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Notícies :: antifeixisme : corrupció i poder : criminalització i repressió
Tortura Aritz S. I.
06 ago 2007
5.33 de la madrugada del 24 al 25 de marzo, me sobresalto al oír el timbre de casa a esas horas. De repente al timbre le siguen unos tremendos golpes en la puerta y la voz de mi hermano âAITA, AITA, ES LA GUARDIA CIVILâ?. Me incorporo y voy hacia la entrada, en ese momento entran muchos guardias civiles, nos ponen contra la pared y entre gritos comienzan a entrar en las habitaciones. No acabo de creerme lo que sucede, pienso que es fruto de una pesadilla; pero a medida que pasan los minutos veo como la pesadilla no ha hecho mas que empezar.
Me llevan a la cocina, allí me esposan con las manos hacia atrás y me leen los derechos. Me niego a firmar nada y dos guardias civiles, encapuchados por supuesto, me dicen que ello no me compromete a nada. Sigo negándome. Al final viene otro guardia civil coge el papel que debía firmar y se lo guarda en el bolsillo al tiempo que le hace un comentario a su compañero, el cual no llego a escuchar. Risas. Pasa aproximadamente un cuarto de hora cuando llegan dos secretarias del juzgado y me comunican que vamos a proceder al registro de casa. Les digo que quiero que quede reflejado en el acta que los guardias civiles llegaron un cuarto de hora antes y que ya habían registrado ellos la casa sin testigos, y que no sabía lo que habían podido poner o quitar.
Comienzan a registrar mi habitación y me empiezan a temblar las piernas, no siento frío pero tampoco puedo dejar de temblar. Miran, rompen, eligen todo lo que quieren y comienzan a introducirlo en una caja. Mi padre está muy nervioso y pregunta constantemente cosas. Mi madre quiere ponerme algo para que no tiemble pero no le dejan acercarse a mí. Un guardia civil me echa una sudadera por encima, sigo temblando. Después registran el cuarto de mi hermano. Más tarde me dejan orinar y me dejan vestirme, siempre en presencia de un guardia civil, que aunque le pido que se dé la vuelta, se niega.
Nos disponemos a bajar al garaje y como no cabemos todos en el ascensor, primero bajan mi padre, las secretarias y algún guardia civil. En el descansillo y en el ascensor estoy solo con la Guardia Civil por primera vez. Comienzan a insultarme y a reírse de mí y en ese momento le empiezo a dar respuesta al temblor de mis piernas. En el garaje mi padre sigue muy nervioso, se echa la mano al pecho en varias ocasiones y les digo a las secretarias que por favor llamen a una ambulancia. Finalmente mi padre se niega.
Después de un par de horas, acaba el registro. Nos permiten despedirnos de nuestros padres, siempre, eso sí, con las esposas atadas hacia detrás y sin hablar. Mi madre me susurra entre las primeras lágrimas un fortalecedor âSà FUERTEâ?. No soy capaz de articular palabra y finalmente me separan de ella.
Me introducen en un coche, ya es pleno día, y seguido se meten cuatro guardias civiles. Silencio absoluto durante un eterno minuto más o menos. Acto seguido comienzan los primeros insultos, las vejaciones, las amenazas y los golpes. Voy agachado, con los ojos cerrados y por supuesto con las manos esposadas atrás. Los dos guardias civiles, uno a cada lado, se turnan para apoyarse en mi. Fuman constantemente, y la temperatura del coche sube muchísimo. Comienzo a sudar, no puedo contener la postura y sigo con los ojos cerrados. Se me acabarán pegando ya que llevo lentillas puestas.
Les digo a los GC que no puedo llevar los ojos cerrados, que tengo mucho calor y que me duele la espalda. Al cabo de un rato me quitan el forro polar, me esposan hacia delante aunque me mantienen agachado y me dicen que como se me ocurra abrir los ojos me los sacan de una ostia. Según dicen, me han concedido lo que he pedido y si respondo a lo que me preguntan podrán ir concediéndome mas cosas.
Sigo callado ante las constantes preguntas y me ponen una bolsa de basura en la cabeza. Me revuelvo pero me sujetan fuertemente, siento agobio, no puedo respirar, busco el freno de mano pero no consigo alcanzarlo. No puedo más. Me quitan la bolsa y puedo respirar. Sigue las preguntas, las amenazas, los insultos. Siguen turnándose para apoyarse sobre mi espalda.
Tras una hora y media aproximadamente, meten el coche por un camino de piedras o algo parecido. Tengo mucho calor y estoy sudando. Parece que dos guardias civiles van a comprar algo. Para aliviarme un poco les pido salir para orinar. Me sacan del coche con la cabeza agachada y los ojos cerrados. El respirar aire fresco me alivia mucho y aprovecho todo el tiempo porque temo no poder respirar mas aire puro en 5 días. Acabo de orinar y les pregunto si puedo volver al coche, pero ellos tienen otros planes, me dicen que si quiero empiece a correr, si lo hago todo acabará antes y nadie se preocupará más. Les digo que no voy a empezar a correr. Los guardias civiles transmiten el ser capaces de todo, les da igual pegarte un tiro allí mismo o ponerte la bolsa hasta la asfixia o molerte a palos. No parece real. Mientras me introducen otra vez en el coche, aprovecho las últimas bocanadas de aire fresco.
Conducen muy rápido pero entre las amenazas, los golpes etc. el viaje se hace eterno. Pasado un rato, aminoran la marcha, realizan varias maniobras y nos detenemos. Me sacan del coche (con la cabeza agachada y los ojos cerrados), me introducen en un edificio, me ponen contra la pared, me cachean, me quitan los cordones y me rompen el pantalón porque lleva cordones. Me dan el bote de lentillas y me las quito. Tengo los ojos doloridos de tanto tiempo que he llevado los ojos cerrados con las lentillas puestas. Se oye mucha gente, se oyen susurros, hablan entre sí, finalmente me cogen dos guardias civiles y comenzamos a andar. Me van indicando donde girar y si hay escaleras, porque voy con los ojos cerrados. Unas veces efectivamente hay escaleras y otras no, en estos casos me caigo y se ríen. Se nota que se lo están pasando bien, este es su terreno. Bajamos unos cuantos pisos, hay mucha humedad. Antes de introducirme en un calabozo oigo a alguien â¡VIVA ESPAÃA!â?, â¡MAS FUERTE!â? dice otra voz â¡¿VIVA ESPAÃA!!â?. Es otro detenido. Me meten en una celda, tiene unos cuatro metros de largo, dos de ancho y tres de alto, hay mucha humedad y muy poca luz. No hay ventilación, hay un colchón y dos mantas. Me obligan a estar de pie contra la pared. Los gritos de otro detenido prosiguen. No le veo sentido alguno a esta situación. Te sacan de casa en plena noche, te golpean, te amenazan, te instan a irte corriendo para pegarte un tiro, te humillan, te obligan a gritar VIVA ESPAÃA. No lo acabo de entender. Mientras tanto oigo que han traído a mas gente, entre ellos creo que está mi hermano, pero no me atrevo a gritar. No me atrevo a moverme de aquella pared, sigo mirando a la pared. Un guardia civil comienza a hacer rondas por las celdas, abre y cierra las mirillas con grandes golpes. Paso mucho tiempo de cara a aquella pared, estoy cansado y apenas puedo mantenerme de pie. No quiero sentarme porque el guardia civil ya se ha encargado de decirme lo que pasará si me âatrevoâ? a ello. Pasan varias horas y no paran de abrir y cerrar las mirillas, hacen mucho ruido. De repente silencio, y al poco rato oigo golpes, silencio, golpes, gritos, silencio, gritos... en todo momento se da ese contraste. Me dan un bocadillo de salchichón y un botellín de agua, pero no tengo ganas de comer ni de beber. Siento como si no tuviera estómago, como si se me hubiese encogido al oír los golpes a las 5.33 de la mañana.
Pasado un rato se abre una vez mas la mirilla, pero esta vez es otra voz âCIERRA LOS OJOS Y AGACHA LA CABEZAâ?, obedezco y al instante se abre la puerta, me sacan del calabozo y comenzamos a andar por unos pasillos, creo. Damos muchas vueltas y finalmente me meten en una habitación. Como no, con los ojos cerrados y contra una esquina. Creo que hay tres personas, dos de ellas han estado en el registro. Se hace el silencio. Pasado un rato, comienzan las preguntas. Según ellos no respondo correctamente, no están oyendo lo que âquierenâ?, dicen. Me colocan una manta por el cuerpo y un gorro de lana en la cabeza. Creo que han enrollado un periódico y que han introducido algo más contundente dentro del mismo. Siguen las preguntas y como no les gustan las respuestas comienzan a golpearme en la cabeza, pecho, estómago y testículos. Dicen que lo saben todo, pero que yo tengo que decírselo. Luego dicen que ya se han enfadado y que da igual lo que responda. Continúan los golpes en la cabeza. Me gritan al oído, no sé por donde van a venir los golpes , si en la cabeza por la derecha, en los testículos, en el pecho, por la izquierda... me golpean continuamente. Los testículos es donde más duelen esos golpes y trato de cubrirme esa parte con las manos bajo la manta. Y los golpes continúan. Estoy sudando mucho, tengo mucho calor. Cuando se cansan me instan a hacer flexiones, a agacharme y a levantarme.
Sé que tengo que estar allí cinco días, cinco días y cinco noches. Posiblemente pierda la noción del tiempo. En el rato que he estado en el calabozo he reflexionado. Los temblores que he tenido en casa no eran por el frío, era el instinto, era el miedo. El inconsciente siente el miedo antes que puedas pensar en él. En realidad ves que están registrando tu cuarto y que se están comportando amablemente con tus padres, pero el otro de mi cabeza recordó mi piel erizada al leer antiguos testimonios como el de Unai Romano. En el calabozo he pensado en lo peor. He decidido que es una batalla que hay que ganar minuto a minuto, el tiempo que pasen sin golpearme, mejor. Decido hacer oídos sordos a las amenazas, insultos, vejaciones... hay que sobrevivir. Pienso que estoy solo y que hay que aguantar. Saco a relucir el peor lado del ser humano, el egoísmo. Pienso que eso puede ser lo que me ayude a aguantar.
Así pues, cuando me instan a realizar flexiones, recuerdo lo que he pensado antes, hago esa pequeña reflexión mental y pienso que hacer flexiones es mejor que me golpeen. Acto seguido comienzo, arriba y abajo. Un guardia civil va contando, según hago dos, cuenta una. Llega un momento en que no puedo hacer mas sentadillas, casi me caigo, pero intento hacer alguna más, finalmente caigo al suelo y los guardias civiles comienzan a golpearme, a patearme. No son golpes muy fuertes, pero mientras me golpean gritan todos a la vez, gritos sin sentido. Intento revolverme, pero me sujetan y me levantan. Parece que se han calmado, pero se están preparando para la siguiente âactividadâ?. Me atan las manos. Primero me colocan una especie de esponja y luego me atan las manos con cinta. Después de inmovilizarme de pies y manos me colocan una bolsa de basura en la cabeza. Consigo morderla y romperla. Uno de los guardias civiles dice que no tiene muchas bolsas y que no las rompa. Me colocan más bolsas en la cabeza, hay cinco o seis. Es imposible respirar, nunca antes había sentido tal angustia. Intentas coger aire y la bolsa se te introduce en la boca. En un principio necesitas poco aire, pero al no poder respirar necesitas más. Mientras me sujetan para que no me revuelva, me gritan, me insultan... y no tengo aire. Intento coger y no tengo, y la bolsa se me mete en la boca... Intento revolverme, tirarme al suelo, pero me sujetan entre tres. Cuando me quitan las bolsas noto un gran alivio. Comienzo a toser, y en cuanto me relajo un poco me las colocan otra vez. Así unas 10 ó 15 veces. Al final no puedo coger aire ni cuando me la quitan, siento ganas de vomitar, y me duele mucho la cabeza de respirar el monóxido de carbono que expulso a la bolsa.
Me sueltan las manos y los pies y me llevan al calabozo. Tengo las manos amoratadas, dormidas. Me insultan y me amenazan por la mirilla, pero intento no hacer caso. Oigo como sacan y meten a gente, parece una ruleta, ahora tú, luego tú, mas tarde el siguiente... me tumbo en el colchón e intento recuperar el aliento. De pronto se abre la puerta, entran varios guardias civiles y entre gritos dicen âDENTRO DE UN RATO VAS A IR AL MEDICO, SOLO VAS A ESTAR UN RATO. DESPUÃS VAS A VOLVER AQUÃ?: CON NOSOTROS!! ¿TE HEMOS HECHO ALGO? NO ¿VERDAD?â? asiento temerosamente y se van.
Así es, pasado un rato me llevan al forense. Hay cosas que no acabo de entender, me explican perfectamente que cuando ellos me lo digan, me van a soltar en el pasillo, entonces debo levantar la cabeza y caminar normalmente hasta el final del pasillo. Allí estará el forense. Tengo miedo de que sea mentira, de que sea otra forma de golpearme o algo así. Tengo miedo de levantar la mirada, aún así, cuando me sueltan, levanto la cabeza. Es un pasillo más amplio que todo el recinto anterior. Al final del mismo hay tres hombres, uno de ellos dice que es el forense. Me introduce en una habitación y cierra la puerta. Me enseña su carné, todavía con el águila franquista. Le pregunto la hora, por mi hermano, por los demás detenidos... él dice que no me puede contestar. Me examina y dice que me encuentro bien. Le relato lo que me han hecho: los golpes, la bolsa, le enseño los moretones de las manos, la marca de los grilletes... él escribe lo que le apetece, y le digo que escriba lo de la bolsa, los golpes en la cabeza, pecho y testículos... Finalmente lo escribe.
Me bajan otra vez al calabozo. Intento dormir un poco, pero el guardia civil no para de gritar y golpear la puerta. También juega con la luz. No sé si el forense les habrá dicho lo que le he relatado. Por ahora parece que no. Pasa un buen rato y de repente se abre la mirilla: âLEVANTATE, BAJA LA CABEZA Y CIERRA LOS OJOSâ?. A la sala de torturas de nuevo. Me colocan un gorro de lana en la cabeza y una manta por el cuerpo y la precintan. No puedo moverme. Comienzan a golpearme con un periódico o una revista que tiene un objeto contundente en el interior. Los golpes son en la cabeza, en el pecho y en los testículos. Primero estoy de pie, pero como me tambaleo, me sientan en una silla. Mas tarde me tiran al suelo con silla y todo, me cosen a patadas. Ante esta situación de total inferioridad, sin ver nada y atado con una manta, no intento revolverme; me acurruco lo más posible y aguanto los golpes. Uno, otro, otro y otro, otro más, así hasta que se aburren. No preguntan nada, gritan y me golpean. Dicen que porqué le he dicho esas cosas al forense, que no se me ocurra hacer algo así de nuevo.
Un rato después me encuentro otra vez en el calabozo. Tengo mucho calor, me quito las zapatillas y el jersey, me remango los pantalones. Siento mucho calor y hay mucha humedad. Un guardia civil comienza a insultarme y a amenazarme. Uno de los comentarios aunque procuro no hacerles caso, me duele. Se me queda grabado. Esa voz, esa forma de decirlo, ese odio que desprende: âTU NOVIA FOLLA MEJOR QUE SU PRIMA. LA VERDAD ES QUE KRISTINA GETE FOLLABA BIENâ?. Pero aún y todo, no soy capaz de decirle nada, no me atrevo ni a girarme. Lo único que quiero es despertarme de esa pesadilla. El guardia civil sigue a lo suyo. Mientras tanto se oyen gritos, son estremecedores. Pero ahí fuera no hay nadie que los oiga. Estamos solos, indefensos. Tengo la mente en blanco, pero una y otra vez oigo las últimas palabras de mi madre: âSà FUERTEâ?. Siguen los gritos. Creo que durante un rato me quedo dormido, he perdido la noción del tiempo por completo. No he comido nada. Tengo un dolor intenso desde la espalda hasta la cabeza, parece que me va a estallar. Me despejo un poco y pasado un tiempo me llevan al forense. Se repite el ritual del pasillo, llegado un punto me sueltan, debo levantar la cabeza y caminar con normalidad. ¿Frente a qué o quién guardarán las formas? Al forense le digo que tengo mucho dolor en la espalda y en la cabeza, pero no le digo porque es, ni nada de los golpes. Simplemente que me duele. Al salir del forense me llevan a la sala de torturas. Un guardia civil me dice que el anterior a mí ha barrido la sala, y que a mí me toca fregarla. Friego la sala sin pensarlo mucho. Limpio las huellas de otros detenidos, tal vez yo estuve allí antes. Podrían ser mías esas manchas de sudor, o tal vez sean de otro, del que gritaba horas antes.
Cuando acabo me llevan al calabozo. Pasa un rato y entran dos guardias civiles encapuchados, me ponen una pistola en la cabeza y me amenazan con pegarme un tiro. Por un momento deseo que lo hagan, pero le oigo a la madre âSà FUERTEâ?. Salen y se oye como juegan con la pistola, clic, clic, clic... Se abre la mirilla: âDE PIE, LOS OJOS CERRADOS, CABEZA ABAJO Y CONTRA LA PAREDâ?. Me llevan a interrogar. Me ponen un antifaz y luego una bolsa en la cabeza. No aprietan la bolsa, ni nada. Tengo los pies y las manos libres. Echan el humo del tabaco dentro de la bolsa. Comienzan a apretarla. Enseguida me da una especie de crisis. Tengo nauseas y no puedo respirar. Sangro de la nariz. Me llevan a la celda e intentan tranquilizarme. Pasa un rato y me practican otro interrogatorio, parecen más tranquilos. Unos golpes en la cabeza, en forma de colleja, y amenazas. Uno de ellos entra y sale constantemente de la habitación, amenaza con la bañera y con los electrodos.
Cuando me conducen otra vez al calabozo, me encuentro tranquilo, pero me tiemblan las piernas, no puedo parar. Intento estar quieto, pero me es imposible. Paso bastante tiempo en la celda, y consigo parar los temblores, o se paran solos. De vez en cuando un guardia civil por la mirilla, me obliga a estar de pie, pero me tambaleo. No tengo fuerzas ni para estar 30 minutos en pie. Se oyen gritos espeluznantes, unos ininteligibles, otros se oyen perfectamente â¡ME VAIS A MATAR!â?. Los gritos se oyen lejos, pero las risas de otros guardias civiles se escuchan al otro lado de la puerta. De vez en cuando abren la mirilla y se ríen, â¿YA OYES, GUDARI? AHORA TE VA A TOCAR A Tiâ?, insultos, amenazas...
Otra vez me llevan al forense. Le digo que tengo un dolor de cabeza impresionante, y sobre todo que me duele la espalda, la zona de las cervicales. El forense me observa y se da cuenta de que tengo el cuello y la parte superior de la espalda totalmente agarrotados. Me dice que posiblemente sea de la mala postura. Yo no digo nada. Me receta un Nolotil cada 12 horas. Por lo menos si cumplen lo establecido, podré orientarme en el tiempo.
Me bajan al cuarto de torturas, me dan el Nolotil y enseguida un guardia civil comienza a gritar âHASTA AHORA TE HEMOS TRATADO BIEN Y NOS HAS ESTADO TANGANDO, AHORA YA LO SABEMOS TODO, ASÃ? QUE NOS DA IGUAL LO QUE NOS DIGASâ?. Me dicen que empiece a hacer flexiones: arriba y abajo. Pierdo la cuenta de las que hago, pero tengo las piernas temblando y casi me caigo. Me sujetan y me dicen que como se me ocurra caerme, me matan. Me hacen parar. Comienzan a golpearme con un periódico que tiene algo dentro, un objeto contundente, pesado, como una regla de hierro o algo parecido. Me golpean en base a preguntas que ellos mismo responden âNO ME TANGUES MÃ?Sâ?. Cuando se aburren de los golpes me sientan en una silla y me atan de pies y manos. La silla, al igual que todo aquel complejo, está totalmente preparada para ejercer la tortura. Me atan a ella, pero antes me ponen una especie de esponjas en las muñecas para no dejar marcas, claro. Uno de ellos sale y dice que va a llenar la bañera. Me dan a elegir entre la bañera y los electrodos. Entra varias veces y dice que la bañera está casi llena, que dentro de un rato me lleven para allí. Mientras tanto, me han echado una manta por el cuerpo. Van poniéndome bolsas de basura en la cabeza. Consigo romper las primeras, pero luego ponen unas cuantas y las sujetan fuertemente. Me asfixio. Creo que voy a perder el conocimiento, pero me quitan las bolsas. Tengo nauseas, toso. Consigo recuperar un poco el aliento y me ponen otra vez las bolsas. Así, una y otra vez. Estoy al límite, no puedo respirar y me tiembla todo. Sudo mucho. Me da una fuerte crisis y parece que los guardias civiles se apuran un poco, me sueltan rápidamente. Me intentan llevar desde el cuarto hasta el calabozo, pero no puedo andar, se me doblan las piernas y me sujetan entre dos. Nos tenemos que parar tres veces antes de llegar al calabozo. Tengo muchas dificultades para respirar, siento que me estoy ahogando, tengo nauseas y sangro por la nariz. Hago mucho esfuerzo para coger una bocanada de aire. Antes de introducirme en el calabozo sacan a otro u otra detenido/a de la misma. Mientras tanto, sigo sin poder respirar con normalidad. Uno de ellos se sienta conmigo en el colchón. Me explica cómo tengo que coger aire para tranquilizarme, pero me sigue temblando todo el cuerpo y me sigo asfixiando. Es una situación muy angustiante. En un momento dado el guardia civil me coge por la cabeza y me la pone mirándole la cara â¡MIRAME, MIRAME, TRANQUILO, TRANQUILIZATE, COGE AIRE DESPACIO!â?. No puedo hacerlo. Es una crisis y necesito tiempo para tranquilizarme. Al final él me da por imposible y se marcha. Con el tiempo consigo calmarme, pero el temblor de las piernas no lo puedo parar.
Pasan algunas horas, de vez en cuando los guardias civiles se asoman por la mirilla y me insultan. Aún así, creo que consigo dormir un poco. Un rato mas tarde, me llevan otra vez al forense. No puedo subir las escaleras, empiezo a tener dificultades para respirar. Me tambaleo y me sujetan para que no me caiga. Primero paramos, luego me sientan en las escaleras para que se me pase. Finalmente me tumban, pero no puedo respirar, me asfixio. Creo que hacen pasar a otro detenido delante de mí, mientras me calmo. Cuando consigo tranquilizarme me llevan al forense. Este me sigue recetando Nolotil. Sigo sin decirle nada acerca de los golpes, ni de la bolsa, ni de las crisis.
Después me llevan al calabozo. Me dan un Nolotil. Estoy totalmente agarrotado, parece que la cabeza me va a estallar. No he comido nada en este tiempo y parece que el Nolotil comienza a afectarme también en el estómago. Sangro por la nariz y siento temblor en las piernas aún estando solo en el calabozo. No consigo calmarme.
Me llevan por enésima vez al cuarto de torturas. Parece que la pesadilla que estoy viviendo no va a acabar nunca. Comienzan las amenazas. Me colocan un gorro de lana y me dan golpes en la cabeza, estómago, pecho y testículos con un periódico que por supuesto tiene algo dentro. Paran los golpes y seguidamente me introducen una pistola en la boca âTE VAS A QUEDAR COMO TU HERMANO, QUE LE HEMOS METIDO UN TIRO EN LA CABEZA. COMO SIGAS ASÃ? DE CALLADO VAS A ACABAR IGULA QUE TU HERMANOâ?. Siguen amenazándome con frases parecidas, y comienza otra vez la crisis: asfixia, temblores, antes de que se agudice me llevan al calabozo. De vez en cuando entra uno de ellos e intenta hablar conmigo en âplan majoâ?. Me dice que esté tranquilo, que casi ya ha pasado todo, que ya saldré algún día a la calle, que en un principio coja un abogado de âlas Gestorasâ?, que me metan en el âcolectivoâ?, para luego ir dejándolo poco a poco. Que cuando salga a la calle, me llamará, y con medidas de seguridad quedaremos para tomar algo. Siento miedo de que otra vez comiencen a golpearme y le digo a todo que sí, que estoy de acuerdo.
Al fin, nos llevan a la Audiencia. Una vez allí, me trasladan a los calabozos. Estamos en manos de la Policía Nacional. Nos llevan al forense, uno a uno. Esta vez si que le relato todo lo que he sufrido, torturas físicas y psíquicas, amenazas, vejaciones, insultos, flexiones, la bolsa, golpes en la cabeza, pecho, testículos, patadas... le digo que no lo he denunciado antes por miedo y porque estaba amenazado de que si lo hacía me machacarían aún más. El forense no me hace mucho caso, me examina sin mucho interés y finalmente apunta todo lo que le digo.
Me introducen otra vez en la celda y me dan la comida en una bolsa. No hay agua y tengo mucha sed. En la celda hay un grifo pero no puedo ni agacharme del dolor de espalda y cervicales que tengo. Llamo al policía y le pido un botellín de agua o un vaso para poder llenarlo âAQUÃ? NO HAY NADA DE ESOâ?.
Al juez también le denuncio todas las torturas que he sufrido. Para acabar con ese relato le digo lo de la pistola en la boca y las amenazas sobre mi hermano, y la fiscal en un tono muy irónico âSI TANTO TE PREOCUPA TU HERMANO ¿PORQUà NO HAS PREGUNTADO POR ÃL AL ENTRAR AQUÃ??â?. No tengo palabras para responderle y mientras sigo con el relato, ella, sin hacer mucho caso a lo que yo decía, sigue mandando y recibiendo mensajes mediante el móvil, entre risilla y risilla.
De la Audiencia a la cárcel. Nos comunican que vamos a seguir incomunicados otros cinco días. Nos llevan en una especie de autobús. Encerrados en una especie de silla, las esposas puestas hacia atrás. Vamos a mucha velocidad y me doy varios golpes por la falta de equilibrio.
Estamos en Soto del real, otros 5 días sin salir para nada de la celda. Uno de los presos que reparte el desayuno, la comida y la cena por la rendija de la puerta, me niega la hora varias veces. Todo lo que como lo vomito. La bolsa y el Nolotil me han hecho daño al estómago. Me despierto varias noches sangrando de la nariz y vomito constantemente, incluso 2 semanas después de la incomunicación.
En todo el tiempo transcurrido en esos 5 días y 5 noches, he deseado morir en varias ocasiones. Preferiría acabar con ese infierno por la vía rápida. Pero también me doy cuenta que esos torturadores profesionales, lleven el uniforme que lleven, calculan todo al dedillo. Conocen los límites, y aunque en muchas ocasiones se les vaya ese límite, lo hacen todo para no dejar marcas, para que no te desmayes... Creo que saben en todo momento lo que están haciendo, y pienso que es fácil decirlo así, pero una vez dentro, les ves capaces de todo. Y como he descrito, en varias ocasiones he deseado morir. Al fin y al cabo son eso: profesionales de la tortura.
Yo de momento sigo hacia adelante, sobre todo por aquel susurro que oía constantemente, ese susurro que hoy se transforma en un grito de muchas gentes que nos apoyan y que dice âSà FUERTEâ?.

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Sindicat Terrassa