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Cambio Climático Global y Cenit del Petróleo
14 mai 2004
el informe del Pentágono era más que un sumario del efecto invernadero, del agotamiento de la capa de ozono y de los incrementos de temperaturas globales medias. Era el reconocimiento sin precedentes de una amenaza mucho más directa a nuestro sitio en el mundo: el cambio climático abrupto. Ése será el tema de este ensayo. Veremos el papel de los océanos en el clima, el sistema de convección oceánico, la historia de los episodios de cambio climático abrupto y el efecto de estos episodios sobre civilizaciones previas.
Sobre el Cambio Climático
Las grandes masas de agua - particularmente los océanos y mares - tienen un efecto moderador en el clima. Cualquiera que viva en una isla o cerca de la costa, será claramente consciente, de que los veranos en tales sitios tienden a ser más frescos que tierra adentro, y los inviernos tienden a ser más templados. Como residente del estado de Michigan, soy consciente que un "Alberta clipper" [N.T: Un viento procedente de Canadá en dirección Sur], que congelará Dakota del Norte y Minnesota hasta -20º F, se calentará suficientemente al pasar sobre el Lago Michigan de tal modo que este mismo sistema climático solo hará bajar la temperatura de Michigan a 0º F. Esto es porque las masas de agua tienden a tener menos variación estacional en su temperatura que la piedra o el suelo, e interactúan con las corrientes de aire que las sobrevuelan transfiriéndose calor de unas a otras.

Este proceso es mucho más complejo en los océanos que en los Grandes Lagos. Las corrientes oceánicas canalizan agua templada del ecuador y agua fría de las regiones polares, con un considerable efecto en el clima local. Las aguas templadas que fluyen hacia el norte desde el Pacífico sur traen calor al Pacífico noroeste y la Costa sur de Alaska durante el invierno, dirigiéndose directamente a los bosques templados, que dominan la ecología de esta zona.

Los meteorólogos han ignorado tradicionalmente el papel de los océanos en los procesos meteorológicos. Y esto podría tener sentido en cierto aspecto: si se estudia el clima, es natural centrarse en la atmósfera, no en los océanos. Pero estamos comenzando a comprender que los océanos son la pareja de la atmósfera para producir el clima, y el factor dominante para los patrones del clima a largo plazo.

Los océanos juegan un importante papel en almacenamiento de calor y su transporte, y son vitales para el transporte de ese calor desde el ecuador hacia los polos. Son esenciales también para el ciclo hidrológico. Cubriendo el 70% de la superficie de la Tierra, los océanos tienen 1.100 veces la capacidad acumuladora de calor de la atmósfera. Contienen el 97% del agua en el planeta; unas 90.000 veces el agua de la atmósfera. Y reciben el 78% de las precipitaciones globales.[2] Desafortunadamente, los procesos oceánicos no han sido estudiados tanto como los procesos atmosféricos; incluso propiedades ambientales cruciales como transferencias de calor y salinidad en las profundidades han sido descuidadas hasta tiempos recientes. Como veremos, el cambio climático abrupto tiene todo que ver con dinámicas âtermohalinasâ? en las profundidades oceánicas; este término se compone de dos antiguas raíces griegas que significan âcalorâ? y âsalâ?.

Pero una serie de observaciones marinas en los años 90, revelaron que el océano se ha calentado en las profundidades desde que se hicieron observaciones similares en los años 50. Se desprende que esta diferencia de calor corresponde a aproximadamente la mitad del efecto invernadero que ha sido proyectado por modelos, pero se había perdido en las medidas reales de la atmósfera. Los modelos meteorológicos no habían tenido en cuenta la capacidad de los océanos de almacenar grandes cantidades de calor en periodos de tiempo pequeños.[3] Esta capacidad se ha tenido en cuenta en modelos más recientes, con el resultado de que ahora son mucho más precisos en su reproducción de calentamientos a largo plazo y en los patrones de enfriamiento.

Los océanos podrían ser perfectamente llamados la memoria a largo plazo del sistema climático de la Tierra. La atmósfera es tan voluble como dinámica. Le falta la permanencia para producir patrones de décadas. Los océanos, sin embargo, acogen una variedad de ciclos a largo plazo que pueden afectar y de hecho afectan el clima.

Todo el mundo ha oído sobre El Niño y La Niña. Provocados por el movimiento de agua templada en el Pacífico tropical -particularmente en la costa ecuatorial de Sudamérica- estas alteraciones, con frecuencias de tres a cinco años, están completamente supervisadas por un sistema de boyas, de tal modo que ahora pueden ser predichas con un año de antelación. Y eso aunque estos dos fenómenos sólo representan una pequeña fracción en la influencia que los ciclos oceánicos periódicos ejercen sobre la temperatura y las lluvias en Norteamérica. La variabilidad del clima invernal está altamente relacionada con los ciclos oceánicos a largo plazo, como la Oscilación Decádica del Pacífico (ODP) y la Oscilación del Atlántico Norte (OAN) [N.T: Pacific Decadal Oscillation (PDO) y North Atlantic Oscilation (NAO)]. La OAN, en particular, tiene una influencia mucho más grande sobre el clima del Este de los Estados Unidos que El Niño. A pesar de que estos ciclos a largo plazo se vigilan poco.

Asimismo, son los océanos quienes regulan el ciclo hidrológico. Un desvío de solamente un 1% de las lluvias que caen en el Atlántico doblarían la descarga del Río Mississippi.[4] En el otro lado del espectro, un incremento de las lluvias sobre los océanos, particularmente sobre áreas clave como el Mar de Labrador y el Atlántico Norte, podrían interrumpir la circulación âtermohalinaâ? de los océanos, con un efecto drástico inmediato sobre el clima de Norteamérica y Europa.

El clima es un sistema de intercambio de energía dinámico y sensible, sujeto a un equilibrio autoregulado. Las interacciones de agua y aire han sido siempre difíciles de predecir, porque están gobernadas por la rama de la física llamada dinámica de fluidos, que en el formalismo matemático reciente se llama teoría del caos. Es una descripción del modo en el que sistemas caóticos tienden a magnificar los efectos de cambios inicialmente pequeños. Dependiendo en la estabilidad del sistema, la proliferación de cambios puede sobrecargar el sistema. En este caso, el resultado es o un desequilibro permanente o un nuevo equilibrio marcadamente diferente del antiguo. Cualquier intento de manipulación a gran escala del clima sin un modelo fiable sería como descender por una carretera de montaña conduciendo con los cristales pintados de negro utilizando un mapa de carreteras cuya fiabilidad decrece progresivamente cuanto más te alejas del punto de partida.

El problema con el modelado de patrones climáticos, es que sencillamente contienen demasiadas variables. Muchas de estas variables, como la OAN y la ODP, no son muy bien comprendidas y están poco supervisadas. Incluso si la potencia de proceso continúa aumentando en un orden de magnitud cada 6 años, se tardaría unos 160 años para que los modelos tuvieran suficiente capacidad para simular el proceso de mezclado oceánico más pequeño.

Así que el modelado para la predicción del clima está condicionado por dos problemas intratables: las limitaciones de nuestro equipo informático y la falta de certeza inherente de los datos que introducimos. En una disciplina diferente, pequeños errores iniciales podrían ser contrarrestados o corregidos. Pero en un dominio como el tiempo -donde el comportamiento de fluidos violentos está influenciado por una miriada de variables que interactúan- el error numérico más pequeño puede convertirse en enorme, conforme se propaga a través del modelo. Si yo quiero saber la temperatura superficial, presión, precipitación y velocidad del viento de mi condado, con una semana de antelación, haría mejor en corregir rigurosamente los números que introduzco en la computadora al principio.

Esta sensibilidad afecta al modelado a largo plazo del cambio climático tanto como la predicción del clima a corto plazo, aunque en modos diversos. La principal diferencia es la enorme disparidad entre la atmósfera y los océanos como acumuladores de energía térmica. Desde el Woods Hole Oceanographic Institute el Dr. Raymond Schmitt describe el modelado del clima:

Una abundancia de pruebas indica que la clave para la predicción a largo plazo está en los trabajos en el océano, que contiene el 99.9% de la capacidad calorífica de los fluidos de la Tierra. Ãste es el corazón de la bestia climática, la atmósfera es su cola ondulante y veloz, con solo el 0.1% de la capacidad calorífica.[6]





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