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El Vietnam de Bush
22 abr 2004
México D.F. Jueves 22 de abril de 2004

Arthur Schlesinger *
El Vietnam de Bush


Han sido horas difíciles para los estadunidenses. Hace apenas un año, soldados del Pentágono e iraquíes derribaron con aire triunfal la estatua de Saddam Hussein en Bagdad. Un año después, la insurgencia se ha extendido por todo Irak, acompañada por muchedumbres que mutilan estadunidenses muertos y lanzan gritos de odio a las tropas de ocupación. Un año de errores de cálculo y de juicio parece haber conducido a Irak al borde de la anarquía.

La incisiva aseveración del senador Kennedy -"Irak es el Vietnam de George Bush"- cristaliza emociones en Estados Unidos y remueve poderosos recuerdos. "El fracaso no es opción" había sido una frase favorita del Pentágono, pero Pat Buchanan, aislacionista de la vieja escuela, ahora declara: "Lo que Fallujah y los ataques chiítas nos dicen es que el fracaso ya es opción".

En The National Interest, sobrio periódico conservador, un respetado diplomático profesional, Morton Abramowitz, pregunta: "¿Irak importa?" "La posición de Estados Unidos como potencia preminente en el mundo -escribe- puede resistir una retirada temprana de Irak. Las fuerzas estadunidenses están tan exhaustas, que una retirada podría mejorar nuestra posición general de poder y nuestra capacidad de hacer más en cuanto a Osama Bin Laden y otros grupos terroristas". Después de todo, ¿acaso la retirada de Vietnam socavó de gravedad la posición de Estados Unidos en el mundo?

Vietnam e Irak son disímiles en aspectos vitales. En Vietnam los estadunidenses nos insertamos en una guerra civil en curso; en Irak impusimos la guerra al país por razones que resultaron falsas. Pero Vietnam e Irak son de hecho similares en su efecto pantano: en la falta de experiencia histórica y en la ignorancia y la arrogancia consecuentes, que nos condujeron al pantano.

Entre tanto, se lleva a cabo una guerra de libros por las mentes y corazones de los estadunidenses. Against All Enemies (Contra todos los enemigos), denuncia contra el gobierno de Bush escrita por Richard Clarke, quien fue director de contraterrorismo en los gobiernos de Clinton y Bush, encabeza la lista de The New York Times de los libros de mayor venta. El segundo sitio lo tiene Deliver us from Evil (Líbranos del mal), de Sean Hannity, experto de la televisión que define al "mal" como el liberalismo. Los que ocupan los lugares cuatro, seis, siete, ocho y 10 de la lista son anti Bush; el nueve y el 14 son antiliberales. Un nuevo contendiente en camino a la cima es Worse than Watergate: The Secret Presidency of George W. Bush (Peor que Watergate: la presidencia secreta de George W. Bush), de John W. Dean, en un tiempo consejero del presidente Nixon.

Desde luego, 2004 es el año en que los estadunidenses se sumergen en el ritual cuatrienal de elegir un presidente. La situación de hoy es que alrededor de 45 por ciento del electorado, según las encuestas, ama a Bush, mientras otro 45 por ciento lo detesta. La mayor parte de ese 90 por ciento ya tomó su decisión y es improbable que cambie su voto.

El 10 por ciento restante está integrado por independientes indecisos, sobre todo de los suburbios de clase media, conservadores en lo económico, pero tolerantes en lo cultural. El resultado en noviembre dependerá en parte de ese 10 por ciento. También dependerá de la producción de la fuente básica de apoyo de cada candidato. La base de Bush radica en la derecha religiosa; la de Kerry, en la izquierda opositora a las grandes corporaciones. El dilema que cada candidato enfrenta es que las posturas que adopte para complacer a su base bien podrían desagradar al 10 por ciento de indecisos.

Por consiguiente el presidente Bush, preocupado por su base, busca tranquilizar a la derecha religiosa proponiendo una enmienda a la Constitución que prohibiría el matrimonio homosexual, lo que con toda probabilidad lo lastimará entre el 10 por ciento de indecisos, quienes creen que el gobierno no debe interferir con la vida privada.

El senador Kerry se encuentra ante un dilema similar. Enfrenta el desafío de Ralph Nader, el cruzado anticorporativista, quien hace cuatro años arrebató suficientes votos a los demócratas para causar la derrota de Al Gore y la victoria de Bush. Sin embargo Kerry, al moverse a la izquierda para defenderse de Nader, se arriesga a inquietar al 10 por ciento de indecisos, en su mayoría conservadores en puntos de vista.

Pero ¿acaso no será la guerra el tema decisivo? Después de todo, se trata de la guerra del presidente Bush. No hubo un clamor popular en favor de la guerra contra Irak. Si no hubiéramos ido a la guerra, a pocos estadunidenses les hubiera importado. Pocos incluso lo hubieran notado.

¿Por qué el presidente Bush, como han testificado Richard Clarke y el ex secretario del Tesoro Paul O'Neill, estaba tan obsesionado con la guerra? No creo que fuera por razones mezquinas. Bush probablemente se cree la fantasía neoconservadora de que la victoria de la democracia en Irak democratizará a todo el mundo islámico y garantizará al presidente un lugar en la historia. "Un Irak libre", dijo Bush en días recientes, "será ejemplo para los reformadores en todo Medio Oriente."

Otras razones -el petróleo, Israel, la búsqueda de un lugar para bases militares en remplazo de Arabia Saudita, la liberación de Irak de un monstruoso tirano- son secundarias en comparación con la misión histórica para la cual el Todopoderoso lo ha elegido.

Para lograr su misión, Bush ha transformado la base de la política exterior de Washington. Durante el casi medio siglo que duró la guerra fría, esa política estuvo basada en la contención y la disuasión. Bush borró ese enfoque. La nueva base de la política exterior es la guerra preventiva. Según ha dicho, "Necesitamos llevar la batalla al enemigo... y enfrentar las peores amenazas antes de que surjan".

La razón inmediata por la que Bush abrió la caja de Pandora en Medio Oriente e invadió Irak fue su certeza moral de que Saddam Hussein contaba con armas de destrucción masiva y trabajaba en estrecha sociedad con Osama Bin Laden y Al Qaeda. Esas convicciones resultaron ser engaños. Este desenlace causa gran daño a su credibilidad y a la de Estados Unidos, nos ha metido en un pavoroso desastre en Irak y ha desviado atención, recursos y potencia militar de la guerra que debió haber tenido la más alta prioridad para el gobierno: la guerra en Afganistán contra Al Qaeda y el terrorismo internacional. Entre tanto, Afganistán es otro desastre. Bush se equivocó de guerra, de momento y de lugar.

El impacto de la guerra sobre la elección es difícil de predecir. En crisis internacionales, el instinto estadunidense es cerrar filas detrás de la bandera y del presidente, al menos por un tiempo. Hasta ahora las protestas contra la guerra no han sido extensas. Pero Fallujah ha sido comparada con la ofensiva Tet del Vietcong en 1968, la cual puso en marcha un proceso que sacó a Lyndon Johnson de la Casa Blanca.

El impacto de la guerra depende del éxito de la ocupación estadunidense en detener la desintegración de Irak y lograr cierta medida de estabilidad. Depende de la posible captura de Osama Bin Laden y del posible juicio a Saddam Hussein. Depende de toda suerte de variables impredecibles. Como solía decir Harold Wilson, "en política, una semana es mucho tiempo". Seis meses es una eternidad.

En una democracia, los líderes electos deben rendir cuentas. La guerra en Irak fue un asunto de elección presidencial, no de necesidad nacional. El recuerdo de Vietnam que se ha vuelto a encender trae a la mente a un joven teniente naval que regresó cargado de condecoraciones, llamado John Forbes Kerry, quien planteó una perturbadora pregunta al Comité de Relaciones Exteriores del Senado el 22 de abril de 1971: "¿Cómo se le pide a un hombre que sea el último en morir por un error?"

* Asistente especial del presidente
John F. Kennedy de 1961 a 1964.
Es autor de The Bitter Heritage: Vietnam and the American democracy, 1941-1966.

Traducción: Jorge Anaya
Mira també:
http://www.jornada.unam.mx/029a1mun.php?origen=index.html&fly=1

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