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Espejismo humanitario (Crítica a la acción humanitaria internacional)
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per (penjat per) Antoni Ferret |
11 set 2007
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EL ESPEJISMO HUMANITARIO
És un llibre de Jordi Raich (Debate, Sta Perpètua de Mogoda, 2004) que intenta desmitificar l’acció assistencial humanitària en els desastres, fent veure les seves contradiccions. Vegeu-ne alguns paràgrafs.
Sobre les dones afganeses.
«La burka se convirtió en el símbolo del sufrimiento de las afganas cuando, de hecho, antes, durante y después de los talibanes sólo una minoría de ellas la usaban. La razón es que la dichosa burka es un fenómeno urbano, únicamente la utilizan las mujeres de las ciudades, pero en Afganistán el 95 por ciento de los habitantes vive en el campo, donde no se estila. Es más, uno de los deseos de numerosas aldeanas es tener una burka, porque la consideran un símbolo de sofisticación y clase.
»La lista de mentiras que desde hace años se publican acerca de Afganistán es interminable, si bien la más grave, porque hace un flaco servicio a las víctimas que asegura defender, es una leyenda de fémina sumisa, cautiva, estúpida, que tan a menudo muestran los medios de comunicación. Cierto que hombres y mujeres sufren aún restricciones en Afganistán y que ello debe evolucionar en nombre de la dignidad y de la justicia, pero jamás he conocido a nadie más combativo y batallador que las afganas. Con una energía y una tenacidad admirables, necesitan cualquier cosa excepto nuestra lástima para defender lo que consideran sus derechos, y todavía necesitan menos que nosotros les digamos cuáles son esos derechos. Y, por sorprendente que parezca, apenas les preocupa llevar o no llevar la burka.
»En el hogar son ellas las que administran y regulan el funcionamiento comunitario, las que sostienen la economía con iniciativas laborales muy diversas, además de criar una prole interminable. Con frecuencia leemos que las afganas, por tradición o imposición legal, no pueden trabajar. Curiosa afirmación, sólo válida si la agricultura y la ganadería son consideradas pasatiempos, ya que la mayoría de las afganas reside en los distritos rurales y trabaja cada día en los cultivos y en los rebaños. En las ciudades sus protestas y manifestaciones públicas obligaron a los incultos talibanes a dar marcha atrás en varios decretos, incluidos el acceso a la salud y la educación, permitiéndoles ejercer en hospitales y en las florecientes escuelas privadas que enseñaban inglés, contabilidad e informática. Entre sus logros destacables bajo la dictadura fundamentalista figuraron la reapertura de las escuelas femeninas de enfermería en Kabul, Herat y Kandahar, libertad para comprar en el bazar sin acompañante y un edicto talibán prohibiendo el matrimonio forzoso tras enviudar, una práctica conocida en Occidente como levirato. Ellas son las que establecen su agenda de prioridades y los talibanes respondían a sus presiones, no a las nuestras como nos gusta pensar. Los discípulos del mulá Omar no eran un hatajo de locos venidos del espacio o resucitados de la Edad Media según pretendían hacernos creer; fueron un producto de la cultura y la mentalidad locales. Gran parte de las restricciones que imperaban en el país existían desde mucho antes de la llegada de la milicia islámica y continúan una vez desaparecida ésta. En el nuevo Afganistán, artificial y fuera de control, de Hamid Karzai y Estados Unidos, las afganas continúan llevando la burka, se casan con el marido elegido por sus progenitores, casi no van a la escuela, no trabajan fuera del domicilio y siguen sin tener atención sanitaria porque de hecho tampoco la tuvieron nunca.
»La explicación es sencilla: no obstante no hay interés en contarla. Las afganas no luchan solamente contra los talibanes, eso habría sido lo más fácil, sino que luchan contra sus propios abuelos, padres, hermanos, maridos e incluso madres, que perpetúan un sistema más opresivo si cabe, producto de unas tradiciones obsoletas y un férreo control patrimonial ultraconservador que imperan desde hace centurias.»
Sobre l’actuació dels cooperants
«Detrás de una actitud agradecida, unas veces real, otras hipócrita, numerosas poblaciones no consideran nuestra ayuda un acto altruista sino una obligación que tenemos para con ellas. En el multicultural planeta que nos acoge abundan las sociedades estructuradas alrededor de los conceptos de comunidad, copropiedad y participación, muy alejadas del individualismo que caracteriza a la civilización caucásica. En ellas, la generosidad del que tiene no es considerada una virtud o una decisión voluntaria, antes bien es un deber para con los congéneres menos favorecidos. No es, pues, de extrañar que el humanitario no sea visto como un sujeto que comparte su riqueza sino como alguien que no da todo lo que podría ofrecer, como alguien que nunca da suficiente. A los ojos de numerosas víctimas, el cooperante es un falso magnánimo porque es desprendido con el dinero de los demás, en este caso los donativos y subvenciones entregados por los habitantes y los gobiernos de las regiones industrializadas a su ONG. Da un poco de lo mucho que tiene y lo poco que da no le pertenece.
»El extranjero en cuestión aparece en el hospital, campo de refugiados, puesto de salud, pozo o aldea en un flamante Land Rover con chófer y antenas por doquier. Luce un reloj caro y unas gafas de sol de marca. Lleva una navaja multiuso suiza en el bolsillo y un walkie-talkie vocinglero en la cintura. Utiliza un lenguaje enigmático, atiborrado de siglas y abreviaturas incomprensibles que le hacen pasar por un experto en la materia que se tercie. No habla de heridos sino de beneficiarios y vulnerables, no dice países pobres sino países en vías de desarrollo, y hambre se convierte en desequilibrio nutricional. Un vocabulario mojigato diseñado para apaciguar la mala conciencia colonial. Discute con los quejumbrosos, escucha sus demandas y dificultades, les pone la mano en la espalda y asiente con la cabeza en actitud comprensiva. Luego se lamenta de que no tiene suficiente presupuesto ni material para cubrir las acuciantes necesidades, de que sus jefes en la oficina de la capital y en la sede central le ignoran, de que la burocracia estatal retrasa los envíos. Sube al jeep y se esfuma envuelto en la polvareda dejando atrás más promesas que soluciones. El samaritano distribuye judías y harina pero come carne y fruta; exige a las familias que trabajen de forma voluntaria y él percibe un salario; receta medicamentos a los enfermos, mas cuando tiene un problema de salud es evacuado; se enoja si no se cumplen los plazos establecidos para la finalización de las obras pero él se va de vacaciones o de reuniones a menudo. Por si fuera poco, suele ser un chico o una chica joven, que imparte órdenes a diestro y siniestro a personas que podrían ser sus abuelos y enseñarle unas cuantas cosas acerca de las relaciones humans.» |
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