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¿Por qué las vanguardias temen a los dragones?
06 set 2022
El siguiente artículo forma parte del libro “Desatarse. Textos contra la domesticación” que editó la Biblioteca Social Contrabando hace un tiempo.
En un contexto de auge del autoritarismo, tanto de derechas como de izquierdas, tanto parlamentario como extraparlamentario, parece necesario revisar las causas y los efectos de la lógica vanguardista. Entender lo que ocurre para intervenir de la mejor manera, para profundizar en proyectos de base, horizontales y lo mas autónomos posible respecto a las lógicas institucionales, patriarcales y mercantiles.

En los años 90 del pasado siglo, con la caída del Capitalismo Soviético, parecía que la figura de la vanguardia heróica encargada de guiar al pueblo hacia la revolución, iba a entrar en decadencia. En gran parte fue así, entre la juventud se hizo una crítica constante de las vanguardias políticas tradicionales, a las que se veía como arrogantes y parasitarias. Sin embargo, la pacificación social, la falta de referentes y la inexperiencia, llevaron a gran parte de esta juventud a refugiarse en un gueto político autorreferencial, que salvo en algunos campos (insumisión, okupación, antifascismo…) seguía siendo dependiente de aquellas organizaciones residuales del vanguardismo clásico. Esas organizaciones, por su parte, estaban evolucionando del obrerismo leninista hacia un ciudadanismo socialdemócrata.

Tras la catársis demócrata del 15M y la llegada al poder municipal, y luego nacional, de las iniciativas electorales surgidas de esa movilización, el impulso del ciudadanismo socialdemócrata parece que está perdiendo fuerza. El desencanto con la nueva política ha hecho que desde algunos entornos, principalmente universitarios pero no solo, se hable de retomar modelo clásico de vanguardia política. En los movimientos en defensa de la vivienda, del territorio y en algunas otras luchas se empieza a notar también los efectos de estos debates.

A raíz de esto, surgen varias cuestiones. ¿Por qué vuelven siempre las tendencias vanguardistas? ¿Qué las vincula con el culto a los héroes? ¿Y con la lógica del Capitalismo? ¿Es el vanguardismo político una forma de domesticación de las luchas? ¿Reproduce el vanguardismo la división de clases dentro de los movimientos de protesta? La intención del texto no es responder a todos estos interrogantes, sino mas bien empezar a hablar de aquello que no se habla. Poner encima de la mesa el debate sobre el vanguardismo político, para poder reconocerlo y tratar de superarlo.

1. El héroe y la vanguardia

El héroe es un modelo ideal, un ejemplo, un referente a imitar y con el que identificarse. Aunque hay muchos tipos, el predominante suele ser miedoso, el miedo en sus distintas formas es lo que mueve al héroe a hacer lo que hace, sus temores son su motor. El héroe es un ser miedoso, que teme el desorden y por eso trata de poner orden en el caos, le asusta lo desconocido, y por eso proyecta sobre lo extraño aquello que rechaza de si mismo; le espanta afrontar sus miedos, y por eso siempre huye hacia adelante; le aterroriza aceptar que es un ser con límites, mortal, y por eso se convierte, aun sin quererlo, en un enemigo de la vida. El héroe tiende a buscar desesperadamente seguridad y orden. Para conseguirlos puede apropiarse de lo que es colectivo, explotar a quien haga falta o enfrentarse a quien suponga un obstáculo para sus planes. El héroe suele identificar su seguridad con conseguir Poder, y el orden con imponer sus criterios.

Las leyendas, como la historia, las suelen escribir los sectores dominantes. El héroe ha sido habitualmente uno de los instrumentos de las élites para imponer su cultura, sus valores y sus hábitos a la población dominada. La figuras heroicas, a cambio, tienden a legitimar a quienes ostentan el Poder, y marcan los límites de lo aceptable y lo razonable en una sociedad. La línea que traza el héroe también identifica aquello que no es aceptable, y debe ser aislado o eliminado. En los relatos heroicos la colectividad tiene un papel marginal, y las protagonistas habituales son las distintas facciones de la élite que luchan por el Poder. El héroe suele representar a quienes ejercen directamente el Poder, aunque algunas veces sea el emblema de otro sector de la élite, que aspira a sustituir al que ostenta el mando. La épica heroica esconde, entrelineas, historias de disidencia y resistencia frente al Poder.

El héroe se ve a si mismo como un acumulador de virtudes. En esto se parece a algunas personas que por estar implicadas en algo social o político, se creen superiores al resto de la población. El vanguardismo político es la expresión organizada de este sentimiento de superioridad moral o intelectual. Esta forma de percibirse como superior a los demás, suele darse de forma mas acentuada entre quienes, por su posición social, forman parte de sectores con cierto poder. El segmento de profesionales socioculturales, gestores y mediadores en general, que trabaja en la industria cultural, la educación, la salud, los servicios sociales, los medios de comunicación o la ciencia, además de quienes ejercen como gerentes de la distribución comercial o como especialistas en las nuevas tecnologías, suelen percibirse también como acumuladores de virtudes. Hay mucha variedad dentro de estos ámbitos laborales, sin embargo una gran parte de ellos constituye (o aspira a formar parte de) la nueva clase media ilustrada. Las funciones principales de estos sectores laborales son asegurar la reproducción de las relaciones sociales capitalistas, y racionalizar el modelo social capitalista para garantizar su perpetuación. Por eso, si se implican en movimientos o luchas, las personas empleadas en estos ámbitos tienden a desconfiar de la capacidad de auto-organización y auto-gestión de quiénes no forman parte de su entorno, tienden a menudo al vanguardismo político.

2. El vanguardismo político

El término vanguardia viene del francés y tiene orígenes militares. A finales del siglo XIX y principios del XX se empezó a usar para referirse a algunas tendencias culturales y a determinadas prácticas políticas. La socialdemocracia, la mayor parte de entornos comunistas y algunos sectores anarquistas, se han reivindicado en distintas épocas como vanguardias políticas. La crítica teórica y práctica al vanguardismo político tiene también una trayectoria larga, y son expresión de ella los sóviets pre-bolcheviques, los consejos de la revolución alemana de 1918, las colectividades y los comités de barrio en la revolución española de 1936, los comités estudiantiles y obreros del 68 francés, las expresiones de la autonomía obrera durante la llamada Transición española, las luchas contra el desarrollismo (TAV, ZAD, MAT…), algunos sectores de la lucha feminista, etc. En general, en toda lucha se suele dar una tensión entre sectores vanguardistas, y otros que defienden la autonomía de las luchas y movimientos.

El vanguardismo político es una filtración de la ideología capitalista y del principio de autoridad estatal, en los movimientos de protesta; es la reivindicación atrapada en la cultura de la clase dominante. Por eso, las principales características del vanguardismo tienen influencias del mundo empresarial, militar y académico.

2.1. Influencias empresariales

El fetichismo de la organización

El vanguardismo institucionaliza la división de tareas, replicando la verticalización empresarial y la lógica del Capital. La cúpula, o grupo de participantes centrales, concentra mucha información, conocimientos técnicos-políticos-organizativos, diseña planes y como llevarlos adelante. La base hace tareas rutinarias, propaganda, delega decisiones, se deja llevar por inercias y tiende a hundirse en la pereza intelectual.

La transformación social, desde la perspectiva vanguardista, se ve como algo técnico y organizativo en manos de especialistas, por eso la organización vanguardista trata de imitar a una máquina empresarial. Pero la trasformación social es muy poco mecánica, es más un cambio en las formas de relación social, empezando por las propias.

En la lógica vanguardista se suele promover el culto a la organización, este es un mecanismo que limita la crítica y la disidencia interna, a la que se percibe muchas veces como una forma de traición. Puede aparecer también cierta competitividad tóxica con otras organizaciones similares, como entre empresas por un nicho de mercado, pero en este caso se compite por la imagen pública. Sin embargo, muchas movilizaciones importantes no tienen ninguna marca definida detrás, por ejemplo las recientes protestas de pensionistas.

La separación entre política y economía

Según la lógica vanguardista, las organizaciones sociales deben estar organizadas en un nivel inferior a la vanguardia, y actuarán como correa de trasmisión de esta, trasladando las decisiones de la cúpula a lo social. Lo económico debe subordinarse a lo político. Las organizaciones sociales deben concentrarse en su especialidad: laboral, de vivienda, etc. sin pretender aspirar a una perspectiva o una práctica integral, que queda reservada para la vanguardia. Esta dinámica reproduce la división de tareas entre la clase gestora y la clase trabajadora, la fragmentación laboral y la falsa separación entre el Estado y el Capital, es una lógica tan difundida por los medios que a veces se percibe como algo natural sin serlo.

La instrumentalización

El vanguardismo niega la capacidad de la base, y de la población en general, para pensar, decidir y actuar por si misma y en contra de las dinámicas del Capital. Según esta perspectiva, la base necesita la intervención externa de una cúpula u organización política (de cuadros o líderes) para hacerse consciente. Por eso las organizaciones vanguardistas suelen tratar de instrumentalizar a la base, a las coordinadoras y a las luchas, en función de sus propios objetivos. Las vanguardias perciben a éstas como un objeto sobre el que intervenir, se habla de masa amorfa que necesita modelaje externo, de desorganización que debe ser ordenada, de ineficacia pendiente de ajustar con disciplina y comisiones, de falta de conciencia que necesita recibir formación.

En la organización vanguardista, la actividad especializada de la cúpula político-técnica suele estar impulsada por el voluntarismo, y lleva a actuar hacia el exterior, hacia la base o población. El centro de la actividad de la vanguardia es la población implicada en luchas, no las luchas en si mismas. Pero una lucha, para ser transformadora debe ir ligada a la propia vida y a las propias necesidades colectivas, y debe fomentar la autonomía de pensamiento y acción de la población dominada. Sino, a la larga, deriva en pasividad y cinismo, o en intelectualismo alejado de la práctica, o en algún tipo de profesionalización de la actividad política, con los problemas de corporativismo que esto trae.

La homogeneización

La lógica vanguardista tiende a reproducir modelos organizativos concretos y dinámicas predeterminadas, como si se tratara de poner en marcha franquicias. Se trata, habitualmente, de crear sucursales que sigan las consignas de la vanguardia, sin importar demasiado si se adaptan al contexto social del sitio o no. Con estos modelos se fomenta un monocultivo esterilizante, que debilita la diversidad de iniciativas y su autonomía. Así se obstruye la experimentación y la vitalidad de las dinámicas colectivas. En cambio, muchas movilizaciones potentes basan su fuerza en la diversidad o incluso hacen bandera de ella, como las movilizaciones recientes del feminismo.

2.2. Influencias militares

Los planes y programas

El vanguardismo político tiene como prioridad la elaboración de programas de actuación. La función principal de éstos planes suele ser la de ocultar o justificar la dominación político-técnica de la cúpula sobre la base y sobre la población en general. Estos planes suelen consistir en una teoría separada de lo real, que degenera en ideología, y en una práctica separada del pensamiento, que degenera en propaganda y en activismo repetitivo. Pero la conciencia real surge de la praxis, o sea de la experimentación prueba-error.

Cuando los hechos no se ajustan a los planes elaborados por la cúpula, se suele retocar el relato de lo ocurrido, para adaptarlo convenientemente al plan inicial. Hay un reajuste narrativo que tiende a reafirmar el mantra: vamos por el buen camino.

La separación entre sujeto y objeto

La vanguardia se suele identificar como el sujeto activo, y asigna a la base o la población el papel de objeto de la acción. Además suele fomentarse la centralización de los organismos de coordinación y de información, y se tiende a liberar a estos órganos del control de la base, reforzando la verticalización de la organización. En resumen, la cúpula toma las decisiones, mientras la base se mantiene atareada con tareas rutinarias o subalternas. Esta jerarquización organizativa reproduce la lógica de la dominación capitalista y la fomenta en entornos disidentes.

El eficientismo

La eficacia en la lógica vanguardista, se refiere sobretodo a los métodos empleados, al hacer. No está relacionada con el contenido de lo que se hace, ni con el sentido o la coherencia que pueda tener para transformar las relaciones sociales. Pero por medios alienantes, solo se suelen conseguir resultados alienantes. Además, el criterio de lo que es eficaz lo define la cúpula, normalmente conforme a la ideología dominante. Esta eficacia se suele referir a lo operativo, a lo táctico. Los planes y la estrategia se suelen subordinar a este nivel táctico, por eso los objetivos a largo plazo (la transformación de las relaciones sociales) y a medio-corto plazo (crecer como organización) suelen permanecer muy separados, y con poca conexión entre sí.

Este eficientismo tiende a obstaculizar la imaginación, la autocrítica y el aprendizaje colectivo. En base a esta idea de eficacia, se dejan en segundo plano los impulsos hacia la autonomía respecto a las instituciones estatales y la lógica capitalista, y también los esfuerzos por transformar las formas de relación y por potenciar la autogestión de las luchas.

2.3. Influencias profesorales

La ideología realista y científica

La teoría vanguardista de las organizaciones suele reproducir la ideología y la cultura de la clase dominante, basada en la competitividad, razón instrumental, la fragmentación de lo real, etc. Esta forma de ver el mundo que se anuncia como realista, oculta en cambio los prejuicios, mitos e idealizaciones propios de la élite. Por ejemplo, el vanguardismo percibe al Estado, y sus instituciones, como un ente relativamente neutral sobre el que se puede influir. Esta visión del Estado es idealista, porque no responde ni a hechos históricos, ni a comprobaciones estructurales o funcionales, pero sigue siendo presentada por las vanguardias como realista.

Esta teoría se emite desde la cúpula de forma unidireccional, por eso tiende a estancarse y convertirse en ideología. Su función principal no es conocer ni aprender acerca de lo real, sino justificar la dominación de la cúpula sobre la base o población.

3. El capital político

Las vanguardias políticas necesitan conseguir popularidad, ser representativas y tener capacidad de movilización. Necesitan lo que algunos especialistas han llamado capital político, o sea una forma de crédito simbólico que les permite intervenir en nombre de una parte de la población. Las vanguardias políticas dependen de este recurso para sostenerse, sin él entran rápidamente en decadencia, y desaparecen.

El problema es que la representatividad que necesitan las vanguardias, implica un proceso de sustitución de la comunidad, una forma de suplantación. Su capacidad de representación es inversamente proporcional a la capacidad de autodeterminación de una comunidad: cuanto mas fuerte es una, mas débil es la otra, y viceversa. La dinámica vanguardista de actuar en nombre de un sector de población, introduce la lógica de la democracia representativa en el ámbito de la protesta, por eso puede generar tensiones entre la vanguardia y la comunidad a la que pretende representar.

La dependencia que tienen las vanguardias respecto del llamado capital político, hace que a menudo mantengan una actitud ambigua y contradictoria respecto a su población de referencia. En general, las vanguardias tratan de seducir a su público para ganar influencia, para ello tienden a reproducir las técnicas típicas del mercado para vender productos (marketing político, imagen corporativa, presencia en medios de comunicación, etc.). El proceso de seducción de las vanguardias acompaña a toda su existencia, y trata de afianzarse por medio de actos y declaraciones con fuerte contenido simbólico.

Sin embargo, hay situaciones en las que una parte de la comunidad manifiesta su voluntad de representarse a si misma, de reafirmar su autonomía respecto a las instituciones, el Capital y, también, las vanguardias políticas. Este deseo de autodeterminación colectivo supone una amenaza para la existencia de las vanguardias, porque si la comunidad puede hacerse consciente de su propia situación, y actuar en consecuencia ¿cuál es el papel de la vanguardia?

Por esta razón las vanguardias suelen percibir las tendencias hacia la autonomía de las luchas y movimientos como una amenaza, y actúan en consecuencia. El ciclo de la seducción deja paso entonces al del enfrentamiento, visible o disimulado, con los sectores que reivindican su autonomía. Las técnicas para tratar de limitar la autodeterminación de una comunidad de lucha tienen una larga tradición entre las vanguardias, y son una réplica a escala de las técnicas estatales de control social. A menudo, usan los mismos términos que las élites dominantes para referirse a los sectores que no siguen sus consignas: inmadurez, incompetencia, desorganización, irracionalidad, salvajismo, etc. La capacidad de estigmatización de las vanguardias hacia los sectores disidentes, depende de la relación de fuerzas que exista en cada momento entre unas y otros.

La dependencia que mantienen las vanguardias con respecto a su población de referencia, hace que puedan idealizarla y temerla al mismo tiempo. Los procesos de seducción que despliegan buscan amoldarla a sus necesidades, y someterla a sus consignas. Cuando la población decide constituirse a si misma, siguiendo sus propios deseos y necesidades, sin atender a las consignas de las vanguardias políticas, éstas se sienten amenazadas y reaccionan a la defensiva. Su objetivo prioritario pasa entonces a ser la domesticación de la comunidad de lucha y la eliminación de sus aspectos salvajes, es decir, la anulación de su autonomía.

4. La cultura de resistencia

La cultura la conforman el conjunto de saberes, valores, hábitos y prácticas que determinan como se relacionan las personas entre si, y con las estructuras sociales. Uno de los objetivos principales de las vanguardias suele ser transformar la cultura, para influir sobre la población. Para tratar de transformar la cultura a veces recurren a apropiarse de aspectos de la cultura de resistencia, la cultura de la población dominada. La cultura de resistencia es un tipo de cultura concreto, es la expresión y la herramienta de los dominados, para constituirse como colectividad autónoma respecto de los dominadores. La cultura de resistencia son aquellos saberes, valores, hábitos y prácticas, que sirven a la población oprimida para reforzar sus vínculos y resistir a la dominación. Este tipo de cultura implica cierto grado de autonomía de los dominados, y una conflictividad, latente o visible, respecto a los sectores dominantes y su cultura.

La cultura de resistencia se genera al margen de las élites, en encuentros de la población dominada que ayudan a tejer lazos colectivos y aportan cierto anonimato. Cuando en estos encuentros emerge un discurso propio, se refuerza la identidad colectiva enfrentada a la de las élites. La cultura de resistencia implica la negación de la cultura dominante, o de una parte importante de ella, y puede adoptar la forma de un discurso propio, unas actividades que beneficien al grupo o acciones contra los sectores dominantes. Este tipo de cultura surge en entornos en los que hay gestos de compañerismo, actos de solidaridad y ciertas complicidades. Es habitual que arraigue con fuerza cuando se dispone de tiempos y espacios propios, al margen del Poder, en los que se puedan fomentar prácticas de autodefensa material y simbólica, frente a las agresiones de las élites. Su existencia revela algún grado de conflictividad, que los medios de comunicación tienden a ocultar o desvirtuar.

Las luchas contra la dominación y la cultura de resistencia, se necesitan y se refuerzan mutuamente. La cultura de resistencia se expresa habitualmente en formas indirectas de presión, que tratan de minimizar los riesgos que implicaría la confrontación directa, disimulándola por medio de la astucia. Estas formas de presión, tratan de aprovechar las debilidades de las estructuras de control y de la moral dominante para conseguir ventajas. Las dinámicas que promueve la cultura de resistencia, producen grietas en el consenso y en la naturalización de las relaciones de poder, y además ponen en cuestión la normalización de la desigualdad. Solo cuando estas formas de presión indirectas fallan o se muestran insuficientes, se suele pasar al desafío directo, a la lucha pública.

Algunas prácticas impulsadas por la cultura de resistencia consisten en ligeras desobediencias a la norma y pequeñas ilegalidades, extendidas entre la población dominada, y a menudo acompañadas de un discurso propio que las defiende. Los impagos a la administración, bancos o caseros, el absentismo laboral, los pequeños hurtos, las desobediencias sutiles, los chistes o críticas referidas a los jefes, etc. forman parte de una serie infinita de prácticas que fertilizan el terreno de la cultura de resistencia. Las luchas públicas y visibles que consiguen arraigar entre la población dominada, necesitan de este abono para germinar. Estas luchas suelen ser la punta del iceberg de toda una serie de dinámicas menos visibles, que conforman la cultura de resistencia.

La cultura de resistencia es la fuente que revitaliza los vínculos comunitarios de solidaridad, y también la que sostiene la dignidad de quienes, siendo conscientes de su situación de sometimiento, defienden su dignidad. Es, también, el mayor tesoro de la población dominada, porque contiene las claves para enfrentarse a la opresión y a la explotación. A veces, ante agresiones especialmente escandalosas, o en situaciones en que la resistencia se muestra insuficiente, emergen de forma espontánea movimientos, luchas o revueltas.

El término espontáneo viene del latín spontaneus, que significaba: voluntario, por propia decisión y sin ser obligado. Cuando se dice que una lucha o revuelta surge espontáneamente, normalmente lo que se quiere decir es que no se conoce a fondo el entorno, o el contexto, en el que surgió. Esto acostumbra a pasar cuando solo se presta atención a las manifestaciones públicas de protesta, o a la actividad de asociaciones y organizaciones formales. Se tiende a calificar de espontáneo aquello de lo que se desconocen los procesos internos, normalmente lentos y de naturaleza variada. Estos procesos pueden acabar transformando, de forma brusca y visible, una situación aparentemente estática. Las luchas o revueltas espontáneas no surgen de la nada, son la parte visible de la cultura de resistencia, que por su propia seguridad y supervivencia se suele mantener en un plano discreto.

Es frecuente que la lógica vanguardista tienda a sentirse amenazada por las acciones y protestas espontaneas, porque ponen en cuestión su papel real en la transformación social, por eso acostumbra a reaccionar a la defensiva ante estas iniciativas. En las vanguardias suele haber cierto temor a que los sectores dominados no necesiten de influencias externas para tomar conciencia de su situación, y a que actúen de forma autónoma en defensa de sus intereses. La espontaneidad no es lo contrario de la organización, sino de la lógica vanguardista.

Las dinámicas vanguardistas tienden a centralizar en un grupo reducido de personas, el protagonismo de las transformaciones sociales. Desde esa perspectiva se suele ver a la población dominada como objeto de la acción, como condiciones objetivas, en vez de como protagonistas de su propia liberación. Las vanguardias políticas tienden a actuar como mediadoras entre la cultura de resistencia y la cultura dominante, interviniendo en función de sus propios objetivos. En la mayor parte de los casos, esta actuación contribuye a la captación de algunos aspectos de la cultura de resistencia, y a su integración en la cultura dominante, diluyendo su contenido.

El vanguardismo político se suele ver a si mismo como la parte consciente, realista y socialista de la sociedad. En contraste, tiende a ver al resto de la población como masas atrapadas en la falsa conciencia y prisioneras de la mentalidad burguesa. La lógica vanguardista defiende que sin su intervención, la población dominada tiende a caer en valores y dinámicas capitalistas. En realidad esta actitud parece una proyección en otros de sus propias tendencias: la lógica vanguardista es un producto típico de la cultura dominante, la cultura capitalista.

5. La comunidad de lucha

En el transcurso de las luchas, a menudo, se tejen vínculos basados en el apoyo mútuo y la cooperación entre personas diversas. Estos lazos se fortalecen cuando hay un deseo de aprendizaje colectivo, y un ansia por conectar la lucha por los medios para el sostenimiento de la vida (o sea la economía) con la autodeterminación colectiva (lo político). El impulso hacia la autodeterminación colectiva, entendida esta como la recuperación para la comunidad de la capacidad de decisión y conducción del propio destino, contiene en si mismo una crítica de la representación vanguardista. Estas dinámicas auto-constituyentes suelen incluir formas cotidianas de resistencia y subsistencia, que además ayudan a transformar las relaciones sociales, económicas y políticas de quienes participan en esa lucha.

La autodeterminación colectiva se fortalece cuando hay capacidad de decisión autónoma, respecto de la Administración, del Mercado y de las vanguardias. También se reafirma cuando dispone de espacios y tiempos para poder poner límites a las agresiones del Capital y las instituciones, para ampliar la capacidad de satisfacer necesidades, y para desplegar los deseos colectivos. Cuando se dan estas circunstancias es posible que surja el deseo de dirigir la propia lucha como un experimento de gestión anticapitalista. Al hacer esto, el objetivo pasa a formar parte del medio para conseguirlo. Esto se hace visible sobretodo en los vínculos que se establecen entre las personas que participan en la lucha, que ensayan formas de relación anticapitalistas, y son una especie de tesoro comunitario que puede servir de inspiración a otras personas.

Las relaciones que se establecen en las luchas, tienden a ir más allá del cálculo económico privado y de la voluntad de poder, es decir de la lógica capitalista. Con su mera aparición cuestionan el supuesto realismo capitalista y su filosofía egoísta. Por eso son una experiencia de apertura transformadora, una afirmación de la vida en contra del miserabilismo competitivo. Estos modos de relación estimulan la imaginación y abren la posibilidad de reconectar el mundo interior con el exterior, y lo individual con lo colectivo. Por todo ello son una forma de riqueza colectiva que nos permite llevar vidas más dignas, con un sentido más profundo, y sobre la base de relaciones más sanas. Son una forma de riqueza colectiva tambien porque desenmascaran el carácter miserable del Capitalismo y de las formas de relación que este fomenta, y permiten la sanación de algunas heridas provocadas por el modelo social imperante.

Estas formas de relación interrumpen, aunque sea parcial y fugazmente, la alienación individual y suponen un destello, un soplo de aire fresco que permite asomarse mas allá de la lógica capitalista. La perspectiva mas allá de esta lógica capitalista, aunque sea temporal, puede desestabilizar y subvertir la cotidianidad. Tiene la capacidad para despertar fuerzas latentes, no domesticadas y deseos de transformación colectiva. El héroe y la vanguardia, en cambio, necesitan seguridad y control, por eso cuando las luchas escapan a su supervisión las perciben como una amenaza. En el caso del héroe, proyecta sus miedos en la figura del dragón, un monstruo mezcla de serpiente, león, águila, murciélago… En el caso de la vanguardia, tiende a acusar a los movimientos que no controla de rabiosos, salvajes, incontrolados o infiltrados. La tendencia natural del héroe es la de tratar de dominar al dragón, y si esto no es posible intentar acabar con él, esto le permite convertirse en heredero del Poder. La tendencia natural de las vanguardias es la de tratar de controlar las luchas y movimientos, y si no lo consiguen, suelen tratar de fragmentarlas, desactivando su potencial. Esto fortalece su posición como mediadoras y representantes de un sector de la población, ante los medios de comunicación.

La palabra dragón viene del griego (drakon) y está relacionada con el acto de mirar (drakein) y con el de ver claramente (derkomai). A veces, en el transcurso de las luchas, y de las relaciones que se establecen en ellas, somos capaces de ver mas allá de la lógica capitalista. Esta imagen, aunque sea breve, tiende a anidar en nuestro interior como una prueba de que las formas de relación capitalista son miserables, y sustituibles por otras mas sanas. Las vanguardias temen a las comunidades de lucha como los heroes a los dragones, porque:

saben que su verdad desafía, incluso amenaza todo lo falso, todo lo que es fingido, innecesario y trivial en la vida que se han dejado imponer. Le temen a los dragones, porque le temen a la libertad. U. K. Le Guin


Biblioteca Social Contrabando, agosto de 2021


Bibliografía

- El miedo como uno de los ejes de la construcción social de los héroes – Gómez, David
- Horizontes comunitario-populares – Gutiérrez, Raquel (2017)
- Héroes. Los grandes personajes del imaginario de nuestra literatura – Meyer, Bruce (2008)
- Socialismo salvaje – Reeve, Charles (2020)
- Crítica a la izquierda autoritaria en Cataluña (1967-1974) – Sala, Antonio y Duran, Eduardo (1975)
- Los dominados y el arte de la resistencia – Scott, James C. (2003)
- La sociedad implosiva – Vela, Corsino (2015)
- Revista Melusine n.º 20 (2000)
Mira també:
https://ateneullibertaricabanyal.wordpress.com/

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