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Notícies :: corrupció i poder : criminalització i repressió : educació i societat : sexualitats : dones
El lobby que veía lobbies
24 oct 2020
Interesante artículo de Ibai Otxoa Gil, sobre las luchas internas dentro de los feminismos y sus consecuencias que, aunque al final hace un vano intento de reconciliación, me pregunto quién quiere compartir espacio con esos feminismos autoritarios:
"Formaban un lobby, pero acusaban a “los otros” de formar lobbies; eran liberales, pero acusaban a “los otros” de ser liberales".
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Sospecho que este artículo puede ser bastante polémico. Una de las primeras quejas será quién soy yo para escribir esto, así que mejor aclararlo cuanto antes: una persona cualquiera que pasaba por ahí. Creo que es necesaria cierta implicación sociopolítica, por así decirlo, para que vivamos en un mundo mejor, así que llevo unos cuantos años relacionándome con gente que comparte estas inquietudes. Creo que es natural, por tanto, que me haya preocupado un poco ver a mucha de esta gente peleándose entre sí, o siguiendo la estela de referentes bastante reaccionarios en lo que creo que es un cambio notable respecto a lo que solían hacer.

Así que quería hablar de un grupo que forma lo que viene a ser conocido como un lobby. Un grupo de presión que ejerce influencia política para imponer sus ideas; son pocas personas quienes lo forman, pero tienen mucho alcance. Además, se benefician notablemente de ello. Lo paradójico es que es un lobby que parece empeñado en acusar a todo el resto de la sociedad de formar lobbies.

Será mejor que empiece por el principio: el principio, para mi percepción, fue Lidia Falcón y el PFE. Como es bien sabido, Lidia Falcón tiene un amplio historial de lucha contra injusticias: es una persona que siempre ha estado implicada y cuyo pasado es admirable, puede ser un referente para mucha gente.

Quizá por eso sorprendieron algunas cosas que empezó a hacer. Aparte de la personalización extrema a la que llevó a su partido, que prácticamente podía empezar a considerarse una extensión de sí misma, se obcecó bastante en el transactivismo y en la lucha de las personas trans. Tal y como ella lo veía, reconocer la autodeterminación de género que pedían las personas trans en su lucha implica abrir una puerta a los vientres de alquiler y un largo etcétera. Esto era la hoja de ruta de lo que llamaba “el lobby trans”.

El mayor problema era que, en sus sucesivos artículos, no explicaba por qué. O al menos, yo no entendí absolutamente nada, y como yo, mucha gente. Probablemente conocíamos a demasiadas personas trans que están en contra de los vientres de alquiler, o simplemente a gente que apoya la autodeterminación de género pero no los vientres de alquiler, y por eso no entendíamos –ni entendemos, a día de hoy- nada. ¿Cómo puede ser que la autodeterminación de género fuese a llevar de forma irrevocable a que se legalicen los vientres de alquiler? Parecía… bueno, y me sigue pareciendo, una idea ridícula, una conspiranoia. Lo mismo con ese lobby trans, ¿de dónde ha salido? Y así nos quedamos.

El PFE fue expulsado de IU, en gran parte, parece ser, debido a cómo se había obcecado en esta teoría de que la autodeterminación de género traería una especie de Apocalipsis con consecuencias improbables. Lidia Falcón continuó llevando su postura al extremo hasta tal punto que meses después terminó escribiendo para Hazte Oír y siendo alabada por VOX, por cierto, lo que le llevó a recibir críticas por parte de una buena cantidad de gente que incluso tras la expulsión de IU la había seguido apoyando. Pero eso llegaría después: de momento, continuemos en orden.

Empecé a entender un poco de qué iba el debate. Aprendí lo que significaba el término TERF (Trans Exclusionary Radical Feminist, esencialmente, mujeres feministas que no quieren que las mujeres trans tengan cabida en el feminismo), y tiene mucho que ver con el tema de este artículo, pero no es un término que me guste usar mucho. Creo que a veces se usa a la ligera contra cualquiera que critique un poco las leyes de autodeterminación de género, etc, y yo no veo nada malo en criticar estas leyes, siempre que no se llegue al extremo de inventarse consecuencias nefastas bastante improbables o fijar su atención en entes imaginarios contra los que combatir como este lobby trans. Además, el grupo del que quiero hablar no se caracteriza únicamente por encajar en la definición de TERF; ésa es una de sus características, sí, pero hay muchas otras como un abolicionismo que más bien se inclina hacia el prohibicionismo, mentir constantemente, sus intereses económicos, su apoyo incondicional entre sí, etc.

Sigamos poco a poco. Empecé a ver, con el tiempo, algunos nombres que se repetían, que siempre aparecían en este tipo de polémicas. Buena parte de estos nombres se organizaban en torno a la Alianza Contra el Borrado de las Mujeres, un movimiento que compartía las ideas de Lidia Falcón, encabezado por Ángeles Álvarez, ex diputada del PSOE.

Una de las primeras cosas que me chocó fue la afinidad de este grupo con el PSOE, dado que lo vi apoyado por gente a la que yo consideraba que estaba bastante a la izquierda de dicho partido. De hecho, las posturas que parecen definirse entre quienes lo forman parecen considerarse sorprendentemente muy a la izquierda para ser gente vinculada al PSOE. Es más, a veces tachan al transactivismo, a “lo queer”, al “generismo”, como lo llaman a veces, de liberal. Me impactó mucho que alguien afín al PSOE pudiera considerar que los liberales eran los otros, no sé. No creo que nadie pueda ser muy revolucionario desde el partido de los rescates a los bancos, de la OTAN, de los GAL, del pacto antiyihadista, del techo de deuda y un largo etcétera. Pero sí me sorprende que haya gente comunista o a la izquierda del PSOE que trague con su discurso.

En resumidas cuentas, en el discurso de este grupo vi bastante proyección, tal y como se suele denominar en psicología. Formaban un lobby, pero acusaban a “los otros” de formar lobbies; eran liberales, pero acusaban a “los otros” de ser liberales.

Al lobby trans se sumó el lobby proxeneta, un concepto que tal vez tendría más sentido si se aplicara con un mínimo rigor… pero no. Con estupor, empecé a ver que tachaban –y tachan- a cualquier prostituta o trabajadora sexual en cualquiera de sus formas –aquí uso el término “trabajadora sexual” para distinguir la prostitución de otros trabajos como stripper, streamer, modelo erótica, líneas eróticas, etc- que defendiera la regulación de formar parte del lobby proxeneta.

Me parecía una paradoja terrible y bastante miserable desde un punto de vista ético: confundir oprimida con opresor. Cada vez que una trabajadora sexual proponía sindicarse o regularizar la prostitución para gozar de más derechos –tales como jubilación o seguro médico, sin ir más lejos-, era tachada de proxeneta: justo lo contrario. Todo esto en nombre de un supuesto abolicionismo de la prostitución, y digo “supuesto” porque parece estar todo mal: allí donde el auténtico abolicionismo surge de la preocupación por el bienestar de las personas que se prostituyen, este “abolicionismo” más bien parece surgir del odio hacia las prostitutas, parece odiarlas por la misma razón por la que las odia el Opus Dei o el Islam, por simple moralismo que mira por encima del hombro. Soy consciente también de que se ha acuñado el término “putofobia”, que tampoco suelo usar y que no sé si es el más adecuado, pero desde luego, lo veo con sentido. Desde luego, no es un término pensado para usarse contra quien quiera abolir la prostitución: no, es un término pensado para usarse contra quien de verdad odia a las prostitutas, y rebosan odio. Y se nota.

Así que fui contemplando con cierta perplejidad la evolución de esto. Recuerdo haber estado el 8 de marzo de 2018 en Bilbao, fue la manifestación más masiva que he presenciado. Aunque la causa del feminismo no me afecte de forma directa, me pareció emocionante ver a tanta gente unida con un objetivo común. En cambio, dos años después, el 8 de marzo de 2020, los enfrentamientos por las razones que estoy comentando –transactivistas contra TERFs, “abolicionistas” contra regulacionistas- se sucedían por todas partes, quebrando completamente esa imagen de unión.

No estoy diciendo que esta división se deba atribuir a un solo lado: creo que parte de las dos posturas han contribuido a crear una escalada de la tensión. También hay transactivistas y regulacionistas que, con un discurso demasiado agresivo, han hecho que la tensión aumente; pero sí creo que la mayor parte de este aumento de la tensión se debe al principal protagonista de este artículo: este extraño grupo de feministas de clase alta apoyándose entre sí, encabezando todo un movimiento y arrastrando consigo a mucha gente que creo que es mucho más honrada y tiene mejores intenciones.

Se notó bastante cuando Feminista Ilustrada hizo una viñeta bastante ofensiva hacia la gente transexual, recibiendo críticas por ello. Pero es que después esta polémica se encadenó con otra, cuando su ex pareja la acusó de haber tenido un comportamiento abusivo hacia ella. Entonces sí que se notó: los nombres apoyándola, nombres que se repetían una y otra vez en este tipo de polémicas. Las que siempre habían sido abanderadas del “yo sí te creo” y defendían creer siempre a la presunta agredida, de repente se volcaban en apoyar a la presunta agresora. Porque en este caso, la presunta agresora era una de las suyas. Quizá el ejemplo más extremo fue Lucía Etxebarria, que, en un extraño malabarismo, llegó a usar sus conocimientos sobre psicología para lanzar la hipótesis de que la ex pareja de Feminista Ilustrada estaba traumatizada y tenía recuerdos falsos alucinatorios: una hipótesis tan rebuscada que, en mi opinión, habría sido más sencillo que se limitara a acusarla de mentir como hicieron otras de las defensoras de Feminista Ilustrada.

Fui notando también que esos nombres que destacaban entre quienes habían apoyado a Feminista Ilustrada también tenían muchas normas éticas que saltarse. Por ejemplo, Laura Freixas, escritora que no dudó en citar un tweet de una adolescente trans saliendo del armario para exponerla delante de todos sus miles de seguidores y criticar su “privilegio masculino”.

Aparte de la miseria moral que supone una escritora famosa exponiendo de esta forma a una adolescente que no le ha hecho nada, que ni siquiera se ha dirigido a ella, veo dos grandes problemas en este planteamiento. El primero es tratar de establecer una especie de jerarquía de la opresión, de poner a opresiones compitiendo entre sí en lugar de tratar de luchar porque ninguna exista. Y el segundo es que, aún si se diera el caso de que esta jerarquía de opresiones tuviera algún sentido –que no-, funcionaría exactamente al revés de lo que decía Freixas. O sea, entre una adolescente trans que sale del armario y una escritora de clase alta –de hecho, presume de ser muy adinerada en sus entrevistas- con múltiples premios, y demás… pues es ridículo que Freixas pretenda hacer creer que, de estas dos personas, la más oprimida es ella misma. Insisto, no tiene sentido comparar opresiones, pero si lo tuviera, definitivamente no es la adolescente trans la que tiene privilegios, sino Freixas.

A la cuenta principal de la Alianza Contra el Borrado de las Mujeres se le ocurrió que sería buena idea reclamar que las mujeres trans no puedan donar sangre, ya que considera que las mujeres trans son hombres y tienen más posibilidades de tener VIH. El planteamiento aquí es directamente abominable y sin ningún sentido: se hacen pruebas de VIH a todas las personas que donan sangre, independientemente de su identidad, y un cuestionario bastante completo. La idea de que los hombres gays no pudieran donar sangre porque tenían muchas posibilidades de ser seropositivos fue una idiotez extremadamente rancia y perjudicial que se le ocurrió a Reagan en la década de los 80; el movimiento LGBT y cualquier persona con sentido común y un mínimo de decencia lleva décadas luchando por eliminar la serofobia. Ver a alguien proclamarse feminista y pedir que las mujeres trans no puedan donar sangre es vomitivo, como poco.

(aclaración, para quien no tenga familiaridad con el mundo de las donaciones de sangre. A todas las personas que donan sangre se les hace una prueba para asegurarse de que no tengan VIH. Sin embargo, hay un período de unos pocos días tras una infección de VIH, llamado período ventana, en el que la persona está infectada pero no daría positivo. Por eso también se hace un cuestionario preguntando si han realizado conductas de riesgo en los últimos meses como sexo sin protección, consumo de drogas por vía inyectada, etc. Esto es, lo que Contra el Borrado de las Mujeres proponía es que la remota posibilidad de que una mujer transexual done sangre unos días después de haber sido infectada con VIH por primera vez y mienta a propósito en el cuestionario es un peligro tan grave que justifica que se las prohíba donar sangre)

Podemos volver a Feminista Ilustrada con un nuevo caso, cuando decidió aplicar sus ideas de lesbianismo político separatista únicamente en el sexo y llevarlas al extremo para proclamar que las mujeres bisexuales que se acuestan con hombres no son verdaderas feministas, puesto que traicionan a las feministas de verdad al tener sexo con el enemigo. Esta idea y todo lo que implica –por ejemplo: que la orientación sexual se puede escoger, tal y como siempre han proclamado las corrientes homófobas que apoyan las “terapias de reconversión”- levantó bastante polémica, y buena parte de quienes habían apoyado a Feminista Ilustrada incluso tras las denuncias de su ex pareja ahora la dieron la espalda, por motivos obvios.

Pero los nombres de siempre, no. He puesto estos tres ejemplos, que me parecen de una miseria moral destacable, el de Laura Freixas, el de la Alianza Contra el Borrado de Mujeres y éste otro de Feminista Ilustrada, para subrayar que siguen apoyándose entre sí, y muchos otros nombres siguen repitiéndose y apoyándolas a ellas. Da igual lo que hagan. Pueden acosar a adolescentes trans, pedir que las mujeres trans no puedan donar sangre o insultar a todas las mujeres bisexuales, y da igual. Pierden, afortunadamente, seguidoras “de base”, por así decirlo, pero los nombres de las famosas que siguen apoyándose entre sí en esta extraña red no cuestionan jamás lo que hagan las otras.

Incluso, por añadir un fenómeno extraño, pueden defenderse entre sí ante una polémica que no tenga una relación directa con su ideología… convirtiéndola en una que sí. Así, cuando salió a la luz que el último libro de Lucía Etxebarria era un copia y pega de diversos artículos y libros –cambiando, eso sí, un mínimo de una palabra cada 9 líneas, pues, según afirma, si no hay 10 líneas seguidas totalmente iguales no se puede hablar de plagio-, el primer argumento a esgrimir fue que a la persona que había mostrado esto no había que hacerle caso porque tenía un “pene funcional” (es decir, porque era una mujer trans. Por cierto, no lo era). Feminista Ilustrada o Nuria Coronado se lanzaron a defender a Lucía Etxebarria del “acoso de las personas trans” pese a tener delante de sus narices una larguísima cantidad de párrafos del libro copiados de artículos y libros anteriores, a veces tal cual, a veces cambiando una o dos palabras.

Lidia Falcón, Ángeles Álvarez, Feminista Ilustrada, Laura Freixas, Lucía Etxebarria… Anna Prats, Nuria Coronado, Pilar Aguilar, Towanda Rebels, Amelia Valcárcel, Laura Redondo, Carmen Calvo, Alicia Miyares, Carmen Domingo, Laura Lecuona, Ana de Blas… son nombres que se repiten una y otra vez apoyándose entre sí, formando una reducida red que parece bastante provechosa. Dada la cantidad de seguidores que tienen en redes, los libros que venden y las charlas que dan, bien sean financiadas por diversos colectivos o por ayuntamientos del PSOE –insisto en la estrecha relación que une al PSOE con esta gente, habiendo tenido varias de ellas cargos en el pasado o teniéndolos en la actualidad-, imagino que es un negocio muy rentable. Con el peculiar mecanismo de proyección que comentaba antes, acusan a transactivistas y queers de vivir del feminismo y de subvenciones, cosa que puede ser cierta en algunos casos, por cierto, pero que no deja de ser irónico considerando que hacen exactamente lo mismo, y más a menudo, de hecho.

Se pueden encontrar ciertos puntos en común en su discurso. El ánimo de excluir a prostitutas del feminismo, de excluir a mujeres trans del feminismo, de excluir a mujeres bisexuales del feminismo, es comprensible, pues perderían cierta cuota de importancia. La única forma de que sigan ganando tanto dinero como hasta ahora es que ellas sean el único feminismo existente, de ahí tanta insistencia en intentar expulsar a todas las demás.

Lo que encuentro preocupante, como decía, es que hayan conseguido atraer a gente razonable hacia su bando, que suscribe la mayor parte de cosas que dicen (no todas, obviamente; por ejemplo, no creo que nadie razonable pueda suscribir la petición de que se prohíba donar sangre a mujeres trans que comentaba más atrás). También lleva a que gente que se denomina comunista, etc, comparta bulos de webs de extrema derecha que jamás se creerían en cuanto a cualquier otro tema. Vi a muchas feministas y gente de izquierdas compartiendo un bulo de una web ultracatólica que afirmaba que, con la ley de autodeterminación de género, por ejemplo, un hombre detenido por maltratar a su esposa podría argumentar ser mujer para eludir la ley de violencia de género (falso, puesto que el proyecto de ley especifica que la autoidentificación nunca podría tener efectos retroactivos). También vi compartir un bulo todavía más surrealista, de otra web de extrema derecha, en el que se afirmaba que los bloqueadores hormonales que tomaban adolescentes trans habían causado la muerte de 6000 de ellxs. Normalmente, una persona que se define como “comunista” no puede creerse mentiras tan forzadas que provengan de ese tipo de fuentes; pero parece que, si se tratan de ataques contra “el generismo” y “lo queer” las mentirás más obvias de la extrema derecha pasan a ser creíbles.

Y he aquí lo más irónico de mi artículo: que mi queja principal sea cómo este pequeño grupo de gente ha logrado crear una división en las filas del feminismo y de la izquierda, y que al escribir esto existe cierto temor por mi parte a avivar las llamas de ese enfrentamiento, dado que necesariamente tengo que criticar a ciertos sectores.

Resulta sorprendente, por ejemplo, que comunistas que siempre se han definido como la auténtica izquierda y tal, muy excluyentes en sus ideas, que hace sólo un par de años cargaban contra el feminismo por considerarlo “ideas burguesas” que desviaban la atención de la “lucha obrera” que es la única lucha legítima, ahora les bailen el agua a este pequeño grupo de gente y se hayan convertido en sus aliados más fieles. No sé, Paco Arnau, por decir un nombre. La transformación ha sido asombrosa. El odio hacia “lo queer” o “el transgenerismo” o como les dé por llamarlo, ha convertido en compañeros de cama a quienes hace poco se estaban tirando mierda mutuamente: por desviar de la lucha obrera hacia un lado, por “comumachos” hacia el otro.

Ya concluida la parte agresiva del artículo, quería ponerle fin con un mensaje de conciliación entre corrientes, si es que tal cosa es posible. Hay muchas opiniones válidas. Este artículo no pretende ser un ataque hacia quien opina, por ejemplo, que las leyes de autoidentificación del género son un coladero para que algunos hombres se hagan pasar por mujeres transexuales y obtengan ventajas de esto. Tampoco hacia quien opina que se están recetando demasiados bloqueadores hormonales a edades demasiado tempranas. Es legítimo tener estas dudas, y plantear estas cuestiones. La crítica es hacia el pequeño grupo que encabeza este movimiento. Y no es una crítica por plantear cuestiones sobre las ideas queer o sobre el transactivismo: es una crítica por exagerar, mentir y manipular en estas cuestiones, por adoptar puntos de vista extremadamente reaccionarios, por cubrirse las espaldas mutuamente por mal que esté lo que hacen y por hacer todo eso sólo para ganar dinero, no por un interés real en el bienestar de las mujeres.

Ibai Otxoa Gil

https://kallixti.blogspot.com/2020/10/el-lobby-que-veia-lobbies.html
Mira també:
https://www.lahaine.org/mm_ss_est_esp.php/el-lobby-que-veia-lobbies

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