Fraga, capital efímera del Aragón revolucionario
El Consejo de Aragón en las Tierras Bajas del Cinca. Octubre-diciembre de 1936
Juan Carlos Chiné, albañil y anarcosindicalista en el medio rural.
Centro de Estudios Libertarios José Alberola
Entre toda la obra de transformación realizada por los trabajadores, la que en Aragón marcha hacia su destino de superaciones continuas es, especialmente, señera. Es obra del pueblo aragonés representados por su Consejo.
Alardo Prats. 1937
En agosto de 1936, las tres capitales de provincia de Aragón y casi la mitad de su territorio estaban en manos de los sublevados fascistas del 18 de julio; la otra parte había resistido el embate y parado el golpe militar. Entre los pueblos que se mantuvieron leales a la República se encontraban Fraga y los de la ribera del Cinca, en el sureste de Huesca. Conviene recordar que la mayor parte de los cargos de las corporaciones municipales habían dimitido a los pocos días de conocerse la noticia del levantamiento militar, provocando un “colapso” en la ya de por sí exigua administración municipal de la época.
Fraga será de los primeros municipios donde se crea un órgano revolucionario que se hizo cargo de la administración local; con el nombre Comité Popular Antifascista. Dicho comité estuvo formado por destacadas personalidades republicanas y anarquistas. Se colectivizó la tierra y la poca industria existente: albañiles, carpinteros, herreros, modistas, sastrerías y los varios hornos de pan, etc. Se puso en funcionamiento un hospital de sangre, además de una escuela y biblioteca; al poco tiempo emitió su propia moneda de curso local; en general, se dinamizó la vida social. La fuerza numérica del anarquismo organizado era incuestionable y fueron muchas las personas que, impulsadas por las circunstancias o por simpatía con las ideas libertarias, se sumaron a la causa revolucionaria; entre ellas, cabe resaltar el alcalde dimisionario Joaquín Viladrich del Frente Popular.
Los orígenes del Consejo Regional de Defensa de Aragón o Consejo de Aragón los encontramos, sobre todo, en la enorme influencia que la CNT y las ideas libertarias ejercieron desde años en buena parte de la población aragonesa, no solo en las zonas urbanas, sino también entre las que habitaban el extenso Aragón rural. Sin obviar el influjo regeneracionista de Joaquín Costa y de cierto republicanismo federal.
El lV Congreso Nacional de la CNT, celebrado en Zaragoza en mayo de 1936, aprobó, entre otros acuerdos, la resolución: Concepto Confederal del Comunismo Libertario donde se desarrolla todo un “programa político” ante una hipotética revolución social venidera y, entre otras cuestiones, se determina la organización territorial de manera federal y autogestionada.
El 6 de octubre de ese mismo año, ya en plena guerra, la Regional de Aragón, Rioja y Navarra de la CNT convocó un Pleno Extraordinario en Bujaraloz -municipio monegrino donde estaba instalado el Cuartel General de la Columna Durruti-. Asistieron y participaron delegaciones de sindicatos cenetistas de casi 140 pueblos aragoneses, además de representantes de las diferentes columnas confederales asentadas en el territorio, entre ellas la Columna Durruti, la Columna Roja y Negra y la Columna Ascaso. El Pleno acordó la creación del Consejo Regional de Defensa de Aragón. En Alcañiz, días después, el Comité Regional decidió fijar la sede provisional del Consejo en Fraga.
Es oportuno recordar el Pleno Nacional de la CNT celebrado en Madrid dos semanas antes, en el que se acordó la creación de Consejos Económicos y de Defensa que contribuyeran a sostener las conquistas revolucionarias desde julio de 1936. Se crearon Consejos en diferentes territorios de la España republicana donde el Movimiento Libertario y Revolucionario tenía mayor influencia, como es el caso de Asturias-León, aunque es cierto que no tuvieron la repercusión y el alcance del Consejo de Aragón.
El Consejo fue un organismo basado en los principios y la experiencia anarquista, sin la coerción de leyes ni la fuerza de las armas; una estructura supramunicipal organizada de manera federal, que abarcó todo el territorio del Aragón republicano. Hay que reconocer que nació de la voluntad y del libre acuerdo de los pueblos liberados y del movimiento colectivista; sobre todo, de la necesidad de dotarse de medios que mantuvieran unido el territorio en lo económico y en lo social. Su objetivo principal era dar solución a los problemas provocados por el abandono secular del Estado y agravados por la guerra.
En Fraga y los pueblos del Cinca, se tardó muy poco en colectivizar la tierra y en crear organismos administrativos locales. En agosto de 1936, en Albalate de Cinca se celebró un Pleno Comarcal, con la participación de 21 pueblos, donde se acordaron cuestiones como la colectivización y la creación de estructuras comarcales, con la idea final de implantar el Comunismo Libertario, que no se llegó a dar en su totalidad, pero sí en gran medida. El alcance de las más de 400 colectividades repartidas por todo el territorio aragonés, con cerca de 100.000 personas adheridas, pone de relieve la magnitud del movimiento revolucionario.
El 18 de octubre, Fraga se convirtió en la capital administrativa de Aragón, ese mismo día se hizo público un manifiesto del Consejo Regional de Defensa de Aragón en el que aparecían los nombres de todos los consejeros. En esta ciudad se editaron los primeros números del Boletín del Consejo y se instaló la sede principal en el mismo edificio del Ayuntamiento, en el Palacio Montcada. A los pocos días, algunas consejerías trasladaron sus oficinas a la finca de Monte Julia, en el término municipal de Belver de Cinca. Así lo recuerda Joaquín Ascaso en sus memorias:
Celebramos nuestra primera reunión en el Municipio de Fraga, la ciudad que tanta participación ha tenido en la historia de Aragón y de España. Parecían resucitar las antiguas generaciones. Fueros de Aragón. Maza de Fraga, Libertad. Libertades. El dique de nuestra seriedad era suficiente para contener todo el entusiasmo de las tareas preliminares. Voluntad de triunfo que allanaría cuantos inconvenientes surgieran.
El primer Consejo se estructura en siete departamentos o consejerías: Orden Público y Justicia, Información y Propaganda, Agricultura, Instrucción Pública, Transporte y Comunicaciones, Economía y Abastos, Trabajo. Joaquín Ascaso será elegido Presidente del Consejo. Todos los consejeros son miembros de la CNT. A destacar la figura del maestro José Alberola, nombrado consejero de Instrucción Pública, que en ese momento era el responsable de la escuela racionalista de Fraga. Durante años había contribuido a abrir escuelas en varios puntos de la geografía española, compaginando trabajo y militancia. Había participado en la fundación de la FAI y era uno de los oradores habituales en conferencias y mítines propagandistas del anarcosindicalismo, además de colaborador asiduo en la prensa anarquista.
Paradójicamente, Aragón alcanza así por primera vez en la historia moderna su “autonomía territorial”, postergada durante años por las vicisitudes políticas, la escasa motivación aragonesista y republicana y, sobre todo, por la llegada de la guerra. En cualquier caso, no se puede comparar con otros organismos territoriales de ese momento, por el carácter revolucionario del proceso constituyente del Consejo. Así nos lo recuerdan las primeras resoluciones del Consejo publicadas desde Fraga los días 18 y 28 de octubre, respectivamente:
(…)No se trata, pues, de un estamento más. Nuestro Consejo de Aragón no es igual a la Generalitat de Cataluña. Tendrá quizá alguna similitud, pero su diferencia es notable. La Generalitat se creó de acuerdo a unos cánones constitucionales y a las características de una región. Nosotros hemos nacido sin pedir permiso a nadie más que al pueblo soberano. (…)
(…)La revolución que viene produciéndose en Aragón nos obliga a ser distintos de las demás regiones. No quiere esto decir que tengamos un concepto cantonalista. El cantón implica reducción, frontera. Cantón, en Aragón, es un lugar destinado a juego de pelota, con paredes enfrente y a los lados: una especie, en fin, de encajonamiento. Lo contrario, precisamente, a nuestra idea de amplia, absoluta universalización. Pero repárese bien: la revolución no se hace a fuerza de leyes; que nadie nos tome por legisladores. Somos una convención revolucionaria que se nutre de la savia revolucionaria que nos llega de los pueblos liberados. (…)
La capitalidad de Fraga será efímera: a finales de diciembre de 1936, el Consejo se trasladará a Caspe, población de la provincia de Zaragoza, donde permanecerá hasta su disolución manu militari en agosto de 1937 por las tropas de Lister. La brevedad del primer Consejo no estuvo reñida con la intensidad de los acontecimientos. Desde el primer momento, tuvo que lidiar con muchos detractores, sobre todo del Gobierno central, pero también de los sectores políticos más autoritarios y supeditados a la Unión Soviética. La propia Generalitat catalana y parte del republicanismo y socialismo se mantuvieron recelosos ante la hegemonía libertaria y la influencia ejercida en buena parte del territorio. No escatimaron en lanzar bulos y acusaciones infundadas, como la de haber convertido el Consejo en un verdadero gobierno. Afirmaciones que no corresponden a la realidad por su propia naturaleza, donde la asamblea fundacional descarta esa posibilidad. Además, el Consejo no dispuso en ningún momento de una consejería o departamento de Guerra propia. Eso no impidió que recibiera toda clase de improperios, como el de gobiernillo de Fraga primero y de Caspe después.
Quizá fuera premonitorio lo ocurrido en el mismo mes de diciembre, cuando la aviación republicana bombardeó por error la antigua casa señorial de la finca de Monte Julia, donde se encontraba parte del Consejo. El aparato procedía del campo de aviación de Sariñena -población cercana-, casualmente comandado por Alfonso de los Reyes, miembro del Partido Comunista. De alguna manera, es razonable pensar que, ante todas estas hostilidades, se aceptará el reconocimiento legal ofrecido por el gobierno de Largo Caballero, con la condición de dar cabida a representantes de partidos políticos en el Consejo.
Pero fue en Fraga donde se sentaron las bases de algunos de los proyectos más ambiciosos y donde el Consejo comenzó su andadura. Una de las primeras resoluciones, con una fuerte carga simbólica, fue la de que los consejeros no percibirían sueldo alguno, una práctica heredada de la tradición cenetista, en la que ningún cargo de la organización era retribuido; manera de evitar desigualdades entre sus miembros y la corrupción. José Alberola redactó el proyecto La Nueva Escuela. Eduquemos instruyamos racionalmente, en un artículo publicado en el Boletín número 3 del Consejo. En él se perfila el proyecto inicial sobre educación. La consejería de Trabajo empezó a organizar estructuras sólidas sobre la capacidad productora y la distribución del consumo, y un proyecto de Seguridad Social. Desde el departamento de Transporte y Comunicación, dirigido por Francisco Ponzán, se empezó a organizar un ambicioso plan de comunicación de mercancías y pasajeros que incluía la mejora de carreteras y caminos rurales. Se adecuó y mejoró el servicio de correos y las líneas telefónicas. Cabe destacar la disposición de la propia Presidencia del Consejo para acabar con ciertos abusos y desmanes cometidos por grupos armados y milicias asentadas en los pueblos liberados, una cuestión demandada por los propios habitantes y colectivistas del territorio. Otra cuestión no menos importante fue la edición del Boletín del Consejo, que se publicaría con regularidad para mantener a la población informada de todas las resoluciones que se iban adoptando, y que ilustra la labor desarrollada y la filosofía del mismo.
Este mes de octubre se cumplen 90 años de aquel intento revolucionario de subvertir las anquilosadas estructuras sociales. Es una oportunidad para mirarnos en el espejo de nuestra historia: la obrera, la de la gente común. Hacerlo sin autocomplacencia contribuirá a obtener más preguntas que certezas y nos alejará de cualquier dogmatismo, pero también nos permitirá poner en cuestión ciertos comportamientos políticos. Me parece oportuno compartir unas palabras de José Alberola, pronunciadas en una conferencia suya en Lleida en marzo de 1937:
O se cree en el pueblo o se cree en la autoridad. Si creemos en el pueblo, triunfaremos y nos apartaremos de cualquier veleidad sectaria. (…)
(…) Cuanto más vinculemos nuestro esfuerzo a los esfuerzos desinteresados, al trabajo creador, a la aspiración de libertad, a la convivencia no forzada, a la iniciativa libre, a la federación de esfuerzos, a la cultura y a la cordialidad, al progreso sin interrupción y sobre todo a los valores imponderables de la moral, más cerca estaremos del aliento popular y más propicio veremos el mañana. La revolución será así indestructible y los anarquistas tendremos, más que galardón material, la satisfacción íntima de haberla impulsado confundiéndonos con el pueblo y no apartándonos de él.
Fraga 18 de Octubre 2026 |