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Anàlisi :: educació i societat
Historia del siglo XX (Hobsbawm). 16: El fin del milenio
20 feb 2004
Y cuando estamos ante perspectivas harto problemàticas
(Pasajes seleccionados)


La razón de esta impotencia no reside sólo en la profundidad de la crisis mundial y en su complejidad, sino tambien en el aparente fracaso de todos los programas, nuevos y viejos, para manejar o mejorar los asuntos de la especie humana. (...)

El derrumbamiento de la URSS llamó la atención en un primer momento sobre el fracaso del comunismo soviético; esto es, del intento de basar una economía entera en la propiedad estatal de todos los medios de producción, con una planificación centralizada que lo abarcaba todo y sin recurrir en absoluto a los mecanismos del mercado o de los precios. (...)

Por otra parte, la utopía antagónica a la soviética también estaba en quiebra. Ésta era la fe teológica en una economía que asignaba «totalmente» los recursos a través de un mercado sin restricciones, en una situación de competencia ilimitada; un estado de cosas que se creía que no sólo producía el máximo de bienes y servicios, sino también el máximo de felicidad y el único tipo de sociedad que merecía el calificativo de «libre». (...) El intento más consistente de ponerla en práctica, el régimen de la señora Thatcher en el Reino Unido, cuyo fracaso económico era generalmente aceptado en la época de su derrocamiento, tuvo que instaurarse gradualmente. Sin embargo, cuando se intentó hacerlo para sustituir de un día al otro la antigua economía socialista soviética, mediante «terapias de choque» recomendadas por asesores occidentales, los resultados fueron económicamente desastrosos, y espantosos desde el punto de vista social y político. (...)

El fracaso del modelo soviético confirmó a los partidarios del capitalismo en su convicción de que ninguna economía podía operar sin un mercado de valores. A su vez, el fracaso del modelo ultraliberal confirmó a los socialistas en la más razonable creencia de que los asuntos humanos, entre los que se incluye la economía, son demasiado importantes para dejarlos al juego del mercado. (...)

Más grave aún que la quiebra de los dos extremos antagónicos fue la desorientación de los que pueden llamarse programas y políticas mixtos o intermedios, que presidieron los milagros económicos más impresionantes del siglo. (...) Las décadas de crisis habían demostrado las limitaciones de las diversas políticas de la edad de oro, pero sin generar ninguna alternativa convincente. (...) (p 555-557)


Los dos problemas centrales, y a largo plazo decisivos, son de tipo demográfico y ecológico. Se esperaba generalmente que la población mundial, en constante aumento desde mediados del siglo XX, se estabilizaría en una cifra cercana a los 10.000 millones de seres humanos (...) alrededor del año 2030, esencialmente a causa de la reducción del índice de natalidad del tercer mundo. Si esta previsión resultase errónea, deberíamos abandonar toda apuesta por el futuro (...)

Rodeados por países pobres con grandes ejércitos de jóvenes que claman por conseguir los trabajos humildes del mundo desarrollado, que les harían a ellos ricos en comparación con los niveles de vida de El Salvador o Marruecos, esos países ricos, con muchos ciudadanos de edad avanzada y pocos jóvenes, tendrían que enfrentarse a la elección entre permitir la immigración en masa (que produciría problemas políticos internos), rodearse de barricadas para que no entren unos inmigrantes a los que necesitan (lo cual sería impracticable a largo plazo) o encontrar otra fórmula. La más probable es la de permitir la inmigración temporal y condicional, que no concede a los extranjeros los mismos derechos políticos y sociales que a los ciudadanos, esto es, la de crear sociedades esencialmente desiguales. (...) Pero no cabe duda de que estas fricciones seran uno de los factores principales de las políticas, nacionales o globales, de las próximas décadas.

Los problemas ecológicos, aunque son cruciales a largo plazo, no resultan tan explosivos de inmediato. (...) Un índice de crecimiento económico similar al de la segunda mitad del siglo XX, si se mantuviese indefinidamente (suponiendo que ello fuera posible), tendría consecuencias irreversibles y catastróficas para el entorno natural de este planeta (...) Además el ritmo a que la tecnología moderna ha aumentado la capacidad de modificar el entorno es tal que (...) el tiempo del que disponemos para afrontar el problema no debe contarse en siglos, sino en décadas.

Como respuesta a la crisis ecológica que se avecina, sólo podemos decir tres cosas con razonable certidumbre. La primera es que esta crisis debe ser planetaria más que local, aunque ganaríamos tiempo si la mayor fuente de contaminación global, el 4 por 100 de la población mundial que vive en los EEUU, tuviera que pagar un precio realista por la gasolina que consume. La segunda, que el objetivo de la política ecológica debe ser radical y realista a la vez. Las soluciones de mercado, como la de incluir los costes de las externalidades ambientales en el precio que los consumidores pagan por sus bienes y servicios, no son ninguna de las dos cosas. (...)

Sin duda, los expertos científicos pueden establecer lo que se necesita para evitar una crisis irreversible, pero no hay que olvidar que establecer este equilibrio no es un problema científico y tecnológico, sino político y social. Sin embargo, hay una cosa indudable: este equilibrio sería incompatible con una economía mundial basada en la búsqueda ilimitada de beneficios económicos por parte de unas empresas que, por definición, se dedican a este objetivo (...) Desde el punto de vista ambiental, si la humanidad ha de tener un futuro, el capitalismo de las décadas de crisis no debería tenerlo. (p 560-563)


La principal excepción [en los problemas de la economía mundial, menos graves que los anteriores] era el ensanchamiento, aparentemente irreversible, del abismo entre los países ricos y pobres del mundo, proceso que se aceleró hasta cierto punto con el desastroso impacto de los años 80 en gran parte del Tercer mundo, y con el empobrecimiento de muchos países antiguamente socialistas. (...) La creencia, de acuerdo con la economía neoclásica, de que el comercio internacional sin limitaciones permitiría que los países pobres se acercaran a los ricos va contra la experiencia histórica y contra el sentido común. (...)

Como hemos visto, tres aspectos de la economía mundial de fines del siglo XX han dado motivo para la alarma. El primero era que la tecnología continuaba expulsando el trabajo humano de la producción de bienes y servicios (...) El segundo es que cuando el trabajo seguía siendo el factor principal de la producción, la globalización de la economía hizo que la industria se desplazase de sus antiguos centros, con elevados costes laborales, a países cuya principal ventaja (...) era que disponían de cabezas y manos a buen precio. (...) Por tanto, los viejos países industrializados, como el Reino Unido, pueden optar por convertirse en economías de trabajo barato, aunque con unos resultados socialmente explosivos (...) Sin embargo, y éste es el tercer aspecto preocupante de la economía mundial de fin de siglo, [el triunfo] de una ideología de mercado libre debilitó, o incluso eliminó, la mayor parte de los instrumentos para gestionar los efectos sociales de los cataclismos económicos. La economía mundial era cada vez más una máquina poderosa e incontrolable. (...)

Sea cual fuere la naturaleza de estos problemas, una economía de libre mercado, sin límites ni controles, no podría solucionar-los. En realidad, empeoraría problemas como el del crecimiento del desempleo y del empleo precario (...)

Es probable, por tanto, que la moda de la liberalización económica y de la «mercadización», que dominó la década de los 80 y que alcanzó la cumbre de la complacencia ideológica tras el colapso del sistema soviético, no dure mucho tiempo. (...) (p 563-566)


A finales de siglo, el Estado-nación estaba a la defensiva contra una economía mundial que no podía controlar; contra las instituciones que construyó para remediar su propia debilidad internacional, como la Unión Europea; contra su aparente incapacidad financiera para mantener los servicios a sus ciudadanos que había puesto en marcha confiadamente unas décadas antes; contra su incapacidad real para mantener la que, según su propio criterio, era su función principal: la conservación de la ley y el orden público. (...)

Y sin embargo, el Estado, o cualquier otra forma de autoridad pública que representase el interés público, resultaba ahora más indispensable que nunca, si habían de remediarse las injusticias sociales i ambientales causadas por la economía de mercado (...) Era absurdo argumentar que los ciudadanos de la Comunidad Europea, cuya renta nacional per cápita conjunta había aumentado un 80 por 100 de 1970 a 1990, no podían «permitirse» en los años 90 el nivel de rentas y de bienestar que se daba por supuesto en 1970. (...)

La distribución social y no el crecimiento es lo que dominará las políticas del nuevo milenio. Para detener la inminente crisis ecológica es imprescindible que el mercado no se ocupe de asignar los recursos o, al menos, que se limiten tajantemente las asignaciones del mercado. De una manera o de otra, el destino de la humanidad en el nuevo milenio dependerá de la restauración de las autoridades públicas. (...) (p 568-569)


Al final del siglo, un gran número de ciudadanos abandonó la preocupación por la política, dejando los asuntos de Estado en manos de los miembros de la «clase política» (...), que se leían los discursos y los editoriales los unos a los otros: un grupo de interés particular compuesto por políticos profesionales, periodistas, miembros de grupos de presión y otros, cuyas actividades ocupaban el último lugar de fiabilidad en las encuestas sociológicas. (...) Para la mayoría de la gente resultaba más fácil experimentar un sentido de identificación colectiva con su país a través de los deportes, sus equipos nacionales y otros símbolos no políticos, que a través de las instituciones del Estado.

Se podría suponer que la despolitización dejaría a las autoridades más libres para tomar decisiones. Sin embargo, tuvo el efecto contrario. Las minorías que hacían campaña, en ocasiones por cuestiones específicas de interés público, pero con más frecuencia por intereses sectoriales, podían interferir en la plácida acción del Gobierno con la misma eficacia —o incluso más— que los partidos políticos (...) A medida que acababa el siglo resultó cada vez más evidente que la importancia de los medios de comunicación en el proceso electoral era superior incluso a la de los partidos y a la del sistema electoral (...)

En resumen, y contra lo que pudiera parecer, el siglo XX mostró que se puede gobernar contra todo el pueblo por algún tiempo, y contra una parte del pueblo todo el tiempo, pero no contra todo el pueblo todo el tiempo. (...)

Si, como es probable, el sufragio universal sigue siendo la regla general, parecen existir dos opciones principales. En los casos en que la toma de decisiones sigue siendo competencia política, se soslayará cada vez más el proceso electoral o, mejor dicho, el control constante del Gobierno (...) Las autoridades que habrán de ser elegidas tenderán cada vez más, como los pulpos, a ocultarse tras nubes de ofuscación para confundir a sus electores. La otra opción sería recrear el tipo de consenso que permite a las autoridades mantener una sustancial libertad de acción, al menos mientras el grueso de los ciudadanos no tenga demasiados motivos de descontento. (...) Pero, sin embargo, no ofrece ninguna perspectiva alentadora para el futuro de la democracia parlamentaria de tipo liberal. (...)

Tenemos ahora menos razones para sentirnos esperanzados por el futuro que a mediados de los 80 (...)

Sin embargo, una cosa está clara: si la humanidad ha de tener un futuro, no será prolongando el pasado o el presente. Si intentamos construir el tercer milenio sobre estas bases fracasaremos. Y el precio del fracaso, esto es, la alternativa a una sociedad transformada, es la oscuridad. (p 572-576)

Comentaris

Re: Historia del siglo XX (Hobsbawm). 16: El fin del milenio
20 feb 2004
Con este artículo se termina la serie de extractos del libro de Hobsbawm.
Espero que haya sido de utilidad.
El libro ha terminado, pero la Historia sigue... y depende de todos nosotros. (Alguien escribirá la continuación.)
Re: Historia del siglo XX (Hobsbawm). 16: El fin del milenio
20 feb 2004
algu em podria fer saber quina editorial edita aquest llibre?
Re: Historia del siglo XX (Hobsbawm). 16: El fin del milenio
21 feb 2004
És Editorial Crítica, de Barcelona
1a edició de 1995, 3a ed de 2002.
Re: Historia del siglo XX (Hobsbawm). 16: El fin del milenio
22 feb 2004
Sobre Hobsbawm y el corto siglo veinte
Juan Manuel Vera (Fundació Andreu Nin)

Madrid, marzo de 1996. Una versión abreviada se publicó en Iniciativa Socialista nº 39, abril 1996







El siglo veinte terminó en 1991. Eric Hobsbawm identifica y describe detenidamente el periodo 1914-1991, al cual llama el corto siglo veinte, como una etapa histórica coherente (Historia del siglo XX, 1914-1991 -Age of extremes. The short twentieth century-, Barcelona, Crítica, 1995). En una difícil síntesis, en algunos momentos brillante y en otros más que discutible, el historiador inglés se aproxima a la grandeza y miseria del siglo desde la consciencia de que nuestras encrucijadas actuales no son sino un producto de sus acontecimientos y sus tendencias. Desde esa perspectiva afronta nuestra capacidad o incapacidad para aprender de ese pasado.

El siglo corto es conceptualizado mediante una periodificación temporal asociada a varias metáforas. La "era de las catástrofes" de 1914-1945, la "edad de oro" de 1945 a 1973 y el "derrumbamiento" de 1973-1991.

A pesar de las objeciones que podemos realizar a algunos enfoques de Hobsbawm debe reconocérsele el mérito intelectual que supone su brillante labor de síntesis, así como las numerosas aportaciones y algunas lúcidas interpretaciones que contiene. Por otra parte, esta obra constituye la culminación de una notable obra histórica, representada especialmente por la trilogía que componen Las revoluciones burguesas, La era del capitalismo y La era del imperio, todas ellas editadas en España.

Su nuevo libro es, por tanto, una obra interesante, un proyecto de autobiografía del siglo y, de forma latente, de la peripecia intelectual y vital del propio autor y de su generación. Aunque Hobsbawm ha sido un historiador marxista atípico, que ha mantenido algunas distancias respecto a la ortodoxia, su larga fidelidad al Partido Comunista de Gran Bretaña puede estar en la raíz de algunas de las sensaciones generacionales que transmite el autor ante el giro producido por las transformaciones antitotalitarias del 89-91. Así parece totalmente sincero al señalar, que "las nociones morían, igual que los hombres: en el transcurso de medio siglo, él había visto derrumbarse, convertidas en polvo, varias generaciones de ideas" (p.181). Esa visión de hombre del siglo, resulta inseparable de esa vinculación a un marxismo que ha sido incapaz de dar cuenta de los procesos reales de cambio que se estaban desarrollando en el sistema mundial y a los auténticos procesos de mutación en marcha.

Desde el punto de vista crítico se percibe una clara insuficiencia en algunos útiles conceptuales y políticos empleados para analizar las corrientes profundas del siglo. En particular, sorprende el escaso protagonismo que concede al desarrollo de las instituciones democráticas-electorales como rasgo histórico específico posterior a 1945, así como la negativa a la utilización del concepto de totalitarismo respecto a las experiencias de corte estalinista. Tales limitaciones pueden estar relacionadas, como ha señalado Michael Mann (New Left Review, nº 214)con el hecho de que el gran ausente del libro de Hobsbawm es la evolución del pensamiento social contemporáneo, especialmente en términos de teoría política y sociológica, lo cual contrasta con la atención prestada al desarrollo de las culturas y a la ciencia dura.

En la obra de Hobsbawm chirrían diversoso elementos metodológicos, al mantener en la indefinición los elementos motrices de su explicación histórica. En la primera parte tiende a un análisis social en términos de clases, mientras que en la segunda opta por una causalidad tecnológico económica. En cambio, en la categorización del último cuarto de siglo, el autor parece haberse dejado llevar por un determinismo ideológico. Como otros numerosos intelectuales conectados con la experiencia comunista parece ver el final de siglo como la desaparición de una concepción del mundo y atribuye a esa sensación (o convicción) un carácter axial en su interpretación.

Es evidente que en las puertas del siglo XXI estamos ante una etapa de incertidumbres, dudas y dilemas que sitúan al ser humano en un intrincado y complejo laberinto faustico. Pero el hombre de su tiempo hace una trampa al historiador cuando le hace creer que en otros momentos las cosas fueron de otra manera. Incluso en los momentos en que las seguridades totalitarias parecían dominar el desenvolvimiento del siglo, existía ese laberinto indeterminado e indeterminable en el que se desarrollan las acciones humanas.


La era de las catástrofes

En el siglo XX la humanidad ha estado al borde del abismo. Y en ocasiones se ha precipitado en él. La era catastrófica proporcionó dos guerras mundiales, la desaparición de los regímenes democrático-liberales de la mayor parte de Europa durante las primeras décadas del siglo, la eclosión de los fascismos, el triunfo y consolidación del estalinismo y la división del movimiento obrero internacional. Es forzoso estar de acuerdo en la calificación de Hobsbawm de etapa catastrófica. Mucho antes, el gran escritor revolucionario Víctor Serge habló de medianoche en el siglo.

Con gran acierto Hobsbawm establece el contraste entre el optimismo antropológico que se iba extendiendo en el siglo XIX, y el indudable progreso moral y humanización de las instituciones que se aventuraba para el siglo siguiente, con la realidad de la violenta regresión que ha supuesto, desde esa perspectiva, la centuria de las guerras totales, los genocidios, la reinvención del esclavismo a gran escala en el Gulag y los perversos terrores estatales.

La metáfora de la catástrofe o de la barbarie revela mucho más que una caracterización de una etapa del siglo. La tendencia a la catástrofe no es privativa de esas décadas ominosas y terribles. La barbarie es recurrente y sigue presente después de 1945 como una de las facetas más teribles de nuestro mundo. Al fin y al cabo, los barbaries del maoismo, del polpotismo, de las dictaduras militares latinoamericanas o de las guerras de Corea o Vietnam son posteriores a los horrores de la primera mitad del siglo.

Después de 1991 siguen presentes los signos de la catástrofe. La guerra limpia contra Irak va desvelando su horrible trasfondo ocultado a la opinión pública occidental, las matanzas y depuraciones étnicas de la guerra en Bosnia, la barbarie gran-rusa en Chechenia, el terrorismo indiscriminado contra la población civil en numerosas zonas del mundo, la persistencia en la brutal violación de los derechos humanos sólo combatida por débiles organizaciones internacionales o las grandes hambrunas en el Ã?frica subsahariana son otros tantos ejemplos de las tendencias catastróficas del siglo. Más que una etapa de la centuria âla catástrofeâ? es uno de los polos que se muestran incapaces de evitar periódicamente las oligarquías que pretenden gobernar el mundo.


La edad de oro

La "edad de oro" del capitalismo está constituida para el historiador inglés por las tres décadas que transcurren, aproximadamente, desde 1945 hasta 1973; desde la derrota de las potencias fascistas y sus aliados hasta el final del ciclo largo de expansión económica de la posguerra. En la "edad de oro" se desarrollan los sistemas de protección social en los países capitalistas avanzados, acaba el colonialismo, se produce el largo equilibrio entre superpotencias que caracterizó la "guerra fría", se acelera el avance tecnológico, etc. Lo más importante es que, asociado al nuevo ciclo demográfico y de acumulación, tiene lugar una trascendental transformación en las condiciones de vida de una gran parte de los habitantes del planeta. Por vez primera, desde el Neolítico, la mayor parte de los seres humanos dejan de vivir de la agricultura y la ganadería, y se desarrolla impetuosamente la urbanización del mundo.

El análisis de la "edad de oro" muestra claramente la doble perspectiva que guía la obra de Hobsbawm: análisis de un tiempo histórico concreto pero, también, estudio de un tiempo social donde operan transformaciones de largo alcance.

Sin embargo, ese nuevo ciclo demográfico, económico, social y cultural de la posguerra podría tener continuidad, tal vez afectando de forma diferente según las grandes áreas geográficas. No parece tan sencillo considerarlo completamente terminado. Desde ese fundamental punto de vista no se entiende la periodificación de Hobsbawm, pues no aporta ningún factor analítico que le permita considerar que a partir de 1973 se haya producido el cierre de esa trascendental era de mutaciones. La aceleración de la mundialización o la nueva revolución telemática pueden considerarse tanto una nueva etapa como un desarrollo de algunas de las tendencias de âla edad de oroâ?. En definitiva, si el ciclo de desarrollo mundial enfatizado por el propio autor continua desarrollándose, esa periodificación propuesta carece de entidad, al mezclar niveles heterogéneos de tempo histórico que requieren, probablemente, distintos modelos conceptuales.

En otro plano, es necesario señalar la laguna analítica que supone la escasa atención prestada a los equilibrios sociales y políticos que caracterizan a las democracias electorales de los países occidentales en esa etapa. La desaparición de las condiciones para soluciones autoritarias (en la izquierda y en la derecha) durante la posguerra son elementos específicos básicos que permiten comprender la institucionalización de nuevas reglas sociales en esos estados nacionales de la Europa Occidental. Esa perspectiva se difumina ante el escaso protagonismo concedido en el análisis de Hobsbawm a los partidos socialdemócratas y a las fuerzas sindicales.


El derrumbamiento

El "derrumbamiento" de 1973-1991 supone el final de los equilibrios internacionales nacidos en 1945 y mantenidos gracias a la guerra fría. Una imagen tan brutal debería justificarse muy convincentemente. Hobsbawm utiliza ese concepto intentando dar cuenta de forma unificada de diferentes series de acontecimientos: la desaparición de los estados comunistas europeos, el final de la guerra fría, la crisis de la economía mixta y la ofensiva neoliberal, la mundialización creciente de la economía-mundo y la crisis de identidad del estado-nación, la nueva división del trabajo, la nueva era tecno-informática, etc.

La metáfora del derrumbamiento al utilizarse para caracterizar todo un periodo histórico parece unilateral, excesiva y, por tanto, completamente desacertada. Ese término sonoro parece tener una mayor relación con ciertas actitudes generacionales e ideológicas del autor que con unas nuevas tendencias sociales. De hecho, el fenómeno esencial característico de la actual onda de desarrollo histórico es el proceso de mundialización del mercado, bien descrito por el autor. Y ese proceso no se ha iniciado en 1973, ni constituye un proceso âterminadoâ? sino en marcha. Sus efectos sobre los consensos sociales del estado de bienestar, donde éste existe, y los ritmos de evolución desencadenados, son más historia por escribir que historia escrita.

El único hundimiento genuino acaecido en el último cuarto de siglo es el que ha afectado a los anticuados sistemas posestalinistas europeos. Para suavizar ese significado transparente, hablar de la reaparición del desempleo masivo en Occidente, de la crisis del Estado de Bienstar y de la reaparición de la extrema pobreza en las ciudades, admite muchos calificativos, pero la referencia a un âderrumbamientoâ? común parece excesiva en cualquier caso. En relación a otras zonas del mundo, como el sudeste asiático, ahora están viviendo su "edad de oro" desde el punto de vista de la acumulación de capital. Si utilizamos variables políticas no deberíamos olvidar que, en zonas geopolíticas como América Latina, en la última década han ido desapareciendo todas las viejas dictaduras que ensangrentaron sus naciones y se han generalizado instituciones democráticas electorales, excepto en Cuba. En suma, la metáfora del derrumbamiento sólo es útil para dar cuenta del fin de las dictaduras de origen comunista y completamente inapropiada para dar cuenta de la crisis específica del sistema mundial.


Determinismo y predicción

Los problemas intelectuales en torno a los que Hobsbawm ha construido su ensayo de interpretación histórica se refieren tanto al significado del pasado como al del futuro.

El pasado plantea el problema de su inteligibilidad. La construcción teórica de la historia necesita, precisamente para producir inteligibilidad, tomar apariencias fuertemente causales, lo cual sólo es posible ex post. Pero es esencial afirmar que la posibilidad y la probabilidad en el grado que caracterizan la Historia excluyen cualquier determinismo. Los acontecimientos no son inevitables ni como hechos singulares ni como concatenación de influencias. No era inevitable la primera guerra mundial, ni el triunfo de Hitler, ni la consolidación de Stalin en el poder, ni el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. La conceptualización rígida de los acontecimientos en una determinación histórica causalista es la trampa que la racionalización histórica nos pone delante y la cual debemos eludir.

La reflexión sobre el pasado intenta explicar por qué han ocurrido las cosas y como una posibilidad, frecuentemente no la más probable desde el punto de vista del observador, ha triunfado sobre otras. Toda interpretación histórica implica, consustancialmente, la presencia de alternativas fracasadas. Esa presencia fantasmal conlleva la convicción de que se podían haber evitado catástrofes, muertes, sufrimientos. Indudablemente, al mismo tiempo, surge la seguridad de que otras catástrofes imaginables (y tal vez inimaginables) también pudieron acontecer. La imaginación disutópica del siglo surge de ese doble convencimiento respecto al pasado, abriendo una brecha intelectualmente importante para el desarrollo del pensamiento y las prácticas sociales.

Hobsbawm es consciente del papel crucial que las ideas respecto al pasado pueden tener respecto a las acciones presentes y, por tanto, para construir el futuro. Sobre esta cuestión plantea una intuición polémica: âEn las postrimerías de esta centuria ha sido posible, por primera vez, vislumbrar cómo puede ser un mundo en el que el pasado ha perdido su función, incluido el pasado en el presente, en el que los viejos mapas que guiaban a los seres humanos, individual y colectivamente, por el trayecto de la vida ya no reproducen el paisaje en el que nos desplazamos y el océano por el que navegamos. Un mundo en el que no sólo no sabemos adonde nos dirigimos, sino tampoco adonde deberíamos dirigirnos" (p 26). En esa misma línea, llega a afirmar que "la destrucción del pasado, o más bien, de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX" (p.13). ¿Tiene razón Hobsbawrn al percibir esa pérdida orwelliana de la memoria intergeneracional como un condicionante de las posibilidades del devenir?

La cualidad esencial del futuro es su impredecibilidad. Desde el punto de vista del pensar futuro es conceptualmente impropio cualquier forma de determinismo. La racionalidad abierta lo que nos permite no es predecir sino apostar. Como ha señalado Edgar Morin la incertidumbre exige estrategias, y éstas se construyen por medio de la apuesta (el riesgo de error) y de la capacidad de aprendizaje del error. Por ello, es menos arriesgado pensar escenarios derivados del presente que cualquier otro tipo de especulación, aunque nuestro pensamiento estratégico deberá desarrollarse y adaptarse a la multidimensionalidad de la realidad. Convendría para ello intentar superar el paradigma ajedrecista respecto a los procesos sociales ya que la determinación, teórica y subjetiva, de los jugadores es una de las variables sometidas a incertidumbre y, al contrario que en el ajedrez, el resultado del juego social no es necesariamente de suma-cero.

Desde el punto de vista de la imaginación creadora las posibilidades peores, que ilustran las más peligrosas bifurcaciones negativas de la acción humana, son mucho más instructivas que las mejores. Sin embargo, las miradas hacia el pasado histórico deberían servirnos de ayuda no sólo para averiguar los caminos que no deberían volver a transitarse, sino también para encontrar las sendas con más posibilidades de permitir el desarrollo de la autonomía social e individual.
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