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Article: el 11M y la verdad
30 mar 2004
Article d'anàlisi dels fets del 11-M
escrit des d'Argentina per martin Baigorria
El 11 M y la verdad.
âAntes de votar, queremos la verdadâ?. Esta frase sintetiza como ninguna otra la noción de âacontecimientoâ?, el concepto creado por Alain Badiou para definir el sentido de la política. Según este, la verdad no es el resultado de una operación lógica cuyas reglas son conocidas de antemano, sino la instancia previa y constitutiva de todo momento político. Lo cual significa que, tanto en la política como en el arte o la ciencia, la verdad se determina a partir de sus propias reglas, en la medida en que estas nunca preexisten a ella, sino que son el resultado posterior de una instancia puramente subjetiva. Por eso durante la semana del 11 M en España pudimos ver cómo el acontecimiento de la verdad irrumpió de un solo golpe. Podría haber no sucedido pero sucedió. Tras los atentados del 11 M, toda la escena política española parecía preparada de antemano para no asumir y eliminar las repercusiones políticas del atentado. Recordemos la multitudinaria pero inocua procesión de millones de españoles pidiendo por el ârespeto a la vidaâ? por encima de âcualquier bandería políticaâ?, como si justamente hubiera sido esta, la división política, la responsable del horror. Desde el primer momento, el atentado se vivió como un ataque directo a la legalidad democrática y se actuó en consecuencia al confirmar la fecha de las elecciones. ¿Pero no era también paradójico que automáticamente fuera neutralizada cualquier forma de manifestación política concreta, cuando justamente se trataba de defender el derecho democrático a la división política? Sin embargo, el pudor de las buenas maneras electoralistas quedó excedido por sus propias formas justo en el momento en que el pueblo español decide salir a la calle por segunda vez en casi 24 horas. Mientras el PP se aprovechaba del manto de silencio y desinformación provisto por el horror de los hechos y las circunstancias electorales, y dirigía así interesadamente todas las sospechas hacia ETA, un mensaje comenzaba a circular por los teléfonos celulares. El mensaje era escueto e indicaba un tiempo y un lugar, las coordenadas mínimas para un encuentro con la verdad que ya se hacía impostergable: las bombas eran una consecuencia directa de la participación de España en la guerra contra Irak, llevada adelante por el gobierno español pese a tener a toda la sociedad en contra. Mientras tanto el clima se enrarecía: las elecciones, la libertad del pueblo español de elegir a sus propios representantes, se convertía ahora en una elección forzada a favor de la unidad de España contra el fantasma del terrorismo vasco. Durante esas horas cruciales, la oposición no podía hacer nada, maniatada por las mismas reglas electorales que estaba obligada a cumplir. Si el PSOE apuntaba hacia la pista islámica y acusaba al PP de ocultar pruebas con el objetivo de desinformar a la opinión pública, se arriesgaba a ser descalificado de la contienda electoral poniendo en peligro sus intereses políticos mas inmediatos. ¿Sin embargo, había otra opción? ¿El PSOE podría haber puesto en peligro su propia estrategia electoral _ âel cambio tranquiloâ? _ poniéndose al frente una verdad que podría obligarlo a romper su alianza con los Estados Unidos? Lo paradójico de esto es que, al ganar las elecciones, fue justamente el PSOE el que pudo hacerse con los réditos de esa verdad, sin haber sido capaz de articularla desde el primer momento como una reivindicación de su propio partido. Pero tal vez aquí halla una convergencia de causas: si el PSOE no estuvo en el lugar correcto para encabezar el reclamo, al no poder enunciar la âverdadâ? de los atentados, quizás por el mismo motivo también, si estuvo en la posición correcta para acaparar los beneficios de esa verdad repentinamente puesto en juego. Como si de alguna manera, la âverdadâ? de Badiou hubiera caído de nuevo en las trampas de la representación política.
Por otro lado, durante los últimos años en España ha habido muchas concentraciones masivas: manifestaciones contra ETA, marchas por la paz y contra la guerra, y el viernes; una muchedumbre impresionante pronunciándose contra el terrorismo. Sin embargo, a uno le gustaría pensar que es el fenómeno espontáneo y absolutamente inesperado del sábado 13 el que toma lo mejor de todos esas convocatorias anteriores. Esto obedece a una serie de distinciones necesarias. La primera y fundamental: las marchas âilegalesâ? del sábado son la contracara precisa de la concentraciones âmultitudinariasâ? del viernes. Por muy masiva y espectacular que sea esta última, su imponencia tan sólo se limita a exponer el vinculo entre la irracionalidad de la violencia terrorista y el humanismo despolitizador que la produce. La sucesión inmediata de estos dos fenómenos _ las bombas del 11 M y las procesiones del día siguiente, dos hechos caracterizados por su incontrastable espectacularidad_ nos muestran en realidad dos caras de una misma moneda: por un lado, tenemos la lógica despolitizadora de la globalización, consistente en neutralizar y reprimir cualquier foco de conflictividad capaz de cuestionar la reproducción del capital, mientras que por otra parte, debemos afrontar los efectos de esa misma despolitización, la cual trae de nuevo a la superficie esos mismos conflictos bajo la forma de la violencia terrorista (Zizek). En este sentido, la violencia terrorista es tan âsuperficialâ?, tan falta de contenido, como la misma superficie de tolerancia que trata de penetrar. Aquí la pregunta pendiente es si el capital bajo su forma democrática parlamentaria podrá soportar la violencia constante de sus propios golpes, o si evolucionará hacia formas mas autoritarias. ¿No es de hecho suficientemente significativo que Al Qaeda sea estudiada en Davos como un perfecto ejemplo de tercerización multinacional (en el cual cada célula se maneja con sus propios recursos y donde el manejo de la información y las ideas novedosas fluyen libremente sin ningún tipo de restricción jerárquica)? Mas allá de que esta sea o no la descripción empíricamente correcta de este grupo terrorista, ¿no es esta fantasía suficientemente reveladora de la profunda identidad existente entre un modelo des-centrado de acumulación de capital y esta forma también des-centrada de violencia? Por lo que, desde el punto de vista de la ideología conspirativa, existe un mínimo crucial de verdad en la replica hecha por la serie 24 a los Expedientes Secretos X: el enemigo no está afuera sino que siempre se encontró adentro. Retomando la descripción de la máquina sadeana hecha por Adorno y Horkheimer en su dialéctica del iluminismo, es como si Al Qaeda funcionara como un sistema de partes autónomas cuyo objetivo es producir la mayor cantidad de violencia posible con el máximo de eficacia y un mínimo de recursos en su haber. Este es el secreto del prodigio utilitarista que encandilaba a los millonarios de Davos. Es allí donde la figura del Otro imaginaria se desvanece para aparecer en la forma de su verdadera identidad renegada, como si por un momento esos ejecutivos se hubieran visto a si mismos observando la imagen de su peor pesadilla.
Recordemos también otro elemento escenográfico a primera vista determinante para ocultar la salida de la verdad a escena: la âjornada de reflexiónâ? impuesta por la veda electoral. Por lo que no sólo estaba operando el consenso anti-político del abrazo antiterrorista, sino que también eran las propias normas de la competencia electoral las que encerraban a los españoles dentro del silencio y la imposibilidad de hacer algo. No en vano uno de un miembro del PP tildó de âilegalesâ? las manifestaciones populares frente a las sedes partidarias de su propio partido. Así, la âjornada de reflexiónâ? se convertía en una âjornada de no-reflexiónâ? ya que era la propia legalidad âdemocráticaâ? la que ahora se censuraba a si misma, poniendo del lado de la ilegalidad su expresión mas autentica y genuina. En ese callejón sin salida, el acto electoral se convertía en una especie de luto obligado por los muertos, donde sólo era posible callar y votar, sin esperar ninguna otra consecuencia del horror sucedido. El voto parecía encarnar una vez mas la resignación de un acto obligado de fe, como si sólo mediante ese gesto silencioso y anónimo se le pudiera dar paz a las víctimas. Ahora bien, el luto forzado de la jornada de reflexión tuvo al mismo tiempo su propia vuelta de pagina, cuando fue esa misma suspensión de todas las banderías políticas la que obligo al pueblo a español a salir a las calles. En ese momento se pudo ver claramente como la instancia de las distintas representaciones partidarias quedaba totalmente rebasada por un gesto que es al mismo tiempo fundamental y constitutivo para toda representación. Ya que, según Badiou, el âacontecimientoâ? surge de la propia forma de la situación, es decir, aparece a partir de un dato de la situación que si bien esta incluido en ella, no es tenido en cuenta como tal. En este caso, ese dato es el silencio partidario impuesto por la veda. Fue ese vacío momentáneo de representación, ese momento de retiro civil ritualizado al que todo el mundo parecía resignarse, el que de pronto suspendió las condiciones normales de la ciudadanía para hacer surgir de allí una especie de âmúltiple puro indeterminadoâ?, un colectivo sin ninguna identidad previa, constituido en el acto de reclamar por la verdad de los atentados. Una verdad excluida por el funcionamiento automatizado del sistema electoral español, el cual estaba a punto de otorgar al PP la continuidad en el gobierno. Que el PP haya decidido aprovecharse de esta situación es un dato menor: el PSOE hubiera hecho lo mismo. Ya vimos como en el papel de la oposición, se limito a esperar pasivamente el desenlace de los hechos, sin comprometerse con ella, para no comprometer tampoco sus propios objetivos. Ahora la pregunta es si la política del âcambio tranquiloâ? podrá estar a la altura del âacontecimientoâ?.

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