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Notícies :: guerra
Munira Al Amar vive en una jaula en Palestina
15 nov 2004
Cuando construyeron la colonia israelí de Al Kaana también construyeron una barrera metálica para separar la colonia de la casa. El año pasado construyeron el "muro" de la segregación entre su casa y su aldea. De este modo Munira y su familia viven en una prisión a cielo abierto, sin acceso a sus tierras y bajo el arbitrio de los soldados que deciden si y cuando salir.
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LA JAULA

Por Istico Battistoni

MasHa es una aldea palestina tranquila de casi 3.000 personas, a pocos pasos de la línea verde que desde 1967 separa Cisjordania de Israel, perdida entre colinas de olivos que resisten largos meses sin lluvia. Sus habitantes son prisioneros de su propia tierra, destinada a cambiar de nacionalidad con el avance del muro. Pero más que cualquiera la prisionera es Munira.

Munira Al Amar, una señora tranquila de casi 40 años, vive con sus hijos y Haani, su marido, en una jaula. Su casa se encuentra en las afueras de la aldea y a 20 mts. de las primeras casas de la colonia israelí de Al Kaana. Son refufiados que huyeron de aquello que es ahora el Estado de Israel. En aquella ocasión, estamos en 1948, perdieron su finca a 6 km. más abajo en el valle y se refugiaron en las colinas de MasHa. Cuando construyeron la colonia, estupendo barrio residencial de estilo californiano con prados verdes y mucha, mucha agua, les sustrajeron otra parte de la tierra sin compensación y construyeron una barrera metálica delante de la casa.

El año pasado, vinieron los soldados y les dijeron que habian construido la âSecurity fenceâ? (valla de seguridad) en el lado opuesto, a casi 20 mts. de distancia, entre su casa y la aldea, aislándola completamente.

La âSecurity fenceâ? no es otra cosa que el muro de la segregación, que delante de la casa de Munira es una pared de cemento de 9 mts. de alto y que continua su camino por el campo como una estructura metálica protegida por telecámaras y alambre de espino. Le ofrecieron hasta dinero para que se fuera, y Munira dijo:â?No, graciasâ?. El muro de cemento que levantaron el año pasado delante de la casa, completando la barrera metálica los lados restantes, y así encerrándola en una jaula, fue su castigo. Si la casa no ha sido demolida a la fuerza ha sido gracias a la atención prestada por las asociaciones por la paz y los medios. Munira y su familia viven desde el año pasado en una verdadera prisión a cielo abierto, sin más acceso a sus tierras y bajo el arbitrio de los soldados, que deciden si y cuando pueden salir para trabajar en la aldea, ir a la escuela, o simplemente sentirse casi normales. La alta tensión que pasa por una parte de la barrera aconseja a sus niños desistir de la tentación de saltar...
Estoy con un grupo de observadores internacionales, que preguntan por qué la autoridad israelí no ha construido el muro entre su casa y la colonia, ahorrándole la segregación del resto de la aldea. âPorque hubiese estado demasiado cerca de las primeras casas de los colonosâ?- responde con objetividad. Porque si uno cree que en esta tierra los seres humanos tienen iguales derechos no puede encontrar una razón de lo que nos parece absurdo. Un muro puede romper los lazos con la vida de una familia de palestinos, pero no de una familia de colonos israelís. Así, la vida de Munira y de sus hijos ha cambiado radicalmente.

âGeneralmente los soldados abren la verja tres o cuatro veces al dia, esto permite a mi marido y a mis hijos ir al trabajo o a estudiar. Algunas veces, sin embargo, los soldados deciden no dejarnos pasar o volver a entrar. Y así mis niños han de buscar donde dormir en la aldea, en casa de cualquier familiar, porque no se les autoriza volver a casaâ?.- explica la mujer.

Samir, de 14 años, se siente muy solo. Su familia no tiene derecho a invitar a casa a ningún otro palestino, y él no puede por lo tanto invitar a sus amigos. Fátima y Nuri, de 4 y 8 años, miran con grandes ojos durante la entrevista. De cuando están en la jaula comparten más tiempo con los animales de la familia, los dos caballos, el mulo, las gallinas y el gato.

âEs todo lo que nos quedaâ?- dice el marido- yo también he debido cambiar oficios porque no tenemos más acceso a los olivos, que han pasado a los colonos o se han convertido en âzona de salvaguardaâ? del muro. La pena es el fusilamiento para quien intenta pisarla. âAhora trabajo en las bombas hidraúlicas de la aldea y uno de mis hijos repara automóvilesâ?.

Durante la entrevista, se aproxima un jeep militar a la barrera para preguntar a Munira quienes somos. Hoy es sábado, y los soldados se toman un dia de descanso, cerrando el checkpoint que corta la carretera al lado de la casa de Munira. Una carretera que una vez llevaba en una hora al Mediterráneo. Cuando llega alguien y no hay nadie de turno en el checkpoint, mandan un jeep para indagar.

âLes he dicho a mis hijos que no hablen nunca con los soldados cuando salen para ir a la escuelaâ?-nos revela la mujer. âLos soldados ofrecen dulces o incluso teléfonos móviles a cambio de informaciones que atañen a los miembros de nuestra familia. Es una forma de corrupción sutilâ?.

La vida surrealista que lleva la familia de Munira ha despertado la solidaridad internacional. También los pacifistas israelís van a verla. Una parte del muro ha sido pintada por los voluntarios internacionales con pájaros, flores y otros temas que evocan la libertad.

¿Y los colonos?. ¿Habéis contactado con ellos?.
âNo, con ningunoâ?, responde Munira. âDe vez en cuando recibimos piedras o cubos de basura o bien ofensas verbales, pero no nos podemos permitir reaccionar. Responder a sus provocaciones seria autorizar nuestra definitiva deportaciónâ?.

Munira nos ofrece té, y antes de irnos subimos al techo. La casa está en pésimas condiciones, mientras las mansiones de los colonos parecen un sueño. Inaccesible. Los colonos de Al Kanaa provienen principalmente de EEUU y también de Yemen. Arabes de fé hebrea. Su sangre los ha llevado al paraíso. A un lado de la barrera la sequía y la pobreza, del otro los prados a la inglesa y las bouganvillas.

Cuando sonrie, Munira está extraordinariamente serena. Para que podamos salir de la jaula abre una puertecilla en la barrera por la que hemos entrado y de la que tiene las llaves. Hoy no están los soldados en el checkpoint, y esto da un atisbo de libertad. Los otros dias están los soldados para decidir si puede empujarse la puertecilla.

Al irme, me pregunto si está más serena Munira o los soldados que la vigilan y los colonos que la provocan. Y no encuentro la respuesta.

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Sindicat Terrassa