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Notícies :: antifeixisme : corrupció i poder : criminalització i repressió : immigració
Noticias desde la Frontera Sur
18 feb 2005
Parece ser que los massmierda por fin se empiezan a dar cuenta de lo que esta pasando delante de sus narizes, en la frontera sur de Europa se violan los derechos humanos pagando en Euros.
parece ser que los massmierda por fin se empiezan a dar cuenta de lo que esta pasando delante de sus narizes, el la frontera sur de Europa se violan los derechos humanos pagando en Euros.    
LOS QUE NO SERAN «LEGALIZADOS»

Aquí acaban los fracasados
LOS FRACASADOS son los miles de inmigrantes que tras llegar a algún punto de España son expulsados y enviados a Marruecos. El país vecino, a su vez, los abandona en su frontera con Argelia, donde viajamos. Ésta es la historia que no se cuenta
JUAN C. DE LA CAL. Oujda (Marruecos)
CAMINO DE LA NADA. Cinco inmigrantes de Ghana caminaban el pasado miércoles bajo la lluvia en dirección a Oudja, en la zona de Garbuz, tras ser expulsados de Melilla.Los policías argelinos y marroquíes dormitan a uno y otro lado de la frontera cansados de su tediosa rutina. Se conocen, se espían y se odian de la misma manera. Las instalaciones están limpias, inmaculadas, envueltas en un silencio casi monacal.Nadie las utiliza.

En el lado marroquí un cartel anuncia la distancia a los destinos más cercanos: Orán, 201 km.; Argel, 626; Túnez, 1.320; Trípoli, 2.306... Sin embargo, hace más de 10 años que ningún ciudadano de estas ciudades cruza por el puesto fronterizo de Zouj Beghal.Es el tiempo que lleva cerrado, como el resto, por los conflictos políticos entre Argelia y Marruecos. Sin embargo, sus alrededores registran un tráfico clandestino, casi invisible.

Las estadísticas dicen que el 80% de los inmigrantes subsaharianos que son expulsados del viejo continente vía Marruecos sale a lo largo de esta línea imaginaria, montañosa y semiárida, que separa ambos países. Da igual que vengan de Ceuta, Melilla o de la propia Península. Son los fracasados, aquellos que no consiguieron llegar y de los que nadie sabe qué pasa con sus destinos. El viaje de vuelta que nadie cuenta. Sus lugares de procedencia no figuran en ese cartel: Ghoa, en Malí; Tamanrasset, en la propia Argelia; Monrovia, en Liberia; Níger, Ghana, Costa de Marfil...Y, sin embargo, la epopeya de su migración bien lo merece.

La estación termini, de este no menos imaginario tren que les trae a Occidente en busca de una nueva vida, se quedó en el campus de la facultad de Derecho de la Universidad Mohamed I de Oujda, la ciudad marroquí capital de la provincia y situada también a 14 kilómetros de la frontera. Aquí, en condiciones infrahumanas, durmiendo en alcantarillas, se hacinan cientos de esos inmigrantes que estuvieron a punto de alcanzar el sueño de llegar a España justo ahora que se ha aprobado el último proceso de regularización.Muchos pisaron Eldorado español pero fueron expulsados y ahora malviven en esta ratonera.

Los 800.000 habitantes de Oujda viven de la agricultura (olivos y naranjas, sobre todo) y del contrabando de gasolina y otros productos procedentes de Argelia. Es una ciudad bulliciosa, relativamente próspera, sin grandes conflictos aparentes y acostumbrada, como cualquier ciudad fronteriza, al continuo trasiego de gentes de todas las razas.

Hasta que hace un año el Gobierno marroquí iniciase las expulsiones masivas de estos inmigrantes a través de la frontera -casi 16.000 en 2004-, era fácil verles pasear por las mezquitas del centro o pidiendo por el barrio residencial de Al Qods. Pero de dos meses a esta parte han desaparecido casi del mapa de la ciudad.La policía tiene orden de detenerlos al instante, llevarlos a la Prefectura, ficharlos y expulsarlos del país inmediatamente.

¿Expulsarlos? Es un decir. En este territorio fronterizo se juega uno de tantos partidos de tenis entre dos países con odios atávicos y en el que la pelota la conforman estos desheredados humanos de color negro. El asunto es surrealista. Cualquier subsahariano capturado en cualquier parte de Marruecos -incluidos los del Sáhara- es trasladado hasta aquí en autobuses o camiones militares, y abandonado a su suerte en la franja de tierra entre los dos países conocida como zona libre.


EN TIERRA DE NADIE


Allí no hay muchas opciones. Caminar hacia adelante supone ser capturados por los militares argelinos que, salvo el oportuno soborno, les recluirán en algún campamento especial y los enviarán a la frontera con Malí (2.000 kilómetros más al sur) en un terrible viaje en camión por el desierto, sin apenas comida y con el agua justa. Allí serán de nuevo abandonados al otro lado de la frontera desde donde tendrán que empezar de nuevo el ascenso por alguno de los 95 campos de refugiados no oficiales localizados hasta ahora en esta zona de Africa, esta vez sin dinero y mucho más desgastados física y psíquicamente.

Y si deciden volver para atrás, tendrán que esconderse de día entre los bosques y montañas que circundan la carretera que conduce a Melilla, y caminar de noche, para no ser sorprendidos de nuevo por la policía marroquí de cuyos malos tratos se quejan la mayoría.

Para los que no lo tienen claro existe, sin embargo, el refugio del campus de la facultad de Derecho de la Universidad de Oujda.En Marruecos, estos recintos son los únicos en los que la policía del país tiene restringida la entrada. No por ley, pero sí de hecho. Su presencia, en épocas anteriores, provocó disturbios con los estudiantes, celosos por mantener este espacio de libertad en un país donde no es fácil conseguirla. Por eso, salvo situaciones especiales -redadas contra islamistas, por ejemplo- los gendarmes respetan este status quo no escrito.

El pasado miércoles llovía a cántaros en Oujda. El frío, húmedo, había sorprendido a todos sus habitantes. Tras buscar a los inmigrantes negros por toda la ciudad, los enviados de CRONICA acabamos encontrándolos entrando por el hueco de la valla rota de la facultad de Derecho.Al vernos llegar nos miraron con ojos asustados. Algunos salieron corriendo hacia el bosque confundidos entre la niebla. Cuando nos disponíamos a seguirles por esa valla, unos estudiantes marroquíes nos cortaron el paso.

- «Fuera de aquí. Dejarles tranquilos. Ya les habéis hecho mucho daño. Aquí no hacen mal a nadie. No son delincuentes ni tienen donde ir», asegura uno de ellos en árabe.

Nuestro traductor tarda unos minutos en pasarnos el mensaje.También él está desconcertado. «Creen que somos policías. Ahí dentro debe de estar pasando algo gordo...» Tras aclarar nuestra condición de periodistas, algunos estudiantes nos acompañan al interior del campus, una gran explanada con áreas boscosas y pequeñas pendientes. Allí, pegados a las paredes del edificio donde se imparten las clases y cobijados entre los árboles, sentimos la mirada clavada de cientos de ojos.


DEMASIADOS


Cien, doscientos, trescientos... Quizá más. Uno intenta hacer el recuento mental pero es casi imposible. A medida que rodeamos el edificio las fogatas se suceden. Oímos hablar en inglés, francés, árabe y todo tipo de lenguas tribales. Los estudiantes les tranquilizan diciéndoles que somos periodistas españoles y que no tienen nada que temer, que hemos venido a ayudarles. ¿Españoles? De repente, su actitud cambia. Nos rodean hablando todos a la vez. Están desesperados y mal abrigados. Muchos tiritan de frío. Al cabo de una hora en pie sentimos la humedad a la altura de las rodillas.Y nosotros vamos bien calzados.

Nos piden comida, dinero, papeles, un teléfono para llamar a sus familias, un cigarro, cualquier cosa. No hay tiendas de campaña ni nada que se le parezca. Los estudiantes dicen que las autoridades universitarias les dejan estar a cambio de que no levanten chamizos comprometedores ante la policía. Su único techo es el cielo.Y algunos llevan aquí más de seis meses comiendo de lo que les dan en las mezquitas o los propios estudiantes, a falta de ONG que les ayuden como en Europa.

Se dividen por grupos idiomáticos -francófonos y anglófonos- y se pelean por contarnos sus experiencias: «Me llamo Junior Jahstar y soy de Ghana. Por favor busquen en Melilla a mi abugado.Se llama Nayim Mohamed Alí y mi terjita de guesidence es el número 4810. Díganle que estoy aquí y necesito yuda», dice uno de ellos, alto y delgado, en un buen castellano.

«¿Tienes tarjeta de residencia española? ¿Y cómo has llegado aquí?», le preguntamos sorprendidos. «La Guardia Civil me cogió en una calle de Melilla y me echó fuera sin pasar por comisaría.Me rompieron los papeles, pero me recuerdo del número. Luego me cogió la policía marroquí y me quitó el dinero que me quedaba y el teléfono móvil. Me pegaron y me llevaron atado en un camión hasta la frontera de Oujda. Después vine aquí», nos dice enseñándonos los golpes en la cara que presuntamente le hicieron los policías.

El corro a nuestro alrededor es grande. La lluvia ni siquiera permite apuntar nada en un papel. Preguntamos en varios idiomas si hay más refugiados que hayan sido expulsados de España de esa manera. Más de la mitad de las manos se levantan.


IDA Y VUELTA


El nigeriano Tony Abo, 24 años, lo ha intentado nueve veces.Y ha fracasado. Dos años, 5.000 kilómetros y 3.000 euros después se ha rendido. Está cansado de volver a empezar continuamente.Pero su paradoja es que, ahora que quiere tirar la toalla y volver a casa, no encuentra donde hacerlo. En todas esas ocasiones estuvo a punto de rozar su sueño. Logró atravesar la frontera melillense, entrar en territorio español, vivir con otros inmigrantes en un centro. Llegó incluso a tomar un ferry para la Península, alcanzó las costas de Málaga, casi logra trabajar en un invernadero...Pero al final siempre fue interceptado.

La primera vez que le expulsaron de España, Tony pasó casi dos meses viviendo en el monte Gurugú, a las puertas de Melilla, hasta que pudo volver a entrar en la ciudad. La segunda, la policía alauita le metió en un camión militar. Esposado, sin comer ni beber nada y tras quitarle lo poco que tenía fue trasladado de noche a la frontera de Oujda. Diez días después estaba de nuevo en Melilla. Pasó unas semanas en el Centro de Internamiento gracias a que se hizo pasar por liberiano, país que no tiene convenio de repatriación firmado con España.

Luego consiguió que le llevaran a la Península. En Algeciras tomó un taxi con otros tres compatriotas hasta Málaga. Allí, nada más bajarse, fue detenido por la policía. Esta vez no le valió el truco de cambiarse de nacionalidad. Al día siguiente fue devuelto en avión a Nigeria con otro centenar de inmigrantes.

Pero Tony no se dio por vencido. Había estado muy cerca. Dos meses después emprendió de nuevo el viaje. Atravesó en camiones y andando Benin, Burkina Faso, Malí y volvió a llegar a la frontera de Argelia con Marruecos. Perdió otros tres meses en este viaje.«Tenemos derecho de vivir en cualquier lugar del mundo. Sólo buscamos la paz. Ya no lo voy a intentar más. Quiero volver a mi país pero ahora no puedo. No quiero atravesar de nuevo el desierto en esas condiciones. Please, diga que nos manden un avión para llevarnos a casa...», pide desesperado.

Un montón de voces se suman a su solicitud. «Yes, oui, sí, que nos saquen de aquí. No queremos que nos maltraten más. Si no podemos ir hacia delante, por lo menos que nos ayuden a regresar...» El clamor es colectivo. Y sorprendente para unos periodistas acostumbrados a escuchar siempre el mensaje contrario: un emigrante mira siempre el camino que le queda, no al contrario.

Encontramos más casos, como el de Cambert, 35 años, nacido en Costa de Marfil, que estuvo viviendo nueve meses en Valencia, hasta que fue expulsado en avión a su país. También nos conmociona encontrar a la senegalesa Lilian, de 25 años, con su bebé de 10 meses en brazos. Se llama Promise (Promesa en español) porque le prometió a su marido que el crío nacería en España. Llegó embarazada a Melilla en una patera. Su marido yace ahora en el fondo del Estrecho, junto con otros seis inmigrantes de aquella maldita embarcación.

Sin embargo, ni siquiera eso pudo cumplir. Promise nació en el hospital de Oujda después de que la Guardia Civil la expulsase ilegalmente por el mismo sistema de hechos consumados que, según numerosas organizaciones sociales, se suceden en Ceuta y Melilla.

Asociaciones como SOS Racismo, la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) y Amnistía Internacional han hecho causa común para denunciar estas expulsiones arbitrarias desde territorio español a través de las fronteras terrestres de estas dos ciudades en el norte de Africa.

«El Gobierno español ha dejado de proteger los derechos humanos traspasando el control fronterizo de la inmigración a la policía marroquí, que no es precisamente muy cuidadosa en ese aspecto.La Ley de Extranjería especifica que sólo se puede devolver a su país de origen a los inmigrantes, una vez en territorio nacional, tras abrir un expediente de expulsión. Estamos hablando de personas que solicitan asilo, muchas ya con este expediente en marcha.Los extranjeros detenidos son llevados, no a la comisaría, sino a la frontera marroquí y expulsados por la vía de los hechos.Se les rompe esa documentación e incluso sabemos de casos en los que son amenazados con armas de fuego», denuncia Diego Lorente, de SOS Racismo.


DENUNCIAS


Por su parte, José Palazón, presidente de la Asociación Pro Derechos de la Infancia de Melilla, Prodein, asegura que durante el pasado año «se expulsaron a muchos menores de edad por la frontera de esa manera. Estamos perplejos ante lo que está pasando porque a unos señores que vienen a trabajar les tratan como delincuentes.Y en nuestra opinión, los auténticos delincuentes son los que expulsan a esta pobre gente de esa manera».

El monte Gurugú, a las afueras de Melilla pero en territorio marroquí, sirvió durante años de refugio para los subsaharianos que llegaban a las puertas de la ciudad. Hace unas semanas, los casi mil inmigrantes que allí se hacinaban fueron detenidos, expulsados a Argelia y el campamento incendiado. El pasado jueves, coincidiendo con la festividad del año nuevo musulmán (1426), otro de estos campamentos, situado a las afueras de Ceuta, también fue tomado e incendiado por los militares marroquíes. Y todos temen que el refugio universitario de Oujda corra el mismo camino dentro de poco.

«Es sospechoso que estas acciones masivas contra los campamentos hayan coincidido con la reciente visita del rey español a Marruecos.Y, también, con el aumento del presupuesto que la UE ha concedido a Marruecos para esta lucha contra la inmigración subsahariana.Todos tienen miedo a ser deportados a Oujda porque los campamentos de Argelia son muy peligrosos y las condiciones difíciles. Según nuestras informaciones, 20 africanos han muerto en este país desde que comenzó la ola de frío», añade Diego Lorente.

En el campus de la Universidad varios inmigrantes hacían cola para mostrarnos sus heridas. «A mí me pateó la policía marroquí y por eso voy con muletas», se queja el nigeriano Prince Pama mostrando la escayola en su pie izquierdo. «A mí también. Me dieron patadas en el suelo y mira cómo me dejaron», añade su compatriota Michael John enseñando su pierna herida. «La gente marroquí es buena, nos tratan bien. Pero díganle a Europa que no de más dinero a su policía porque son unos criminales», se queja el congolés MBoyo.

Por su parte, un portavoz del Ministerio del Interior marroquí, que recibió a estos periodistas en la prefectura de Oujda, reconoció que estos días no habían cogido a muchos «clandestinos» porque «se esconden con el frío. Pero el domingo expulsamos a 300. El problema es que Argelia no colabora. Y necesitamos más medios para blindar la frontera porque son muchos kilómetros. Y ese dinero sólo puede venir de Europa...»

Si dura fue la venida, peor será la vuelta. Expulsados ilegalmente por España, maltratados por Marruecos, rematados por Argelia...La encrucijada de los africanos atrapados en tierra de nadie, sin nada más que su voluntad, es ya una catástrofe humanitaria de primer orden. Una más para este continente desesperado.

http://www.elmundo.es/cronica/2005/487/1108249202.html
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18-02-2005 CARLA FIBLA / CADENA SER

Marruecos sitia a centenares de inmigrantes en las cercanías de Ceuta

Les impide alcanzar agua o alimentos y les expulsa a Argelia

 La Cadena SER ha podido acceder a Ben Yure, una zona de Marruecos muy próxima a Ceuta, donde varios centenares de subsaharianos se encuentran en un bosque cercados por el Ejército marroquí. Las tropas de Rabat pretenden expulsarlos a Argelia y para eso llevan cuatro días sin agua y sin comida.      
       


Se trata de un pulso entre las autoridades marroquíes y varios centenares de subsaharianos llegados desde Senegal, Costa de Marfil, República del Congo y Guinea Conakri.

Uno de estos inmigrantes ha relatado a la SER que no tienen agua porque en el lugar en el que la conseguían está ahora ocupado por las tropas marroquíes. Asegura este subsahariano que ni pueden salir ni pueden moverse: "Estamos atrapados".

En esta misma zona, y hasta hace sólo unas semanas, los inmigrantes se concentraban tras un largo viaje por media �frica, para intentar pasar a Ceuta.

Cuando alguna de estas personas sale del cerco para encontrar agua o comida es apresado por los gendarmes marroquíes. Algunos de los inmigrantes aseguran que, durante la noche, la Guardia Civil de Ceuta colabora en el cerco. Cuando un subsahariano es detenido se le lleva a la frontera con Argelia, donde es expulsado ilegalmente.

http://www.cadenaser.com/articulo.html?xref=20050218csrcsrnac_14&type=Te

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Comentaris

Re: Noticias desde la Frontera Sur
18 feb 2005
Para muestra de lo mierda que es la cadena SER un botón: donde pone ¨      La Cadena SER ha podido acceder a Ben Yure¨ es totalmente falso, a menos que acceder quiera decir que les llamen por telefono y les cuenten lo que esta pasando. Y la noticia firmada por Carla Fibla, pues que sepais que se esta apropiando de un trabajo que no es suyo. Ella no ha tenido NADA que ver en la elaboración de esta noticia.

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