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Anàlisi :: guerra
Iraq, un año después
22 mar 2004
Iraq, un año después
La Vanguardia, 20 de Marzo, 2004
KENNETH WEISBRODE
La intervención en Iraq dirigida por EE.UU. no tiene visos de finalizar pronto, a pesar de todas las promesas públicas de âtransferir la soberaníaâ? el 30 de junio a un gobierno iraquí aún por determinar. El Consejo de Gobierno iraquí ha aprobado una nueva Constitución; por su parte, la fuerza de ocupación âla Autoridad Provisional de la Coalición (APC)â ha cedido muchas tareas de mantenimiento de la paz a la policía y las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes. Aunque todo saliera como estaba previsto en junio, no hay garantías de que el país alcance la paz en un futuro inmediato.

¿Cuáles son las alternativas? Básicamente, Iraq podría âseguir tirandoâ?; es decir, continuar más o menos en calma con sólo algunas bolsas de resistencia violenta hasta que la situación mejore o empeore drásticamente y degenere en un guerra civil. Esto último es, por supuesto, la otra posibilidad. Durante su visita a Iraq en febrero, Lajdar Brahimi, el antiguo diplomático argelino que hizo maravillas en nombre de las Naciones Unidas en Afganistán, afirmó que la guerra civil no era una eventualidad descartable en Iraq. Sin embargo, ¿cuál es su probabilidad? ¿Es posible que un informe sobre los progresos realizados sea radicalmente diferente el año que viene?

La respuesta a esta pregunta depende de quién sea el interpelado. Por un lado, la recuperación y reconstrucción de Iraq parece progresar lenta pero pacientemente. A pesar de las inmensas dificultades económicas y personales, la mayoría de los iraquíes ha empezado a reanudar su vida cotidiana. Sin embargo, el país continúa siendo, en términos políticos, un caso perdido. Sigue sin haber un gobierno legítimo y son pocas las esperanzas de que tras el 30 de junio haya algo parecido a una autoridad central reconocida y eficaz.

La principal cuestión a corto plazo en Iraq no es si la situación degenerará en una guerra civil entre kurdos, suníes, chiitas y otros, sino más bien si la incertidumbre acerca del futuro político del país alcanzará un punto de no retorno. En lugar de una guerra civil declarada, podría aparecer algo así como un Estado fracasado semipermanente atrapado en una rutina de desengaños y frustraciones.

Ninguno de los dos escenarios supone que se vislumbre un final de la ocupación. Al invadir Iraq hace ahora un año, derrocar a su gobierno, encarcelar a su máximo dirigente, desmantelar el ejército y establecer nuevas leyes e instituciones, EE.UU. ha tomado sobre sí una pesada carga que no se puede sacudir con facilidad. Los cínicos sostienen que Bush desea ardientemente desentenderse de Iraq antes de las elecciones presidenciales de noviembre con el fin de reafirmar su imagen como liberador de Oriente Medio. Sin embargo, las presiones sobre el terreno quizá sean demasiado grandes para que eso ocurra; sin duda, el caos en Iraq sería algo mucho peor que el statu quo que a Bush, según parece, le molesta.

La otra probabilidad es que Bush resulte sustituido por John Kerry, que éste proceda a reexaminar la situación iraquí desde una escarmentada perspectiva de la época de Vietnam y se proponga llevar a cabo justo lo que Bush había deseado, a saber, una retirada precipitada. Eso coincidiría con lo aconsejado a John F. Kennedy, el héroe de Kerry, con respecto a Vietnam poco antes de su asesinato: instalar un gobierno títere cuya primera medida oficial sería pedir a EE.UU. que abandonara el país. Aunque también eso parece harto improbable. Cualquiera que haya luchado en Vietnam reconocerá la diferencia entre una sangrienta guerra civil y una ocupación interminable. El problema real es lograr una salida estable más que una victoria completa. En un sentido muy real, el âenemigoâ? es la prolongación de la propio ocupación.

Ahí reside el problema. Las razones para ocupar Iraq siguen lejos de estar establecidas. Porque ahora es una cuestión de compromiso y prestigio. Bush dice: âNo nos iremos hasta que hayamos hecho el trabajoâ?. Sin embargo, en un plano más profundo, las razones para la intervención siguen sin estar claras para la mayoría de los estadounidenses y ciertamente para muchas personas en otras partes del mundo, por no hablar de los propios iraquíes. Sabemos ahora que no había ningún programa de armas biológicas, químicas o nucleares a gran escala. Sabemos ahora que no había arsenales de tales armas, o por lo menos que no los había en los lugares donde se suponía que tenían que estar. Sabemos ahora que el gobierno de Saddam Hussein era un régimen ineficaz y tambaleante y no una poderosa amenaza para la paz regional y mundial.

En otras palabras, sabemos ahora que la intervención armada en Iraq podrá o no parecer justificada algún día como medida preventiva, pero que nunca fue ni podía ser una guerra âanticipatoriaâ? en los términos en los que fue desencadenada el año pasado. Y, por lo tanto, sabemos ahora que la legitimidad subyacente de toda la misión âdesde la intervención hasta la ocupación y luego la reconstrucciónâ sigue siendo de lo más cuestionable a ojos de gran parte del mundo.

Los defensores de la guerra sostuvieron con frecuencia que los fines justificaban los medios: un Iraq libre, pacífico y próspero serviría de modelo para Oriente Medio. En caso de que uno no compartiera esa idílica visión, al menos podía sostener que el derrocamiento de Saddam inclinaría el equilibrio regional de poder hacia una dirección prooccidental. Sin embargo, ese resultado tampoco está claro. A corto plazo, el ganador neto de las intervenciones de 2002 y 2003 en Afganistán e Iraq parece ser Irán, que hoy controla la mayor parte de la economía y la política de Afganistán occidental (la única parte verdaderamente estable del país) y parece dispuesto a ejercer una gran influencia sobre la política de Iraq, suponiendo que los dirigentes chiitas de ese país sigan jugando sus cartas hábilmente. ¿Dónde deja esto a los inseguros estados árabes de Oriente Medio? ¿Está destinado Irán ây podríamos añadir un Irán nuclear dentro de pocoâ a desempeñar de nuevo el papel de gendarme regional?

Una hegemonía estadounidense-iraní sobre Oriente Medio no aparece a corto plazo en las cartas. No obstante, la posibilidad de una alianza en la zona septentrional entre EE.UU., Irán, Turquía e Israel no puede ser algo demasiado remoto en las mentes de los paranoicos regímenes árabes, por no hablar de quienes luchan hoy en las calles de Iraq. Semejante cambio de alianzas constituiría una tremenda ironía: a pesar de la retórica wilsoniana en las semanas y los meses que precedieron a la guerra el año pasado, lo que está surgiendo en Oriente Medio parece mucho más un equilibrio de poder radicalmente nuevo que una comunidad de seguridad estable. Iraq tenía en el 2003 poca relación con lo antaño defendido por Woodrow Wilson como paz sin victoria, pero quizá estemos cada vez más ante algo parecido a una âvictoriaâ? sin paz.

KENNETH WEISBRODE, asesor del Consejo Atlántico de Estados Unidos
Traducción: Juan Gabriel López Guix
Sindicat