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Contra los pastores, contra los rebaños: El Hombre y la masa.
29 set 2016

Albert Libertad
El hombre y la masa
No lejos de Châtellerault, en el pueblecito de Useau, el Hombre ha establecido su reducto contra la sociedad. Se llama François Roy. Tiene más de setenta años. Se levantó en rebelde contra el orden el día en que el orden le azotó. Él mismo se ocupó de sus asuntos.

Sus padres cultivaban parcelas de tierra en Saint-Eloy; él habría continuado con el mismo trabajo. El regimiento le hace abandonar los campos: se convierte en agente de seguros, tontea con la política, más tarde especula y pierde su pedazo de tierra, que, por otro lado, ya no trabajaba.

Conoce entonces el dolor de estar en casa ajena. Se convierte en guarda de caza. Se dice que cambiaba a menudo de lugar. Y nada tiene de extraño, un hombre se pliega difícilmente al papel de criado o de capataz. Cazaba furtivamente en las tierras que guardaba. ¡Pues claro! Idiota de aquel que recoge para otro la cosecha mientras él muere de hambre.

Un tal Grandpied, ex consejero municipal de Useau, lo hace condenar a cincuenta francos de multa por furtivo. Le retiran el título de guardia de caza. A sus sesenta y siete o sesenta y ocho años, el Hombre debe enfrentarse, pues, de nuevo a la dura búsqueda de pan para vivir; se resigna a ello con dificultad. Le viene a las mientas la idea de lucha. Quiere devolvérselas a ese que se pasea, tan pulcro y feliz, por los prados y los campos, después de haberlo empujado a la muerte.

Encuentra al tal Grandpied con su hija. Dispara un tiro de fusil en la hipócrita jeta del amo. Algo de plomo se extravía en el pellejo de su progenie. El otro acaso se quede ciego. El Hombre vuelve a su casa. Y la camarilla policial viene a buscarlo. Ahí están el procurador de la República, el juez de instrucción, el escribano, y perros con collar en gran número.

La puerta está cerrada. Se hacen requerimientos a los que nadie contesta. Los gendarmes se acercan para derribarla. Un disparo de fusil responde al ataque. El escribano y un gendarme son alcanzados.

La tropa, siempre ocupada en defender las fronteras, viene a cerca la casucha. Allí debe cosechar una de esas victorias que distinguen al ejército francés. Después llega la masa, la masa de los honrados, el rebaño de las ocas domésticas siempre en contra de las ocas salvajes. Arroja una lluvia de piedras sobre la techumbre del refugio del Hombre. Este responde una vez más, y golpea con mano firme. Caen un gendarme y un sargento de infantería.

Ahora toda la camarilla social tiembla de miedo, el cerco se ensancha. Y se trata de un auténtico sitio. Los quintos de la 31ª y todos los gendarmes de la región están allí. La masa acecha al Hombre y el Hombre acecha a la masa. Él no quiere obedecer y la masa se indigna porque exista un hombre en esta tierra de funcionarios y de electores. De un lado, un anciano de setenta años; del otro, una compañía de infantería, una brigada de gendarmería; y, por encima de todo, la jauría rabiosa de la opinión pública.

El Hombre dispara para defenderse. Las gentes de la masa, arma en mano, disparan para defender el sagrado principio de la propiedad y del respeto a las leyes. Muerte al rebelde. Aparece su mano, hay tiros de fusil a izquierda y derecha. ¿Quién lo matará?

Hay que atraparlo, vivo o muerto: el honor de la justicia lo exige. Todo el mundo pone su grano de arena. Uno habla de enviar un perro que lo degüelle, otro habla de bombas, un tercero de cañones, un cuarto de armaduras. Grénier, el cuentista musulmán, el diputado payaso al que nadie esperaría ver en esta historia, propone lanzar gases asfixiantes. ¡Es lo que se dice estrujarse los sesos!

Es trágico y cómico. Arma en mano, allá están los soldados, prestos a disparar. Hay vivaques por todos lados.

Solo, el Hombre prepara su defensa, agujerea a los asesinos. No es un loco, es un hombre. No dispara al azar. Una mujer, a pesar de los soldados, pasa a su alcance llevando corderos. Camina lentamente y el Hombre sabe bien que ella no es el enemigo.

Se detiene la circulación. Ya no se puede ir a los mercados vecinos; la carretera está cortada. Al paso de una carrera de automóviles, o de un cortejo real o de una caza de montería, el rebaño de los pelones, de los rapados, de los sarnosos, ni siquiera murmura. Pero parece odiar a Roy con más odia a aquel que da un ejemplo que uno siente no tener fuerzas para seguir.

La masa viene de todos lados. Y eso se nota. Jamás los posaderos hicieron fortuna semejante. Uno cuenta que ha hecho más en estos ocho días que en los cuatro últimos años. Puede verse el desarreglo de una sociedad en la que el mal de uno enriquece al otro. Sociedad hipócrita, confitada en la sana moral, en la que uno está obligado a esperar y, en consecuencia, a desear que el otro palme para quedar saciado.

Los ministerios del Interior, de la Guerra y de Justicia deben cooperar en esta captura. Todo el mundo duda si avanzar o no. Las autoridades presentes —general, prefecto, sub-prefecto, procurador general, comandante de gendarmería, comandante de artillería— comprenden el ridículo de la situación. Solo la masa pide a gritos la muerte.

Hay viajes entre París y Châtellerault, y entre Châtellerault y París. Se ha perturbado el orden social. ¡Qué ejemplo da un hombre que se rebela! ¡Cuán débil resulta la sociedad ante un individuo!

¿Será a cañonazos? ¿Será con melinita? Los ingenieros han venido hasta aquí para poner sus petardos a través de un cable, desde lejos.

Será esta noche. Así que de todos lados llegan los espectadores de la muerte, las aves nocturnas del crimen legal, los honrados vampiros que no chupan sangre si no es conforme a las reglas del Código. Vienen a pie o en automóvil, en carreta o en break. Todas las putas y todas las grandes damas del país, todos los macarras y todos los potentados, los chorizos y los comerciantes están codo con codo. El público del Tourbillion de la Mort,[1] de las corridas, de los velódromos y de la guillotina está aquí. No hay desertores.

El público babea. Que le sirvan al Hombre sin peligros: se lo comerá. Las damas tienen un miedo delicioso. Un escalofrío les recorre toda la espalda. Ellas defienden el orden social. Están a favor de la justicia y contra el criminal. Cuando se enteran de que, decididamente, no será esta noche, todo este mundo de chulos y de mujeres honradas, de nobles y de prostitutas, lanza gritos, como en el teatro cuando el traidor no es asesinado.

En fin, el día —o más bien, la noche— ha llegado. Toda la guarnición de Châtellerault está en pie. Tiene que ser ya. «Si no acabasen con él esta noche, podrían temerse manifestaciones, pues la población está exasperada» (Le Journal del 14 de mayo).

La melinita está dispuesta. Los zapadores de ingeniería también. El teniente Le François está listo. Y Babin, el general, va por fin a lograr una victoria. Gloria a él. Honor para el ejército francés.

Se colocan doscientos treinta petardos que contenían cien gramos de melinita. El procurador Vasco desearía que se esperase hasta la hora legal. El general Babin no quiere operar más que en la sombra. De todos modos, quiere hacer un último llamamiento; el comandante Sempe declara que es inútil. ¡El Hombre está en estado de rebelde contra la ley!

A ochocientos metros de la casa, en el bosquecillo, la masa aúlla, baila, canta y engulle champán.

«Llego a la villa. En la plaza se amontonan doscientos automóviles, rodeados por hombres y mujeres vestidos con pieles de animales; estos hombres y mujeres ríen y cantan; los hay que se atreven con groseros juegos de palabras. Todas las chicas de vida alegre, los rufianes, los chorizos, los asesinos escapados de la central, los arruinados y también los esnifadores de sangre con los que cuenta el departamento de Vienne están aquí. ¿Qué espectáculo más hermoso que el de un hombre que va a morir? Este no será guillotinado como tantos otros, sino dinamitado; no del todo como el negro de Gaud y de Toqué,[2] pero casi... No había que perdérselo; por eso, todos los que habían estado en el ensayo general de la noche del viernes al sábado estaban presentes en este estreno sin reestreno posible.[3] Otros, que no se encontraban en el ensayo, han acudido hoy mismo. El sábado noche es propicio a los espectáculos familiares. El domingo está para descansar» (F. Hausser, correspondel del Journal, 15 de mayo de 1905).

No hablamos nosotros, sino el Journal. Su clientela le impide decir toda la verdad, pero cualquiera sabría discernirla. No son las chicas y sus protectores ilegales los que poseen esos doscientos coches. Las bestias peludas y sádicas que engullían champán no son los arruinados ni los asesinos escapados de la central: para nosotros, son gentes honradas, son aquellos que forman la elite, los holgazanes, los rufianes, las chicas, los ladrones legales, el lodo, la escoria de todos los pueblos, que vive de quienes trabajan hasta hacerlos reventar.

¡Que rían! El Hombre va a saltar en pedazos, el Hombre va a morir. ¡Pero tuvieron miedo! ¿Dónde quedaría el orden si un hombre pudiese vengarse por sí mismo de los crímenes de la sociedad?

Finalmente, un toque de clarines; los soldados huyen. Ha llegado el momento. Hay un intenso resplandor que inflama el horizonte, un ruido prolongado como un rugido, una espesa humareda y toda la panda que aplaude, que vocifera, que aúlla.

La pandilla selecta —general, prefecto, procurador, sub-prefecto, juez de instrucción, engalonados— está reunida. El general, ante los reproches de que no se haya esperado a la hora —un engorro, por otro lado—, dice que ninguno de sus hombres ha resultado herido. En cuanto al otro, bajo los escombros, se le prestará ayuda... en cuanto despunte el día.

Y el hombre muere tal vez entre los cascotes humeantes del chozo; los defensores del orden, los representantes de la humanidad, esperan. Arma en mano, los zapadores de ingeniería avanzan por fin.

Se registran las ruinas, incluso se arrojan nuevos petardos. Buscan. Pero no encuentran. El Hombre no está allí. El miedo se apodera de nuevo del rebaño. Si surgiese de detrás de un tabique y se liase a tiros con los perros que invaden su madriguera...

Pero un clamor se expande. Un clamor de alivio. Un grito de violencia. La masa delirante zapatea la danza del escalpo. El orden sale vencedor.

Sí, cuatro brutos lo han encontrado. Que su nombre pase a la posteridad y que aquellos que se los encuentren sepan al menos con quiénes se la juegan: René Mounet, Grandin-Mounet y su pequeño, Éclairci.

El Hombre está agonizante, con el rostro cubierto de escayola. Dormía en el momento de la terrible detonación, del hundimiento; fue lanzado por los aires y cayó cubierto por los muros y las vigas. Y se ha salvado, aturdido, aterrorizado, vencido por un dolor paralizante.

Los cuatro mantenedores del orden vociferan hasta desgañitarse: «¡Aquí está! ¡Lo atrapamos!». Entonces el espectáculo se vuelve aterrador, atroz. Cien, doscientas personas se precipitan sobre el anciano hecho pedazos, lo arrojan al suelo, lo golpean, lo «echan a rodar como una croqueta» al pie del talud.

Diez mil personas claman: «¡Enseñádnoslo!». Una jauría se agita en torno a los gendarmes. Quieren descuartizar a Roy. Los soldados lo rodean. Lo conducen a la aldea más cercana en medio de los aullidos. «Y la masa, que no sabe cómo satisfacer su deseo de romper lo que sea, se precipita entonces sobre la casa de Roy y sobre el jardín, desvalija la casa y saquea el bosquecillo» (Ibíd.).

Se acabó. La masa se pone en circulación, vuelve a sus funciones: saquear, robar, violar, envenenar, asesinar legalmente. Y nosotros salimos más poderosos, más fortalecidos en nuestra idea. Amamos al Hombre, odiamos a la masa. Nos repetimos el lema de este papel: «Contra los pastores, contra los rebaños».

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