetan la propiedad,
no son revoluciones. Pero es que lo que ha ocurrido, lo que está ocurriendo estos días, no es una revolución, es una muestra de hartazgo
contra el autoritarismo pero no es una protesta antisistema en sí misma,
aunque en cierto sentido y en una parte si tiene algo de antisistema dado
que ha desbordado y roto una protesta cívica y plenamente democrática
como es la oficial. Es evidente que ha habido independentistas radicales
y anarquistas, junto con mucha gente también harta, que han conseguido llevar la protesta más allá, desobedeciendo a toda autoridad (govern,
gobierno, tsunami, omnium, anc, partidos, sindicatos) pero esa revuelta,
justa, ha tenido unas limitaciones que son las que estamos señalando.
Como punto fuerte, y antes de pasar a analizar un poco más en
profundidad lo ocurrido (del qué ha pasado al por qué ha pasado), señalar la intensidad y duración de la protesta. Lo más parecido en duración que había sucedido en Barcelona en lo que va de siglo había sido
las semana de revuelta por el intento de desalojo de can víes, el centro
social okupado de Sants. Esta revuelta ante la sentencia, ha superado
cuantitativamente (aunque quizás no cualitativamente) la revuelta anterior, ya no solo porque también se ha extendido la violencia durante
una semana y las protestas durante medio mes (y lo que pueda quedar)
sino porque se ha extendido por todo el territorio. Si hubiera un podio
de altercados, tras Barcelona, y premiada con la medalla de plata vendría Girona y después quizás Tarragona. En ellas, en especial en Girona,
hay muchas similitudes con la revuelta barcelonesa pero también grandes diferencias, pero eso, como decían en Conan, es otra historia.
¿Porqué ha pasado?
Desde el referendum ilegalizado del 1-O por la independencia
de Catalunya, su repercusión mediática y la consiguiente represión por
parte del gobierno central, ha ido creciendo la sensación de malestar e
indignación por parte de grandes sectores de la población de Catalunya.
Este descontento, como ya hemos apuntado, es una mezcla de distintos
aspectos que nos perturban día a día, como la desigualdad social, situación laboral, económica...etc.
En 2007 (un año después se empezaría a notar en Europa) tuvo
lugar una “crisis” económica de la que gran parte de la población nunca
ha llegado realmente a salir. Casi diez años de crisis, si sumamos la caída económica y sus repercusiones, empobrecieron a miles de familias.
Catalunya fue uno de los lugares donde más se notaron los efectos puesto que la clase política, para salvaguardar sus privilegios y los de sus
amigos/as los/as patrones, redujeron enormemente las ayudas sociales
(pequeño caramelo envenenado que no sirve tanto para paliar la desigualdad del sistema como para tener controlada a la población pobre
mediante el chantaje), y la financiación de lo que se denomina estado del
bienestar (es decir, que el Estado, vía impuestos, nos robe para sufragar
una serie de servicios adoctrinadores, envenenadores y deficientes para
tener tranquilito al personal bajo la ilusión de la atención). Ahora hay
toda una generación de jóvenes que se criaron entre la precariedad, muchos de los cuales han vivido en la esquizofrenia
de ser clase media y no
poder llegar para mantener un status (carrera universitaria, ropa, imagen,
vivienda o segunda vivienda, coche, electrodomésticos, tecnologías,...).
Inmersos y perfectamente incluidos en un mundo
que les decía que podían
ser lo que quisieran y
unas cuentas domésticas
que les obligaban a aceptar cualquier trabajo de
mierda, la clase media se
depauperaba y mientras
tanto, los pobres, los eternamente jodidos, seguían
luchando por llegar a fin
de mes (ahora con más
competencia que nunca
en un mercado laboral
4
mucho más cruel y pequeño) sufriendo la dura realidad de que para el
sistema no eran más que un cero a la izquierda y jamás llegarían a nada
dentro de él, salvo algunas honrosas excepciones. Delincuencia y marginalidad era lo que esperaba a este otro sector juvenil. A los mayores no
les iba mucho mejor.
Por otro lado, esa supuesta crisis (los pobres siempre estamos en
crisis y los más ricos siempre ganan cada vez más) hizo que aumentara
la protesta social, lo que sirvió a los gobernantes para justificar la represión y aprobar leyes más duras.
Qué poco recuerdan ahora los desmemoriados que varios de los
encarcelados y exiliados por el procés son los mismos que aplicaron el
garrote y los recortes presupuestarios, desinflando el supuesto estado
de bienestar (bienestar para los ricos y migajas más grandes para la clase
media y los trabajadores cualificados, mierda para el resto). Qué poco
recuerdan que los mismos partidos que gobiernan Catalunya hoy son
los que más palos daban entonces a la gente (el infame conseller de interior Felip Puig y su famoso “iremos hasta donde nos permita la legalidad y un paso más” para combatir la protesta social iniciada al calor
del aumento de la precarización de la vida auspiciada por su amo Artur
Mas, el mismo que eligió a Puigdemont presionado por los socialdemócratas disfrazados de radicales de la CUP).
Para tapar toda esta mierda, además del 3%, hubo que desviar la
atención, coincidiendo con que otros en Madrid también tenían mucha
mierda que tapar, y así se llegó, en 2010, al conflicto estatutario, que
ya estaba latente desde que en 2006 el entonces presidente Zapatero lo
usara con fines electoralistas (“Catalunya tendrá el estatut que vote su
parlament”). Sólo que a veces las promesas salen caras, sobre todo si
no están en tu mano. En 2010 el Tribunal Constitucional anuló ese estatut, España una y no cincuenta y una debieron pensar los patrióticos
jueces y sumados a otros factores geoestratégicos que a la mayoría se
nos escapan (como que China y Rusia quieran joder a la UE y a EEUU y
para ello desestabilicen países financiando ciertas facciones y alentando
disputas entre bandos del capitalismo), al tradicional agravio comparativo Castilla – Catalunya que ya lleva coleando desde 1412, etc, hizo que
toda una serie de tensiones políticas, sociales y culturales que se vienen arrastrando, hayan desembocado en un espasmo violento de rabia
contenida contra todo y contra todos, que ha tenido su eclosión con el
referendum famoso y sus ochocientos heridos a manos de los psicópatas
uniformados de siempre que, esta vez, vinieron voluntarios desde todos
los rincones de españa para poner en su sitio a esos díscolos “catalufos
separatistas”.
Por otro lado, también se une el desprecio de la casposa y tardo-franquista clase política española a ciertos valores democráticos (de
los que se llena la boca cuando le conviene pero que rechaza incongruentemente cuando se le complica la cosa) en base a los cuáles se cree
y se defiende la patraña del “derecho a elegir o a decidir”. Todo esto,
sumergido en un marco en el que la mala gestión del gobierno de españa
(primero amenazo y pego y luego ya si eso vemos), más el bombardeo
mediático, repleto de manipulaciones y constantes demagogias, ha ido
fomentando o incrementando no sólo el heterogéneo movimiento independentista, sino todo el descontento citado anteriormente. Así a la
precariedad material de la vida y a la miseria moral a la que nos somete
la política de cualquier signo y su aliado el capitalismo, hay que añadir
la humillación cultural y territorial. No hay nada mejor que una mala
oposición para acrecentar aquello a lo que supuestamente confrontas.
Aunque quizás una buena oposición tampoco hubiera evitado lo que ha
sucedido.
Gracias a esta oposición estratégicamente desastrosa (o quizás
no, quién sabe) se genera la eterna dinámica basada en el maniqueísmo
(dos bandos enfrentados, en el que o estás conmigo o contra mí). Este
tipo de dinámicas fácilmente manipulables, aunque en ocasiones a los
estados se les vaya de las manos, no dejan de ser interesantes para el
poder para controlar a sus subditos y aplacar otras tensiones, o reconducirlas hacia lugares menos dañinos. Tener a la población dividida en
bandos y más si estos bandos no tienen el foco en los asuntos más vitales
o más peligrosos para el status quo, siempre viene bien al poder. Lo que
se pretende decir con esto, es que a parte de los nacionalismos e intereses de la población, a veces se escapan a nuestro entender otros factores
en los que, quizás sin pretenderlo, se haga el juego a planes formulados
desde altas esferas. Como hemos apuntado más arriba, no sería ni la
primera ni la última vez que se potencian conflictos sociales para desestabilizar un país en pos de un plan económico internacional o incluso
para aumentar el control social o hasta la pacificación (tras el climax de
tensión viene la calma y ciertos episodios pueden ser reconducidos para
justificar determinadas medidas). Sin pretender entrar más en ello, ya
que se escapa de las manos y de los conocimientos, por lo menos, hemos
de tenerlo en cuenta. Se debe ser consciente , como hemos dicho antes,
de qué hay detrás de la independencia de Cataluña (pacificación social,
conflictos de intereses, planes empresariales,...)
Inmersos en esta espiral de descontentos varios, vemos que detrás de la idea de independencia de Catalunya, se puede observar la
concepción de ésta como una salida, como una ilusión, una alternativa
a las situaciones de desigualdad social y sometimiento en las que vivimos. En conclusión, una panacea. Pensar que la creación de un nuevo
Estado (y más aun uno sin definir ni concretar como es la República
catalana, entendida por cada cual según dios o satanás le inspire) va a
acabar con la desigualdad es completamente ingenuo además de irreal;
seguirás levantándote para ir a trabajar cada mañana, pagando facturas,
viviendo para servir (a Catalunya, al liberalismo o puede que incluso
al comunismo) y consumir, dejándote la vida para pagar un techo a los
propietarios de la vivienda (especulen con ella o no), enfermando por
el aire, la comida y los deshechos de la industria, algo incuestionable y
que ni los CDR se atreven a tocar, viendo como avanza la devastación
del planeta por sucio dinero o por productividad... y un largo etcétera.
La creación de un nuevo Estado dentro del sistema capitalista (y posiblemente fuera de él tampoco) y dentro de los márgenes democráticos
en los cuáles se goza de libertad a condición de no usarla, no va a acabar
con nuestro malestar, sino todo lo contrario, lo va a perpetuar, dándonos un calmante para los latigazos y así mantener las cosas como están
o incluso apretarnos más. Y en gran medida las cosas están como están
por aceptar lo inaceptable y tolerar lo intolerable, gracias a la construcción de un sistema de valores democráticos basados en la tolerancia, el
civismo y en delegar en vez de actuar (entre otros muchos).
Las detenciones de los CDR y la sentencia del procés, ha sido el
detonante de toda la situación de malestar que se ha comentado anteriormente, generando así, una semana de rebelión y enfrentamiento, en
los que como se ha explicado anteriormente, se ha dirigido en gran parte
contra los cuerpos de seguridad del Estado. De un buen análisis y de
una mente clara, dado que no falta la fuerza del corazón en estos días,
dependerá en buena medida lo que nos deparé el porvenir.
¿Y ahora qué?
Ante estos acontecimientos, no podemos caer en el error de seguir asumiendo ese cuadro de valores democráticos que ensalzan el civismo y la tolerancia, o del respeto a la propiedad, o del grito solo para
que me escuchen, o en el que se diferencian los “manifestantes buenos
de los malos”. En el que si te sales del redil y decides responder en vez
de poner la otra mejilla eres recriminado y señalado por todos lados.
Tampoco podemos caer en el error de que “ha de haber fuego para que
nos escuchen” porque sigue siendo un acto de delegación, de que otro
me haga caso y haga lo que tiene que hacer, mientras yo miro pasivamente y cuando no me tienen en cuenta, no respiro y pataleo, porque el
estado nunca tiene en cuenta a sus gobernados. De la opresión sólo se
sale tomando en tus manos tu propia vida y cortándoselas a quien quiere poner sus sucias zarpas sobre ella para someterte, para decirte lo que
has de hacer.
En cuanto a la violencia acontecida estos días, es curiosa la vara
de medir del sistema, según la cuál si tú respondes con violencia eres
reducido a un terrorista, y sin embargo, se obvia la violencia a la que estamos sometidxs día a día, porque estar sometido, controlado, vigilado,
agobiado y estresado e incluso manipulado es violencia. Porque vivir
de una manera injusta, y ver cómo se cometen las mayores atrocidades
de la humanidad y cómo se defienden y se legitiman por los estados (la
masacre de indígenas en ecuador, las torturas y desapariciones en chile,
la compra – venta de esclavos tras la guerra de Siria y de Libia...) es violencia.. Y es violencia de estado, bajo los mandatos y requerimientos del
sistema capitalista. Y estos días, casi a nivel global se está viviendo un
colapso, un hartazgo del populacho, aquí o allá, más o menos manipulado, pero que a la causa se suma por ese sentir compartido, el estar hasta
los ovarios/cojones. Y la violencia estructural no es solo cosa de dictaduras, como en China/Hong Kong o en Siria, sino también de las democracias, como en España o Chile, donde se impuso el toque de queda y
los militares han disparado y asesinado gente (lo que no ocurría desde
tiempos del dictador Pinochet), y en todos los regímenes, sus opositores,
si emplean la violencia y la subversión, son calificados de terroristas. Y
a la violencia estructural no se la responde poniendo la otra mejilla, por-
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5
que si te dan una bofetada y pones la otra mejilla, te darán otra bofetada,
y por supuesto siempre tendrá una justificación (“es por tu bien”, “me
ha dolido más a tí que a mí”,...) pero esto es una lucha, una pelea, y las
peleas no se ganan recibiendo. En estos días había miles de manifestantes con el puño en alto, muy bien pero y qué, ¿para qué sirven los puños?
Los puños sirven para golpear.
Volviendo a lo que acontece en Cataluña, la cuestión ya no es
apoyar o desear un estado catalán o un estado español, una pseudodemocracia representativa chustera o una democracia real catalana
cupaire, la cuestión es poner en jaque al estado. Tomar conciencia que
cualquier estado reprime por igual sea dictatorial o democrático, capitalista o socialista, liberal o comunista, fascista o jacobino, monárquico
o republicano... te controla por igual y va a implantar las medidas que
sean necesarias si así lo consideran. Y hay que prestar atención a qué se
esconde debajo de las demandas a las que nos sumamos, porque aunque
una minoría o mayoría sea reprimida, porque pida otra cosa, aunque se
enfrente a algo establecido, no tiene por qué ser lo justo o ir en contra del
sistema, si no, en dirección del mismo con otra apariencia.
Ahora más que nunca no podemos correr el riesgo de que ensalcen por un lado los valores democráticos de tolerancia y civismo, de
ley de mayorías (todos apelan a dicha ley por la cual algo es bueno si
lo quieren más personas) en los que bajo su prisma hay “manifestantes
buenos y manifestantes malos” , que si te sales del redil y decides responder en vez de poner la otra mejilla, eres un terrorista. Curiosa cuanto
menos, la vara de medir del sistema en cuanto a la violencia, obviando
la violencia que sufrimos día a día, redadas, multas, obligándonos a vivir de una manera que no queremos, ahogados continuamente por el
dinero, estresados por las facturas y por el trabajo, que la vida sea tan
cara que parezca que no es para ti, y vivir en un mundo que va directo al
precipicio por la codicia de unos pocos y la aceptación o acatamiento de
muchos. Violencia también es el sistema pero de eso nadie quiere hablar.

"Un país puede vivir en monarquía o en república, en sistema parlamentario o presidencialista, en sovietismo o en fascismo, como
únicamente no puede vivir es en anarquía."
Álvaro Gil Robles

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