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Homo-sexualidad
12 set 2006
HOMO-SEXUALIDAD

Del Griego âhomoâ?, que significa âigual, el mismo. La versión latina dice lo siguiente: Del latín "Virtus", que es un derivado de "vir", que significaría "hombre" si no se le hubiese ido a esta palabra toda la sustancia por los descosidos.


En efecto, en Roma existían dos clases de hombres muy diferentes entre sí, el "vir" y el "homo". Por simplificar, el "vir" se correspondería con el señor, el guerrero, el hombre libre, el que no es propiedad de nadie, y sí en cambio propietario de tierras, ganados, hombres, mujeres y niños. El "homo", en cambio, se correspondía con el esclavo, del que era prácticamente sinónimo. El "vir" vivía de la depredación de toda clase de bienes, entre ellos, de otros "viri" a los que convertía en "hómines". Bien está, por tanto, la denominación de "Homo Sapiens" para nuestro antepasado, si como muchos sospechan, era él el cazado y el devorado. Pero si los restos con los que se ha construido el eslabón corresponden al cazador-devorador, más propiamente se le debería llamar "Vir Sapiens".


La "virtus" era el conjunto de comportamientos gracias a los cuales el "vir" podía mantenerse como tal. Y la falta de "virtus" era el conjunto de comportamientos que le podían hacer perder esta condición y que tenía que practicar en sumo grado cuando era sometido a la condición de "homo" o "servus". La "virtus" era, pues, el código de conducta del dominador, y la "humánitas" el código de conducta del dominado.


Este par de palabras, "virtus" y "humánitas" han contenido durante milenios las esencias de lo que hoy llamamos "la humanidad". Los cambios profundísimos de ésta nos dan la medida de cómo ha tenido que ir cambiando el significado de estas palabras, que se han mantenido invariables mientras la realidad que denominaban iba dando giros copernicanos y cambiando de órbitas.


En efecto, para cuando Horacio dice "Virtus in medio est", la virtud está en el medio, o cuando Cicerón en un arranque de humildad confiesa: "Homo sum, nil humanum a me alienum puto", soy hombre, nada humano considero ajeno a mí,
han tenido que cambiar muchísimo los valores de estas palabras. Y eso sólo era el principio. El cristianismo y la Revolución Francesa acabaron de consumar la fusión del hombre dominador y el hombre dominado en una sola palabra, "hombre", dejando la de "señor" (heredera de "vir") como reliquia para usos protocolarios.

Y la palabra "virtud" se ha llenado con los valores que corresponden a esta fusión del dominador y el dominado, con un predominio del dominado, como se desprende de la realidad y de la propia palabra elegida para denominar el nuevo producto de la fusión. Es oportuno señalar que de la misma raíz que "virtud" (de "vir") procede "virilidad".



En relación a esto escribo ahora estas líneas. Hace tiempo que me corría la idea de escribir un artículo sobre un curioso fenómeno que muchos gays, esto es, muchos homosexuales, hemos observado y observamos todavía hoy en nuestro entorno, en el comportamiento de la mayoría social. Dicho comportamiento podría ser descrito como una inexplicable desexualización de todas las sexualidades que no sean la mayoritaria. La revista Zero del pasado mes de Agosto publicó un interesantísimo artículo sobre este tema y después de haberlo comentado mucho con mis amigos y amigas homosexuales, es decir, gays, decidí escribir estas líneas.


Parece que el proceso de normalización de la homosexualidad se hizo, en parte, a costa como ya he dicho, de su desexualización. A veces tengo la sensación, que compartimos muchos y muchas homosexuales, de que la mayoría social, esto es, los y las heterosexuales, pudo aceptar la diferencia sexual de los y las homosexuales reduciéndola a una diferencia sin adjetivos, una diferencia abstracta que no necesita concretarse ni visualizarse.

En este sentido, el archiconocido término âgayâ? de raíces latinas y provenzales, ha resultado muy útil colaborando en la tarea de extender la idea de que uno puede ser gay o lesbiana sin que eso signifique necesariamente que es homosexual. Esto que estoy diciendo puede parecer una obviedad o una tontería, pero no lo es. Que a los y las homosexuales no nos gusten las personas del sexo contrario no significa que no nos sintamos atraídos por nadie, no significa que no podamos quedar enmarcados en alguna categoría sexual, significa que tenemos una sexualidad propia. Lo que nos diferencia de los y las heterosexuales no es que no nos sintamos atraídos y atraídas por las personas del sexo contrario ni que no mantengamos relaciones afectiva y sexuales con ellas, sino todo lo contrario, es decir que nos sentimos atraídos y mantenemos dichas relaciones con personas de nuestro mismo sexo, y eso parece no estar muy claro a juzgar por el comportamiento de la mayoría social hacía nosotros y nosotras.


Es muy importante resaltar este punto porque, sin miedo a exagerar, podemos afirmar que la actual visibilidad social puede provocar el desastre de volver a los gays, lesbianas, bisexuales, transexuales y intersexuales más invisibles que nunca en algo tan fundamental en nuestra vida como es precisamente el sexo. La sociedad de la tolerancia (esto esâ¦del fascismo maquillado) permite nuestra identidad social siempre y cuando no nos mostremos sexual o afectivamente. Pero sin el sexo, ¿Cómo o por qué tendríamos que ser o que dicen y decimos que somos? ¿En qué quedaría nuestra tan reivindicada diferencia? Sin la presencia real del sexo, ¿Qué nos diferencia de los llamados metrosexuales?


Resulta increíble que muchos heteros nos reprochen que compremos revistas porno gays o veamos porno gay o yendo con ellos en el seno de un grupo de amigos, dos gays que mantengan una relación del tipo que sea, expliciten su afecto en público. Pero entonces, ¿De qué hablamos cuando hablamos de homosexualidad? Para cualquier ser humano el sexo es fundamental, para nosotros, es, simplemente, vital, porque somos o no somos.

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Sindicat Terrassa