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¿Antiautoritario y/o revolucionario? Caóticas ideas sobre las (asumibles) contradicciones del anarquismo
03 mar 2024
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El pasado 3 de marzo de 2024, sobre las 19:00 horas, se realizó en el espacio okupado de la Cinetika, en el barrio del Palomar de Barcelona, un debate sobre luchas sociales y anarquismo, en el marco del 50 aniversario de la ejecución de Puig Antich, por parte de la criminal dictadura capitalista franquista. Allí, un buen compañero, insistió en los aspectos éticos antiautoritarios del anarquismo y en la importancia de la diversidad como un valor indisociable de nuestro ideal. También puntualizó otras cuestiones que, ahora mismo, no recuerdo pero que son igualmente interesantes. Quiero decir que, a mi modo de verlo, el anarquismo, es un pensamiento hecho por personas y, por lo tanto, no es infalible ni ausente de contradicciones. La cuestión no es esa: la cuestión es saber si esas contradicciones son asumibles, es decir, si pueden ser resueltas en el mismo seno del anarquismo.

La principal contradicción radica, a mi parecer, en que el anarquismo es revolucionario y antiautoritario a la vez. Y como dijo Friedrich Engels, con la intención de polemizar con los anarquistas, una revolución es de los actos más autoritarios que existen. Y aun citando a un teórico, conocido por su anti-anarquismo ciertamente visceral, esto no debería dejarnos de tener en cuenta sus consideraciones pues es una falacia argumentativa rechazar algo por donde proviene y no en base a un análisis de lo que dice. Aun así, puede haber, ante esto que estoy diciendo, quien proteste airado diciendo que no es cierta esta contradicción que estoy planteando, pero, repito, la cuestión no es, a mi parecer, negarla sino saber si puede ser resuelta desde dentro de nuestro movimiento.

Es conocido que, después de las jornadas de julio de 1936, se reunió un Pleno Regional de Sindicatos de la CNT-AIT con carácter extraordinario. Allí se debatió, apasionadamente, que hacer ante la situación de derrota del fascismo en las calles y material hundimiento de la sociedad burguesa en Cataluña. El grupo “Nosotros” (de tendencia anarcocomunista) y su portavoz Juan García Oliver planteó la famosa máxima de “Ir a por el Todo” que significaba implantar el Comunismo Libertario en la región. Seguramente, des de la perspectiva teórica de Engels, eso sería un acto estrictamente revolucionario, pero no, propiamente, antiautoritario ¿Por qué? Porque esto significaba, en la práctica, no solo imponerse a patrones y políticos pequeño burgueses sino, también, a sectores del proletariado que, aunque minoritarios, no militaban en CNT-AIT.

Así lo entendieron, de hecho, el grupo “Nervio” de Diego Abad de Santillán y también Federica Montseny quienes afirmaron que, llevar adelante las propuestas de “Nosotros”, significaría implantar la “Dictadura anarquista” en Cataluña y que, esto, des del punto de vista de la ética antiautoritaria del anarquismo, era un contrasentido. El grupo “Nervio” estaba siendo totalmente coherente, a mi parecer, con su visión del anarquismo que era, sobre todo, de raíz individualista y humanista (no olvidemos que Abad de Santillán militó, también, en la Federación Obrera Regional Argentina – F.O.R.A. que era deudora de estos planteamientos). Voy a decir que, sinceramente, admiro la honestidad de estos dos compañeros con el ideal al igual que valoro la intervención del compañero en el acto de la Cinetika.

Pero dicho esto, tengo que decir que, personalmente, intento basar mi anarquismo no solo en lo que plantean los ideales sino en lo que ha resultado ser en la práctica histórica: la consecuencia de aceptar los planteamientos del grupo “Nervio” (y también de los reformistas treintistas presentes en el Pleno, cuya readmisión en el seno de la Confederación, después de haber formado los Sindicatos de Oposición y una específica paralela: la Federación Sindicalista Libertaria, fue criticada por el anarcocomunista Jaime Balius como uno de los motivos de la derrota) fue la formación de un organismo antifascista de colaboración interclasista como el “Comité de Milicias” donde los políticos pequeño burgueses republicanos y el incipiente estalinismo harán lo posible por aplastar al anarquismo como finalmente sucedió en mayo de 1937.

Una de las aceradas críticas del P.O.U.M., a los anarquistas en ese momento, es que estos eran unos ingenuos que pretendían convencer a los contrarevolucionarios de que había que hacer la revolución. La contradicción antiautoritarismo-revolución, entonces, se resolvió mal haciendo una revolución “a medias” que, precisamente, por estar inacabada acabó siendo aplastada ¿Cuál puede ser, entonces, la solución a este dilema? Personalmente, no creo tener la respuesta definitiva, seria absurdo, pero me aventuraré a decir algo. Considero que el anarquismo es o debería ser, fundamentalmente, un movimiento revolucionario y que el antiautoritarismo debe estar presente como faceta autocrítica del proceso revolucionario. Es decir, considero, que nuestra prioridad es la transformación revolucionaria de la sociedad y que, en todo caso, la ética antiautoritaria debe actuar como un aspecto de análisis y crítica interna de nuestro desempeño militante.

Lo que no se puede hacer, a mi entender, es invertir la polaridad y considerar que el anarquismo es, fundamentalmente, un movimiento antiautoritario que pretende la revolución. Porque ese antiautoritarismo mal entendido lleva a menudo a la parálisis en los momentos excepcionales. Y como decía Trotski (y que alguien me perdone si cito muchos marxistas) es en estos donde se demuestra la validez de una ideología: pues en tiempos de paz social todo el mundo puede decir lo que le apetezca. Y entiendo que si afirmo esto alguien podría decir: en poco o casi nada se diferencia tu anarquismo del marxismo. En primer lugar, diré que, personalmente, tampoco considero que la principal labor del anarquismo sea diferenciarse del marxismo, pero, de todos modos, si sigue habiendo importantes diferencias.

Por ejemplo, aunque parece que el grupo “Los Solidarios” (antecedente de “Nosotros”) llegó a defender la “Dictadura de los Sindicatos” y el “Ejército Revolucionario” (este último aspecto al igual que el guerrillero anarquista campesino ucraniano Néstor Makhno) nunca fue un grupo formado por la “intelligentsia” pequeño burguesa, desplazada al campo proletario, sino un grupo formado por los mismos proletarios. Y esto es muy importante. Tampoco la “Dictadura de los Sindicatos” es comparable a la “Dictadura del Partido” al convertirse esta última, más fácilmente, en un nido de arribistas y oportunistas a los que no se exige ser trabajadores para formar parte de la organización.

Más allá de que, como nos recordaba incluso Étienne Balibar (teórico marxista francés apartado del Partido Comunista) la “Dictadura del Proletariado” no es, necesariamente, la dictadura política de un partido, en concreto, sino la hegemonía social de la clase trabajadora (de la misma manera que la “Dictadura de la Burguesía” no es, necesariamente, la dictadura política de un partido burgués en concreto sino la hegemonía social de la burguesía como clase). En fin, aunque no estuve muy de acuerdo con Jean Marc Roullian en l’Harmonia cuando hizo extensivos sus llamados a la unidad con el marxismo-leninismo (a no ser que se refiriera, simplemente, a la unidad de acción en la calle) si estuve de acuerdo en su enfoque de limar asperezas entre el anarquismo y el marxismo autónomo o consejista. A mi personalmente, y siempre teniendo en cuenta que me refiero solo a estos últimos, es más lo que me une que lo que me separa.


Alma apátrida
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Sindicato Sindicat