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Pasaporte sanitario: temible herramienta de vigilancia
02 feb 2022
El pasaporte sanitario es sin lugar a duda un "peligro autoritario" al que nos tenemos que enfrentar ahora. En primer lugar, este nuevo dispositivo de control y vigilancia supone tolerar y banalizar estos dispositivos que invaden nuestra privacidad. Con el pasaporte sanitario se está dejando la puerta abierta a un cambio hacia una sociedad en la que estos controles se convertirían en la norma y no en la excepción.

Ya son muchos los dispositivos invasores de la privacidad contra cuya generalización ciertos colectivos llevan años luchando: escuchas telefónicas, fichajes, cámaras, drones, geolocalización, programas espía , etc. Para entender y prevenir los peligros que entraña el pasaporte sanitario, es necesario situarlo precisamente en este ecosistema. Algunas herramientas de vigilancia son más o menos fáciles de desplegar, a mayor o menor escala, de forma más o menos visible y con consecuencias muy variables. Si entendemos el movimiento tecnológico y las herramientas preexistentes sobre las que se ha construido el pasaporte sanitario, podremos luchar más eficazmente contra la normalización del tipo de vigilancia que permite.

Controlar par excluir

En general, la acción que permite el pasaporte sanitario es excluir de determinados trabajos, transportes y lugares a las personas cuya situación difiere de ciertos criterios establecidos por el Estado.

Formulado de esta manera, no hay nada nuevo en este modo de regulación. Así es como el Estado español trata a los extranjeros: el acceso al transporte hacia el territorio nacional, y luego el acceso a la residencia y al empleo en dicho territorio, sólo se permite si la situación de los extranjeros se ajusta a los criterios establecidos por el Estado: situación personal familiar y económica, país de origen, edad, etc. El cumplimiento de los criterios se comprueba previamente y se refleja en la entrega de un documento: visado, permiso de residencia, etc. Entonces la policía sólo tiene que comprobar la posesión de estos documentos para controlar la situación de las personas, y luego abrir o cerrar los accesos correspondientes. Al amenazar con excluir del territorio o del empleo a las personas que no tienen el título adecuado, el Estado despliega una fuerte represión: las consecuencias para los excluidos son especialmente disuasorias.

Sin embargo, hasta hace poco, este tipo de aplicación tenía importantes limitaciones prácticas: los documentos sólo podían expedirse con un plazo y un coste determinados, había que desplegar muchos agentes de policía para comprobarlos, y algunos policías incluso tenían que recibir formación específica para comprobar su autenticidad. Estas limitaciones pueden explicar en parte por qué este tipo de represión se ha centrado hasta ahora en casos concretos, como el control de los extranjeros, sin desplegarse sistemáticamente para hacer frente a cualquier situación que el Estado desee regular.

El pasaporte sanitario es la traducción de los avances técnicos que podrían eliminar estos antiguos límites y permitir que esta forma de represión se aplique a la totalidad de la población, para una gran variedad de lugares y actividades.

Paso a la escala tecnológica

En la última década, la mayoría de la población española (el 96,4% de los hogares en 2020) ha adquirido un smartphone con cámara y capacidad para leer códigos de barras 2D, como los códigos QR. Al mismo tiempo, la administración se adueñó ampliamente de los códigos de barras 2D y la criptografía para asegurar los documentos que emite: avisos fiscales, tarjetas de identidad electrónicas, etc. El código 2D hace que el coste y la velocidad de escritura y lectura de la información en un soporte de papel o digital sean casi nulos, y la criptografía garantiza la integridad y autenticidad de esta información, es decir, verifica que no ha sido alterada y que ha sido producida por la autoridad correspondiente.

Aunque estos desarrollos no son especialmente impresionantes en sí mismos, su concomitancia hace posible hoy cosas que eran impensables hace unos años. En particular, permite confiar a decenas de miles de personas no formadas y no remuneradas por el Estado, sino simplemente equipadas con un smartphone, la tarea de controlar a toda la población a la entrada de innumerables lugares públicos, y ello con un coste extremadamente bajo para el Estado, ya que la mayor parte de la infraestructura –los teléfonos– ya ha sido financiada de forma privada por las personas encargadas del control.

Ahora, de repente, el Estado dispone de los medios materiales para regular el espacio público en proporciones casi totales, y todo como consecuencia de que las masas han adquirido de control sin rechistar , incluso por "voluntad propia".

Un ladrillo más al edificio de la Tecnopolicía

La supuesta "crisis sanitaria" ha facilitado sin duda esta evolución, pero no hay que exagerar su papel. El dramático aumento de los poderes del Estado forma parte de un movimiento general que lleva varios años en marcha, que no ha esperado al coronavirus, y que lleva el nombre de "Tecnopolicía". Se trata del despliegue de nuevas tecnologías destinadas a transformar el territorio y capaces de regular todo el espacio público.

La Tecnopolicía es la expresión de los desarrollos tecnológicos que, como hemos visto con el caso del pasaporte sanitario, han permitido expandir completamente formas de regulación que, hasta entonces, estaban más o menos enfocadas a determinados colectivos.

Todas las limitaciones técnicas que impedía un control de masas han volado en pedazos. El reconocimiento facial hace casi trivial la identificación de personas grabadas por cámaras. El análisis automatizado de imágenes permite la detección continua de todos los acontecimientos definidos como "anormales": mendigar, estar demasiado estático, correr, formar un grupo grande de personas, pintar una pared, etc. Ya no es necesario colocar un agente detrás de cada cámara para tener una visión completa. Ya sea el pasaporte sanitario o el análisis automatizado de imágenes, en ambos casos la tecnología ha permitido transformar unas técnicas limitadas en herramientas de control masivo del espacio público.

Control permanente de los cuerpos

Ya sea el pasaporte sanitario o la detección automática de comportamientos "anormales", estos sistemas no requieren necesariamente un control de identidad. Al programa de imagenología que informa de nuestros comportamientos "anormales" no le importa nuestro nombre. Del mismo modo, en teoría, el pasaporte sanitario también podría funcionar sin contener nuestro nombre –lo que proponen ahora algunas empresas, basándose no en el nombre sino en la cara. En estas situaciones, lo único que le importa al Estado es dirigir nuestros cuerpos en el espacio para empujar a los márgenes a aquellos que –con el nombre que sea– no se conforman con sus exigencias.

Este control de los cuerpos es continuo y a todos los niveles. En primer lugar, detecta los cuerpos considerados "anormales", ya sea por su comportamiento, su aspecto, su rostro, su estado de vacunación, su edad, etc. En segundo lugar, coacciona a los cuerpos y los excluye de la sociedad, ya sea mediante la fuerza policial armada o la prohibición de accesos. Por último, habita los cuerpos y las mentes haciéndonos interiorizar las normas dictadas por el Estado y empujando a las personas que no se someten a ellas a la autoexclusión. Todo ello a escala de toda la población.

Una adaptación injustificada

La adopción masiva del pasaporte sanitario tiene el efecto de acostumbrar a la población a someterse a este control masivo, un control que forma parte de la batalla cultural más amplia ya iniciada por el Estado, especialmente en torno a las cámaras. Este acostumbramiento facilita al Estado su conquista total del espacio público, como ya ha comenzado con la Tecnopolicía.

Sin embargo, paradójicamente, en su formato actual, el pasaporte sanitario no parece ser en sí mismo una herramienta reguladora muy eficaz, y ciertas comunidades ya lo han retirado o están anunciando que lo harán, ya sea por su ineficacia para controlar el supuesto contagio o bien debido a la circulación de falsos pasaportes o al intercambio de los mismos. Aunque la policía tiene la intención de realizar controles de identidad para luchar contra estos intercambios, si la eficacia del sistema se basa en última instancia en los controles policiales aleatorios, no era necesario desplegar mecanismos de vigilancia masiva para ir más allá de lo que ya se hace en este ámbito.

Desgraciadamente, podríamos estar en la hipótesis contraria: la ineficacia del pasaporte sanitario podría servir de pretexto para mejorarlo, en particular permitiendo a los controladores no policiales detectar los intercambios y falsificaciones de pasaportes. De hecho, algunos ya proponen un nuevo sistema que muestre los rostros de las personas controladas. Este desarrollo ofrecería la versión plenamente desarrollada y eficaz del sistema de control de masas soñado por la Tecnopolicía, y la policía apenas tendría que trabajar para controlar los pasaportes.

Conclusión

El pasaporte sanitario ilustra los desarrollos tecnológicos que permiten que un antiguo modo de represión pase de una escala relativamente pequeña a una escala casi total, que afecta a toda la población y al espacio público, para condenar al ostracismo a quienes no se someten a los mandatos del Estado.

Si, hoy en día, estos requerimientos son sólo de carácter sanitario, debemos temer de nuevo que este tipo de herramienta, una vez que se haya banalizado, se utilice para atender requerimientos que superen ampliamente este marco. Este temor es aún más grave en tanto que este proceso ya se ha iniciado en el seno de la Tecnopolicía, que ya está esbozando un modo de regulación social basado en la detección y la exclusión de todo individuo que se considere desviado o "anormal" a los ojos del Estado y de las empresas de seguridad, que definen conjuntamente las nuevas normas de comportamiento en la sociedad de forma opaca.

Una de las razones por las que el gobierno central o autonómico se permite imponer estas herramientas de detección y exclusión de personas que considera indeseables es que puede retomar, y a su vez revitalizar, las obsesiones que la extrema derecha ha conseguido establecer en el debate público en los últimos años para acosar, controlar y excluir a una determinada parte de la población.

La lucha contra los riesgos autoritarios del pasaporte sanitario sería inútil si no fuera acompañada de una lucha contra las ideas de extrema derecha que constituyeron el inicio de ese autoritarismo. No solo hay que luchar contra el pasaporte sanitario, sino también contra la extrema derecha y sus obsesiones, ya estén en la calle o en el gobierno.

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