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Comentari :: guerra
Con dolor y sin orgullo
12 abr 2004
¿Qué eficacia redentora puede tener la muerte de inocentes? ¿Tal vez servirnos de espejo para que contemplemos el lado horrible de nuestro rostro y lo cambiemos?
Si la conciencia está viva y despierta resulta difícil vivir inundados por tanto dolor. Si, además, uno acepta con sinceridad comulgar en dignidad humana con todos los individuos de nuestra especie, resulta también difícil conservar la serenidad de mente y espíritu para ver claro y actuar con responsabilidad; náufragos como somos en un mar de sangre cruelmente vertida.
Náufragos, en efecto, sin saber a qué atenernos: ¿Por qué esta inundación de muertos? ¿Podrá algún día anidar la paz entre los hombres? ¿Tienen algo que decir aquí los sistemas filosóficos y las religiones? ¿Acaso la respuesta es un Dios víctima como hombre de la violencia humana? ¿Qué puede significar semejante misterio? ¿Acaso morir por los impíos, a sus manos y en su favor? ¿O todo es absurdo sobre absurdo en la historia humana? ¿Qué comportamientos a seguir, qué pautas de acción que no sea añadir violencia a la violencia? ¿Qué eficacia redentora puede tener la muerte de inocentes? ¿Tal vez servirnos de espejo para que contemplemos el lado horrible de nuestro rostro y lo cambiemos? ¿Qué miedos llevan al hombre a destruir al hombre? Es tiempo de reflexión.

Porque, éstos, los masacrados en Atocha, en el Pozo del Tio Raimundo, en Santa Eugenia son nuestros muertos por cercanos y visibles, por los lazos de la sangre. Pero, si permanecemos personas, nuestros son también los de Hiroshima, Nagashaki y los del 11 de septiembre neoyorquino; nuestros, los del Congo, Angola, Uganda, Ruanda y Sudán; nuestros, los de Palestina, Líbano e Israel; nuestros, los de Irak, Afganistán y Cachemira; nuestros, los de Indonesia, Filipinas y SriLanka; nuestros, los de Guatemala, Chile, Argentina, Perú, Haití y Colombia; nuestros, los de las guerras civiles y las mundiales; nuestros, los del hambre, el sida y la malaria; nuestros, los que nuestra frágil memoria no recuerda. No se puede dar la espalda a ninguno so pena de ser injustos con todos. A los muertos los salvamos al nombrarlos.

Por eso, esta masacre de Madrid nos sorprendió ya con el luto puesto en el alma por tanta muerte de inocentes a lo largo y ancho del planeta. Queriéndolos mucho a los nuestros de aquí, no podemos querer menos a los inmolados en cualquier parte. De veras nos sorprende la poca sensibilidad y movilización de nuestra sociedad -tan globalizada, nos dicen, hoy- por las constantes muertes injustas de lugares menos cercanos a nosotros, como si nada nos importase ni tuviéramos que ver con ello.

Siempre hemos condenado toda clase de terrorismo, el de los estados y el de las asociaciones mafiosas de todo signo y calaña; aun distinguiendo unos de otros según motivaciones y métodos.Sin embargo -y es lo que de manera especial nos preocupa- existen dos problemas de fondo en todo terrorismo y violencia a los que todos debieran -debiéramos- prestarles atención.

El primero se refiere a las motivaciones de los terroristas y los violentos. Porque lo grave en este asunto es que nadie hace nada, ninguna voluntad es impulsada a obrar sino por el bien concreto que espera conseguir, y, en consecuencia, esta es la terrible pregunta: ¿Por qué un terrorista o un violento cree obrar bien, hacer el bien matando a sus semejantes? ¿Qué bien cree que se va a seguir de la muerte de sus hermanos?

Nos guste o no, nos inquiete o no, tienen sus razones y su âjustificaciónâ?. Destruyen, incluidas las personas, lo que consideran injusto y dañino para su grupo, para su país, para su religión. Tratan de implantar una âjusticiaâ? que sin violencia -están convencidos- no sería posible conseguir. Devienen incapaces de distinguir entre violencia justa e injusta y quiénes pueden legítimamente ejercerla. Si los fuertes sojuzgan por la violencia ¿por qué los débiles no pueden recurrir a ella?

No adelantaremos nada mientras no comprendamos que el terrorismo se instala en primer lugar en las conciencias y éstas no pueden desarmarse a tiros sino iluminándolas con la luz de la verdad y la solidaridad convertida en amor paciente con capacidad para ofrecer caminos pacíficos de justicia y libertad. Para lo cual sobra el orgullo, la cerrazón, la prepotencia, la avaricia engendradora de pobreza y creadora de envidia, el ostentoso despilfarro, etc; bien sean de personas, de grupos o naciones.

Se impone, pues, como tarea primordial el rearme ético y moral de la sociedad, de las sociedades. Que éstas se exijan a sí mismas y exijan a sus dirigentes renunciar a logros u objetivos políticos conseguidos por métodos violentos. Empeño, desde luego, difícil en nuestras sociedades ricas tan armadas para defendernos

Necesitamos reeducarnos para pasar de privilegiados a fraternos. Ancho campo, pues, para educadores y pedagogos pero también para sindicalistas, políticos y los llamados voluntarios de las múltiples asociaciones existentes.

Reto asimismo para las religiones ¿Para cuando un examen crítico de sus imposiciones sobre el comportamiento humano, y de sus dogmas como justificación de enfrentamientos? ¿Cuándo se van a negar a ser utilizadas como instrumentos de presión política e, incluso, económica?

Evidentemente no somos tan ingenuos como para creer que pueda haber un orden social tan justo y unánimemente aceptado como para que desaparezca totalmente la violencia. Siempre habrá conciencias opacas que exijan guardias y policías, Lo que afirmamos es que no puede ser, como parece que se pretende, el aparato policial el garante en exclusiva del orden y la paz.
Y entramos así en el segundo problema a considerar. Mientras la sociedad mundial -ya podemos hablar así sin faltar a la verdad- esté tan injustamente estructurada y los caminos pacíficos que conducen a la justicia estén obstruidos por la presión armada de los poderosos que sostienen esta injusta estructura, se está generando el mejor caldo de cultivo en el que todos los terrorismos y violencias son posibles.

Se necesita modificar todo el sistema legal existente, tanto el nacional como sobre todo el internacional, para que se dé en el mundo una real y auténtica justicia distributiva, hoy económica y técnicamente viable, que acabe con la miseria, el hambre y la ignorancia.

Semejante necesidad lleva a su vez consigo cambios políticos considerables, incluida la modificación del concepto de soberanía de las naciones y su traspaso en muchos ámbitos a organismos internacionales, con poder sobre los Estados y estructurados democráticamente, es decir, atendiendo no al poder militar y económico de determinadas naciones sino al peso demográfico de países y continentes; salvando siempre, como repetimos, el principio de subsidiariedad.

Urge la creación de una autoridad mundial -que podría ser la ONU convenientemente modificada- cuya primera tarea, estimamos nosotros, consistiría en ir desarmando con las debidas garantías a las naciones e ir invirtiendo el ahorro de las armas en poner en pie a los países empobrecidos. Sería una buena manera de comenzar a realizar la justicia distributiva mundial.

Es evidente que no es el cometido de este editorial exponer todo un tratado, toda una estrategia de acción política.

Simplemente, afirmamos ahora que sin cambios profundos en las relaciones internacionales el terrorismo (también y sobre todo el de estado) campeará por sus respetos.

Y también la convicción de que no van a ser los poderosos (sean individuos o naciones) quienes propicien estos cambios necesarios. Será sólo la presión de los pueblos quien los haga razonables, De ahí nuestra preocupación por la profundización de la democracia y la concienciación de personas y grupos en naciones y continentes. Y saludamos los tímidos avances de una internacional de los pobres que ojalá llegue a cuajar.

Hermosa tarea, pues, por delante, difícil pero entusiasmante: rearme moral de la sociedad y creación de nuevas estructuras que propicien la paz.
Mira també:
http://www.lahorade.com/verarticulo.php?id=287&rev=13

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Comentaris

Re: Con dolor y sin orgullo
12 abr 2004
Tu argumentación tiene el mismo fallo del"pensamiento único" :igualar Agresión a agredidos,Imperio a Pueblos Ocupados,terrorismo de Estado a resistencia,genocidio a autodefensa...ese batiburrillo es el que nos quieren meter en la cabeza los que hablan de "todos los terrorismos son iguales"...Pues no,el derecho a defenderse ,a sobrevivir ...es inalienable.
Re: Con dolor y sin orgullo
12 abr 2004
Ya está bien de lloriqueos...tan nuestro es el niño muerto a bombazos en Iraq como el de Atocha.
No a la Guerra.
Fuera las tropas ocupantes de Iraq !
Sindicat