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Anàlisi :: amèrica llatina
Corrupción, Capital y movimiento: el caso de Argentina
14 des 2003
Reflexiones desde el movimiento sobre el escándalo actual de coimas en la clase política. El Capital-Parlamentarismo y el posfordismo como ejes del nuevo intento de acumulación primitiva del capital en América Latina.
Masa y Poder XXXVIII

Coimas, leyes laborales y posfordismo

âLa crisisâ¦en nada altera el afán de prolongar la jornada laboral (del capital).
Cuantos menos negocios se hagan, tanto mayor habrá de ser la ganancia sobre los negocios realizados.
Cuantos menos tiempo se pueda trabajar, tanto más tiempo de plustrabajo habrá que trabajarâ¦â?
(K. Marx, Das Kapital)

Esta es la peor bomba de la política argentina en los últimos años"
(ex presidente Raúl Alfonsín, diciembre, 2003)

Leyes y Capital-Parlamentarismo: A principios de 1991, cuando Menem modificó su bloque histórico electoral y social, se comenzó a instalar lentamente en Argentina una nueva relación entre el capital y el trabajo. Nosotros entendíamos que se comenzaba a clausurar toda una época y que el posfordismo reemplazaba lentamente a las viejas relaciones de producción basadas en el pacto populista, keynesiano, del fordismo histórico. No sólo modificaría las relaciones clases-estado, sino la morfología de la lucha de clases. Como respuesta al anterior ciclo de lucha de clases de fines de los â70 y â80. El escándalo sobre las leyes laborales, si logramos limpiar la operación mediática del gobierno y el duhaldismo, nos permite disecar al sistema âCapital-Parlamentarioâ? con mucha precisión. No en vano estas leyes, además de la Constitución de 1994, son los puntales de la nueva forma de dominio del capital. Digamos que por sobre toda duda que la ley sigue plenamente vigente: la Ley de Reforma Laboral aprobada en el 2000 sigue empujando a la baja, en cuanto a niveles salariales y condiciones de trabajo, legaliza la subsunción real del trabajo a la tiranía del capital, en la mayor parte de las negociaciones entre empresarios y trabajadores. Es el âdios escondidoâ? del posfordismo y preanunciaba, en sus contenidos, el nuevo ciclo de acumulación primitiva que desencadenaron Duhalde-Kirchner. Es que la ley es el programa por escrito de la clase burguesa en su conjunto.
Una pregunta razonable sería: ¿Por qué esa ley valía 5 millones de pesos-dólares-euros y el riesgo del escándalo y del vacío político que fatalmente tuvieron lugar? Sabemos que la Nueva Clase de los políticos exigían dinero por leyes, en un trueque perverso, millonario y divertido que descubre la verdad del grito sagrado â1Que se vayan todos¡â?; sabemos también que descubre no sólo la enorme farsa de la âoposición legalâ? ligada al sistema, sino la funcionalidad total al mercado y sus necesidades de las terceras fuerzas (Frepaso) o la inutilidad proverbial de los mecanismo burgueses de control y fiscalización (Bielsa en realidad avanzó en cuanto su impulso era la de un opositor). El máximo abanderado de la clase media de la época, el frepasista Chacho Alvarez, no sólo se negaba públicamente a cuestionar el contenido de la ley: fue un operador e impulsor de primera línea. No recordemos aquí su propuesta de las 35 horas semanales, otro esfuerzo funcional por ablandar los efectos del posfordismo. Muchos recuerdan ahora que Chacho se encargó de presionar a los diputados díscolos del Frepaso que no querían votar la ley cuando se trató en la Cámara baja, antes de desembocar en el escándalo del Senado. La constatación de que el Frepaso (nada menos que un bloque de 36 diputados en el 2000) no hizo nada por plantear una respuesta orgánica a la profundización del modelo posfordista de Menem. Hablemos también de la miseria no por obvia conocida del viejo movimiento corporativo de los trabajadores: el 24 de febrero de 2000, un día después de que los máximos dirigentes de la CGT oficial visitaran a De la Rúa en la Casa Rosada para festejar con una foto conjunta el acuerdo frepasista-radical-justicialista alrededor del proyecto, patentizó el valor estructural de la ley para sus impulsores. Ni más ni menos que la recomendación explícita de los técnicos del Banco Mundial y el FMI al Gobierno, y el pedido insistente de los grandes grupos económicos nacionales (con debate interno en la UIA incluido). Ese había sido el planteo que un año antes, por la inoportunidad de blanquearlo en plena campaña, le quitara toda chance de aspirar al Ministerio de Economía a López Murphy. En rigor, el Congreso tuvo oportunidad de impulsar durante la gestión de Duhalde la derogación de la reforma laboral. Sin embargo, y pese a que había dictamen unánime de la Comisión de Legislación del Trabajo -que preside el diputado Saúl âQueridoâ? Ubaldini (PJ-Buenos Aires)-, el proyecto jamás llegó al recinto. Las voces de la oposición deslizan que Duhalde ordenó frenar la iniciativa. Corporativismo fordista y âCapital-Parlamentarismoâ? reafirmaban una alianza para consolidar y extender la nueva cualidad de la explotación.

Posfordismo y el núcleo de la cuestión: la jornada laboral: Esas reformas habían bajado abruptamente los costos laborales (desde el punto de vista del capital), mediante la flexibilización posfordista de condiciones de trabajo, reducción de aportes patronales, introducción de formas de contratación "basura" y la presión sobre el salario de la nueva y creciente masa de desocupados. El proyecto aliancista âacordado con el PJ a través de los ahora retornados diputados de origen sindical Graciela Camaño y Alfredo Atanasofâ planteaba, tras dos años de recesión continua y crecientes problemas de rentabilidad (tasa de ganancia) por las dificultades para exportar derivadas del peso sobrevaluado, a lo que se le sumaba desde 1997 el surgimiento de una nueva subjetividad revolucionaria, ya sin eufemismos, la posibilidad de bajar aún más los costos laborales operando sobre la reducción directa y nominal de los salarios. Se planteaba sin tapujos la posibilidad de iniciar una nueva acumulación primitiva salvaje. Recordemos brevemente que la suma del trabajo necesario y del plustrabajo, de los lapsos en que el obrero produce el valor sustitutivo de su fuerza de trabajo y el plusvalor, respectivamente, constituye la magnitud absoluta de su tiempo de trabajo: la jornada laboral. La jornada de trabajo no es una magnitud constante, sino variable. Una de sus partes se halla determinada por el tiempo de trabajo requerido para la reproducción constante del obrero mismo, pero su magnitud global varía con la extensión o duración del plustrabajo. O sea, y el capital bien lo sabe, la jornada de trabajo es determinable dentro de ciertos límites. Su límite mínimo es indeterminable (Marx). Sobre la base del modo de producción capitalista el trabajo necesario no puede ser sino una parte de la jornada laboral del obrero, y ésta nunca puede reducirse a ese mínimo. La jornada laboral, sin embargo, posee un límite máximo. No es prolongable más allá de determinada frontera, límite determinado de dos maneras: una, la barrera física de la fuerza de trabajo (un caballo de tiro sólo puede trabajar ocho horas diarias, como lo sabe la sabiduría campesina). O sea que aquí existía una capacidad de que el capital volviera a patrones incluso precapitalistas. Y así lo hicieron: domaron al trabajador fordista con subsunción formal, obligándolo a trabajar más allá de las sagradas ocho horas del catecismo sindical: mientras en los países industrializados se trabaja cada vez menos horas, la jornada laboral en la Argentina está en el límite físico del obrero: se trabaja más y se cobre menos. De acuerdo con la OIT (Organización Internacional del Trabajo) en EE.UU. y Europa un trabajador estable realiza entre 1300 y 1800 horas por año. En la Argentina de Menem-Alianza-Duhalde-Kirchner el promedio es de 2000 horas por año. La jornada laboral de un trabajador argentino es de casi diez horas. Se trata de entre un 20% y un 50% más que en plos países del G-8. Si en los últimos años hubo una disminución real en las horas trabajadas en EE.UU., Noruega, Suecia, Francia, España y Alemania, en Argentina (y América Latina en genral) el proceso fue el contrario: la región entró en un ciclo nuevo de acumulación primitiva. Indirectamente se puede ver reflejada esta explotación en el aumento espectacular de los accidentes de trabajo: el capital se cobre sesenta trabajadores muertos por mes. El otro límite, decía Marx, eran las âbarreras moralesâ? (moralische Schranken), un contenido biopolítico que hace referencia a criterios sociales, donde la demarcación es ya propiamente lucha, y es aquí, en este aspecto, donde la ley pretendía hacer natural un nuevo límite en la reproducción de la fuerza de trabajo. Como el capitalista se remite a la ley del intercambio mercantil, procurando extraer la mayor utilidad posible del valor de uso que tiene su mercancía viva (la fuerza de trabajo). Su objetivo es modificar el valor pasado de esa mercancía, única forma de acumular en un nuevo ciclo. Por supuesto, esto significa lucha. Allí aparece la función de dominio del estado posfordista, el estado de excedencia, el papel del âCapital-Parlamentarismoâ? como ritual efectivo y real de legitimación de las pulsiones del mercado, la funcionalidad total del sistema político a las necesidades de desarrollo del capital. Cuando el capitalista y el político procura prolongar lo más posible la jornada laboral y convertir en ley, ¡si puede!, una jornada en dos o tres, reafirman su derecho en cuanto compradores. Surge aquí una antinomia dentro del dominio burgués: derecho contra derecho, signados ambos de manera uniforme por la ley del intercambio mercantil. Entre derechos iguales decide la fuerza (física: represión, o del dinero: corrupción). Y de esta suerte, en la historia de la producción del capital, la reglamentación de la jornada laboral se presenta siempre como lucha en torno a los límites de dicha jornada, una lucha a muerte entre el capitalista colectivo (la clase de capitalistas y el personal político que dirige la forma estado) y el obrero colectivo (la clase obrera en sentido amplio).

Hambruna del plustrabajo argentino: la figura del trabajador pobre: el capitalismo no inventó el plustrabajo. Dondequiera que una parte de la sociedad ejerce el monopolio de los medios de producción, el trabajador libre o no, se ve obligado a añadir el tiempo de trabajo necesario para su propia subsistencia tiempo de trabajo excedentario y producir así los medios de su subsistencia para el propietario nominal o no de los medios de producción., ya sea un burócrata soviético, un ciudadano romano, un barón normando, el esclavista sureño o Mauricio Macri. La ley del 2000 es, parafraseando a Marx, una expresión positiva de la nueva hambruna del plusvalor en Argentina. Y es fácil comprobarlo: un trabajador formal (no posfordista) que quiera adquirir un automóvil 0 km de los precios más bajos deberá destinar 42,6 salarios más que en 1998, una diferencia del 85%; en 1994 se precisaban 4321 horas laborales para ese utópico auto nuevo, pero en el 2003 se necesitan 8167 horas. Esto no refleja la pobreza explosiva de los trabajadores en negro: en la fuerza de trabajo actual representan ya el 50%, subieron de un 38,8% en octubre del 2001 a 45,1 en mayo del 2003, y de ellos la mitad sigue ganando 400$ o menos, a pesar de una inflación cercana al 70%. La discriminación salarial es una poderosa herramienta de división del movimiento obrero: la segmentación entre trabajadores formales (fordistas) y precarios (posfordistas) llega al 50%.Ni hablar de la reproducción básica (la famosa canasta básica de consumo): en 1994 el salario medio del sector formal apenas alcanzaba para adquirirla; hoy en el 2003 se encuentra casi un 55% por debajo de ese salario medio. La canasta familiar, base biológica de la reproducción de la fuerza de trabajo, sufrió un aumento terrorífico: el más significativo es el que se produjo en el aceite de maíz: aumentó 230,6% desde diciembre de 2001 a noviembre de 2003. Un elemento básico como el arroz presenta un alza acumulada de 147,6% y otro insumo popular como la lenteja pegó un salto cuantificado en el 245,3%. La leche fresca en sachet se incrementó 71,8% y la leche en polvo descremada 84,2%; la manteca creció 112,7% y la mayoría de los quesos también aumentaron por encima del 100%. El pollo subió su precio en 117,6%. Las carnes en general subieron un 90%. El pan, gracias a Dios, fue uno de los productos que menos se encareció: aumento 37,4%. En las verduras y hortalizas, el tomate se incrementó 118,6%, la papa 97,4%. En los últimos 23 meses el azúcar suma aumentos por 128,3%, el té en saquitos 90,3% y la yerba mate 34,2%. Y si miramos la tendencia vemos que en los últimos 32 años (desde 1971 que existe estadísticas fiables) el poder de compra (reproducción de la fuerza de trabajo) cayó un 60%, riqueza trasladada a fuerza de populismo de derecha e izquierda, manu militari y âCapital-Parlamentarismoâ? a la voracidad del capital. Imaginemos que de mantenerse el poder adquisitivo del año del âCordobazoâ? (1969) el salario mínimo debía ser hoy de 1400$. Y si tomamos la media salarial en el momento álgido de las luchas de clases en 1975 (antes del âRodrigazoâ? del PJ) debería ser de 1570$. El posfordismo puede verse en la serie histórico: hasta 1975 los salarios reales crecieron pegados a la economía (pacto keynesiano), según la evolución negativa o positiva. Con la dictadura militar se empezó a desenganchar el salario de la acumulación (en un mes bajó el salario un 40%), siguió la tendencia con Alfonsín, Menem y la Alianza, a lo que se le sumó la gigantesca transferencia de ingresos de la devaluación de Duhalde-Kirchner. Hoy seis de cada diez familias (matrimonio con dos o tres hijos) argentinas vive con menos de 750$ al mes (esta proporción representa el 60% de la población de Argentina), la mitad de los hogares no percibe más de 600$ mensuales, el 10% de las familias más ricas gana en promedio por mes 23 veces más que una familia proletaria. Ni hablar de cómo se reparte la torta: ese 10% se lleva el 36%, en tanto que el 10% más pobre recibe nada más que el 1,6% (si, leyeron bien). El 10% tiene hoy un ingreso de 3200$; el 10% más pobre uno de 140$. Del total de la fuerza de trabajo asalariada (fordista y posfordista) el 39% tienen un salario de 300$, el 41% cobra entre 300$ y 700$, y sólo un 20% supera ese monto (seguramente cuadros medios y supervisores). Todo esto no tenía todavía reflejo en el derecho, se necesitaba una herramienta jurídica que consolidara la propia necesidad de acumulación del capital en su ciclo posfordista: y allí apareció la necesidad imperiosa de ley laboral del 2000. Nunca como en otro caso el escándalo de las coimas y las leyes laborales demuestra la absoluta unión de economía y política en el âCapital-Parlamentarismoâ?. Y nunca como antes el movimiento autónomo debe tomar nota de estas lecciones, asimilarlas, desarrollar sus propias herramientas organizativas y detener esta explotación sin antecedentes en la historia argentina.

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