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Anàlisi :: guerra |
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Posibles consecuencias económicas y sociales para Uruguay por la guerra de Medio Oriente
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per Sebastian Bestard Molina. Correu-e: sebastian.bestard55@gmail.com (no verificat!) |
28 mar 2026
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AQUÍ TE CUENTO, LO QUE LOS MEDIOS Y EL GOBIERNO TE OCULTAN. |
Mientras unos cuantos viven el la Luna, en babia, o en Narnia, totalmente desinformados por los medios de difusión y por el propio gobierno, que prefirió no hablar del conflicto en Medio Oriente para no enojar a sus socios (EEUU e Israel), la realidad comienza a golpear a los uruguayos que prefirieron mirar para el costado y no ocuparse de la política exterior, ni criticar a la Cancillería ni a nuestro alineamiento detrás del hegemon del Tío Sam. Cuando no se razona con propia cabeza, y se delega esa actividad cognitiva, y las decisiones a políticos de un gobierno que ni escucha a sus bases del Frente Amplio, y menos al resto del pueblo, nada bueno podremos esperar, y mas que nunca tendríamos que escuchar los consejos y la sapiencia de Artigas. “Nada debemos esperar sino de nosotros mismos”
El uruguayo esta comenzando a recibir los primeros coletazos de la guerra en Medio Oriente, que creía muy lejana, y no de nuestra incumbencia, creyéndonos una isla impoluta invulnerable y no dependiente de los vaivenes del mundo, de que supuestamente no dependiéramos de él, interrelacionaríamos con él, y de que solo deberíamos preocuparnos de nuestros conventilleríos caseros, la politiquería chiquita, y observar solo la pelusa de nuestros ombligos, dicho no finamente: estamos dentro de un globo de cristal o pedo, creyendo no ser causa ni efecto del girar del mundo, viviendo una realidad paralela, que los medios y políticos nos reflejan una imagen falsa en el fondo de la caverna de Platón.
Sin relación dialéctica ni simbiótica con el mundo circundante, y lo peor, no tenemos ya la capacidad de imaginar los peores escenarios, ya que tampoco lo hizo “nuestro” gobierno, por su incapacidad de prevenir, prever y vaticinar un futuro que hasta un bebe de pecho lo veía venir.
Un dicho dice: El revolotear de una mariposa en un lugar del planeta, puede ocasionar una tormenta en el lugar opuesto” es la metáfora perfecta para describir cómo decisiones aparentemente pequeñas o lejanas pueden desencadenar consecuencias devastadoras en otro rincón del mundo. No somos inmunes, sino, muy vulnerables.
Un día quizás escriba un libro sobre el valor de saber prever el futuro, sin bola de cristal, pero imaginándolo para que la realidad negativa que podría venir, sea menor al imaginarla estando preparados para enfrentarla reduciendo sus daños, aunque ya escribí una novela de ciencia ficción, para que muchos abran los ojos, ante el peligro del exterminio nuclear del planeta. Novela censurada por las grandes editoriales, e intereses militares y hasta teológicos.
Volvamos a nuestro tema: Mientras el gobierno te vende el cuento tranquilizador de que Uruguay enfrenta la crisis del Golfo con medidas de contención en combustibles y apoyo a sectores productivos, mientras su matriz energética renovable amortigua el impacto etc. etc. A corto plazo habrá presión inflacionaria y encarecimiento de insumos; a mediano plazo, el riesgo es una mayor dependencia de importaciones que no vendrán por la escasez planetaria, y tensiones en la competitividad.
Lo que te cuenta el gobierno para adormecerte: “Medidas energéticas inmediatas de Uruguay:
Tope en el aumento de combustibles: El gobierno fijó un límite del 7% en el ajuste de precios de naftas y gasoil para evitar un traslado pleno de la suba internacional del crudo a los consumidores.
Apoyo financiero al sector productivo: Se habilitaron líneas de crédito preferenciales para mitigar el impacto en transporte, agro e industria.
Protección al transporte público: Se decidió no aumentar por hoy, el boleto del transporte colectivo, absorbiendo parte del costo con subsidios estatales.
Uso de la matriz renovable: Uruguay mantiene más del 90% de generación eléctrica con fuentes renovables (hidráulica, eólica, biomasa y solar), lo que reduce su exposición directa a la volatilidad del petróleo (el cuento de Caperucita).
Consecuencias inmediatas:
Inflación y costo de vida: El encarecimiento del petróleo y fertilizantes por el bloqueo parcial en el Estrecho de Ormuz presiona la inflación y los precios de alimentos.
Impacto en el agro: La FAO advierte que los fertilizantes podrían subir hasta 200%, afectando la producción agrícola uruguaya y aumentando costos de exportación.
Volatilidad en mercados: El crudo superó los US$100 por barril, generando incertidumbre en importadores y transportistas (hace rato subió mas que eso, y subirá mucho más).
Consecuencias mediatas, que prevén los expertos y las estadísticas (si el conflicto se prolonga).
Competitividad exportadora: El agro y la industria podrían perder competitividad por mayores costos de insumos y transporte.
Mayor presión fiscal: El Estado deberá sostener subsidios y créditos, aumentando el gasto público.
Aceleración de transición energética: El conflicto refuerza la estrategia regional de apostar por energías limpias como garantía de seguridad y soberanía. Y estas también dependen de precios internacionales de la energía, y son privadas…
Riesgo de desabastecimiento indirecto: Aunque Uruguay no depende del petróleo del Golfo para electricidad, sí lo necesita para transporte y logística, lo que podría generar tensiones si el conflicto se extiende, ya que el resto de países exportadores de petróleo, priorizaran a los países que paguen mas y mejor a su petróleo, ya que este escaseara. Dicho sea de paso: fuera de los Brics, no lo obtendremos de Rusia, ni de Venezuela, ya que ni restablecimos relaciones diplomáticas con ese país, y mucho menos, de EEUU ya que solo priorizara su mercado interno.
Mas allá de esa “realidad” fantástica y tranquilizadora que nos pretende vender este gobierno de pseudoizquierda, existe otra, tratemos de acercarnos a ella.
Y no queremos ser pájaro de mal agüero, ni el personaje famoso aquel, de una tira cómica de un diario, llamado “Fulmine”
La realidad energética de Uruguay frente a la crisis del Golfo es mucho más sombría de lo que el discurso oficial sugiere: el país, pese a su matriz renovable, (pequeña y vulnerable) está expuesto a un shock externo que ya golpea el bolsillo y amenaza con desestabilizar la producción y la economía. Las medidas inmediatas son muy poco paliativas, pero si el conflicto se prolonga, el escenario puede volverse catastrófico. Y nada augura que el conflicto bélico energético se solucionara en un futuro cercano. Venimos advirtiendo desde hace tiempo en múltiples artículos el peligro de las consecuencias de la guerra en Medio Oriente para Uruguay conlleva, pero nadie me ha escuchado ni leído. https://barcelona.indymedia.org/newswire/display/537461?fbclid=IwY2xjawQ
Acá otro: https://barcelona.indymedia.org/newswire/display/537438?fbclid=IwY2xjawQ
Acá otro más: https://barcelona.indymedia.org/newswire/display/537378?fbclid=IwY2xjawQ
Nunca he sido tomado en cuenta, y mi intención es solo que mis conciudadanos sufran menos cuando el periodo de las vacas flacas y las carencias de todo tipo vengan. Que siempre es mejor prevenir que curar, y reducir los daños y heridas.
¿Medidas inmediatas en curso?
Tope artificial en combustibles: El gobierno fijó un límite de aumento en naftas y gasoil, pero esto implica que el Estado absorba pérdidas crecientes de ANCAP, lo que puede derivar en déficit fiscal y recortes en otras áreas.
Subsidios al transporte público: Se mantiene provisoriamente el precio del boleto, pero a costa de un gasto público que no es sostenible si el crudo sigue por encima de los US$100 (y ya lo está).
Créditos de emergencia al agro y transporte: Se habilitan líneas de financiamiento, aunque con tasas que no compensan el encarecimiento brutal de fertilizantes y logística.
Dependencia oculta del petróleo: Aunque la electricidad es renovable, el transporte y la maquinaria agrícola siguen dependiendo del gasoil importado.
Consecuencias inmediatas: Asi lo ven los expertos y las estadísticas.
Inflación acelerada: El costo de vida ya refleja la onda expansiva del conflicto, con alimentos y transporte más caros.
Agro en crisis: Fertilizantes con aumentos de hasta 200% amenazan la próxima zafra y ponen en riesgo exportaciones clave.
Desgaste fiscal: El Estado se ve obligado a subsidiar sectores estratégicos, comprometiendo recursos para salud y educación.
Ilusión de inmunidad rota: La distancia geográfica no protege; el impacto llega directo al bolsillo uruguayo.
Consecuencias mediatas si el conflicto se prolonga (¡y la verdad, da para rato!)
Desabastecimiento parcial: Uruguay no produce petróleo ni gas; si el conflicto corta rutas de suministro, habrá riesgo real de escasez.
Colapso de competitividad: El agro y la industria perderán mercados por costos insostenibles.
Crisis social: Inflación, desempleo y caída del poder adquisitivo pueden derivar en conflictividad laboral y protestas masivas.
Fragilidad fiscal: El Estado no podrá sostener subsidios indefinidamente, lo que obligará a ajustes drásticos, y no habrá lugar de donde sacar recursos.
Conclusión:
Uruguay enfrenta un escenario de vulnerabilidad extrema: las medidas inmediatas son parches que no podrán sostenerse si el conflicto del Golfo se prolonga. El país podría entrar en una dinámica de inflación descontrolada, crisis agroindustrial y tensiones sociales. La resiliencia renovable es un escudo parcial, pero no evita que el transporte y la producción dependan de un petróleo que va a escasear.
Dependencia de renovables insuficiente: La tan mentada matriz eléctrica renovable dice el gobierno protegería la luz, pero no el transporte ni la cadena logísticas, resultado, todo subiría de todas maneras, pues una cosa depende de la otra, y la otra de esta.
Un escenario extremo con el barril a 200 dólares (muy posible si el conflicto se extiende) sería devastador para Uruguay:
Combustibles inalcanzables: El precio de la nafta y el gasoil se duplicaría o triplicaria, obligando al gobierno a racionar y posiblemente decretar cupos de consumo.
Transporte paralizado: El transporte público y de carga quedaría en crisis, con riesgo de desabastecimiento en ciudades y puertos.
Agro colapsado: Los fertilizantes y el gasoil para maquinaria serían prohibitivos, reduciendo drásticamente la producción agrícola y ganadera.
Inflación descontrolada: El costo de vida se dispararía, con alimentos y bienes básicos fuera del alcance de gran parte de la población.
Crisis social y política: Protestas masivas, caída drástica del ya mermado poder adquisitivo y presión sobre el gobierno para medidas de emergencia que se olvido de tomarlas cuando debió hacerlo.
Fiscalidad al límite: El Estado no podría sostener subsidios, entrando en déficit crítico y obligando a ajustes severos, y los primeros en apretarse el cinturón, serán los trabajadores y no el 1% más rico de la población, los jubilados y desocupados prefiero no mencionar su destino y “suerte”.
En pocas palabras: un barril a 200 dólares significaría racionamiento, inflación explosiva, colapso del agro y crisis social profunda, un país en bancarrota donde la vida seria un sálvese quien pueda y una ley de la jungla.
Imaginemos la vida cotidiana del uruguayo común con el barril a 200 dólares:
Electricidad: La matriz renovable quizás nos brindaría electricidad unas horas cada dia, a precio de oro… las tarifas empiezan a subir porque el Estado necesita cubrir el déficit generado por los subsidios al transporte y combustibles.
Garrafas de gas: El precio se dispara. Una garrafa de 13 kg, que hoy cuesta unos 400 pesos, podría superar fácilmente los 1.000o mucho más. Muchas familias reducen su consumo, cocinan menos con gas y recurren a hornallas eléctricas, lo que sobrecarga la red y elevan aún más las tarifas de UTE, mucha gente podría hasta cortar arboles ilegalmente para `poder cocinar, ya que leña no se vendría, a menos que se talen los eucaliptos extranjeros.
Calefacción: En invierno, calentar la casa con garrafas se vuelve un lujo inalcanzable, mucha gente moriría de frio en su propia casa modesta. La gente se abriga más dentro de sus hogares, y los inviernos serian un tormento.
Automóvil particular: Llenar el tanque se convierte en un gasto prohibitivo. El uso del auto se restringe a emergencias, y muchos lo dejan guardado, como pieza de museo, y optan por la bicicleta o caminar, si pueden comprarse zapatos seguido.
Transporte público: Aunque el gobierno intenta mantener el boleto, los subsidios no alcanzan. El precio sube, los servicios se reducen drásticamente, las empresas omnibuseras no querrán tendrán perdidas y los ómnibus circularán con mucho menos frecuencia. La gente espera mucho más tiempo en las paradas y viaja en unidades abarrotadas. Todo por no haber optado hace décadas por los tranvías y trenes suburbanos eléctricos.
Alimentos: El encarecimiento del agro por fertilizantes y transporte hace que frutas, verduras y carne suban de precio. El changuito del supermercado se achica: se compra menos y se priorizan productos básicos.
Clima social: El malestar se siente en la calle. Protestas de transportistas, reclamos sindicales y marchas de consumidores se vuelven frecuentes. La sensación general es de incertidumbre y miedo al desabastecimiento vaciaría supermercados en compras o en saqueos (en Argentina los hubo)
En resumen: la vida diaria se vuelve una lucha por sostener lo básico — cocinar, calentar la casa, moverse por la ciudad y llenar la mesa. El uruguayo común se enfrenta a un escenario de austeridad forzada y tensión social creciente.
Imaginemos una crónica de un día extremo en Montevideo con el barril a 200 dólares…
El sol apenas asoma sobre la rambla y ya se siente el peso de la crisis.
Mañana: Juan, un trabajador común, se despierta en su apartamento en el Cordón. La garrafa de gas que usa para cocinar está casi vacía. Antes costaba 400 pesos, ahora supera los 2.000. Decide no encender la hornalla: prepara un mate con agua calentada en una vieja resistencia eléctrica, sabiendo que la factura de UTE también viene más cara.
Camino al trabajo: Su auto queda estacionado. Llenar el tanque cuesta más de 5.000 pesos, imposible. Sale a pie hacia la parada de ómnibus. La fila es larga, la espera eterna. Los coches pasan abarrotados, con menos frecuencia porque el subsidio estatal ya no alcanza. La gente se empuja para subir, algunos quedan atrás. Pero la mayoría de los ómnibus no paran, pues están repletos.
Mediodía: En el supermercado, el panorama es desolador. El precio de la carne y las verduras se disparó. Juan compra arroz y fideos, resignando frutas y lácteos. El changuito de las familias se achicó: se compra lo justo para sobrevivir, todo escasea.
Tarde: En la oficina, el murmullo es constante. Compañeros hablan de protestas de transportistas y del agro. Los fertilizantes están imposibles, la próxima zafra peligra. Se comenta que habrá marchas en el centro reclamando medidas urgentes.
Noche: De regreso, Juan enciende la estufa eléctrica. La garrafa ya no se usa para calefacción: es demasiado cara. Se abriga con dos camperas dentro de su casa. Afuera, se escuchan bocinas y cánticos: una manifestación avanza por 18 de Julio. El miedo al desabastecimiento y la bronca por los precios se sienten en cada esquina. Las explosiones sociales se hacen sentir, la gente reclama que la crisis no la paguen los trabajadores ni el pueblo, sino los que tienen más, la gente adquiere conciencia de clase a la fuerza.
El rencor que se despierta en la población bajo un escenario extremo es profundo y visceral, y comienza a encontrar culpables.
Muchos uruguayos sienten que se les negó una salida propia: reservas de gas y petróleo en el subsuelo marino que nunca se explotaron, por presión de ONG pagas por intereses internacionales y discursos de falsos ecologistas que, según la percepción popular, fueron financiados desde el exterior. La narrativa de “no asustar a los pecesitos y tortuguitas” se transforma en un símbolo de impotencia: mientras las familias no pueden pagar la garrafa para cocinar o calefaccionarse, recuerdan que el país renunció a recursos que podrían haber amortiguado la crisis. Pero a otros Estados les convenia un Uruguay subdesarrollado y dependiente, que importara el petróleo, y ahora lo hará aun mucho mas caro, si es que hay ene le mercado, pues escasearía demasiado.
Ese contraste genera: Rabia social: “Nos condenaron a depender de importaciones carísimas mientras teníamos energía bajo nuestros pies.”
Desconfianza política: Se acusa a este y a gobiernos pasados de haber cedido soberanía a intereses externos disfrazados de ambientalismo.
Resentimiento cultural: La idea de que se priorizó la imagen “verde” para el mundo antes que la supervivencia de la gente común.
Clima de ruptura: El ciudadano común siente que fue engañado, que se sacrificó su bienestar por causas ajenas, y que ahora paga el precio con hambre, frío y transporte paralizado.
En pocas palabras: el rencor se convierte en bronca contra las élites y contra los discursos ambientalistas importados, vistos como responsables de que Uruguay enfrente la tormenta sin sus propios recursos. Además, las protestas van dirigidas contra un gobierno que no tomo medidas preventivas para enfrentar una crisis que todos vieron venir.
El impacto negativo en las clases más pobres sería brutal, porque son las que dependen directamente de los servicios básicos y de un sistema público ya debilitado:
Hogares vulnerables: Las familias que cocinan y se calefaccionan con garrafas serían las primeras en sentir el golpe. Con precios imposibles, muchas pasarían frío en invierno y reducirían la alimentación caliente, lo que afecta directamente la salud de niños y ancianos.
Transporte público: Al subir el boleto y reducirse la frecuencia, los trabajadores de bajos ingresos tendrían que caminar largas distancias o gastar una parte desproporcionada de su salario en moverse.
Alimentación: El encarecimiento del agro y la logística haría que los alimentos básicos se vuelvan inaccesibles. La dieta se empobrece, aumentando la malnutrición en sectores populares.
Salud pública: Los hospitales y policlínicas, ya sobrecargados, enfrentarían más demanda por enfermedades respiratorias (frío en hogares sin calefacción), problemas de nutrición y estrés social. Pero al mismo tiempo, el Estado tendría menos recursos para sostener medicamentos, insumos y personal, porque el gasto se va en subsidios energéticos.
Círculo vicioso: La pobreza se profundiza, la salud se deteriora, y la capacidad del sistema público de contener la crisis se reduce. Esto genera un clima de abandono: los más pobres sienten que fueron sacrificados en nombre de decisiones políticas que los dejaron sin defensa.
En síntesis: los sectores populares serían los más castigados, con hambre, frío y un sistema de salud pública colapsado, mientras la bronca social se acumula contra quienes negaron la explotación de recursos propios y una distribución más humana y social de las riquezas acumuladas por la oligarquía dominante, que se niega a solidarizarse con los más desposeídos.
Eso sería un escenario posible, y trágico, potencial, si es que la suerte ¿celestial? no lo impide.
Sebastian Bestard Molina
Escritor, periodista de investigación. |
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