Tomado de http://www.rebelion.org
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3 de julio del 2003
¿De qué lealtad constitucional habla Rosa Aguilar?
Jesus Prieto
Rebelión
Precisamente ahora, a finales de este mes de julio, se cumplirán seis larguísimos lustros de mi afiliación al PCE. En 1.973, yo era un tierno adolescente de dieciséis años pero, por imperativo de la clandestinidad, no pasé por las preceptivas Juventudes Comunistas, ingresando directamente en el mítico Partido. Incorporado –según supe años después- a una célula de las más activas del Estado, sobre todo en las materias de propaganda, agitación y formación, dediqué todo mi tiempo y toda mi energía juvenil a aquello que llamábamos con cierta veneración religiosa "La Causa".
Tardé bastante tiempo en descubrir con tremendo espanto y mayor decepción que "El Partido" y "La Causa", así escritos, con artículos determinados y mayúsculas iniciales, no correspondían –como pensábamos muchos ingenuos- a la necesaria herramienta para alcanzar el buscado objetivo estratégico, al medio utilizado para lograr el fin perseguido. Poco a poco, a medida que iba teniendo acceso a los intríngulis de la cosa, comprendí que por encima de nuestras cabezas sobrevolaban, como bíblicas lenguas de fuego, varias, muy diferentes y hasta contradictorias "causas" que determinaban a su vez distintos tipos de militancia haciendo del PCE algo bastante menos compacto y monolítico de lo que sus dirigentes pretendían aparentar.
Comenzaré hablando de mi causa. Sí, porque mi causa, La Causa que me llevó a militar en el PCE, La Causa que me obligó después a abandonarlo, La Causa que me ha acompañado durante toda mi existencia, La Causa por la que lucharé hasta la fecha de mi muerte –y, si puedo, aún después-, era, es y será la de transformar la sociedad para conseguir vivir en un mundo mejor, más justo, más respetuoso, más solidario, más divertido, más humano, más libre...
En aquella especie de Iglesia más o menos laica conocí, como se pueden ustedes figurar, a muchos camaradas. En su seno me desarrollé como persona.
Allí supe del amor, de la amistad, del esfuerzo, de la ilusión, del desengaño, de la ambición, de la mentira, de la traición, del nerviosismo, del miedo... Allí conocí, decía, a muchas y muchos camaradas, algunos de ellos destacadas figuras de la política, protagonistas de los libros de Historia, como Carrillo, Delicado, Gallego y tantos otros. Allí aprendí también la diferencia que existe entre "diri-gente" y "gente" a secas. Un verdadero agravio comparativo. Y fue allí, por fin, donde me desvelé para acabar reconociendo que "sus causas" poco o nada tenían que ver con la mía.
Los camaradas viejos, los veteranos que habían visto desde el interior o desde el exilio el engrandecimiento impune del franquismo, siempre a las órdenes de un Kremlin convertido en magno puti-club ideológico, apostaban por una estúpida, pusilánime y suicida política de "reconciliación" en la que sólo nosotros cedíamos, en la que a los eternos perdedores se nos obligaba a continuar perdiendo. La cadena de transmisión, por su extrema dureza y rigidez, parecía de acero ucraniano colado en los hornos de Donetz. Descartado el mero amago de autocrítica, cualquier discrepancia sobre el particular era inmediatamente tachada de anatema por el rijoso Consejo de Ancianos del Parque Jurásico.
Otros conmilitones, más progresantes que progresistas, como diría el bueno de mi amigo Joaquín Navarro, andaban en otra vaina. Aceptaban el statu quo sin rechistar, conscientes de que a Franco le quedaban pocos telediarios. Intuían la inmediatez de una legalidad que les permitiría medrar a la lumbre de unas instituciones que se adivinaban próximas y repletas de posibilidades.
A mí, que había sido detenido poco antes, me pusieron en libertad el mismo Sábado Santo de 1.977, aquel histórico 9 de abril en que, después de haber sido suficientemente picado el toro comunista, el Estado decidió que ya no suponíamos peligro alguno para su corrida nacional y tuvo a bien legalizarnos. Así, pasé a ser, junto a otros cuatro compañeros, uno de los cinco últimos prisioneros del PCE. Ese día de autos, unos arrojamos al suelo las capuchas, alguno se desprendió precipitadamente de su pintoresca peluca y, claro, muchos otros se quitaron las caretas.
Repentinamente, como si fueran setas senderuelas, aparecieron en las asambleas estudiantes de verbo fácil y vida muelle mezclados con presuntos dirigentes obreros cuyas manos podían competir en lisura con las de Nicole Kidman. Con los primeros, algunos de ellos matriculados en la misma Universidad de la que yo era delegado, nunca coincidí en las acciones de la clandestinidad.
En cuanto a los segundos, casi todos adscritos a toda prisa a las prometedoras Comisiones Obreras, les remito a las diatribas de sus compañeros de trabajo. Claro que hubo honrosas excepciones, pero todas abandonaron antes o después aquella patética escuela de funcionarios.
Perdido ya el oremus, los dislates se sucedieron sin tregua. Había llegado la hora de abonar el importe de los peajes y Santiago Carrillo y sus secuaces pretendían empeñarnos a los cuadros y a las bases en el pago de sus compromisos desleales. Aquello fue Troya. Las primeras elecciones generales desde la República habían sido convocadas para el 15 de junio y disponían de poco tiempo para demostrar a sus nuevos amos que eran buenos, serviles y eficaces capataces, que nos tenían controlados, que el conjunto de militantes, como Saulo camino de Damasco, habíamos caído de nuestras monturas revolucionarias cegados por los destellos de la cautivadora monarquía y de la dulce y social democracia burguesa.
Aún me sube la bilirrubina cuando recuerdo la triste jornada en que algunos camaradas cabizbajos engalanaron –es un decir- el local donde se iba a celebrar el primer mitin electoral con infames banderas bicolores. Jamás he pasado tanta vergüenza, propia y ajena. He de decir aquí que no voté. No pude.
Necesitaba recuperar la dignidad que me habían extraviado y mi baja en el PCE fue cuestión de pocos meses. Aún tuve que soportar, tras ser detenido nuevamente por participar en las movilizaciones de Astilleros que tuvieron lugar en Cádiz a principios de aquel otoño, el rapapolvo del responsable provincial que me echaba en cara "mi falta de visión política y mi trasnochado e inoportuno radicalismo" (sic). Por cierto, no sé a quién conocería por allí pero consiguió que me liberasen sin pasar a disposición judicial. Ahora anda por Sevilla, luciendo su palmito por el hospitalito de las Cinco Llagas. Los andaluces saben de qué hablo.
Y después del trapo monárquico-franquista, cualquier cosa. A competir en profundidad de garganta con Linda Lovelace, hoy tan muerta como el propio PCE. Así, entre tantas ruines genuflexiones, los dirigentes hicieron la fetén.
Hocicaron ante un lote constitucional tarado de origen. La histórica traición quedaba así definitivamente consumada. El resto es conocido.
Capitalizada su lucha –nuestra lucha- antifascista por un PSOE de laboratorio dirigido por los anticomunistas del club de la tortilla –y por ello potenciado por las estructuras del nuevo Movimiento Nacional- y más que comprobada su falta de liderazgo social y de convocatoria electoral, los restos del PCE, aprovechando el desastre del referéndum de la OTAN, construyeron su propia granja en forma de una Izquierda Unida que ya es mediopensionista en la Casa Común de la madrileña calle Ferraz. La Casa del Pueblo, pero sin el pueblo, como en el mejor despotismo ilustrado. Y, ya se sabe, lo preceptivo en estos casos es dotar de cierto basamento argumental –coartada intelectual se llama la figura- a la concatenación de felonías. Y lo hicieron ¡Vaya si lo hicieron! Y lo siguen haciendo. ¡Vaya si lo siguen haciendo! A tal punto han llegado los canallas que, el otro día, la renovada alcaldesa de Córdoba –que compagina el cargo municipal con su trabajo de comentarista en el grupo PRISA de Polanco, ambos remunerados- salió del armario consistorial, el de la luna mágica que le refleja inmisericorde sus íntimas verdades, para erigirse públicamente en adalid de la sacralizada Carta Magna. La catequista de la socialdemocracia exigió a la ciudadanía "lealtad constitucional". Es decir, nos conminó a guardar fidelidad a la Corona y al Sistema.
Veintiséis años después, esta mujer va a conseguir que adopte sus amados colores rojo y gualda. De hecho, ya tengo toda la cara de un buen patriota.
Encarnada del rubor de la vergüenza y amarilla de la ictericia inherente al incremento de mi bilirrubina. www.rebelion.org afegir comentaris // añadir comentarios // add comments
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