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Los demócratas pierden porque no conocen su país
09 nov 2004
Los demócratas pierden porque no conocen su país

Por Tom Wolfe


The Sunday Times (08/11/04, 08.11 horas)

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En los últimos días he hablado con multitud de periodistas y de tipos cultos de Nueva York. Me he llegado a acostumbrar al sonido de esas voces desanimadas, apagadas, al otro extremo del teléfono.El peso de la victoria de George W. Bush parece que ha sido demasiado.Pues a ver qué esperaban, me pregunto a mí mismo.

No les gusta la guerra ni la forma en que se está llevando, no les gusta Bush y no les gusta lo que su reelección dice de Estados Unidos. Pues bien, ¿dónde está su sentido de la realidad? Las privilegiadas capas liberales habían demostrado que antes incluso de las elecciones habían perdido completamente el contacto con la realidad. Estuve en una cena en Nueva York en la que todo el mundo se preguntaba qué hacer con Bush cuando sugerí que podían hacer como yo y votar por él. Se hizo el más absoluto silencio en la mesa, como si hubiera anunciado: «por cierto, no lo he dicho antes pero soy pederasta».

Ahora, se creen que el cielo se les cae encima. No me queda más remedio que reírme. Me recuerdan a Pauline Kael, la crítica de cine, que dijo «no sé cómo ha ganado Reagan; no conozco a nadie que le haya votado». La frase se ha convertido en un clásico y refleja la reacción de los intelectuales de Nueva York en estos momentos. Debo advertir que, en este contexto, mi definición de intelectual es lo que se suele encontrar en esta ciudad: no se trata de personas con grandes conocimientos intelectuales sino más bien de algo así como vendedores de automóviles, personas que asimilan nuevas remesas de ideas y las revenden.

Lo que yo creo es que los resultados de las elecciones en Ohio, el estado clave en esta ocasión, nos revelan todo lo que nos hace falta saber. En términos generales, el cuadro del conjunto del país, con su rojo Republicano y su azul Demócrata, se ha mantenido prácticamente sin cambios desde los últimos comicios.Los millones de dólares gastados y los kilómetros recorridos en las campañas electorales de Bush y Kerry no han dado como resultado prácticamente diferencia alguna.

Sin embargo, échese un vistazo a Ohio y a las diferentes pautas de voto en Cleveland y en Cincinnati. Cleveland, en el norte del Estado, es cosmopolita, lo que consideraríamos una ciudad del Este, y Kerry ganó allí en una relación de dos votos a favor por uno en contra. Cincinnati, en el extremo sureste de Ohio, está muy lejos, tanto geográfica como culturalmente. Es lo que se llama el medio Oeste y eso significa automáticamente villapaletos para los intelectuales de Nueva York. Bush ganó en ella por un margen de 150.000 votos y ha sido el sur de Ohio en su conjunto lo que ha vuelto a enviarle a la Casa Blanca. La verdad es que mis colegas, mis compañeros de la prensa y los tipos cultos se sentirían mucho más a gusto en Bagdad que en Cincinnati. En su mayor parte, ni siquiera serían capaces de decir en qué Estado se encuentra Cincinnati y viajar allí sería como si los enviaran a un condado de mala muerte en el desierto de México.

No tienen inconveniente en hablar con un jeque en el Líbano o con grupos radicales esotéricos en Uzbekistán pero ¡hablar con alguien de Cincinnati! ¿Tú estás loco? No tienen ni idea de qué están hechos los Estados Unidos y ni siquiera ahora tienen interés en enterarse.

Entonces, ¿quiénes son todos esos que han votado por Bush? En mi opinión, el tipo que mejor calados los tiene es James Webb, el marine que volvió de Vietnam con más condecoraciones. Al igual que John Kerry, también ganó la Silver Star (Estrella de Plata), pero además obtuvo la Navy Cross (Cruz de la Armada), equivalente a nuestra más alta distinción, la Medalla del Congreso.

Trabajó durante un breve plazo para Reagan como secretario de la Armada, pero emprendió luego la carrera de escritor. Su último libro, Born Fighting (Nacido en combate), es la obra de etnografía más importante que se ha publicado en mucho tiempo en este país.Versa sobre un grupo muy numeroso pero que pasa desapercibido, los escoceses-irlandeses. Están repartidos prácticamente por todos los montes Apalaches y por zonas como el sur de Ohio o Tennessee.

Su denominador común es la música country y, cuando los demás hablan de palurdos, es a ellos a los que se refieren; ellos son los que han votado por Bush. Aunque han tenido sus éxitos, a los escoceses-irlandeses no les han ido bien las cosas en términos económicos, por lo general. Son individualistas, son testarudos y aprecian su forma de vida más que su situación financiera.Si aparece un político partidario del control de armas, se lo toman como algo personal. En realidad, la cuestión no está en el tema del control de armas; la cuestión está en que si alguien se pronuncia en contra de la Asociación Nacional del Rifle, está contra ellos como grupo social.

Se toman el protestantismo con la máxima seriedad. Me da la risa cuando alguien habla de «la derecha cristiana». Esta gente no es de derechas; es religiosa, y punto. Lo que pasa es que, si alguien es religioso, está en contra del matrimonio entre homosexuales y en contra del aborto, por supuesto. Está en contra de un montón de cosas que han pasado a formar parte de la liturgia liberal intelectual.

Aquí, todo el mundo que se enrola en el ejército se pregunta de dónde han podido salir todos estos sureños. A esta gente le encanta pelear. Durante las guerras contra los franceses y contra los indios, antes de que existieran los Estados Unidos, los reclutadores del ejército se presentaban en las Carolinas y en los Apalaches y preguntaban: «A ver, ¿hay alguien que quiera venir a luchar contra los indios?». Había siempre un montón de muchachos dispuestos a enrolarse y no han perdido esa atracción por las peleas.

Mi familia no era de escoceses-irlandeses pero mi padre provenía del valle del Shenendoah, en las montañas Blue Ridge (Virginia Occidental), así que estoy al tanto de qué clase de tipos está hablando Webb. Les gusta pelearse: han sido muchas las veces en que he ido por allí de visita y he bajado a la ciudad a ver las peleas a pedradas de los sábados por la noche. Todos los hombres sin excepción se encontraban en el bar, bebían cerveza (la única bebida que se puede comprar por allí), salían a la calle, cogían unas cuantas piedras, se las tiraban los unos a los otros y a continuación se volvían a sus casas.

Bush, a pesar de su linaje pudiente y refinado, de su tipo de familia y de la escuela a la que asistió, se las arregla estupendamente para moverse entre esa gente como uno más de ellos. Anda como ellos, habla como ellos, le encanta el ganado y dice que disfruta con las carreras de coches de serie trucados, que es el deporte más popular de EEUU, aunque nadie lo diría si sólo leyera los periódicos de Nueva York, que no se ocupan de él.

Hay un pequeño rincón de Tennessee, Bristol, un lugar lleno de escoceses-irlandeses, en el que se celebra una carrera anual que atrae a 165.000 personas cada año, 55.000 más que las que asisten al partido de fútbol americano más importante del año.Bush es un reflejo de esos Estados Unidos, los auténticos Estados Unidos, y quizá sea eso lo que la privilegiada clase liberal y sus críticos extranjeros son incapaces de digerir.

Es un hombre que parece que cree sinceramente en Dios, mientras que Kerry dice «soy católico romano, de modo que debo creer en Dios». Es como si se dirigiera a James Carville, el estratega de la campaña del Partido Demócrata, y dijera: «¿No?». Evidentemente, eso de Dios no forma parte de su vida.

Los valores de la América profunda no quedan bien en Nueva York.Salvo contadas excepciones, entre los escritores norteamericanos no se dice nada patriótico y, en términos generales, nadie dice nada bueno acerca del país.

Tengo que terminar ya porque tengo que ir al aeropuerto Kennedy a decir adiós a todos esos escritores y periodistas que me han dicho que no van a poder soportar otros cuatro años de Bush.El triunfalismo no es mi estilo pero no puedo sino esbozar una sonrisa con un «ya te lo dije». ¡Ah, por cierto! La mayor parte de ellos se marcha a Londres. Que el cielo asista a los británicos cuando lleguen.


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Tom Wolfe es escritor, autor de obras como La hoguera de las vanidades o Todo un hombre. Acaba de publicar en EEUU I am Charlotte Simmons

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