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Notícies :: altres temes
Aspectos de la historia
27 nov 2025
Las interpretaciones de la historia deben basarse en la realidad de los hechos; en caso contrario, se trata de fábulas, de cuentos de hadas. El mito de que la burguesía catalana es pactista, civilizada, etcétera, etcétera, ¿cómo concuerda con el pistolerismo de la patronal, el apoyo a la dictadura de Primo de Rivera y al franquismo? Se analizan varios mitos más, en el pasado y en el presente, cuando los autoproclamados «anticapitalistas» actúan como las tropas de asalto de la burguesía capitalista y ultraliberal. Además, el independentismo catalán se ha apropiado del discurso franquista y promociona a Miquel Mir, un seudohistoriador que se dedica a reciclar el material que le dan las sotanas franquistas. Artículo publicado en catalán en el número 7 de la revista «Agràcia». Traducción: Vanessa Valls.
La historia es una investigación sobre el pasado que no se limita a reconstruir los acontecimientos, sino que también aspira a explicar sus causas y consecuencias. De ahí que surjan interpretaciones diferentes, contradictorias, a veces incluso opuestas. Algo, al fin y al cabo, bastante lógico porque en todas las sociedades hay diferentes clases y formas de pensar. Las interpretaciones, sin embargo, deben basarse en los hechos, deben tener un fundamento —grande o pequeño— en la realidad de los hechos, en la medida en que los podemos conocer. Sin ese fundamento, no se puede hablar de historia, sino de propaganda, de fábulas, de cuentos de hadas.
    La clase social que detenta el poder cuenta con más recursos para difundir su versión del pasado (y del presente). En nuestro país, estamos sometidos a un relato que no concuerda con los hechos. Según la historia oficial, la burguesía catalana es pactista, civilizada, democrática, etcétera, etcétera. ¿Cómo concuerda todo esto con el pistolerismo de la patronal (de 1916 a 1923) promovido por esa burguesía tan «pactista» y tan «civilizada»? ¿Y con el apoyo inicial a la dictadura de Primo de Rivera el 1923? ¿Y después con el apoyo a Franco? «Franco es la civilización, la República es la barbarie», escribía durante la guerra civil Francesc Cambó, uno de los representantes más genuinos de la burguesía catalana. Y Tarradellas aplaudía los fusilamientos de Franco. He aquí lo que escribe Puig i Ferrater en «Diari d’un escriptor: ressonàncies, 1942-1952»: «Frase de Tarradellas: hablábamos de los fusilamientos perpetrados por Franco. Y él que me dice: “El favor que nos hace. Este nos ahorra fusilarlos nosotros cuando volvamos allí abajo”. Se refería naturalmente a ciertos anarquistas y comunistas de tipo activo».i
    El último invento de la propaganda burguesa ha sido el «oasis catalán». Ese universo tan idílico, sin explotación ni lucha de cases, ¿cómo concuerda con los desahucios exprés y los criminales recortes en la sanidad pública? Dos medidas que han causado muchas muertes. Es un «oasis» lleno de cadáveres. Añádase a eso unas condiciones laborales horribles, la precarización del trabajo, los alquileres exorbitantes, la xenofobia y el racismo contra los inmigrantes. No es, pues, un oasis, sino un campo de batalla de la burguesía contra los explotados.
    Por si todo eso fuera poco, tanto la derecha como la seudoizquierda del catalanismo llenan de elogios y premios la abadía de Montserrat. ¡Una abadía que es un antro de violadores y pederastas! El 10 de septiembre de 2024, el Parlamento de Cataluña concedió la medalla de honor en la categoría de oro al monasterio de Montserrat. Dicha medalla es un escarnio para quienes han sido víctimas de la violencia sexual de los monjes.

UN PASEO POR EL PASADO
    Por suerte, contamos con un libro que desmonta los cuentos de hadas de la burguesía: Víctor Alba, «Cataluña de tamaño natural» (Barcelona, Planeta, 1975). Por desgracia, no ha tenido mucha difusión. Me limitaré a dar varios ejemplos para abrir boca.
    Memorial de greuges. Ese documento, un memorial de agravios, fue redactado sobre todo por Valentí Almirall y presentado al rey Alfonso XII el 10 de marzo de 1885. Según la historiografía oficial, recogía les reivindicaciones del conjunto de los catalanes. Comentario de Víctor Alba: «Exponía los puntos de vista de todos los sectores de la sociedad catalana, salvo el obrero» (p. 132).
    Bases de Manresa. En una asamblea celebrada en Manresa en 1892, se aprueba este documento, que es el programa político del catalanismo. Se pide la autonomía para Cataluña, pero después se niega a Cuba. Dejemos que nos lo explique Víctor Alba: «Esos catalanistas eran muy “realistas” en materia económica, hasta el punto de dar de lado a los principios cuando se planteó la cuestión de Cuba. Cuba estaba en guerra contra España. La isla quería la independencia. El Gobierno proponía darle la autonomía. Las Cortes la aprobaron en 1898. Pero la burguesía catalana, que tenía a Cuba y Puerto Rico como un monopolio comercial “de facto”, se opuso» (p. 134).
    Prat de la Riba. La vaca sagrada. La figura intocable del catalanismo. Víctor Alba demuestra que era un personaje minúsculo, de poca talla: «Socialmente, era conservador. En 1909, se negó a publicar en “La Veu de Catalunya” un artículo en que Maragall pedía el indulto de los sentenciados a muerte [por los sucesos de la Semana Trágica]. Ante el problema social, en vez de propugnar medidas progresivas, lo único que se le ocurrió fue recurrir a un detective inglés para que investigara los actos de terrorismo. La industria debía organizarse en colonias industriales, donde el sacerdote y el patrón impusieran una existencia moral y ordenada a los trabajadores. En Prat de la Riba, pues, como se ve, se hallaban reunidas las contradicciones mismas de la burguesía catalana: anacronismo social y modernismo político. Una Cataluña con instituciones políticas modernas y una política social arcaica. Querían transformar a España sin transformar a Cataluña. Nada de eso podía funcionar en la realidad cotidiana» (p. 193).
    La Semana Trágica. En 1909, tras el aplastamiento de la insurrección popular, se inició la represión. «La burguesía […] presionó para que la represión fuera implacable» (p. 202). Josep Termes y otros historiadores de la misma línea tratan de minimizar la responsabilidad de la Lliga y de Prat de la Riba en el fusilamiento de Ferrer i Guàrdia. Termes, en un documental que se proyectó en el Ateneo de Gràcia, achacaba la iniciativa del crimen exclusivamente a la familia real, como venganza por el atentado de Mateu Morral contra Alfonso XIII. (Morral era el bibliotecario de la Escuela Moderna.) Víctor Alba deja las cosas bien claras: «La propaganda de la Lliga contribuyó mucho a crear el clima que condujo a la ejecución de Ferrer. Cuando su periódico “La Veu de Catalunya” pudo publicarse, después del motín, apareció con un editorial titulado “Delateu!” (“¡Delatad!”) en el cual pedía a la gente que denunciara a la policía a cuantos hubieran participado en los sucesos. Naturalmente, eso no sirvió precisamente para acercar los obreros al catalanismo. Maragall había escrito un artículo pidiendo el perdón de Ferrer, pero “La Veu de Catalunya” se negó a publicarlo» (p. 202).
    La obra cultural de la Mancomunitat. Recuerdo que, en el inicio de la intransición, un eunuco de la burguesía, en “La Vanguardia” —el periódico de la abyección catalana—, afirmó que la única experiencia positiva, en el ámbito de la enseñanza y de la cultura, se debía a la Mancomunitat. Se olvidó de decir que los mismos hombres que la hicieron posible, después la destruyeron. «La misma burguesía que había obtenido la Mancomunitat permitió que se disolviera —en realidad, creó las condiciones para su disolución— al propiciar la dictadura de 1923 (p. 207).
    La Dictadura. Primo de Rivera era el capitán general de Cataluña y dio el golpe de Estado en Barcelona. El presidente de la Mancomunitat era entonces Puig i Cadafalch (Prat de la Riba había muerto en 1917). «El día 12 [de septiembre], Primo de Ribera se pone en contacto con elementos de la Lliga, les promete una autonomía mayor que la Mancomunitat y acabar con el terrorismo obrero (p. 225). «Puig i Cadafalch creyó en la buena voluntad regionalista de Primo de Ribera», escribe Albert Balcells, historiador nada sospechoso de anticatalanismo.ii A la estación de Gràcia, a despedir al capitán general, «acuden centenares de patronos y el presidente de la Mancomunitat, que le entrega un memorándum. Esto es el 14 de septiembre por la noche. El 18, el Gobierno [español], que se hace llamar Directorio Militar, prohíbe el uso de la bandera catalana y el empleo del catalán en los actos oficiales; año y medio más tarde, suprime la Mancomunitat» (p. 225).
    Los historiadores se quejan —¡y con razón!— de la represión de Primo de Ribera contra las entidades y la lengua catalanas, pero la mayoría omite mencionar que la burguesía catalana, con Puig i Cadafalch al frente, fomentó, propició y respaldó el golpe de Estado de Primo de Ribera. Después el dictador se volvió contra quienes lo habían ayudado.
    Un episodio parecido se repitió, en abril de 1996, con el pacto del Majèstic entre Convergència —los gánsteres de Cataluña— y el PP —los gánsteres de España—. Aznar, una vez consolidado en el poder, se volvió contra quienes le habían ayudado a trepar. Los políticos catalanistas regalaron el poder del Estado a los herederos del franquismo, a la extrema derecha española y españolista.

VOLVAMOS A LA ACTUALIDAD
    Entre el «delateu!» de la Lliga y el «assenyalem-los!» de la CUP, ¿qué diferencia hay? No hay ninguna. En ambos casos se trata de convertir la delación y la intimidación en una virtud cívica.
    El nacionalismo con pretensiones de ser de izquierdas quiere englobar dos ingredientes inconciliables e irreconciliables: la cuestión social y los objetivos nacionalistas. Dejando de lado la retórica de cara a la galería, a la hora de la verdad, el primer ingrediente queda eclipsado o tragado por el segundo. Con el resultado que la izquierda independentista actúa a veces como el furgón de cola de la burguesía catalana, otras veces como sus tropas de asalto. Queda siempre subordinada a la burguesía independentista emergente, sin ninguna acción rupturista desde el anticapitalismo. Se trata del «seguidismo y claudicación constante que ha hecho la izquierda independentista, a través de su brazo electoral, a las políticas de la burguesía catalana y que culminan con la abstención en la investidura del admirador personal de los fascistas hermanos Badia, Quim Torra».iii
    La izquierda independentista (¿o tendría que decir la seudoizquierda?), para justificar que actúa al servicio de la burguesía y aprueba sus iniciativas (incluso los recortes en la sanidad pública), alega que lo importante es la independencia. Pues no. Lo importante no es la independencia, sino su contenido. Una independencia en manos de quienes imponen un capitalismo asesino y ultraliberal no se puede defender nunca.
    Un ejemplo clásico: la guerra de Secesión en Estados Unidos (1861-1865). Los estados del Sur querían la independencia y separarse del Norte con el fin de mantener la esclavitud. Los estados del Norte, que defendían la Unión y se definían como unionistas, luchaban contra la esclavitud. Según los criterios de la CUP —y de todos los partidarios del «procés», que tachan de unionistas a los que discrepan de ellos—, habría que apoyar a los sudistas.
    Ya sé que dentro del nacionalismo catalán —es decir, dentro del catalanismo— hay diferentes planteamientos (autonomista, separatista, independentista, soberanista) y diferentes clases sociales (burguesía [alta, mediana, pequeña], campesinado [mediano, pequeño]. Pero todas esas variantes comparten los mismos esquemas mentales, el mismo universo mitológico, el mismo racismo cultural. Y coinciden en lo esencial, a pesar de las discrepancias tácticas y las luchas entre diferentes facciones para acaparar el poder. También las familias de la mafia se pelean —y se matan— entre ellas, pero todas proponen lo mismo.
    Una prueba de esa coincidencia en el ideario y en la práctica: el que los elementos más fascistoides del nacionalismo catalán formaran parte de Esquerra Republicana. Abramos el libro de Víctor Alba, en la página 256: «El ambiente pasional, surgido en torno a la discusión del Estatuto en las Cortes, permitió a algunos elementos catalanistas radicales —y con deseos de imitar los gestos y la retórica fascistas— de volver a crear, como un grupo dentro de la Esquerra, el viejo Estat Català. Josep Dencàs y Miguel Badia fueron los elementos principales de esa tentativa, que no llegó a ser fascista, pero que hubiera podido serlo si hubiese tenido tiempo». ¿Cosas del pasado? ¡Pero si Esquerra Republicana, con Junqueras al frente, reivindica constantemente a los hermanos Badia y querría que en todas las ciudades y pueblos de Cataluña hubiera calles y monumentos dedicados a los hermanos torturadores de obreros! Y, cuando no reivindica a «los fascistas hermanos Badia», se dedica a elogiar la abadía de los pederastas. Incluso presentó al jefe de redacción de la revista mensual de dicha abadía como candidato al Congreso de los Diputados en las elecciones generales de julio de 2023.

EL INDEPENDENTISMO HA HECHO SUYO EL DISCURSO FRANQUISTA
    Antes he citado las palabras de Cambó y Tarradellas a favor del franquismo. ¿Cosas del pasado? ¡Pero si el independentismo catalán se ha apropiado del discurso franquista en defensa de la Iglesia católica, apostólica y fascista! Ha promocionado y aplaudido al seudohistoriador Miquel Mir —en realidad, un monaguillo al servicio de los maristas—, que califica de «persecución religiosa» lo que ocurrió en la zona republicana durante la Guerra Civil. La violencia contra la Iglesia y sus fieles no se desató por motivos religiosos, sino por motivos políticos: porque la Iglesia católica había apoyado el golpe de Estado de Franco y bendecía las matanzas que hacían su ejército y sus partidarios. Se trataba, pues, de un hecho político, en una situación de lucha contra el fascismo. Hablar de «persecución religiosa» es un planteamiento franquista. Miquel Mir recicla directamente los martirologios franquistas y el material que le dan las sotanas franquistas. Esto se ve claramente en el libro titulado «El preu de la traïció» (Pòrtic, 2010). Y recibe la bendición, en forma de prólogo, de Josep M. Solé i Sabaté, uno de los máximos representantes de los círculos oficiales, exdirector del Museu Nacional d’Història de Catalunya, autor del libro «Atles. El camí cap a la independència» (Barcelona, Ara Llibres, 2017). ¡El independentismo catalán recicla el franquismo español y españolista! Para que quede bien claro lo que vale la «independencia» que proponen.
    Algunos integrantes de la seudoizquierda intentan justificar su apoyo a los dirigentes catalanes del capitalismo neoliberal y austericida alegando una supuesta diferencia entre los capitalistas y los políticos de Barcelona y los de Madrid. ¡Qué disparate! «Lo que define una ideología no es nunca la bandera que ondea, sino los intereses de clase que defiende, y en este sentido no existe la más mínima diferencia entre unos y otros».iv Cabe recordar que Artur Mas empezó sus criminales recortes en sanidad antes que Rajoy. Y cabe recordar también que Artur Mas, representante del sector más reaccionario y corrupto de la oligarquía catalana, fue quien puso en marcha el «procés». Resulta, además, que es descendiente de una estirpe de traficantes de esclavos, y él está muy orgulloso de su origen familiar. Su sucesor no es mejor: otro defensor del capitalismo neoliberal, que coquetea con la extrema derecha flamenca y alemana (¿esperando pactar con la catalana?).

NO SE PUEDE JUGAR CON DOS EQUIPOS AL MISMO TIEMPO
    A raíz de una representación teatral, en julio de 2024, en la que mujeres inmigrantes de origen suramericano mostraban que la diferencia de idioma es una dificultad —un hecho innegable, aquí y en todas partes—, la derecha y la extrema derecha catalanas (suponiendo que se puedan diferenciar) han lanzado otra de sus habituales campañas xenófobas. Y, para variar, la seudoizquierda independentista ha añadido su voz al coro (otra prueba de que todos ellos coinciden en lo esencial). Además, han pedido a gritos más censura, una censura total y absoluta, sin fisuras. Todo ello acompañado de una sobredosis de racismo, insultos, amenazas machistas y una exhibición de mala educación por parte de unas personas que pretenden ser un modelo de cualidades. Hay que decir, por otra parte, que convertir la lengua en un instrumento de exclusión y discriminación es el peor servicio que se le puede hacer.
    El nacionalismo contiene, por definición, el peligro de la xenofobia y el racismo. Ningún sabio, ningún filósofo, ningún historiador ha podido demostrar lo contrario. Los nacionalistas, en cambio, nos demuestran a diario que es verdad.
    La sociedad está dividida en clases, en diferentes equipos. O juegas con el equipo de los capitalistas y explotadores o juegas con el equipo de los explotados. No se puede jugar con los dos equipos al mismo tiempo. Hasta los niños lo saben. Los que no lo saben son los autoproclamados anticapitalistas que actúan al servicio de los capitalistas. ¿Cómo puede ser que no vean que hacen el ridículo? Son víctimas del nacionalismo, que es una máquina aniquiladora de la inteligencia.
    No se pueden pedir peras al olmo.

1. Joan Puig i Ferrater, «Diari d’un escriptor: ressonàncies, 1942-1952», Barcelona, Edicions 62, 1975, p. 171.
2. Albert Balcells, «Història del nacionalisme català», Barcelona, Generalitat de Catalunya, 1993, p. 105. Balcells aduce este hecho como una excusa, o como una circunstancia atenuante; pero, pensándolo bien, es una acusación y una circunstancia agravante.
3. Alma apátrida, «Reflexions llibertàries transfrontereres. Recull d’articles», Barcelona, Descontrol, 2024, p. 28. Este libro contiene una serie de reflexiones muy acertadas sobre algunas cuestiones de las que hablo aquí. Quiero subrayar el análisis sociológico que hace del fenómeno independendista, aspecto que yo no abordo. Es una obra de lectura imprescindible para todos los que no quieran quedar prisioneros de la ideología burguesa.
4.Alma apátrida, «Reflexions llibertàries transfrontereres» cit., p. 152.

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