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Chiapas: La resistencia recupera la tierra en San Miguel y la hace trabajar para el pueblo
28 abr 2004
HERMANN BELLINGHAUSEN

* Aquí vivimos mejor que donde cobran los progresas, asegura el tzeltal Rodolfo.

* Integrantes de organismos oficiales se nos unen porque la vamos pasando, dice.
Ocosingo, Chis. 26 de abril. "Yo sé que en otras partes estar en la resistencia es lo más cabrón, pero aquí en esta parte, donde vivimos nosotros, creo que hasta estamos mejor que los que reciben programas del gobierno", dice Rodolfo, ejidatario tzeltal de San Miguel, en la cañada de Patihuitz.

"Nuestro trabajo está en orden, y los compañeros que formaron nuevos poblados en las tierras recuperadas han producido maíz, y la caña la vendemos bien. Nadie nos da dinero, pero la vamos pasando con nuestros productos", agrega.

"No que los hermanos de la Asociación Rural de Interés Colectivo (Aric, oficial e independiente) que vienen a Ocosingo a cobrar los programas y progresas del gobierno vemos que tienen mucha dificultad. Y es que ese dinero que reciben, como quien dice, no sale de Ocosingo. Enseguida lo gastan, sobre todo en trago, ya se les hizo calamidad. Y peor, lo quedan debiendo".

Base de apoyo zapatista, joven esposo y padre, Rodolfo trae de las patas a una gallina "para la fiesta de la cruz de mayo" la semana próxima. Su conversación es espontánea, y su ánimo también. Pertenece al municipio autónomo Francisco Gómez, y habita en una comunidad bastante peculiar de las cañadas. En ella se han desarollado todos estos años las dos Aric (que empezaron siendo una) y también la resistencia zapatista.

Problemática en ocasiones, la convivencia se ha mantenido aún bajo las presiones de la contrainsurgencia (especialmente económica). Ubicada en un crucero clave de la selva Lacandona, la comunidad sirve de acceso a las cañadas de Patihuitz, Las Tazas y Taniperla. San Miguel fue la primera aduana rebelde para los periodistas, durante 1994. Después de la ofensiva gubernamental de 1995 allí se celebró el encuentro entre la comandancia zapatista y el gobierno federal que allanaría el camino a los diálogos de San Andrés.

En San Miguel ha permanecido la Cruz Roja Internacional en los años recientes, pero la institución ya anunció que se retirará el primero de junio próximo. "Claro que hace falta", dice Rodolfo. "Si no fuera por la Cruz Roja, muchas gentes no recibirían ninguna clase de atención. Cuando menos sus ambulancias llevan los enfermos a los hospitales de Ocosingo o Tuxtla Gutiérrez".

Reconoce que en otras regiones del estado los zapatistas viven la resistencia con mucho sufrimiento y peligro, como Zinacantán, Chenalhó y la zona norte. "Y no es que aquí sea fácil. Pero así como tenemos organizados nuestros pueblos y trabajos con la junta de buen gobierno (en La Garrucha), aprendemos a vivir autónomos sin morir de hambre. Ya se está notando, pues hará poco dos familias salieron de la Aric para pasarse a la resistencia".

La contigüidad histórica del EZLN y la Aric es ampliamente conocida. Rodolfo admite que en San Miguel algunas familias entran y salen de la resistencia, pero "desde que Aric Independiente está con el gobierno es menos seguido que se hagan autónomos. Por eso es raro que justo ahora que pueden recibir las ayudas para las mujeres y la escuela, algunos oficiales o independientes prefieran entrar en resistencia. Es que se están dando cuenta". La paradoja no inquieta mucho a Rodolfo. "Los poblados de la resistencia trabajan las tierras recuperadas y pueden vivir".

Es inevitable contrastar este testimonio con las declaraciones del presidente de la Federación Estatal de la Pequeña Propiedad Agrícola, Ganadera y Forestal, Fidel Culebro Trejo, publicadas hoy en un diario local: "la tierra en la región es improductiva y ociosa porque los zapatistas no saben trabajar ni aprovechar los cultivos".

Según Culebro Trejo, "a los encapuchados y sus simpatizantes no les gusta trabajar. La muestra más palpable es que miles de hectáreas, antes productivas, ahora están ociosas. Quienes se levantaron en armas pasaron de la guerrilla a convertirse en una gavilla de bandidos".

Con el impenetrable argumento de que las tierras estaban en mejores manos cuando pertenecían a los ganaderos de Ocosingo, Altamirano y Las Margaritas, el hecho de que hoy las habiten y trabajen los indígenas significa que los campos se encuentren "en el abandono total" (Cuarto Poder, 26 de abril).

El representante de los pequeños propietarios afirma que unas 100 mil hectáreas se encuentran en manos de los rebeldes, "ociosas y abandonadas", mientras "el gobierno no ha indemnizado a los auténticos propietarios", no obstante que el ex presidente Ernesto Zedillo estableció un fideicomiso de mil 250 ranchos en 240 mil hectáreas en beneficio de 60 mil campesinos.

"En lo que fue valles y cañadas llenas de actividad pecuaria, desde el conflicto armado, la propiedad privada se ha extinguido", lamenta el dirigente ganadero. Hasta antes de 1994, "en la zona de los ranchos se generaban miles de empleos y riqueza".

Las tierras ya no son para las vacas que proveían hamburguesas a McDonald's en Estados Unidos, y se nota. Las cañadas y valles, antes vastos pastizales de ganadería extensiva, sirven hoy para la agricultura indígena. Y las comunidades lo notan.
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