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Notícies :: criminalització i repressió
Aquella mañana
26 mar 2004
Txaro Zubizarreta - Madre de un preso político vasco
Aquella mañana en que todos, jeltzales, adheridos y postulantes a jeltzale de última hora, se ponían de acuerdo en imputar golosamente la autoría del todavía humeante atentado a quienes no lo eran, un preso político vasco, desconocedor matutino de los hechos, accedía a la enfermería de su madrileña prisión, aquejado de fiebre alta y de un dolor punzante a la altura del costado derecho. Mientras esperaba turno, irrumpen amenazantes en la salita, de forma escalonada, funcionarios y comunes azuzados por éstos, desgranando las páginas más purulentas del diccionario. El pánico del preso no cabe en la habitación. Cuando, por fin, le enteran de lo sucedido sólo puede balbucear que no sabe quién pero que no han podido ser quienes le están diciendo haber sido. Arriba, de donde tú eres, lo están confirmando todos, le contestan, y ésos en esto no se equivocan. Le sacan una placa tensa y, ante la misma, le comunican que debe ir al hospital, al 12 de Octubre. Dadas las circunstancias, se opone al traslado y pide volver a módulo.

­Prefería morir de dolor que a manos de los beneméritos...­ nos diría más tarde.

Allí encuentra a sus compañeros refugiados y aislados ante los ataques que han dado comienzo. Todas las cárceles son un infierno, siendo los presos los únicos con coartada. En todas, se suceden las palizas, el aporreo de puertas, los huesos rotos. El terror se enreda entre los barrotes.

Pasan tres días, pasan tres noches sin que los dolores remitan. Sesenta horas seguidas sin dormir le hacen volver a la enfermería. La que sí va remitiendo es la tensión. Aunque muchos no quieren creerlo, se va conociendo a los autores, y los presos comunes comienzan a pedir perdón. Nueva placa, inyecciones en el trasero, y, de nuevo, recomendación de ir al hospital. El pre- so, esta vez, accede con la condición de ser trasladado en ambulancia, petición que es atendida por el equipo médico, dado el estado del enfermo. El viaje es tranquilo. Al preso sólo le preocupa, cuando parece haber pasado todo, su salud. Ya, ya. Al llegar al centro hospitalario, tras unos minutos de espera, se abren bruscamente y con estrépito las puertas de la ambulancia.

­Me acordé de cuando abrían las del calabozo...­ recuerda las torturas de Arkaute.

Le bajan casi en volandas y un benemérito, metiendo su brazo por debajo de los dos suyos esposados a la espalda, en una llave que el preso reproduce simuladamente con su madre mientras nos lo cuenta, lo arroja al suelo delante de la gente, familiares de heridos, que charlaban en el portal del centro, vociferando de esta guisa:

­Aquí tenéis al etarra que transportaba 500 kilos de explosivos en la furgoneta...

Algunos, al oír esto, vuelven a pasar hojas del diccionario, buscando sus rincones más venenosos. El preso alucina. Pasado un tiempo, le introducen en un cuarto repleto de ropas ensangrentadas:

­Son las de los muertos y heridos en el atentado. Te vamos a pegar dos tiros para que tu sangre se funda con la de ellos...

¿Qué se siente en esos momentos? ¿Qué se piensa?¿Qué recuerda uno?¿A quién recuerda?

­En esos momentos uno sólo desea la muerte, una muerte cuanto antes...

Ya delante del médico, éste requiere que se le quiten las esposas para efectuar la inspección. Los guardias se niegan, aduciendo suprema peligrosidad del detenido. Discuten. Es «el de los 500 kilos de explosivos». Ganan los guardias. Esposado le sacan sangre, recogen esputos y le hacen placas. No ingresa, pues el hospital está lleno. Al acabar el análisis, el guardia insiste en que no se necesita la ambulancia para el regreso. El médico, esta vez, no accede. Al abandonar la estancia, camino de la salida, el guardia civil llama por el móvil:

­Oye, mandar un furgón que a éste le vamos a dar un paseo para que conozca Madrid... Y que venga George para que sepa lo que es bueno.

Cuando desconecta, dirigiéndose al preso, añade:

­Abajo hemos reunido a un grupo de familiares de heridos que te están esperando. Nosotros miraremos a otro lado...

No pasó nada. Abajo llegó la ambulancia y se llevaron al preso sin más incidentes. Al llegar a la cárcel, un nutrido grupo de guardias le esperaban. No le tocaron pero acabaron repasando y desgranándole el resto de hojas del diccionario. La celda, por fin, se convirtió en el único lugar seguro. Había tenido más suerte que Angel y Kontxi.

Pocos días más tarde, el día 23, este preso volvió a viajar, esta vez a la Audiencia Nacional, para asistir a su primer juicio, tras 16 meses de cárcel, junto con otros amigos, coimputados todos por presuntas amenazas ¡ya es ironía! a un concejal del partido que hace la guerra en Irak. No es momento de narrar todas las bufonadas de aquella farsa, sólo algunas. Para abrir boca, la fiscal, una chica rubia, les dice a los magistrados, eran tres, que los 2 años de pena solicitados hace me-ses por este hecho son un «error mecanográfico» y que debe poner 12. Reconoce que es una barbaridad, pero también lo es el delito, dice. El delito consiste en una carta buzoneada a todos los vecinos del portal donde vivía el concejal, dando cuenta de su perfil. La fiscal no quiere leerla. Lo hace el abogado. Punto por punto y con el Código Penal en la mano, va demostrando que nada de lo que contiene la misiva es amenaza ni está tipificado como tal. A los ertzainas que hacen de testigo les pregunta si se incautaron del ordenador con el que aseguran que se escribió y contestan que no. Les pregunta si sacaron huellas dactilares y contestan que no. Ningún vecino solicitado por el concejal quiso acompañarle para testificar. Ninguna prueba, ni mención de obtenerlas, sólo la autoinculpación como único argumento. Unos estudiantes de Derecho, presentes en la sala, nos miraban asustados. Esto no es lo que estamos estudiando, dijeron luego. Los coimputados estuvieron en su sitio, firmes, creíbles mientras narraban las torturas. Son inocentes. Sólo su amor a Euskal Herria y su juventud comprometida eran los causantes de su presencia en aquella jaula. En las conclusiones certeras de los abogados, la cara de la fiscal enrojecía como las amapolas. ¿Por qué no se paralizan todos los juicios pendientes hasta que acusadores y fiscales dejen de proceder del mismo fascista cordón umbilical? El juicio quedó visto para sentencia.

El preso sigue tosiendo, mientras espera el diagnóstico médico. Yo noto que estoy cambiando mucho, que me estoy volviendo extraña. Ante estas experiencias, hasta me parece estar volviéndome mala. Y no es que piense en devolver este daño a todos los que están propiciando toda esta sinrazón. Qué va. Ni me gustaría que otros lo devolvieran por mí. Tampoco. Simplemente, noto algo así como que me gustaría no haber conocido nunca vuestros rostros, no haber sabido nunca de vosotros, que habría sido mejor para todos que os hubiéseis quedado niños para toda la vida. Debo confesar que estas últimas líneas están inspiradas en las Sagradas Escrituras. -


http://www.gara.net/orriak/P26032004/art76130.htm

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Comentaris

Re: Aquella mañana
27 mar 2004
muera el estado español torturador. independentzia
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