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Soldados de EU en Irak: con licencia para matar
27 oct 2003
Soldados de EU en Irak: con licencia para matar
Estaba yo en la estación de policía de Fallujah cuando me di cuenta de la extensión de la esquizofrenia. El capitán Christopher Cirino, de la 82 división aerotransportada, trataba de explicarme la naturaleza de los ataques que con tanta regularidad se llevan a cabo contra las fuerzas estadunidenses en esa población musulmana sunita. Sus hombres estaban estacionados en una antigua residencia presidencial sobre esa misma calle: los estadunidenses la llaman "Tierra de ensueño", pero no era esa la única medida de la desorientación en que se encuentran.

"Los hombres que nos atacan", dijo el capitán, "son terroristas entrenados en Siria y luchadores locales por la libertad." ¿Otra vez, por favor? "Luchadores por la libertad." Sí, así es como los llamó el capitán Cirino, y con justa razón. Esa es la razón. Los patriotas soldados estadunidenses deben creer -de hecho tienen que creer-, junto con su presidente y su secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld que los guerrilleros de la organización Al Qaeda de Osama Bin Laden traspasan las fronteras iraquíes desde Siria, Irán, Arabia Saudita (nótese cómo esos vecinos y aliados cercanos que son Kuwait y Turquía siempre se dejan fuera de la ecuación) y asaltan a las fuerzas estadunidenses como parte de la "guerra al terrorismo".

Ahora los oficiales de las fuerzas especiales dicen a los soldados que "la guerra al terrorismo" se ha transferido de Estados Unidos a Irak, como si en alguna forma el 11 de septiembre de 2001 se hubiera transformado en Irak 2003. Nótese también cómo los estadunidenses siempre dejan a los iraquíes fuera del grupo de los culpables, excepto si el procónsul Paul Bremer puede describirlos como "remanentes del partido baazista", "desesperados" o "fanáticos".

El problema del capitán Cirino, claro, es que sabe sólo parte de la verdad. Los iraquíes comunes y corrientes -muchos de ellos enemigos de Saddam Hussein durante muchos años- atacan al ejército estadunidense de ocupación 35 veces al día tan sólo en la zona de Bagdad. Y el capitán trabaja en la estación local de policía de Fallujah, donde los policías contratados en fechas recientes por los estadunidenses son hermanos, tíos y sin duda padres de algunos de quienes ahora libran una guerra de guerrillas contra los soldados invasores en Fallujah. De hecho, sospecho que algunos de ellos mismos son "terroristas". Así que si llama "terroristas" a los chicos malos, los policías locales -su primera línea de defensa- se enojan de verdad.

No es raro que la moral ande baja. No es raro que los soldados estadunidenses con los que me encuentro en las calles de Bagdad y en otras ciudades iraquíes no tengan pelos en la lengua para hablar de su propio gobierno. Han recibido órdenes de no hablar mal de su presidente o del secretario de la Defensa enfrente de iraquíes o reporteros (que tienen más o menos el mismo estatus a los ojos de las autoridades de ocupación). Pero cuando insinué a un grupo de policías militares, cerca de Abu Ghuryab, que iban a votar por los republicanos en las próximas elecciones, se echaron a reír. "Si no fuera por ellos no estaríamos aquí y nunca nos hubieran mandado", me dijo uno con asombrosa sinceridad. "Y tal vez usted pueda decirme: ¿por qué nos mandaron?"

No es extraño, pues, que Stars and Stripes (Estrellas y barras), el periódico de los propios militares estadunidenses, haya informado este mes que la tercera parte de los soldados en Irak sufren de moral baja. Y si es así ¿tiene algo de raro que las fuerzas estadunidenses en Irak estén matando inocentes, pateando y dando trato brutal a los prisioneros, arrasando hogares y, según testimonios de cientos de iraquíes, robando dinero de las casas que allanan?

No, esto no es Vietnam -donde los estadunidenses llegaron a perder 3 mil hombres en un mes-, ni el ejército de EU en Irak se está volviendo una horda. Todavía no. Y está a años luz de distancia de la carnicería que perpetraron los verdugos de Saddam Hussein. Pero observadores de derechos humanos, funcionarios civiles de la ocupación y periodistas -para no hablar de los propios iraquíes- se espantan cada vez más por la conducta de los soldados ocupantes. Iraquíes que no se dan cuenta de que hay un puesto de revisión, que rebasan convoyes sometidos a ataques o que simplemente pasan por el lugar donde los estadunidenses realizan un cateo, son abatidos a balazos sin miramiento. Las "pesquisas" oficiales de estas matanzas rutinariamente acaban en el silencio o en afirmaciones de que los soldados "obedecieron las reglas de su misión", reglas que los estadunidenses no dan a conocer al público.

El mal viene desde arriba. Ya desde la invasión angloestadunidense de Irak, las fuerzas de Washington se negaban a asumir responsabilidad por los inocentes que mataban. "No contamos cadáveres", anunció el general Tommy Franks. Así que no hubo disculpa alguna por los 16 civiles asesinados en Mansur, donde los "aliados" -nótese como nos enredaron a los británicos con este título equívoco- bombardearon un suburbio residencial con la vana esperanza de dar muerte a Saddam Hussein.

Cuando fuerzas especiales estadunidenses allanaron una casa en esa misma zona cuatro meses después, en una cacería del mismo líder, mataron a seis civiles, entre ellos un muchacho de 14 años y una mujer de mediana edad, y sólo anunciaron, cuatro días después, que llevarían a cabo una "pesquisa". No una investigación, se entiende, nada que sugiriera que hubiese algo malo en abatir a balazos a seis iraquíes, y a su debido tiempo la "pesquisa" fue olvidada -como sin duda era la intención- y nada volvió a saberse del asunto.

Una vez más durante la invasión, los estadunidenses arrojaron cientos de bombas de racimo sobre aldeas situadas cerca de la ciudad de Hillah y dejaron atrás toda una carnicería de cadáveres despedazados. El equipo de televisión de Reuters en Bagdad ni siquiera transmitió imágenes que tenía de bebés partidos a la mitad. El Pentágono dijo después que "no había indicaciones" de que se hubieran arrojado bombas de racimo en Hillah, pese a que Sky TV encontró algunas que no explotaron y las llevó de vuelta a Bagdad.

La primera vez que me topé con esta ausencia de remordimientos -más bien ausencia de responsabilidad- fue en un suburbio miserable de Bagdad llamado Hayy al-Gailani. Dos hombres habían pasado sin detenerse por un retén estadunidense -un rollo de alambre de púas arrojado sobre un camino antes del amanecer, una mañana de julio- y los soldados abrieron fuego hacia el automóvil en que viajaban. De hecho, le hicieron tantos disparos que el vehículo estalló en llamas. Y mientras los muertos o moribundos ardían en el interior, los estadunidenses que habían colocado el retén simplemente abordaron sus vehículos blindados y se marcharon. Jamás se molestaron siquiera en visitar la morgue del hospital para averiguar la identidad de los hombres que mataron -paso obvio si en verdad creían que se trataba de "terroristas"- e informar a sus deudos.

Escenas como esa se repiten día con día en todo Irak. Y por eso Human Rights Watch, Amnistía Internacional y otras organizaciones humanitarias protestan cada vez con más vigor porque los estadunidenses ni siquiera llevan la cuenta de los iraquíes muertos, ya no digamos reconocer su papel en la matanza de civiles. "Es una tragedia que los soldados de EU hayan matado tantos civiles en Bagdad", señala Joe Stork, de Human Rights Watch. "Pero es realmente increíble que los militares ni siquiera cuenten los muertos."

Dicha organización ha contado 94 civiles asesinados por los estadunidenses en la capital. También criticó a las fuerzas estadunidenses por humillar a los prisioneros, entre otras cosas con su costumbre de poner los pies sobre la cabeza de los cautivos. A algunos soldados los están adiestrando ahora en Jordania -con instructores jordanos- en el "respeto" que deben mostrar por los civiles iraquíes y por la cultura del Islam. Ya era hora. Pero en el suelo iraquí los estadunidenses tienen licencia para matar. Ni un solo soldado ha sido disciplinado por disparar a civiles, ni siquiera cuando la víctima es un iraquí que trabaja para las autoridades de ocupación. Ninguna medida se tomó, por ejemplo, con el soldado que hizo un disparo que perforó el parabrisas del auto de un diplomático italiano y mató a su intérprete, en el norte de Irak. Tampoco contra los soldados de la 82 división aerotransportada que abatió a 14 manifestantes musulmanes sunitas en Fallujah, en abril (el capitán Cirino no participó en ese hecho). Ni contra los que mataron a otros 11 manifestantes en Mosul.

A veces la evidencia de la baja moral abarca un largo periodo. En una ciudad iraquí, por ejemplo, la "Autoridad Provisional de Coalición" -nombre que se dan a sí mismas las autoridades de ocupación- ha dado instrucciones a los cambistas locales de no dar dólares por dinares iraquíes a los soldados ocupantes: demasiados dinares han sido robados por los soldados durante los allanamientos de casas. En repetidas ocasiones, en Bagdad, Hillah, Tikrit, Mosul y Fallujah, iraquíes me han contado que estadunidenses los despojaron de sus pertenencias durante la revisión en retenes. A menos que se trate de una monumental conspiración a escala nacional, algunos de estos testimonios llevan la marca de la verdad.

Otro caso es el del tigre de Bengala. Una tarde, unos soldados estadunidenses entraron en el zoológico de Bagdad para una tarde de sándwiches y cerveza. Durante la reunión, a uno de los soldados se le ocurrió acariciar al tigre, el cual, siendo un tigre de Bengala, le hincó los dientes. Entonces el soldado lo mató de un tiro. Los estadunidenses prometieron una "pesquisa", de la que no se ha sabido nada.

Irónicamente, el único incidente en el que soldados estadunidenses fueron sometidos a acción disciplinaria fue cuando los tripulantes de un helicóptero tomaron un estandarte religioso de una torre de comunicaciones en Ciudad Sader, en Bagdad. La violencia que vino a continuación costó la vida a un civil iraquí.

Los suicidios entre los soldados estadunidenses en Irak se han elevado en meses recientes, hasta tres veces más que la tasa usual en militares de su país. Se cree que por lo menos 23 soldados se han quitado la vida desde que comenzó la invasión, y que otros han quedado heridos en el intento. Como de costumbre, el ejército de EU sólo reveló esta estadística después de constantes preguntas.

Los ataques cotidianos a los estadunidenses fuera de Bagdad -hasta 50 en una noche- quedan, al igual que los civiles iraquíes muertos, sin registro. Viniendo de Fallujah a Bagdad después del anochecer, el mes pasado, vi explosiones de mortero y balas trazadoras alrededor de 13 bases estadunidenses, de lo cual las autoridades de ocupación no informaron ni una palabra.

En el aeropuerto de Bagdad, el mes pasado, cinco disparos de mortero cayeron cerca de la pista de despegue, cuando un avión jordano recogía pasajeros con destino a Ammán. Vi ese ataque con mis propios ojos. Esa misma tarde, el general Ricardo Sánchez, el comandante estadunidense de más alto rango en Irak, aseguró que no sabía nada de tal acción, de la cual, a menos que sus oficiales sean descuidados, debió estar bien al tanto.

Pero ¿podemos esperar otra cosa de un ejército que induce deliberadamente a los soldados a "escribir" cartas a los periódicos de sus ciudades natales en las que describen las mejorías en la vida cotidiana iraquí?

"La calidad de vida y seguridad de los ciudadanos se ha restaurado en su mayor parte, y somos en buena medida la razón de que haya ocurrido así", alardeó el sargento Christopher Shelton, del 503 regimiento de infantería aerotransportada, en una carta enviada desde Kirkurk al Tribune del condado de Snohomish. "La mayoría de la ciudad ha recibido nuestra presencia con los brazos abiertos", añade. Sólo que no es cierto. Y el sargento Shelton no escribió la carta. Como tampoco el sargento Shawn Grueser de Virginia Occidental. Ni el soldado raso Nick Deaconson. Ni otros ocho soldados que supuestamente escribieron cartas idénticas a los periódicos de su localidad. Las "cartas" fueron distribuidas entre los soldados, y se les pidió firmarlas si estaban de acuerdo con su contenido.

Pero ¿no será esto, quizá, parte del mundo de fantasía inspirado por los ideólogos de derecha de Washington que buscaron esta guerra, pese a que la mayoría de ellos nunca sirvieron a su patria en uniforme? Soñaban con "armas de destrucción masiva" y con la adulación a los soldados estadunidenses que "libertarían" al pueblo iraquí. Incapaces de dar sustento real a su ficción, ahora se limitan a reconocer que los soldados a los que enviaron al mayor nido de ratas de Medio Oriente tienen "mucho trabajo que hacer", que están -cosa que no se reveló durante la invasión- "combatiendo en el frente de la guerra contra el terrorismo".

¿Qué influencia, podríamos preguntar, han tenido los fundamentalistas cristianos en el ejército estadunidense en Irak? Porque incluso si nos olvidamos del reverendo Franklin Graham, quien describió el Islam como "una religión perversa y maligna" antes de ir a adoctrinar a oficiales del Pentágono, ¿qué podemos decir del comandante responsable de perseguir a Osama Bin Laden, el teniente general William Jerry Boykin, quien dijo en una conferencia en Oregon que los islamistas odian a Estados Unidos "porque somos una nación cristiana, porque nuestra fundación y nuestras raíces son judeocristianas y el enemigo es un tipo llamado Satán"?

Promovido en fechas recientes a subsecretario adjunto de defensa para la inteligencia, Boykin añadió, en referencia a la guerra contra Mohammed Farrah Aidid en Somalia -en la cual participó-: "yo sabía que mi Dios era mayor que el de él; sabía que mi Dios era un Dios verdadero y el de él era un ídolo". Respecto de estas extraordinarias aseveraciones, el secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld, comentó que "no daban la impresión de haber roto ninguna regla".

Ahora nos dicen que los comentarios de Boykin son objeto de una "pesquisa", tan extensa y minuciosa, sin duda, como las realizadas en torno a las muertes de civiles en Bagdad.

Alimentados con esta clase de tonterías, ¿tiene algo de sorprendente que los soldados estadunidenses en Irak no entiendan la guerra en la que están metidos ni al pueblo del país que están ocupando? ¿Terroristas, o soldados de la libertad? ¿Cuál es la diferencia?

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya
Mira també:
http://www.jornada.unam.mx/2003/oct03/031027/029a1mun.php?origen=index.html&fly=1

Comentaris

Re: Soldados de EU en Irak: con licencia para matar
26 nov 2003
Eres el mejor ! Dignificas la profesión (tan enmerdada) de Periodista.Que se avergüencen los cagados de los Medios del Estado Español !!
Debería informar una temporada desde Euzkadi...a lo mejor empezaríamos a conocer la verdad,sin mentiras ni tapujos,del Conflicto Vasco.!
Colera camping CNT