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Notícies :: amèrica llatina
Elecciones en Argentina: autonomia y lucha de clases
15 set 2003
Anális de las últimas elecciones en Argentina, balance y perspectivas desde el movimiento autónomo. Un gran abrazo a los compañeros autónomos catalanes desde el Sur.
¿Septiembre Negro?:
elecciones, autonomía y lucha de clases:
más allá del árbol
âLa desobediencia civil representa la forma básica de la acción política de la multitudâ?
(Paolo Virno, 2000)

âEl capital no puede destruir a la clase obrera; la clase obrera puede destruir al capitalâ?
(Mario Tronti, 1964)

¿Septiembre negro? estabilización y hegemonía burguesa: indicios materialistas: hacer visible, decir con palabras claras, para hacerse entender, incluso con el riesgo de no interpretar bien, problemas y encrucijadas de por sí oscuras y opacas. Como señalábamos en anteriores Masa y Poder, septiembre era el mes clave para el nuevo proyecto hegemónico del Kapital. Una fracción del capital emparentada con la ecuación Petróleo+Soja (beneficiaria del âputschâ? de diciembre del 2001 a De la Rua), enfrentada a los sectores financieros y de servicios ganadores de la primera etapa del posfordismo. Los realineamientos del capital no siguen con una delgada línea roja las líneas azules de las fracciones enfrentadas de la Nueva Clase política. El movimiento no ha podido quebrar, por errores propios (no existe todavía un área de la autonomía organizada) y limitaciones de su propia juventud, la encrucijada planteada por la estabilización iniciada por Duhalde con el adelantamiento de las elecciones en el 2002. Se ha cerrado toda una gran etapa con lo que ello significa. Kirchner aprovechó los propios deseos y necesidades de salir de la crisis de las masas para canalizar el instinto constituyente en la maquinaria electoral. Pero, como un líquido evanescente, se desliza por cerrojos y candados, rebasa las nervaduras de la maquinaria gótica, esquiva el bombardeo mediático y el fetiche de la política. En este mes, se realizan comicios en 9 distritos, que en su conjunto representan tres cuartas partes del padrón electoral nacional. Más allá de los rendimientos de la izquierda partidaria y extraparlamentaria, esta cadena comicial marcará el nuevo mapa político burgués. La primera elección de septiembre, la de Santa Fe, produjo consecuencias políticas nacionales en la clase política. La figura de Reutemann, ha vuelto a ocupar un lugar importante como líder de la oposición burguesa, de la nueva contra elite del âCapital-Parlamentarismoâ?, al ser electo senador con el 57% de los votos. La centroizquierda con Binner (sin el apoyo de Kirchner), ganador nominal, cayó bajo la trampa de la ley de lemas. La prensa nos puede hablar de lo que quiera: lo cierto es que los santafesinos tuvieron la más alta abstención de su historia (1999: 81,9%; 2001: 75,2%; 2003: 73,81%) y un voto en blanco del 16%¡. Si se suma este sabotaje activo y pasivo a las cifras de la izquierda clásica, el panorama es potencialmente explosivo.

La provincia de Buenos Aires: el instinto de la multitud o la base está (el filósofo Veira): en una encuesta realizada a fines de noviembre del 2002 sólo el 53% de la población del GBA (Gran Buenos Aires) manifestaba que tenía la intención de hacer un voto positivo - por algún candidato- frente a la elección presidencial de 2003. Un 15% manifestaba enfáticamente que no iría a votar por repudio al sistema. El sondeo descubría que la intención de ignorar y abstenerse a ir a votar (la salida) tiende a ser mayor en los segmentos más populares y en cambio aumenta considerablemente la indecisión electoral en los segmentos más altos (la voz: se vota en blanco o se impugna, pero se cree en el sistema, sólo no gusta la oferta del mercado electoral). En otra encuesta de diciembre del 2002 dos de cada tres personas estaban de acuerdo con la idea de que âque se vayan todosâ?. El apoyo a esta idea esra sensiblemente más alto en los segmentos de menor nivel educativo y nivel socio-económico más bajo: era la nueva figura del trabajador posfordista. Pese a que el 66% estaba de acuerdo con âque se vayan todosâ?, el 61% tenía, paradójicamente, intención de voto definida por algún candidato. Es así como pensaban que deben irse todos, el 75% de quienes querían votar por Rodríguez Saá, el 58% por Menem y el 72% de quienes votarían por Carrió. La contradicción latente en el movimiento no era tal: simplemente se participaba con cinismo en los rituales del sistema y ya se prefiguraba una característica materialista de la multitud: su irrepresentabilidad en el estado de partidos del âCapital-Parlamentarismoâ?. Pero aparte este comportamiento era bifronte: tenía dos caras. Los viejos sectores de la clase media preferían una elección negativa, tendiendo a la participación, impugnando o votando en blanco, pero creyendo hasta el final en los valores del âCapital-Parlamentarismoâ?; es una resistencia que simplemente testimonia una profunda fidelidad al comando estatal. Por el otro, el movimiento del nuevo trabajador precario era radicalmente de sabotaje: su instinto era el éxodo radical. La elección de la provincia de Buenos Aires con la reelección de Solá, determinará el peso que mantendrá Duhalde en la política nacional. Si el PJ logra 20 de los 35 diputados nacionales que están en juego, habría obtenido el mejor resultado de los últimos 20 años en su provincia, además de asegurarse un núcleo de legisladores que le darán un rol decisivo en la Cámara de Diputados. En los noventa, con el liderazgo de Duhalde y su elaborada red clientelística, el PJ mantiene una diferencia de más de veinte puntos sobre el segundo. En 1991 triunfa con el 41,9%, quedando segunda la UCR con el 21,7% y en tercer lugar el MODIN (Rico) con el 8,7%. En 1993 el PJ es la fuerza más votada con el 46,3%, quedando segunda la UCR con el 24,9% y tercero el MODIN con el 10,6%. Para las elecciones de convencionales de 1994 el PJ se impone con el 41,1%, seguido en segundo lugar por el Frente Grande con el 15,6% y en el tercero por la UCR con el 14,9%, ubicándose cuarto el MODIN con el 13,1%. En 1995 el justicialismo se impone nuevamente con el 48,8%, quedando segundo el Frepaso con el 22,6% y tercera la UCR con el 16,9%; y en 1997 la Alianza UCR-Frepaso gana la elección con el 46,9%, desplazando al PJ al segundo lugar con el 40,1%. En 1999, gana la Alianza con el 43,3% y el PJ obtiene el segundo puesto con el 36,6%. Por último, en las elecciones legislativas de 2001 el PJ y sus aliados se imponen cómodamente, con el 39,3% de los votos, seguidos por la Alianza que logra el 15,4%; como en todo el país, se produce una gran dispersión del voto en esta elección, con 7 agrupaciones superando el 5% de los votos, y un fuerte aumento del "voto bronca" -la suma de votos blancos, nulos e impugnados. Era el preanuncio del movimiento que surgiría en las jornadas de diciembre-enero del 2001. Todo esto está muy bien, pero si nos olvidamos de la falsa hegemonía con que la prensa presenta el triunfo de Solá nos daremos cuenta de lo siguiente: también fue el récord histórico de abstención con un 69,37% (1999: 84,9%; 2001: 74,7%), pero no acaba aquí: hubo un 14,5% de voto en blanco. Pero no sólo eso: existen situaciones dramáticas para la burguesía en el tercero (Lanús, Quilmas, Lomas de Zamora, Berazategui y Alte. Brown) y cuarto cordón del conurbano (Moreno, José C. Paz, Malvinas, San Miguel, Merlo, Tigre, F. Varela, E. Echeverría, Ezeiza y La Matanza), donde la abstención ha horadado el umbral del 60%, el voto en blanco ha llegado al 25% y la izquierda en su conjunto orilla el 15%. ¿Quién convocó coordinadamente a las masas a este tremendo sabotaje al âCapital-Parlamentarismoâ?? Su propia socialización exterior al trabajo: el instinto constituyente revolucionario de esta nueva figura trabajadora. Y esto es fácil de ver: en sus inicios las clases antagonistas no es más que interés político inmediato en la destrucción de todo lo existente.

Iniciativa y biopolítica de clase: el punto de vista obrero no puede salir fuera de la sociedad capitalista. A lo que es necesario añadir: no puede salir fuera de las necesidades prácticas y materialistas de la lucha de clases dentro del âCapital-Parlamentarismoâ?. Sostenemos la siguiente hipótesis contrastada con los datos empíricos: analizando la asistencia a votar, surge que la participación (la âvozâ? leal al sistema) fue más baja en Salta (59,6%), Tucumán (63,5%), Santiago del Estero (63,7%) y Jujuy (67,6%). Por otra parte, los distritos donde fue más alta son La Pampa (78,8%), Entre Ríos (78,4%) y Santa Cruz (77,5%). Una lectura sociológica muestra que en las provincias más pobres la concurrencia a participar en los rituales âcapitales-parlamentariosâ? fue menor (contra el sentido común y la leyenda de los medios que nos hablan de que son todos empleados municipales, etc.)âsi tomamos como indicador de pobreza el porcentaje de población con Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI), sobre el total de la población provincial-, mientras que a medida que el nivel socioeconómico de las provincias aumenta, la concurrencia a participar en el âCapital-Parlamentarismoâ? es mayor. La tracción hacia el sistema es fortísima en los nichos de la vieja y nueva clase media. En los nueve distritos con mayor cantidad de pobres del país, la concurrencia a votar se mantuvo por debajo de la media nacional, y en los cuatro más pobres por debajo aún del 70%. Con respecto al voto negativo (blanco o impugnado), cuya significación es de creencia en el sistema (rechazando la mercancía electoral que se ofrece, primacía de la âvozâ?, la protesta, pos sobre el éxodo o la salida) se registra el fenómeno inverso. Con la excepción de Jujuy, que muestra un voto negativo de 19,1% -cercano al promedio del país, que es del 20,9%-, en las provincias más pobres la suma de votos blancos y nulos se ubica muy por debajo de la media nacional. Los distritos donde el voto negativo fue menor son Santiago del Estero y Chaco (dos provincias con un tercio de su población por debajo de la línea de pobreza), con 5,5 y 5,7% respectivamente. Y a medida que el nivel socioeconómico de las provincias aumenta este fenómeno se hace más significativo, alcanzando su máxima expresión en Santa Fe (40,3%) y Capital Federal (28,9%), donde la pobreza es relativamente menor. Como lo demuestra las elecciones en la Capital Federal en las dos circunscripciones típicas de los sectores más bajos (Villa Lugano y Cristo Obrero), el voto negativo fue el 23,9%; en las dos más características de los sectores medios (Flores y San Carlos Norte), se elevó al 27,1% y en las que más definen a los sectores altos (Pilar y Socorro), este voto llegó al 29,2%. La âvozâ? sobre la salida es una elección típicamente clasista, de sectores de la clase media y alta. El llamado de Zamora a la âvozâ? (votar en blanco) fue coherente con su perfil de clase, en este sentido. Por el contrario, la salida del sistema, mediante la indiferencia y el éxodo del âCapital-Parlamentarismoâ?, es una herramienta ontológicamente anclada en el nuevo trabajador posfordista, precario, flexibilizado o desempleado, lo que la sociología burguesa llama los ânuevos pobresâ?. Esto muestra que, respecto de las dos expresiones electorales del desencanto con la política o la âcrisis de representatividadâ?âla no concurrencia a votar, más afín a sentimientos de sabotaje y de desobediencia a la misma faculta del estado de mandar, y el voto negativo, más ligado a un rechazo activo pero con lealtad al sistema-, existe una marcada diferencia socioeconómica en el análisis por distrito: la primera es más fuerte en las regiones de menor nivel socioeconómico, y el segundo es más relevante en las provincias donde éste es mayor.
El porcentaje de concurrencia a votar en las quince elecciones presidenciales realizadas en la Argentina con voto obligatorio desde 1911, ha sido en promedio del 79,7%. En los años veinte (bajo una fuerte influencia anarco-sindicalista)-al iniciarse el voto obligatorio- la concurrencia estuvo por debajo del 63%. Desde entonces la asistencia a votar fue aumentando hasta llegar al máximo histórico en el año 1958, 90%. En los años siguientes la concurrencia tendió a descender, llegando en 1999 al 80,5%, la menor desde los años treinta. Si observamos las legislativas y a gobernador en 1983 concurrió a votar el 81,3%, en 1985 el 80,9%, en 1987 el 82,5% y en 1989 el 82,3%. Fue el inicio del posfordismo el que coincidió. Casi con exactitud, con la crisis del estado de partidos. Comenzó a disminuir, bajando al 78,2% en 1991, al 76,6% en 1993 y al 75,2% en la elección de constituyentes de 1994, en 1995 aumentó nuevamente el número de gente que concurrió a votar, llegando al 80,2%, y en 1997 se registra otro descenso, con el 77,6%; en 1999 (con la ilusión de la Alianza) sube un poco, 81,9%, y en las elecciones legislativas de 2001 desciende al 73,0% del padrón. Ahora se llega al increíble piso del 69,37%. El promedio de concurrencia a votar de las once elecciones nacionales es de 79,1%. Es así como la concurrencia a votar de las últimas elecciones es la más baja desde 1983, a casi 9 puntos porcentuales de la media de la normalidad institucional histórica burguesa. Hay que observar que la concurrencia ha sido más alta cuando las elecciones legislativas coincidían con las presidenciales âen 1983, 1989, 1995 y 1999, la concurrencia siempre superó el 80%- y más baja cuando las elecciones fueron sólo legislativas y no se votaba por ningún cargo ejecutivo âsi tomamos las elecciones de 1985, 1993, 1994, 1997 y 2001, el promedio de concurrencia fue de 76,7%. Es decir, que si comparamos la concurrencia de 2001 con la media de las elecciones legislativas, vemos que no es tan baja como parecía a primera vista. Si analizamos la concurrencia por distritos, vemos que los de mayor concurrencia histórica fueron La Pampa (86,2%), Entre Ríos (84%), Mendoza (83,4%) y San Juan (83%). Por su parte, los distritos con menor concurrencia durante el período son Santiago del Estero (68,2%), Tierra del Fuego (70,7%) y Salta (73,5%). En la elección legislativa clave de 2001, vemos que aún cuando la concurrencia a votar descendió en todo el país, se mantienen las tendencias por distrito. Los distritos de mayor concurrencia fueron La Pampa (86,2%) y Entre Ríos, y los de menor concurrencia fueron Salta (59,6%), Tucumán (63,5%) y Santiago del Estero (63,7%). En las elecciones legislativas de 2001 la concurrencia a votar alcanza su nivel más bajo desde 1983, representando sólo el 73% del padrón electoral, seis puntos porcentuales por debajo de la media del período, que es 79,1%. Pero si comparamos la concurrencia a votar de 2001 con el promedio de las elecciones sólo legislativas, vemos que el fenómeno del descenso de concurrencia cuando no se eligen cargos ejecutivos se repite en todos los casos. Si analizamos las últimas elecciones la tendencia antagonista es similar: en el Chaco (1999: 77,4%; 2001: 72,4%; 2003: 69,2%); en Jujuy (1999: 80,3%; 2001: 67,6%; 2003: 62,3%); en la modélica Santa Cruz (1999: 81,1%; 2001: 77,5%; 2003: 74,8%), en Río Negro (1999: 82,5%; 2001: 71,4%; 2003: 71,8%; la única que se detuvo) y Santa Fe (1999: 81,9%; 2001: 75,2%; 2003: 73,8%). Las tendencias a nivel de distritos se mantienen (las provincias de La Pampa y Entre Ríos siguen siendo las de mayor porcentaje de asistencia, y las del noroeste las de menor), lo que indica que el descenso de concurrencia fue generalizado y a nivel nacional: fue un efecto de la irrepresentabilidad creciente de la multitud posfordista y de las condiciones materiales de la forma estado posmoderna, el âCapital-Parlamentarismoâ?.

Bipartidismo y lucha de clases: muchos comentaristas hablan del bipartidismo como rehabilitado por los resultados del último año. Nada más lejos de esto visto en perspectiva histórica. El mismo era más pronunciado en los años ochenta, cuando en promedio los dos partidos mayoritarios reunían en conjunto el 81,2% de los votos. Es 1983 esto alcanza su máxima expresión, reuniendo ambos el 86,6%. En 1985 suman el 78,5%, en 1987 el 80,2% y en 1989 el 79,5% de los votos para diputados nacionales. En los años noventa se reduce la polarización electoral, ya que el promedio de la suma de votos del PJ y la UCR en las cinco elecciones de la década (tomando los votos de la Alianza desde 1997) es del 73,3%. En las elecciones de 1991, 1993 y 1995 se produce una fuga de votos del núcleo bipartidista (fundamentalmente de la UCR), y los beneficiarios de la misma son las fuerzas de centroizquierda representadas por el Frepaso. Es así como en 1991 la suma de ambos es de sólo el 69,5% de los votos, en 1993 es del 73,6% y en 1995 de 64,7% (cuando el Frepaso sale segundo en las elecciones presidenciales). Aunque las fuerzas de centroderecha experimentan un crecimiento importante correlativo al debilitamiento del núcleo âcon la UCeDé entre fines de los ochenta y principios de los noventa, y el cavallismo en las elecciones de 1999, que se suman al fortalecimiento de los partidos provinciales-, el fenómeno del Frente Grande/Frepaso es el hecho político que más había puesto en riesgo la continuidad del bipartidismo radical-justicialista, vigente en Argentina durante medio siglo. A partir de 1997, cuando se conforma la Alianza entre la UCR y el Frepaso, el núcleo bipartidista se refuerza. Los dos partidos mayoritarios obtienen el 81,9%, y en 1999 el 76,6%. Inaugurando el nuevo siglo, la suma de los votos del PJ y la Alianza es de sólo el 61,3%, 15 puntos menos que la elección anterior, lo que constituye el resultado más débil de la evolución del bipartidismo desde 1983 y coincide con la primera fase del postfordismo. Y como sucediera en la primera mitad de los noventa, esto ha beneficiado a nuevos grupos de centroizquierda como ARI y Polo Social, formados en gran parte por disidentes de la Alianza, y a los pequeños partidos de izquierda. Desde 1983, la evolución de las elecciones para diputados nacionales muestra claramente desde 1983 la existencia de un bipartidismo radical-justicialista imperfecto, que se debilita en la década del noventa en desmedro del surgimiento de otras fuerzas y la creceiente abstención y sabotaje de el nuevo movimiento social. En las elecciones legislativas de 2001, no sólo se produce el récord de voto negativo y no concurrencia a votar, sino que también el bipartidismo alcanza su momento de mayor debilidad, al reunir los partidos mayoritarios sólo el 61% de los votos válidos. lo mismo en las presidenciales de abril. Hoy el sistema bipartidista esta roto y las distintas variantes del capital se juegan en internas del propio PJ. No hay mecanismo de recambi en el estado de partidos. Este logro revolucionario, que quiebra la dialéctica política perpetua de oficialismo-oposición, es producto directo del movimiento surgido en el 2001 y su antagonismo constituyente.
Mira també:
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Comentaris

Re: Elecciones en Argentina: autonomia y lucha de clases
16 set 2003
No votar jamás=victoria de la extrema derecha siempre.

No querer ningún tipo de estado=dejar que lo construya la extrema derecha.

El capital no puede destruir a la clase obrera....¿estás seguro? yo apostaría que en no pocos países del "Norte" esto ya es así.

Saludos
Sindicat