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Notícies :: corrupció i poder : guerra
11-M: APAGÓN INFORMATIVO DEL GOBIERNO DEL PP
Golpe de Estado: la política, proscrita

La democracia repugna a nuestros gobernantes. La consideran sucia, una traición. Exigir verdad es cosa de miserables, señalar el apagón sobre la marcha de las investigaciones es cosa de intoxicadores. Zapatero dijo que le parecía "bajo" en estos momentos plantear dudas al Gobierno sobre la autoría de los atentados. Llamazares apareció ayer junto a Berlusconi y todos los señores de la guerra en la cabecera de la manifestación de Madrid. La izquierda ha hecho uno con el Estado a costa de la democracia, colabora activamente en la mordaza y la censura que imponen el silencio y la identificación sin fisuras con el gobierno, el mismo gobierno que nos dijo que Sadam Hussein estaba forrado de armas de destrucción masiva, el mismo Gobierno que nos dijo que no había habido ninguna huelga general, el mismo Gobierno que miente y oculta información descaradamente a las víctimas militares del Yakolev, el mismo Gobierno que trascendía el bajo empirismo de los gallegos, su olfato que detectaba el olor a chapapote, y decretaba que no había más que unos cuantos hilillos, etc.

Las formas modernas de golpe de Estado pasan por la producción y gestión de la comunicación: se trata de electrocutar cualquier atisbo de crítica y bombardear una y vez la mirada y el cerebro de todos nosotros con las mismas imágenes y las mismas consignas. La sociedad civil, que ha encajado la materialidad de la masacre, que ha contemplado el horror de frente y se ha medido con él el mismo día del atentado, ahora no tiene derecho a expresarse, a pedir la verdad, a dudar del gobierno, a señalar como algo sospechoso la marcha de las investigaciones. Pero no existe determinación lineal y unívoca entre la comunicación dominante y la mente colectiva. En la manifestación de ayer en Madrid, se quería que fuésemos sólo una masa temerosa y obediente deseosa de entregar toda nuestra iniciativa y capacidad de expresión al soberano. Pero ese deseo sólo se cumplió relativamente. El lema que el Gobierno impuso, con la complicidad cobarde de la izquierda, no caló entre la gente como lo hizo la lluvia. Enormes dudas atravesaban la manifestación entera y se expresaban visiblemente en rostros y comportamientos. La planicie de los lemas, propia de una multiplicidad ahogada y formateada, no silenciaba otros gritos que pedían verdad (y antes del domingo). Durante mucho tiempo se ha dicho el neoliberalismo desmantelaba el Estado, cuando lo que desmantelaba realmente era el lazo social, la sociedad civil. Allí donde la sociedad civil está menos cuarteada, se expresan voces críticas en público (el caso de Barcelona). En Madrid la situación quizá es distinta, pero el espíritu del 15 de febrero no ha remitido, muchísima gente se niega a escindir emoción y pensamiento y una sola chispa puede incendiar la pradera.

Pensar políticamente no es nada sucio, exigir la verdad no es cosa de miserables intoxicadores (al servicio de una potencia extranjera, se añadía antes). Nos negamos a separar afectos y análisis, dolor, indignación y rebeldía. El sentido común vuelve a ser la cualidad subversiva por excelencia, los lugares comunes son también los pensamientos más profundos. Exigir verdad y democracia, en sus acepciones fuertes, en voz alta, entre muchos y distintos, es la sensatez que ahora mismo el soberano no podrá soportar.
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