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la resistencia de la piedra - acerca de una pieza de Oteiza sobre el Bidasoa
23 set 2003
Él, en respuesta, les dijo:
–Y yo os digo que, si éstos callaran, las piedras clamarían.
Lucas, 19:40
harriaren_erresistentzia.JPG
La resistencia de la piedra - Acerca de una pieza de Oteiza sobre el Bidasoa
archivo adjunto video real media
19:59 - arxiu .rm - 10.5Mb<br>
<a href="http://barcelona.indymedia.org/usermedia/application/1/piedra_es.rm";>la resistencia de la piedra<br>acerca de una pieza de Oteiza sobre el Bidasoa</a>


texto transcrito del video
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La piedra está en medio del puente, entre los dos sentidos opuestos de circulación de la carretera. Fugazmente se la ve, al pasar.
Sus bordes desviados hacen que la imagen sea ambigua. Los ojos ya la han dejado atrás, cuando la cabeza aún no ha decidido qué es lo que ha visto. â¿Es un cubo?, ¿es una estela?
Con la estela, la placa y la lápida, la piedra comparte el predominio de dos dimensiones: altura y anchura. Pero, al estar su grueso cortado al bies, a la vista parece éste más largo que su espesor efectivo, y la piedra comparte así con el cubo la reciedad de un volumen tan alto como ancho como espeso: la piedra está siempre de frente, tozuda, no vuelve la cara.
Hay un cubo de piedra, puesto en medio del puente, entre los dos sentidos opuestos de circulación de la carretera.<br><br>El cantero que la trabajó, Oteiza de nombre, la sacó de la cantera de Lastur, por Deba, enfrente al mar . El mar la ha ido golpeando, desde antes de que el dios de Moisés creara el mundo. âEstá ahí desde mucho antes que la genteâ?.
De los embates, la piedra ha ido ganando una resistencia que no tiene que ver con la dureza de un origen geológico, sino quizás con la respuesta al trato recibido. La piedra ha sido medida, agredida, insultada, ensuciada, manoseada, rota, abatida. Nadie sabe a quién pertenece, no tiene dueño, es un residuo. Pero la piedra ha resistido, está firme, permanece y sigue, y es de la misma raza de algunos que todavía no la han comprendido, no han sabido ver en ella su propio espejo. Si cae, otros la recogen, la vuelven a poner en pie, la hincan en el suelo. No ha conocido tregua, la piedra es fruto de la lucha.
La resistencia es su condición. Aunque, de hecho, se trata de una caliza, y sería capaz de dialogar mano a mano con el cincel. El carácter de la piedra se advierte mejor vista de cerca, en su materia, veteada y venosa como las vísceras, los riñones, el hígado. Es una masa roja y rosa, como ellos; es una sangrante víscera entre los restos de un desastre.
Hay un cubo de piedra roja, en medio del puente, entre los dos sentidos opuestos de circulación de la carretera.
Hay una víscera de piedra y carne endurecidas, palpitando en medio del puente, entre los dos sentidos opuestos de circulación de la carretera.
âQuizás le haya caido del saco al Olentzero, el mismo de Lertxundi, ése que, en lugar de regalos y carbón, traía âhígados frescos de los carlistas muertos a traiciónâ?.

<ul>Hermanas, hermanos,
yo soy Olentzero,
Olentzero de Euskalerria,
que os trae regalos de ayer y para mañana:
hígados frescos de los carlistas muertos a traición,
fuelles y martillos de las fraguas paradas.
Mineros, carboneros, canteros, carpinteros,
y herreros,
con las manos y la cara limpias,
con lágrimas en los ojos,
blasfemando obscenidades,
huyendo, bajando del monte
hacia los puertos
en busca de grano y de paño,
yo os traigo un preciado regalo de España:
hierro de las minas vizcaínas, requisadas por los españoles.
Hermanas, hermanos, ¿me oís? </ul>

Víscera arrancada de sí misma, roja de mineral y de sangre, la piedra es como una concentración de otras piedras, sus hermanas mayores, salidas pocos años antes de la misma cantera y que en lugar de venir al puente se marcharon hacia Arantzazu . Ahí siguen, de pie en medio del camino, piedras ellas también a ras de suelo. Están ahí
<ul>como animales sagrados, abiertos en canal, iguales, movidos, repitiéndonos que están vacíos, que han puesto su corazón en los demás, que este autosacrificio es su santidad común (â¦). El vacío de cada imagen se hace energía formal, haciéndose estatua con la masa exterior, constituyendo un friso de grandes aventuras humanizadas y verticales (â¦), en un vuelo inmóvil.
Las de Arantzazu hacen entender la expresión tan abstracta de la piedra sobre el puente. La del puente hace entender el carácter de las víctimas y los resistentes de Arantzazu, en el medio de los cuales vuelve a estar ése a quien le dijeron: âTú eres piedraâ¦â?</ul>

El puente donde está la piedra cruza sobre un río, el Bidasoa. Muchas veces llegaron hasta aquí gentes que venían de otra parte, de lejos.
Aquí, entre las dos orillas, hasta una isla en medio mismo del río, llegaron en 1659 Luis XIV, el Rey Sol, y la Infanta María Teresa de Austria, para casarse, en una ceremonia que puso paz a dos siglos de enfrentamientos y que fijó la frontera entre sus dos estados. El Borbón, el francés, debió de llegar aquí desde el norte, y la Habsburgo, la española, desde la orilla sur.
Fue aquí mismo donde llegó, hacia 1843, también desde el norte, Victor Hugo, para escribir:

<ul>El Bidasoa. Bello río de nombre vasco, que parece hacer de frontera entre dos lenguas y dos paises, y guardar la neutralidad entre el francés y el español. Cruzo el puente. En el extremo meridional se detiene el coche. Piden los pasaportes. Un soldado con los pantalones de tela rotos y chaqueta verde con remiendos azules en codos y cuello se asoma al portal. Es el centinela. Estoy en España.</ul>
Era la aparición del soldado, con su uniforme miserable y sus instrumentos de coacción, quien le había dicho a Victor Hugo dónde se encontraba. El río callaba.
También cruzaron por el puente los funcionarios del estado alemán, para recibir el saludo admirativo, feliz y obsequioso de sus compañeros de trabajo del estado español, llegados aquí a rendirles homenaje desde la otra orilla, en un nueva ceremonia matrimonial no culminada por monarcas sino por ejércitos. Se les pueden ver las caras, en viejas fotografías en blanco y negro, perdido el color de los uniformes. Fue el 27 de junio de 1940 cuando llegó el primero de ellos , el comandante doctor ingeniero Sturmbannführer SS, Wim Brand, de la 88 tropa comando. Pocos días después, será el general español López Pinto quien salude a un homólogo alemán.
De todos ésos, hoy no quedan sino los nombres. Y son ahora nombres quienes llegan hasta aquí, a lado y lado de la piedra, siguiendo el mismo camino que los monarcas y los ejércitos, cumpliendo la misma función: dos estados se saludan, forasteros sobre esta vieja piedra y este joven río.
Sobre la piedra hay dos nombres escritos, uno a cada lado del puente. Uno ha llegado aquí desde el norte, el otro desde el sur.

Escribir sobre esta piedra no es como escribir sobre un papel, una tela o un pergamino.
Cuando se escribe sobre papel, cualquier pigmento empleado, sea lápiz, carbón, tiza o tinta, se integra en el papel, lo empapa y tiñe, se mete entre sus fibras, que transforma y modifica. Es el propio papel que chupa y muestra, asumida en su interior, la palabra inscrita. La palabra se encarna y vive en la materia misma del papel. Para borrar el letrero habría que fregar el papel, rasparlo, habría que llegar hasta arrancarle una capa de su piel: hasta tal punto está integrado lo escrito en el cuerpo del papel. El papel acepta y hace suya cada letra escrita. La palabra se hace de papel y el papel se hace palabra, habla.<br>
Pero aquí en la piedra, por el contrario, las palabras no están en la piedra, no forman parte de ella, no logran introducirse en su interior, no han transformado el carácter de la piedra. Esas palabras están precisamente allí donde no hay piedra. Llegan hasta la piedra, pero no la penetran. La piedra se aparta, se aprieta, se ahueca y deja que esas dos palabras ocupen, fuera, un aire vacío.
Las letras de esas palabras son trazos huecos, no están en la piedra, no son de la piedra. No ha de haber piedra, para que esas palabras aparezcan. Esas palabras no comparten con la piedra el mundo de lo tangible, de las cosas verdaderas, sino que llegan desde la abstracción de una nomenclatura legal. âE-S-P-A-Ã-Aâ?, âF-R-A-N-C-Eâ?: apelaciones de estados políticos, atribuciones del poder, marcas registradas, instrumentos de adiestramento y obediencia, franquicias, sociedades anónimas. Entre uno y otro nombre, entre una y otra fantasmagoría, carentes ambas de materia, puras palabras vacías, puro vacío de la palabra, está la piedra. Lo tangible, lo material y humano, pertenece por entero a la piedra. La piedra es.

<ul>La piedra, realmente, más que cualquier otra cosa, es. La piedra, de estar, está, más firme que cualquier otra cosa. La piedra impone su presencia y penetra en nuestra vida, en nuestra imagen del mundo, como el aire en nuestros pulmones.</ul>

Los bordes de la piedra no son perpendiculares a las caras, sino que están sesgados. Ya comprendimos un primer motivo para esta inclinación, que servía para aumentar y engordar el espesor de la piedra, y convertir la ligereza de la lápida en la tenacidad de un cubo.
Pero las desviaciones contrapuestas de esas caras terminan por dibujar una espiral, por revolver el cubo en un movimiento circular. La piedra, aparentemente quieta y separadora, paciente como una res, contradice esta pasividad para revelar un carácter diferente. Súbitamente la piedra se retuerce sobre sí misma, se pone a girar, como un molinete que produjese él mismo el viento que lo mueve. La piedra se arranca de su posición, salta como un resorte, como un animal cuando el hierro al rojo quiere marcar en su cuero cualquier marca de propietario.

<ul>me di la vuelta y les mostré
como marca de ganadería que
me habían puesto y me dijeran Jorge
yo que saben sabéis que soy
un máveric. </ul>

De las caras de la piedra nace una espiral, que busca su centro y arranca violentamente todo cuanto se le intenta superponer. Como un tornado, termina por diluir, borrar, arrastrar y arrasar toda marca, toda contaminación visual, toda referencia ajena, e inaugura sobre el Bidasoa un nuevo territorio. Un espacio nuevo y viejo, que comparte origen con la misma piedra.
Aquí, en el interior de la piedra, en su cámara oscura, en el centro vacío y quieto, sigue habitando quien la talló, el âviejo escultor⦠hundido en estas calcinadas arenas, pendiente de esa línea fronteriza, verdadera patria suyaâ? .
Con él están, en el alma de la piedra, todos los suyos.

Se puede tratar de grabar más hondo las dos palabras, escarbar en la piedra para hundirlas en ella. Nunca estarán en la piedra. Esas palabras seguirán huecas, infladas siempre por un aire vacío. Se podrá picar la piedra, darle con un mazo, agrietarla, barrenarla, partirla: la piedra seguirá siendo de piedra. Cada uno de sus fragmentos será de piedra. Será grava, pero será de piedra. Sólo la piedra es.

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