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Notícies :: antifeixisme
El muro en el corazon de Palestina
03 mar 2004
Ilan Pappe escribe sobre el muro
El muro en el corazónde Palestin

Ilan Pappé


Traducción: CSCAweb (www.nodo50.org/csca): 6-08-02


'El muro se pondrá al servicio de la pasada y presente ambición ideológica de Israel, que pretende borrar Palestina del mapa de una vez para siempre. Después de todo, la desaparición completa del enemigo de uno es una solución mucho más 'conveniente' que la contemporización, la reconciliación, o la asunción de la responsabilidad propia por las acciones pasadas'




A mediados del mes pasado, Israel empezó a construir un muro para separar el país físicamente de Cisjordania. Entre mis amigos de la izquierda israelí, hay quienes recibieron la noticia con gran entusiasmo. Se trata de los mismos amigos que estaban convencidos de que el proceso de Oslo conduciría inevitablemente a una paz completa y duradera. Ahora vuelven a alegrarse, porque creen que esta separación es el primer paso que conducirá a la creación de un Estado palestino independiente. Según ellos, el muro servirá para delimitar la futura frontera entre Israel y Palestina.




En caso de que tengan razón y de que el muro esté realmente pensado para delimitar las fronteras, entonces Palestina ­ entendida como la entidad política por la que la OLP ha luchado desde su creación ­ se ha perdido con toda probabilidad porque, en ese caso, completará el proceso que el movimiento sionista comenzó allá por 1882 y que ha sido continuado vigorosamente por Israel desde 1948: la desarabización de Palestina.




Hasta el momento, ese proceso ha tenido como pilares fundamentales la colonización con los asentamientos, la expropiación, y la expulsión. En virtud de los Acuerdos de Oslo, el supuesto Estado palestino ya había quedado reducido a un ridículo pedazo de tierra. Con Oslo, surgieron en el discurso internacional numerosas y extrañas definiciones del concepto de estatalidad. Entre otras, la idea de un Estado compuesto por dos territorios que carecían de continuidad geográfica, cada uno de los cuales estaría a su vez dividido y bifurcado en cantones sin ningún tipo de integridad territorial.




Desafortunadamente, la optimista interpretación que mis amigos hacen del muro es absolutamente errónea, al igual que ya se equivocaron con su interpretación de Oslo como un proceso de paz verdadero. Lejos de anunciar la apertura de un nuevo capítulo en la historia de Palestina, la construcción de un muro viene a constituir llana y sencillamente la continuación de una política ya conocida, si bien por otros medios; una política que consiste en borrar Palestina del mapa en tanto que entidad geográfica, política, y cultural. En este artículo me propongo situar el muro en su contexto, no solamente en relación con la política de Sharon y sus objetivos, sino como parte de un proceso histórico más amplio que comenzó a finales del siglo XIX.




La construcción del muro ha sido bien recibida en Israel. Los únicos que se oponen son un puñado de colonos extremistas. Para la mayoría de los judíos israelíes, lo atractivo del muro no es la idea de que se esté definiendo alguna forma de frontera definitiva, sino más bien su potencial para servir como mecanismo de defensa que ponga fin a los ataques de los suicidas palestinos. Sin embargo, los políticos (principalmente laboristas) que concibieron en primera instancia la idea del muro hace alrededor de seis meses ven las cosas de un modo bastante diferente. Para ellos, la verja tiene una función estratégica y no simplemente táctica.




Los dos principales contendientes para liderar el Partido Laborista, Haim Ramon y Benjamín Ben Eliezer, han descrito el muro como un "Plan de paz" en sí mismo y no simplemente como un medio para impedir infiltraciones. Esto no debería sorprender a nadie. El Partido Laborista siempre ha pretendido una paz fundamentada sobre la existencia de una línea divisoria. De hecho, ese fue su eslogan en las elecciones generales de 1992: "Nosotros estamos aquí; ellos, allí". Para los laboristas, el sueño sionista puede verse realizado únicamente mediante una separación absoluta entre palestinos y judíos. La cuestión de qué es exactamente lo que podría pasar el otro lado de ese muro (el palestino) nunca ha parecido preocupar en demasía a estos visionarios de la paz. No les interesa la viabilidad económica de la vida en el otro lado, ni cómo ese otro lado manejará sus recursos naturales e hídricos (la mayor parte de los cuales los laboristas pretenden mantener del lado israelí de la línea divisoria), ni qué clase de soberanía será la que tengan (soberanía que, en cualquier caso, el laborismo no quiere que sea total ni completa, puesto que la "Palestina" del laborismo incorporaría numerosos bloques extraterritoriales de asentamientos judíos), ni cómo logrará una mayor seguridad (puesto que la seguridad quedará exclusivamente en manos israelíes).




Eso, por no hablar de la pregunta -aún más intrincada- de lo que una división de este tipo significará para el millón de palestinos que viven en Israel. ¿Forman parte de Nosotros, o de Ellos?




Aún así, una cosa está clara en esta visión: es bastante compatible con la visión que Sharon tiene para resolver la cuestión palestina. Por supuesto, Sharon intentó en un principio poner en práctica su visión sin el muro. Pero ahora se ha hecho a la idea por el bien de la unidad nacional. Después de todo, el Partido Laborista le ha propuesto que construya una verja que divida la superficie de Cisjordania (5.000 kilómetros cuadrados) en dos, dejando 2500 de esos cinco mil kilómetros en manos de Israel. ¿Por qué iba Sharon a negarse?




Ese muro bien podría formar parte de un plan ideado hace tiempo, pero la decisión de promover la idea en este preciso instante es consecuencia de la desesperación de la población israelí frente a la incapacidad de su gobierno de garantizar su seguridad personal después del estallido de la Intifada Al-Aqsa.




Esta no es la primera vez en la que Sharon se ha aprovechado de esa sensación temporal de miedo para poner en práctica sus planes a largo plazo. En el verano de 1982, a medida que la guerra de resistencia de la OLP alcanzaba nuevos niveles de intensidad (incluido el lanzamiento de cohetes katiusha contra Israel), Sharon consiguió atraerse a los colonos israelíes que vivían en la frontera norte con Líbano para que apoyasen la invasión del país vecino. En aquel entonces, Sharon no solamente fracasó a la hora de conseguir su objetivo táctico (detener la violencia) sino que además provocó formas de violencia mucho peores. Hoy, el muro traerá inevitablemente el mismo resultado: más violencia contra Israel; y, por supuesto, como siempre, más violencia contra los palestinos.




Otra alternativa




Al igual que en 1982, hay una alternativa. Justo antes de la invasión de Líbano, la OLP ofreció una salida y propuso un alto el fuego y un armisticio. Violando el alto el fuego vigente, Sharon envió a su ejército a invadir Líbano para instalar en Beirut un gobierno a su gusto y destruir la infraestructura de la OLP. En esta ocasión, el muro que rodeará Cisjordania es la estratagema de Sharon para minar la oportunidad que ofrecía el plan de paz saudí y que había recibido la aprobación tanto de los palestinos como de la Liga �rabe.




El camino de la paz tiene el potencial de poder ofrecer una seguridad duradera tanto a israelíes como a palestinos. Pero en un mundo seguro los generales como Sharon no prosperan y, de hecho, puede que no sobrevivan.




El modo en que Sharon ha enfocado tanto la cuestión del Líbano como el tema del muro es reflejo de una visión sionista-israelí global que pretende imponer una solución al conflicto por la fuerza, borrando así el propio concepto de Palestina de la realidad y la memoria y sustituyéndolo por el concepto rival de Eretz Israel ["El Gran Israel"]. Una Tierra de Israel en la que se incluyen Judea y Samaria. Estas zonas pueden ser el hogar de un número considerable de árabes, pero estos árabes nunca tendrán el poder de decidir ni el nombre ni el carácter del país. A su debido tiempo, podrían llegar a ser expulsados, cuando llegue el momento apropiado.




Palestina en tanto que país fue borrada de la conciencia sionista casi desde el principio; de hecho, ocurrió desde el momento en que la primera ola de inmigrantes judíos llegó allí en 1882. Mientras la comunidad judía en Palestina siguiera siendo una minoría viviendo bajo los auspicios del Mandato británico, la desaparición de Palestina seguía siendo algo simbólico, porque no existía aún un poder militar capaz de eliminarla físicamente sobre el terreno. Pero ya estaba totalmente excluida del discurso y la narrativa de los colonos sionistas.




Cuando se presentó la oportunidad de transformar la visión en realidad en 1948, Palestina fue borrada no solamente de palabra, sino también a golpe de espada. La partición de Naciones Unidas (NNUU) concedió al movimiento sionista el 56% de Palestina; la guerra de 1948 les permitió ocupar el 88% del país. A todos los efectos, parecía que Palestina en tanto que entidad geopolítica y cultural había sido destruida.
Pero Palestina no moriría. Permanecería viva en los campamentos de refugiados, en Cisjordania y la Franja de Gaza, así como entre la minoría palestina dentro del propio Israel. Sobrevivió a la guerra de 1967 y el paso del 100% de la Palestina histórica a manos israelíes. Durante la primera década de la ocupación, el gobierno laborista esperaba que Palestina terminaría borrándose de la conciencia regional y global una vez que propusieran la fusión de Cisjordania y Gaza con Jordania. Pero sus esfuerzos no sirvieron para nada.




Entonces, en 1977 el Likud llegó al poder, trayendo consigo la ideología del Gran Israel. El concepto de Palestina quedaría ahogado por las masivas oleadas de asentamientos judíos que inundaron los territorios ocupados; suprimido por la inflexible negativa a discutir siquiera el futuro de los refugiados, y silenciado por la insistencia en que los palestinos dentro de Israel no constituían un grupo nacional sino un conjunto de comunidades religiosas (cristianos y musulmanes) sin derecho a la autodeterminación o a poseer una identidad nacional colectiva.




Pero también esta estrategia fracasó, y en 1987 estalló la primera Intifada. El levantamiento obligó a los israelíes, por primera vez desde 1948, a considerar Palestina como una entidad política posible que podría adoptar la forma de una Estado independiente que conviviese junto a Israel y que se establecería en los territorios ocupados. O, al menos, ese fue el principio que se acordó en Oslo. Retrospectivamente, podría parece que el gobierno israelí nunca tuvo la intención de crear un Estado palestino sobre el 22% de la Palestina histórica. Al mismo tiempo, parece como si la OLP, que ya se había transformado en Autoridad Palestina, fue quien de verdad hizo la concesión más importante jamás hecha por parte palestina, cuando consintió en arreglárselas con un mini-estado palestino como cristalización geopolítica de su visión liberadora.




Pero ni siquiera ese deseo, limitado como era, llegaría a verse hecho realidad. Apenas había nacido cuando esa micro-Palestina fue diseccionada en �reas A, B, y C, y la Franja de Gaza fue acordonada y rodeada con una valla electrificada, como si de una enorme cárcel se tratara. El resultado fue que gran parte de Palestina (el 42% de Cisjordania y el 20% de la Franja de Gaza) quedó directa o indirectamente bajo ocupación israelí. Esta situación se mantuvo a lo largo del "Proceso de paz". Y aún así, israelíes y norteamericanos son todavía incapaces de entender por qué los palestinos no aprendieron a tener fe en la diplomacia y la negociación como el mejor modo para realizar sus sueños de autodeterminación e independencia (al menos, los europeos parecen tener la cuestión algo más clara.)




'Lo tomas o lo dejas'




El presidente Arafat se encontró en Camp David, en el verano de 2000, con un hecho consumado: allí se le dijo, simplemente, "o lo tomas, o lo dejas". Poco después, estallaba la segunda Intifada.




El levantamiento, inicialmente no armado, se convirtió en una revuelta armada debido a la dureza de las represalias israelíes frente a las manifestaciones y las protestas callejeras. Gradualmente, esa micro-Palestina fue reocupada. Y aún así, ya fuese bajo un régimen de ocupación directa o indirecta, las condiciones de la población ocupada eran igualmente catastróficas. Los palestinos seguían en paro, hambrientos y ahogados, incapaces de moverse o de ganarse la vida debidamente. Esta situación es la que ha dado lugar a la aparición de los suicidas. No debería sorprendernos que gente como Cherie Blair, la esposa del Primer Ministro británico, reconozca este hecho. Para muchas personas, la génesis de estos ataques es muy obvia. Aún cuando los atentados sean censurables cuando tienen por objeto a civiles inocentes, son el resultado directo de la desesperación. Este hecho fue también reconocido en una petición recientemente firmada por un grupo de intelectuales palestinos que condenó los atentados al tiempo que explicaba el contexto en el que dichos ataques se producían.




Los israelíes han empleado todos los métodos a su alcance para poner a prueba y aplastar lo que ellos llaman "la infraestructura terrorista"; como si los F-16, los tanques y las unidades especiales pudieran atemorizar a los jóvenes hombres y mujeres palestinos que están dispuestos a convertirse en una bola de fuego en medio de una calle de Jerusalén abarrotada de gente. Las pérdidas humanas en el lado israelí han alcanzado proporciones catastróficas en relación con la historia y la población del país; la tragedia alcanza mayor resonancia si se tiene en cuenta que, en algunos casos, son familias enteras las que perecen en los atentados. La casi incomprensible cobardía de la prensa israelí (y muy especialmente de los medios audiovisuales) resguarda a la sociedad judía de cualquier conocimiento real del contexto que ha dado lugar a estas tragedias personales. No se mencionan la ocupación, ni las humillaciones o asesinatos, ni las detenciones masivas, ni la destrucción de hogares o el hambre que, en su conjunto, han alimentado los atentados suicidas. Cuando la mentalidad de la opinión pública está tan cuidadosa y meticulosamente cerrada, no sorprende que la mayor parte de los israelíes hayan aceptado el muro de manera incondicional, porque para ellos tiene el poder de una hechizo mágico.




Aún con todo, cualquier amateur puede darse cuenta de que el muro apenas supondrá un obstáculo para los futuros atacantes suicidas. En lugar de eso, se pondrá al servicio de la pasada y presente ambición ideológica de Israel, que pretende borrar Palestina del mapa de una vez para siempre. Después de todo, la desaparición completa del enemigo de uno es una solución mucho más conveniente que la contemporización, la reconciliación, o la asunción de la responsabilidad propia por las acciones pasadas. Con ayuda del muro (porque de hecho no es una valla sino un muro), Sharon está definiendo la Palestina de las generaciones futuras: la mitad de Cisjordania, dividida en cantones aislados, y una isla sobre el 75% de la Franja de Gaza. En estas áreas los palestinos podrían dirigir sus asuntos municipales, si bien de forma limitada; se les permitirá incluso referirse a todos estos fragmentos por el nombre de Estado. A juzgar por el discurso pronunciado por Bush el 24 de junio de 2002 [1], la actual visión norteamericana de una solución para el problema palestino coincide exactamente con la del régimen israelí. Y aún así, Bush espera que la democracia, la transparencia, y la prosperidad económica florezcan dentro de esta camisa de fuerza... Esta postura cínica solamente contribuirá a agriar aún más las relaciones palestino-norteamericanas, y en un futuro podría dañar sustancialmente el prestigio de EEUU a lo largo y ancho del Mundo �rabe. Porque ahora se verá a Bush como la persona que ha hecho más fácil el intento por parte de Israel de que Palestina deje de existir.




La valla, o mejor dicho el muro, perjudicará los intereses israelíes en varios sentidos. Al igual que ocurrió con el cerco israelí al complejo de [la residencia presidencial de Arafat en Ramala de] la Muqataa cuando los israelíes aislaron a Arafat solamente para encontrarse condenados al ostracismo en todo el mundo, también en este caso las consecuencias podrían ser justamente contrarias a lo esperado, porque el muro rodea a Israel tanto como aísla a Palestina. Un muro como ese, que se extiende a lo largo de la frontera más larga de Israel en el este, hará que aumente la ya de por sí abrumadora sensación de aislamiento y que se refuerce la mentalidad de estado de sitio que durante tantísimos años han soportado los israelíes y que ha alimentado el apoyo que reciben las políticas intransigentes y agresivas de sus gobiernos.




Pero es evidente que, sean cuales sean sus efectos sobre Israel, el muro será mucho más destructivo para los palestinos que viven bajo la ocupación. Es difícil hablar de un deterioro en sus condiciones de vida cuando esas condiciones ya son tan pésimas e inhumanas; pero, desgraciadamente, por muy mal que puedan ir las cosas, siempre pueden ir peor.




¿Y la comunidad internacional?




¿Escuchará la comunidad internacional las juiciosas palabras de Cherie Blair, Desmond Tutu, José Saramago, Oliver Stone, Ted Turner, y muchos otros que han entendido lo que está ocurriendo y que han avisado de la inminente tragedia aún a riesgo de que se les cuelgue la etiqueta de antisemitas, cuando no de neonazis? ¿O guardará silencio, como ha hecho durante tantos y tantos años, frente a un nuevo intento de borrar a Palestina del mapa, como ya ha hecho la CNN tras sucumbir a las presiones israelíes y abandonar lo que anteriormente era una cobertura equilibrada del conflicto? (El ministro israelí de comunicaciones intenta ahora eliminar a la BBC World Service de las estaciones que emiten por cable y vía satélite en Israel, como castigo por su parcialidad en la cobertura de las noticias. A uno ya no le cabe más que esperar que la BBC no se rinda como ha hecho la CNN).




Dado que las más recientes declaraciones del presidente Bush sobre la cuestión palestina básicamente han dado luz verde a los israelíes para que sigan haciendo lo que les plazca hasta que se celebren las elecciones al Congreso en otoño de 2002, parece que las voces que con más sabiduría se pronuncian seguirán clamando en el desierto. No hace tanto, Palestina iba del Mediterráneo al Jordán. Hoy por hoy, la población autóctona árabe va a quedar cercada en un área que representa menos del 15% de la superficie original de su país.




¿Dónde están Europa y el Mundo �rabe mientras todo esto pasa? ¿Dónde las naciones asiáticas y africanas? Se puede llegar a entender por qué Alemania duda a la hora de adoptar un posicionamiento claro sobre la cuestión, si bien ya va siendo hora de que aprenda la lección moral de su conducta pasada; la obligación moral que acarrea por el Holocausto debería situarla a la cabeza de las naciones que se oponen a los crímenes contra la humanidad, la ocupación y las violaciones de los derechos humanos, incluso cuando esos crímenes estén siendo cometidos por personas cuyos padres y abuelos fueron víctimas de ese mismo Holocausto. Pero, ¿qué decir del resto de países miembros de la UE y NNUU? Como ya he avisado con anterioridad, cuando quieran despertar podría ser demasiado tarde. No sólo para los palestinos, sino también para los israelíes, que seguramente tendrán muchas más dificultades a la hora de ser aceptados (o simplemente de sobrevivir) en Oriente Medio, después de haber sido los artífices de una segunda Nakba.
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