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La ancianidad
25 gen 2004
Dicen que cada tres días muere en Madrid un anciano en absoluta soledad. Suena la alarma...
Ya sabemos que la mitad de la vida nos la pasamos creyendo que vamos a vivir eternamente. Por eso quizá pocos que no hayan llegado a la ancianidad, se dan cuenta cabal de lo que les espera.

Se condena el auxilio al suicidio y se persigue la eutanasia, se reniega de la religión y de las religiones por dogmáticas o fundamentalistas, se cierra el paso a la difusión de otras, se "trabaja" por una sociedad cada vez más hosca, se atiza la rivalidad en la producción de "nada" anímicamente valioso y relajante, se exaltan los valores materiales elevando al que más posee al nivel de un dios, se desprecia la cultura, se reniega de la sensibilidad, se sustituye la sensibilidad por la búsqueda de la sensación permanente.

La televisión, de infinita mayor influencia que el periódico, agotada la imaginación y las estéticas, no sólo contribuye al entontecimiento general: abusa de él. La publicidad manda; más, lo gobierna todo y todo se justifica por el bien de ella.

De todos modos, todo eso, es decir toda esa inopia, puede durar sólo media vida; pero esa media vida se acorta poco a poco por efecto de la presión del desasosiego permanente, de la inestabilidad económica, del estrés y de un perma-nente y aplastante sinvivir.

Se llega a las edades avanzadas, a la ancianidad, y la soledad absoluta es el pago a una vida quizá llena de graves obstáculos y sinsabores causados por la propia sociedad...

Entonces el anciano se percibe de que no se le tiene en cuenta para nada; que de nada vale su experiencia, ni su sabiduría aunque hubiese llevado una vida saludable, recta y sabia; que lo que esta sociedad valora en él como atributo principal, es negativo: estorba y sobra; que nadie quiere ocuparse de él; que vive solo y que todo el que le rodea, sin decirlo, desea su muerte cuanto antes.

¿Vale la pena llegar a viejo? Esa será, está siendo, la pregunta que reemplace a las dos principales que los siglos han venido arrastrando hasta ayer del ¿hay Dios? y ¿qué hay después?.

Si las generaciones que se van sucediendo siguen el camino marcado por esta fatalidad que la sociedad occidental y especialmente la española propician voluptuosa y neciamente, ya podemos ir esperando que el suicidio sea el bien más deseable. Ahora acaba de sonar la alarma, pero queda poco para que esta sociedad empiece a echarse la mano a la cabeza...
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