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Beláustegui comparte retratos del espíritu indígena de América Latina
05 nov 2003
El autor del libro de fotografías Guardianes del tiempo habla para La Jornada.

Beláustegui comparte retratos del espíritu indígena de América Latina.

Nunca busqué robar un trozo de sus almas, sino hacerlas trascender, manifiesta.

Quechuas, triquis, zapotecos y huicholes, entre otros pueblos, fueron sus anfitriones
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Durante 12 años, el fotógrafo Sebastián Beláustegui (Buenos Aires, 1969) realizó una travesía por Latinoamérica, deteniéndose justo donde se halla el espíritu del continente, en sus pueblos indígenas.

De norte a sur, con las personas que conoció, además de aprender todo lo que la sociedad dominante le ocultó durante 18 años, trabajó hombro con hombro por largos periodos o el tiempo necesario para merecer un valioso obsequio: el permiso para hacerles un retrato, es decir, para ''robarles" un poco de alma.

El autor sabe que las imágenes recolectadas por su cámara no le pertenecen, que son ''mensajes de los protagonistas de cada una de ellas, a veces las últimas voces que sobreviven de un pueblo a punto de desaparecer". Por ello considera un deber y un compromiso con quienes fueron sus anfitriones dar a conocer ese material.

Miradas ancestrales

Una selección de poco más de 100 fotografías se incluye en el libro Guardianes del tiempo. Retratos del espíritu de América Latina, editado por Revimundo, el cual cuenta con prólogo del Nobel portugués José Saramago y decenas de miradas ancestrales, ya sea de la comunidad kuna, de Panamá; de los quechuas, de Ecuador y Argentina; los chipaya, de Bolivia; los mam, de Guatemala, o los triquis, zapotecos, huicholes y nahuas de México, entre muchos otros.

No obstante provenir de diferentes latitudes, hay algo común en la serie de fotografías del volumen: la mirada fuerte, digna, de niños, hombres, mujeres y ancianos. ''Es sólo que está develado el espíritu", explica Beláustegui en entrevista con La Jornada.

Agrega que antes de darse la fotografía, se dio una relación humana, ''si no hubiera sucedido esa magia con las personas, por más que hubiera sido el fotógrafo más chingón, ellas no me habrían entregado su espíritu. Eso me confundió al principio, pues no sabía qué hacer con tanto.

''Me tardé tres años en hacer mi primera exposición y mi primera publicación, porque pensaba que era como prostituirme, como vender algo muy valioso que me habían obsequiado. El material se iba acumulando en cajones hasta que unos indígenas ecuatorianos que conocí en Nueva York me animaron, me dijeron que si mi corazón estaba tranquilo no había problema, que si la gente se me brindó, esas imágenes eran para que se vieran, para que el mundo conociera sus tradiciones, su identidad."

De esta manera, Sebastián comenzó a publicar en revistas como National Geographic, Camera Arts o el periódico Los Angeles Times, al tiempo que organizaba exposiciones. Y siguió con sus viajes.

Simiente de una conciencia social

El autor recuerda que fue al cumplir 18 años cuando tuvo noticia de los pueblos nativos de América, pues antes vivió en una ignorancia total debido a la nula información que recibió de niño y adolescente en la escuela. No obstante, asegura que pertenecer a una familia en la que tres de sus hermanos fueron desaparecidos por la dictadura militar, de alguna manera sembró en él una conciencia social.

''Provengo de una sociedad media alta, frívola; fui a un colegio inglés en el que hay una ignorancia completa acerca del tema indígena. Es más, me enseñaban que el general Julio Argentino Roca, uno de los máximos genocidas, era un prócer, un héroe nacional. En el sur del país hay estatuas con su efigie, avenidas con su nombre", explica.

Fue justamente en el sur de Argentina, cuando Sebastián entró en contacto con uno de los pueblos indígenas marginados de su país y perseguidos por Roca en el siglo XIX, los mapuches. Entre ellos se dio cuenta, por primera vez, de que el mundo es muy diferente a lo que los libros del colegio enseñan.

Enfrentarse a la tristeza, la rabia y la desolación de los indígenas, pero también a la dignidad de esos hombres y mujeres que José Saramago llama ''los del otro lado", empujó al fotógrafo a un viaje en el que su único equipaje fue una muda de ropa, su cámara fotográfica, cien rollos y ''un profundo respeto y amor por esas personas".

México, primera escala

Su primera escala fue México (Oaxaca, Chiapas, la sierra Tarahumara, la selva Lacandona, comunidades huicholas) y Guatemala. Al principio ''hubo mucho miedo, frustración, muchos límites, pero el encuentro con ellos volvía todo mágico, como en familia. Y es que a nosotros, por más que vayamos a las mejores escuelas, no nos enseñan los valores humanos.

''Por eso el libro, cuya primera edición es de 6 mil ejemplares, se llama Guardianes del tiempo, porque ahí aparecen personas que viven en otra dimensión. Mientras para ellos el tiempo es arte, para nosotros es dinero. Para ellos el tiempo es el arte de criar a sus niños, de comunicarse, construir sus comunidades, reunirse, vivir. Tienen tanto qué enseñarnos.

''Muchas veces la fotografía indígena está relacionada con la miseria y la carencia; eso existe, es cierto, pero también la riqueza espiritual, que es lo que se transmite en este trabajo: la belleza, la dignidad, el respeto a sus ancestros. Son imágenes que develan la elegancia del paso de una gente en particular por un punto concreto del planeta: el continente americano. Son personas que no tienen miedo, transparentes, fuertes.

''Nunca he pretendido robar un trozo de sus almas, sino hacerlas vivir para siempre. Conocerlos y vivir entre ellos me devolvió la fe en la humanidad."

(Guardianes del tiempo. Retratos del espíritu de América Latina, de Sebastián Beláustegui, se presentará el miércoles 12 en Casa del Risco, en Plaza de San Jacinto 15, San Angel, a las 19:30 horas. Una exposición de imágenes seleccionadas del libro se llevará a cabo del 12 al 18 de noviembre en el patio central de ese recinto.)
Mira també:
http://www.jornada.unam.mx/2003/nov03/031105/03an1cul.php?origen=index.html&fly=1
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