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Masa y Poder XXXIX: el posfordismo, el nuevo precariado en Argentina.
02 feb 2004
El giro del gobierno de Kirchner en Argentina, el debate sobre la dictadura del proletariado, la nueva clase media y el afianzamiento del posfordismmo. Un saludo desde el Sur. Salud y Comunismo¡
Masa y Poder XXXIX
Enero 2004


"No se fijen en mi ideología, júzguenme por mi gestión"
(Presidente Kirchner en España, enero, 2004)

"La Argentina sólo puede crecer con el aporte de capitales.
Y si la sabemos vender, la Argentina puede ser escenario de inversiones importantes"
(De Vido, Ministro de Planificación, enero, 2004)

âSon las crisis las que ponen fin a la apariencia de autonomía
de los distintos elementos del proceso económicoâ?
(K. Marx, Das Kapital, 1867)

âNo hay recomposición de clase sin centralizaciónâ?
(A. Negri, La Forma Statu, 1977)


Kirchner, fin de la etapa hiperpolítica, ¿inicio de nuevo ciclo?: se puede decir que el gobierno empezó el año con su propia NEP. El 2004, sin la posibilidad de ritualizar el dominio con elecciones en serie, se presenta con el fin de la trabajosa legitimación del régimen Duhalde-Kirchner. El modelo es claro: la nueva acumulación originaria iniciada en el 2001 no sólo centralizó y eliminó capitalistas individuales (aumentaron del 2002 al 2003 en un 88% las quiebras empresariales), no sólo quebró la barrera salarial del ciclo anterior (manteniendo la reproducción de la fuerza de trabajo en niveles impensables unos años atrás), sino que normalizó un nuevo esquema del desarrollo del capital domando al nuevo movimiento por herramientas que combinan consenso, cooptación con represión. Una combinación de política laboral (que privilegió sectores, creando segmentaciones y divisiones en el seno del viejo movimiento fordista) se acompañó de un uso político del mercado laboral posfordista (la nueva reforma laboral en ciernes) más el maquiavélico mecanismo de la ayuda social (la discusión sobre el futuro régimen de coparticipación se diseña en función de dominio: asegurar a todas las provincias el piso actual de ingresos coparticipados y crear un fondo que se encargará de distribuir los excedentes en donde existe más pobreza y a la vez más votantes) secando la posibilidad de unidad y lucha de los desempleados y el nuevo precariado. El âCapital-Parlamentarismoâ? se siente seguro (a descendido las huelgas y las movilizaciones anticapitalistas, tiene a los principales medios de comunicación monolíticamente cerrados en su defensa, cuenta con el guiño de Bush y con alta popularidad en la clase media) y temeroso al mismo tiempo (no existe ningún plan serio de crecimiento con equidad mínima), pero sabe que no queda otro camino que volver al cauce normal del âbusiness as usualâ? del posfordismo: extraer más plusvalor. El motor de la nueva acumulación es, además de la compresión del salario, una reprimarización brutal de la economía: la soja y los combustibles fueron el motor que impulsó durante 2003 a las exportaciones argentinas hasta la cifra record de 29.349 millones de dólares. Igual que en el 2002. Es una vergüenza, pero apenas seis productos, cuatro derivados de la soja, más el maíz y los combustibles, explican el crecimiento exportador. El complejo sojero (porotos, aceites, pellets y harinas) creció 42% y representó nada menos que una cuarta parte (24%) de las exportaciones totales. También explica el crecimiento de 22% de las exportaciones de productos primarios y de manufacturas de origen agropecuario (MOA). Las divisas aportadas por las exportaciones de combustibles crecieron 12%, en línea con el alza del precio del petróleo registrada ni bien comenzó 2003 y que se mantuvo durante todo el año. Pero si tomamos el resto del espectro de productos, cayeron en promedio 4% con respecto al terriblemente negro 2001. El barniz ideológico de consumo rápido para la clase media, que la devaluación era una medida para hacer competitivos los productos argentinos, se cae por su propio peso: su objeto fue acelerar el trasvaso de ganancias del trabajo al capital, desbloquear el ciclo agotado de Menem en cuanto a âprofitâ? se refiere. Es un axioma de la teoría de la reproducción y la circulación del capital social global (Marx, volumen III de El Capital), que la producción es el resultado del intercambio entre el capital constante (medios de producción) y el capital variable (costos de la fuerza de trabajo y objetos de consumo), una relación que tiende forzosamente a generar una caída tendencial de las ganancias. Por supuesto, la burguesía lo tienen bien claro: la plusvalía sólo puede realizarse en el capital variable. Exclusivamente el trabajo vivo, no las máquinas, ni las herramientas u otros instrumentos, puede producir plusvalor, ganancia capitalista. Es por esto que la precondición necesaria para reiniciar el ciclo debió ser, y lo fue, una baja generalizada del costo de la mercadería fuerza de trabajo, en toda la regla. La baja vienen acompañada de un salvaje efecto de precariedad laboral, nunca visto en Argentina: el ritmo del proceso de informalización del mercado laboral posfordista se elevó en un 500% (sí, un 500%¡) en la etapa posdevaluatoria respecto del nivel promedio registrado durante la década pasada. Duhalde-Kirchner son los campeones de la explotación en negro, la precariedad y la intermitencia laboral: han superado los registros neoliberales del propio Menem. Es decir, mientras en los 90 se sumaba un punto porcentual de precariedad laboral por año, después de la devaluación de enero de 2002 se agregan 6 puntos cada 12 mesese. La proyección del índice de asalariados no registrados (en negro, la nueva figura posfordista) podría seguir creciendo hasta alcanzar el 47 % a fines de este año. El estudio estima que, de los empleos nuevos, el porcentaje registrado o en blanco no supera el 25. Dicho de otro modo: casi el 75% de los nuevos trabajadores está en negro. Es decir: el nuevo régimen buscó con las medidas profundizar el modelo posfordista y reiniciar un nuevo ciclo de acumulación basado en salarios bajos y precariedad absoluta. Según los últimos datos oficiales del INDEC, el porcentaje de los trabajadores dependientes sin aportes jubilatorios fue del 44,8 durante mayo de 2003. Como un año antes el índice había sido del 38 %, lo cierto es que aumentó, en tan sólo doce meses, bajo la transversalidad de Duhalde-Kirchner, casi 7 puntos porcentuales, luego de que en los â90 avanzara a un ritmo de un punto por año (en 1990, la informalidad afectaba sólo al 25,2 % de los dependientes). El 29 % de los no registrados tiene estudios primarios completos, en tanto que otro 24,4 % cursó el ciclo secundario sin concluirlo, y el 18,6 % posee un título universitario o superior. La titulación educativa es indiferente para el posfordismo: todos precarios¡¡¡ El desagregado de los datos permite saber también que seis de cada diez trabajadores sin aportes tienen entre 25 y 49 años y que uno de cada cuatro es menor de 25 años, en tanto que poco más del 10 % tiene de 50 a 59 años, y el 4,6 % supera esa edad. La gran mayoría de los puestos de trabajo creados luego de la devaluación está en negro, son intermitentes, flexibles, precarios o con el eufemismo autónomo. Entre el segundo trimestre de 2002 y ese período de 2003 se generaron 1.200.000 puestos, una cifra que incluye a los beneficiarios del plan Jefes y Jefas de Hogar incorporados en ese lapso. El número también refleja un incremento del número de cuentapropistas (una categoría de la época fordista que ya no indica la, realidad de la clase trabajadora). Si se compara esa cantidad de puestos nuevos detectados por las encuestas del INDEC con la cantidad de empleos formales creados entre un trimestre y otro, esa cifra es de 86.000 trabajos (aparecieron 425.000 nuevos y desaparecieron otros 339.000), considerando las empresas de la industria, el comercio y los servicios. No se cuenta aquí la evolución de la ocupación en los sectores de la actividad primaria, la construcción, la administración pública y los servicios de electricidad, gas y agua, que podrían sumar cerca de 70.000 puestos más. Como los ingresos de los informales resultan un 50% inferiores a los ingresos de puestos formales, la situación de pobreza no podrá mejorar de manera sensible por el crecimiento del nivel de empleo, o sea que el nuevo trabajador posfordista es no sólo más barato, sino que su condición de existencia se acerca a las dimensiones proletarias de la acumulación primitiva del siglo XIX.
Todo este mecanismo desatado a la luz de la lucha hegemónica de Kirchner por conquistar al centro político electoral y anular o segmentar al movimiento, ha tenido parcial éxito. Es lo que Marx llama contratendencias a la caída de la tasa de ganancia. Pero aunque condición necesaria, el tipo de cambio, la manipulación violenta por el estado de la moneda, no alcanza para alentar las exportaciones en el mundo globalizado. La inversión (capital fijo) y el crecimiento de la economía son dos veces más importantes que el tipo de cambio. El parque del capital fijo (maquinarias y equipos) del capitalismo argentino es un 85% importado, mal que les pese a los muchachos K., y la última importación masiva fue en 1998. Un nuevo salto de productividad sólo podrá hacerse con inversiones extranjeras, ya no exclusivamente con mano de obra barata. El capital se encuentra con un cuello de botella que sólo podrá superarse profundizando relaciones carnales, ya sea con EE.UU. o con la CE. Y es que la productividad nacional, exclusivamente basada en salarios bajos o en la prolongación de la jornada laboral, no sirve en la época del posfordismo. Salvo para el consumo interno, minoritario en escala. A la luz de esta necesidad vital del capital es que debe leerse las negociaciones con el FMI, con el âG-7â? y el espectro de los embargos. Kirchner deberá dar un viraje, incluso en su retórica, simplemente para sentar las bases del nuevo desarrollo del capital, una escena que ya se presenta ante nuestros ojos.

La autonomía y el debate sobre la dictadura del proletariado: no es casualidad que en los partidos de la vieja izquierda (el Partido Obrero) se programe un debate sobre un arcano de la ortodoxia: la dictadura del proletariado. Ni que se debata en las páginas de Indymedia sobre el levantamiento de Kronstadt en 1921. El concepto no sólo es problemático (algo que la izquierda argentina ni siquiera se imagina) sino que su discusión, bienvenida, está planteada en un sentido reaccionario. Uno puede quedarse pasmado por el intercambio vacío, retórico, hueco, en el cual la línea de demarcación es quién es más leninista o quién respeta al pie de la letra la tradición dogmática. Si al menos aprendiéramos algo de historia de las revoluciones, pero ni eso. Lo esencial de la discusión es lo que no está en ella: ¿es la dictadura del proletariado un concepto marxista que implica el gobierno de excepción de un único partido? ¿Es esto correcto? La esencia de la discusión, un debate que tenga sentido para el movimiento hoy, es el modo de transición hegemónico de la clase, y si este modo conlleva necesariamente la dictadura de un solo partido. La idea de la dictadura del proletariado nació, por supuesto, de Marx. El término fue utilizado en las revoluciones de 1848, como âdictadura de la democraciaâ?, el gobierno de la mayoría, que con energía evitaba la contrarrevolución y en consecuencia ponía en práctica una constitución democrática. La mayoría ejercía el poder, en forma representativa, en orden de encauzar las en esos momentos repúblicas democráticas-liberales. En este sentido, dictadura no tenía el sentido o la connotación de un ejercicio temporario de uso extra-legal de la violencia, sea por una minoría o una mayoría. Marx comenzó a utilizar este término con el sentido de un estado de los trabajadores, la conquista y reorganización del poder político por el proletariado. Cuando Marx habla de la necesidad de métodos dictatoriales no demanda el ejercicio de fuerza extra-legal per se o restricciones democráticas autoritarias, sino su sentido es la de dominio de clase, a través de sus propias instituciones democráticas. Teniendo como objetivo la abolición de las relaciones de clases capitalistas los trabajadores deben tomar control del poder e implementar medidas socialistas para realizar la transición al comunismo. Las referencias a la âdictadura del proletariadoâ? se encuentran en doce publicaciones o cartas de Marx y Engels entre 1850 y 1891, algunas de las cuales eran desconocidas, por ejemplo, para los bolcheviques y los marxistas del siglo pasado. La primera mención de Marx es en âLa lucha de clases en Franciaâ? (1850), donde contrasta la dictadura de clase de el proletariado con la de la burguesía, y describe este paso como el necesario tránsito hacia la abolición de las distinciones generales entre clases. De igual manera, Engels en âLa cuestión de la viviendaâ? (1873) señala la necesidad de la acción política del proletariado y su dictadura como transición a la abolición de las clases. En el texto âSobre la indiferencia políticaâ? (1873), Marx simplemente dice que los trabajadores deben sustituir por su dictadura revolucionaria la dictadura del capital. Y Engels en el âPrograma de los emigrados blanquistas de la Comunaâ? (1874) señala el contraste entre la concepción blanquista de la dictadura de lo trabajadores y la de Marx con estas palabras: âDe la idea blanquista de que toda revolución es obra de una pequeña minoría revolucionaria se desprende automáticamente la necesidad de una dictadura inmediatamente después del éxito de la insurrección, de una dictadura no de toda la clase revolucionaria, del proletariado, como es lógico, sino del contado número de personas que han llevado a cabo el golpe y que, a su vez, se hallan ya de antemano sometidas a la dictadura de una o de varias personas⦠Nuestros blanquistas poseen con los bakuninistas el rasgo común de pretender representar la corriente más avanzada y más extrema. Esta es la razón de que, por cierto, pese a lo opuesto de sus objetivos, coincidan con ellos en cuanto a los medios.â? Lo que queda claro es que para Marx la dictadura del proletariado es la antítesis de toda dictadura de un partido único. Y éste, y no otro, debe ser el punto de partida de una discusión útil para el movimiento. En la idea marxista de dictadura del proletariado subyace siempre, y en todo momento, la idea de la auto-actividad de las masas, masas que crean sus propias instituciones, masas que no pueden delegar en otro su propia actividad. La tradición había ofrecido al menos tres modelos de organización del poder constituyente de la multitud: el consejo como órgano de dirección de la lucha revolucionaria (los consejos de soldados de la revolución inglesa); el consejo como representante, en la estructura del poder burgués republicano, de los intereses de los trabajadores (comisión de Luxemburgo en 1848); y el consejo-comuna comunista revolucionario como clase organizada en poder estatuido. Y las instituciones creadas por las masas no deben ser simplemente organizaciones para la insurrección, sino gérmenes iniciales de autogobierno. El debate si Lenin o Allende es absurdo cuando el centro del debate está ausente. Dictadura de los trabajadores no se refiere a otra cosa que al contenido de clase en el estado socialista, en el período de transición. Y es evidentemente esto lo que nunca aflorará en la discusión de la vieja izquierda.

La clase media posfordista: ¿un vivac del capital?: Estadísticamente no hay duda que la clase que más ha sufrido en la transición del fordismo al posfordismo la reestructuración de la relación entre el capital y el trabajo ha sido la benemérita clase media. Modificación y disloques productivos, polarización de la renta, entre otros procesos, la han modificado e incluso es probable su parcial desaparición, un orgullo del ser nacional. Una investigación sobre el perfil demográfico y educacional de los desempleados, con base en el INDEC, muestra la situación real de la clase media. Una de las simplificaciones más utilizadas al momento de explicar la desocupación se relaciona con la supuesta ausencia en los desempleados de los estándares de conocimientos requeridos por el mercado de trabajo. Tales estándares pueden estar vinculados tanto a los niveles educativos alcanzados como a destrezas laborales específicas adquiridas a lo largo de la trayectoria laboral. En base a esta visión se elaboran teorías sobre las características del desempleo. La más difundida postula la existencia de un sector moderno (el automotriz), en el que predominan relaciones laborales formales y mano de obra poseedora de los estándares demandados, y un sector marginal (la construcción), con trabajadores con bajo nivel educativo y escasos saberes adquiridos. La teoría, más acorde a épocas fordistas, se completa con la afirmación de que el desempleo es mayor en el último sector que en el primero. En consecuencia, mayor calificación (titulos formales) y aprendizaje (skills) serían la clave para pasar de un sector a otro y también para salir de la situación de desempleados. Si se cruzan los datos de desempleo con los de calificación (nivel educativo y saberes adquiridos) se encuentran resultados que reducen la validez de la explicación asentada en la dualización del mercado de trabajo. Los mayores niveles de desempleo se encuentran en las personas con educación hasta secundario completo (21,2%) y terciaria incompleta. La finalización de los estudios primarios y secundarios (no así los terciarios y universitarios) tienen un muy escaso efecto sobre la posibilidad de conseguir trabajo. El desempleo se reduce del 17,6% a 17,4% en caso de completar la primaria y del 22% al 20,4% para los que egresaron de la secundaria. Esto es lo que el posfordismo ha estado haciendo sobre el centro político tradicional de la política argentina. La clase media, que durante el fordismo, había encontrado una estabilidad ocupacional y estamental, lo cual había asegurado su previsibilidad de comportamientos, conductas y su fidelidad a un partido político, incluso apoyando la razón de estado, esta deshecha. Es lo que estuvimos viendo los últimos años: cuanto mayor imposibilidad de síntesis hay de la clase media (su mediación fetichista: la UCR) desde un punto de vista sociológico y económico, más reivindicativa se vuelve ésta políticamente, más activa en la creación de sus agitadores, de sus asambleas, candidatos honestos y cacerolas. Y más inasible es para el âCapital-Parlamentarismoâ?, para la programación democrática del capital. Por eso la clase media es hoy una clase imposible (como se pudo ver en las elecciones en la Capital), imposible de sintetizar, igualmente imposible de adiestrar con los viejos métodos del fordismo. El nuevo tipo de poder de mando del capital produce tardíamente una intensidad en su militantismo, no tanto directamente ligado al pauperismo evidente de sus hijos, sino la brecha entre sus expectativas de ascenso social y la realidad. Los rebeldes en la historia muchas veces no son los más pobres, en la mayor parte de las revoluciones la multitud actuaba para conjurar el futuro de la miseria, el espectro del hambre o la indigencia vislumbrada. La clase media clásica nace como categoría social compleja, un clarosombra, un personaje ambiguo con un pie en el propietario y otro en el proletario, cargada de resentimientos, de apelación a las tradiciones, añorando la pérdida de derechos de épocas anteriores (incluido el mes de vacaciones en la playa o cambiar el auto). La estructura actual de reparto de riquezas en la Argentina demuestra hasta que punto ya no puede hablarse de la clase media, de los pequeños-burgueses, como un todo, y cómo se ha visto mermada cuantitativamente, a causa de la movilidad descendente de los trabajadores de cuello blanco (pensemos en los maestros y los estatales), y en qué medida la crisis terminal de esta clase media representa su transformación cualitativa. En EE.UU. se les llama dumpies (downwardly mobile professionals, profesionales con movilidad descendente), Y como el INDEC bien refleja, el crecimiento sin empleo del posfordismo es, sin dudas, una recesión de las expectativas de vida de los trabajadores de cuello blanco: el cociente entre la tasa de desempleo de los trabajadores de clase media y los de cuello azul, en una medida tal que a fines de la década de los â90 el 80 por 100 de los despidos afectaban a empleados de cuello blanco. Y es razonable: el posfordismo es la pérdida de peso e importancia política de los cuadros intermedios de empresa (desverticalización, reagrupación de funciones, etc.) y de la externalización (outsourcing) de segmentos productivos y de servicios enteros, que no sólo han expulsado cuadros sino han redefinido la relación entre la empresa y el trabajador autónomo. Desde el punto de vista de distribución de la renta se constata una reducción neta del número de ingresos per cápita con una renta comprendida entre el 70 y el 190 de la renta media. La nueva clase media posfordista se ha rearticulado a lo lago del circuito de producción-reproducción en nuevas posiciones biopolíticas: sector socio-sanitario, sector turismo, servicios informáticos, televisión por cable, asesoramiento de diverso tipo, contratados en los aparatos municipales del estado, call-working, asociaciones asistenciales, sector educativo, ventas y marketing, trabajo en casa (putting system). En la mayoría de los casos son empresarios unipersonales, formas de autoempleo, empleos temporales por obra y servicio, con todas las características negativas en lo que se refiere a viejas conquistas del movimiento obrero fordista: destajo laboral, inseguridad laboral y provisional, precariedad, intermitencia, ausencia de toda cobertura social. Es un error hablar de âproletarización de la clase mediaâ?, una muletilla que nos permite no trabajar con categorías marxistas sobre la realidad. Igual que presuponer en éstas una homogeneidad de comportamientos, calcarles esquemas del siglo pasado, creer en una común de objetivos. La mutabilidad de las alianzas políticas de esta middle class posfordista, reflejadas en las elecciones del 2003, muestran que puede perfectamente aliarse con los sectores más pauperizados (triunfo de Menem), así como su sector más estable paradójicamente anhelar una tercera vía (Frepaso, Zamora). Debe quedar bien en claro que este centro político es la base de toda hegemonía práctica del capital. Y que su comportamiento no sólo refleja su riesgosa y precaria existencia, sino la pérdida de seguridad que deja traslucir la erosión de las instituciones sociales protectoras tradicionales.
Sindicat Terrassa