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Canarios fosforescentes de Enric Casasses
18 jul 2012
El premio nacional de literatura catalana
le acaba de ser concedido a Enric Casasses.
Celebro aquí con el prólogo
a mi traducción encara inèdita de su libro
«Canarios fosforescentes»
Canarios fosforescentes
de Enric Casasses
Orlando Guillén


Sobre el flameante mantel de luces de una mesa de U Fleku, taberna praguense, escribió Roque Dalton entre 1966-67 su abigarrado en el sentido de barroco y por su densidad, desparpajado, alucinado, trágico, riente poema de lectura de mundo Taberna, uno de los grandes referentes creadores de la segunda mitad poética del siglo XX latinoamericano. Sobre el flameante espejo liso de luces y corazones llameantes de una mesa de la taberna berlinesa «Los Corazones Flameantes» escribió Enric Casasses en 1997 estos Canarios fosforescentes construidos con ala de estilo distinta, o sea: con la acumulada prestancia de lo simbólico, lo agónico y lo lúdico en la concentrada fórmula de los poemas en prosa que se dejan querer con estrambote y que son también lectura de mundo y de vida, y escéptica e inseparablemente europeos. Dos extremos geopoéticos (que se tocan en su diferencia) de entender y sacudir la vida y el mundo con la sarmentosa mano de la poesía que destaco con la mía que tanto ha levantado el vaso poético empinando el codo en la mesa de ambos mundos, para que se vea para qué sí sirven las tabernas sin caer en la poesía comparada.

Una escritura la de este ramillete de poemas que hacen uno superponiéndose y separándose sucesivos y simultáneos con el dislocamiento de razón y sinrazón propios de la sintaxis sin fronteras y combustión interior de Verdaguer en sus «Dimonis»/«Demonios», que no aparecerían sino en 2000 a 100 años de haber sido escritos y a los cuales se adelanta con tal sorprendente corporeidad de estilo y de intención que si coláramos seres subrepticios que somos estas líneas que siguen entre ellos nadie notaría el juego prestidigitador: «Entonces te arrancaremos las cintas, la venda de los ojos, hermana, y una rebaja de los placeres: fin de las pruebas; ya no las necesita; todo le queda bien, bien, regular». O estas: «El espíritu de mis labios saltó del tren en marcha; descarrilábamos, y fue a refugiarse en el corderillo aquel. Ese día iban a trasquilarlo pero alguien se los robó». Victoria de Verdaguer (que también la tuvo en vida) después de muerto y triunfo de Casasses présago que se sitúa allí sin más, como en la entraña misma de lo catalán creador lingüístico surge natural un tronco que de una rama se desprende por mera magia de intuición poética. A Casasses, Verdaguer como March o Llull o Maragall o Carner o Salvà o Ferrater o Vinyoli en este sentido todo le queda bien, bien, regular, y se despacha entre ellos con su cuchara de madera catalana.

«El tren y el mundo traquetean, pero la vida no ni la vía; la vía está en mal estado pero la vida no ni los planes de reeducación de los pasajeros adultos. Hagámosle la ronda, ¡y sin pataletas!» Con palabras como estas Casasses anda estableciendo mundos en el mundo desde el mundo, haciéndole la ronda, con el ceño fruncido pero sin pataletas, en chinga, trajinando como un soldado del amor que vuelve. Esto es así también por cuanto su objeto lúdico fosforescente es la vida sobre tren en marcha que descarrila, porque la vida por amor se vive y porque la muerte como luego dicen irremediable es vivida, y era como si siempre fuese miércoles.

«En la halagüeña miseria de la basura, en la ropa vieja y en el ufano desorden de la buhardilla crecían setas, arañas, telarañas y nosotros, de amor y amor revueltos y rugosos, era miércoles». La obra de arte parte del ser dado y puede ser un original, pero nunca original a secas sino original poético. Es como boleto de viaje en el tiempo personal e instransferible: los rasgos de la singularidad de cada uno (que es lo que confunden tontostantos con el amuleto en balde de la originalidad), la condición única, la marca de lo invidual sobre el hombro de amor de la muerte propia que llamamos vida, obra de cada quien que puede hacerlo, que tiene con qué ser y por lo tanto es. Catorce versos dicen que es soneto. A la añadidura versaria que los rebasa rellaman los recríticos estrambote (y de aquí, por estigma, se deriva la cualificación estrambótica a la extravagancia), pero nunca tienen razón: porque si así fuera sería como si no fuera por omisión estrambótico el soneto de trece versos de Darío. Valga todo esto porque el estrambote que usa Casasses le es propio y a lo general literario extravagante desde el hecho de que se aplica no al verso sino al poema en prosa y, si bien añadidura, no es ni escolio ni última salida de quienes fueron mancos de la síntesis y les sobraron dedos, y sus funciones son múltiples en el poema y a veces lo contradirían si pudieran. Así al poema que da título al libro y es por tanto central y simbólico que dice: «Canarios fosforescentes refulgiendo en tus ojos y yo me duermo, pierdo los estratos, me remonto y rompo la balanza», su estrambote lo aísla y en contrapunto trágico lo oscurece con efectos salpicantes de chispas:
DAN DOLOR DE GRATIS
EN EL DESPEÑADERO DE
LOS DEMÁS. Y ALAS...
Pero «Despisto a la sombra que cobra intereses, y me intereso: ¿descarrilamos? Veo un corderillo». Esta es una poesía de andar por el mundo no un alarde técnico y rezuma tristeza y pesadumbre mientras vive en soledad una compañía, un desempeño de amor. Hay la compañía de la mujer, y la del corderillo donde el espíritu de su boca que algo tiene de cristiano se aloja en la catástrofe. Quizá por eso «Avisé al corderillo que descarrilábamos pero él estaba concentrado mordiéndome la chaqueta de cuero y me dolía la rodilla o séase que no pudo ser».

Otra presencia miercólica es la vena escatolúdica de la poesía casassiana. Esta plasta humeante de lo humano de muestra me sea suficiente: «Atragantado con el hueso de una fruta te limpias el culo con una hoja de árbol desbordante de noticias y miras el poder de la montaña que inclina hacia delante la cabeza y se dirige a ti».

Enric Casasses nació en Barcelona en 1951 y es poeta de floración en madurez en la actual poesía catalana. Entre otros libros es autor de «Calç», «Plaça Raspall», y «La cosa aquell»a.

A la mesa refulgente de Casasses se sienta Verdaguer con este de sus «dimonis» que recojo de mi memoria abolida: «O tú me dices ¡atrás, Satanás!, o yo te diré ¡atrás, Verdagué!». Al conjuro de su presencia, entra de la mano del amigo y del amado Ramon Llull. Y como por Casasses los «Dimonis» son un libro del amigo y del amado pero con el diablo, este llega subrepticio y entra manifiesto... Mas, cagao de miedo al ver tal compañía, y sin valor ya para más tratos con el espíritu catalán del amor creador convocado allí en su luz flameante por Casasses (y que le tornasola su rojo carmesí arrugado), el espíritu penado por el Espíritu antes de desvanecerse y así huir, es cortés con quien es amor cortés de Dios, y balbuce porque no balbuce:
ABANDONO, RAMÓN
DIJO SATANÁS
en tono a su poder verdagueriano. Pero sabio de que la poesía catalana comienza con Llull en prosa, caminando en «Círculos» se aprojima Vinyoli como alguien que viene de lejos...
Mira també:
http://www.floresdeuxmal.com

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