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Tierra
01 abr 2004
Tierra
Tierra

Nadie pone en duda que el conflicto entre palestinos e israelíes se asienta en el ancestral pleito sobre la posesión de la tierra, conflicto presente en todas las sociedades y en todas las épocas. No se trata de un problema baladí, pues hoy la tierra sigue despertando sentimientos viscerales de posesión asociada como identidad, elementos que sumados a los siglos de mitologías religiosas orientadas a la exaltación de lo propio y a exacerbar las diferencias para con los otros, resultan una mezcla explosiva. Todos estos elementos confluyen de manera especialmente trágica en el Próximo Oriente, cuna de religiones donde la tierra fértil es escasa.
Desde 1976, los árabes israelíes y los palestinos que viven en los territorios ocupados conmemoran cada 30 de marzo el Día de la Tierra. Se recuerda la muerte de seis árabes que intentaban defender sus terrenos de la política de expropiación israelí. A diferencia de otras conmemoraciones, el Día de la Tierra no revierte ningún carácter simbólico, no es una de esas fechas marcadas en el calendario para justificar un día festivo. Harto al contrario, aquí las reivindicaciones siguen teniendo plena vigencia, y la sangre no ha dejado de emanar.
Las principales movilizaciones tuvieron lugar en el norte de Galilea, donde se concentra la mayor población de árabes israelíes. Estos representan la parte de los palestinos que quedó en territorio de Israel después de su fundación, en 1948. Como ciudadanos israelíes, teóricamente disfrutan de los mismos derechos que sus homólogos hebreos. Sin embargo, en las manifestaciones de este año se ha querido resaltar que esto no es exactamente así. Un ejemplo. Para la construcción de viviendas, a los árabes se les pone infinidad de trabas, lo que se traduce en que muchas de sus casas no están estrictamente enmarcadas en la legalidad vigente. Como consecuencia de ello, la demolicion de viviendas por parte de las autoridades israelíes está a la orden del día. El año anterior, 269 casas fueron derribadas en Galilea y 79 en la región del Neguev, todas ellas pertenecientes a familias árabes. Si se realiza la suma, sale a casi una demolición diaria.
También los beduinos quisieron hacer oír su voz en este dia señalado. Dejando atrás su tradición nómada, muchos de ellos se han asentado en comunidades fundadas en el Neguev. El problema estriba en que dichas comunidades no están reconocidas por Israel, por lo que viven en un vacío legal que aquí es susceptible de que lo terminen por resolver las escavadoras.
En los territorios ocupados la celebración del Día de la Tierra este año se ha canalizado, en Cisjordania, en manifestaciones contra el muro de separación. En Beitunia, pueblo situado muy cerca de Ramalah, se aprovechó la jornada para organizar la primera marcha contra las obras del muro que ya se están llevando a cabo en la población. Del centenar de manifestantes palestinos, la inmensa mayoría no supera los quince años de edad. Los niños se dirigen hacia las obras. Frente a la valla metálica que protege a las escavadoras, intentan plantar una bandera palestina. Los guardias privados de seguridad disparan al aire sus fusiles, mientras empiezan a llegar los jeeps de las Fuerzas de Defensa de Israel, que son recibidos con una lluvia de piedras. Nos encontramos en una batalla típica de la Intifada. Niños contra soldados, piedras contra balas. Los niños juegan a la guerra; los soldados la trabajan. El enfrentamiento se saldará con dos manifestantes heridos, pero a nadie le hubiera extrañado que hubiera muerto alguien, pues así se muere diariamente en Palestina. Los soldados empiezan lanzando bombas sonoras que, cual petardos, no provocan sino el regocijo de los chavales; se llega al cuerpo a cuerpo, culatas de fusil contra palos de banderas; empiezan a silbar los botes de humo, los niños se esconden detras de un montículo, plantan en lo alto su bandera y lanzan las piedras con una fuerza impresionante; los soldados responden con balas de goma, pero apuntan antes de disparar; si a todo esto los niños se obstinan en seguir lanzando piedras, vendrán los gases lacrimógenos y se escucharán las ráfagas de fuego real, aunque para entonces ya nadie puede ver hacia donde disparan. Es asi como, en Palestina, se puede morir a diario.
El 31 de marzo ya no es el día de la tierra y, sin embargo, la batalla se sigue librando. De madrugada, once familias de colonos israelíes tomaban posesion de sendas casas en el barrio árabe de Silwan, en Jerusalem Este. Pertenecen a la organización Ateret Cohanim, un movimiento que se dedica a coordinar los asentamientos en los barrios árabes de Jerusalem Este, asi como dentro de la Ciudad Vieja. Dicha organización se dedica a investigar a las familias palestinas susceptibles de encontrarse en dificultades económicas, algo poco raro, o con graves problemas sociales. Una vez identificadas, presionan a sus moradores para que terminen vendiendo las casas, donde posteriormente fundarán un asentamiento. Desde luego, los colonos no estan bien vistos por los vecinos del barrio que, como ha sucedido esta madrugada, de inmediato se oponen a que los nuevos inquilinos ocupen las viviendas. Seis palestinos han sido detenidos por los enfrentamientos que han tenido lugar de madrugada. Estos asentamientos precisan de protección constante por parte de las fuerzas de seguridad. ¿Le resulta rentable al estado de Israel fomentar a los grupos de colonos? ¿Qué políticas expansionistas se esconden detras de estos legítimos compradores de casas en los barrios árabes?
A la misma hora que los colonos, protegidios por las fuerzas policiales, tomaban posesión de sus nuevas casas, el ejercito israelí desmantelaba dos asentamientos cerca de Hebron. En ellos no vivía nadie. Aun así, los colonos se han enfrentado al Tsahal, a resultas de lo cual un colono de catorce años y una mujer policía han resultado levemente heridos. El desmantelamiento se produce la víspera de la visita de los enviados del gobierno norteamericano, encabezados por el subsecretario de Estado, William Burns, de los cuales el gobierno de Ariel Sharon espera que le den la bendición al actual trazado del muro en Cisjordania.

Paredes

Desde hace poco tiempo, los turistas que visitan Jerusalem pueden observar una nueva muralla. Se pierde serpenteando entre montes de piedras, olivos y casas, muchas casas. Es probable que los turistas no lo sepan, pero detrás de la nueva muralla que ven desde Jerusalem hay un lugar llamado Abu Dis. Si algun turista más avezado decide ir hasta allá, observará que la carretera termina de improviso. Entre los bloques de hormigón, aquí no muy altos, reposa una garita del ejército que hace las funciones de puerta de entrada. Si se decide a continuar hacia delante, el turista se dará cuenta de que no avanzará muchos metros sin que de nuevo la calle termine sin avisar, pero esta vez frente a bloques de hormigón de ocho metros de altura. Con la calle, lo que tambien ha terminado de forma abrupta es la vida que se desarollaba en ella. Ya no se va a comprar nada en la calle de nadie.
Hay en el muro una pintada entre miles que llama la atención: "Bienvenidos al Gueto Abu Dis". Pienso que no existe mejor definición de lo que el muro está creando.

Sin embargo, sería un error achacarle al muro todos los guetos que hay en Palestina. Algunos existen desde hace cincuenta y seis años. Me refiero a los campos de refugiados. Hoy podemos visitar Dheisheh Camp, en Bethlehem. Jerusalem se encuentra a escasos quince quilómetros de la cuidad del pesebre ,aun así tardaremos más de dos horas en llegar. El motivo es que viajamos en un autobús palestino que tiene que atravesar el gran asentamiento de Gilo y el ejército tiene que averiguar quién es cada cual. O eso dicen. El color de los documentos maximiza o atenúa la sospecha. El azul es para los árabes israelíes, menos sospechosos; el verde para los palestinos de los territorios cuya documentación es anterior a la aplicación de los acuerdos de Oslo, por lo que llevan sello israelí; el naranja hace saltar todas las alarmas, pues en ellos no hay ninguna estrella de David, tan sólo el sello de la Autoridad Palestina. Es importante el color de los papeles, pues de él depende la movilidad. Quien tiene el naranja tiene el tráfico muy restringido.
Lo único que cambia en el campo de refugiados con el paso del tiempo es el número de habitantes, que no para de aumentar (actualmente viven 11000 personas en un quilómetro cuadrado) y la ubicación de los solares que las tropas israelíes abren al dinamitar las casas. En el último derribo, acaecido hace escasamente una semana, la dinamita destruyó completamente dos casas y otras dos quedaron inutilizadas. Por lo demás, la vida transcurre en el nada que hacer cotidiano. Para los habitantes de Dheisheh Camp, hace mucho tiempo que el muro está construido en su vision diaria. ¿Qué pensarían quienes vivieron en los guetos europeos de lo años treinta si vieran hoy Dheisheh Camp? Para los israelíes, la simple comparación es un insulto. Pero tal vez ya va siendo hora de que todos derribemos nuestro propio muro mental.

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