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Notícies :: corrupció i poder
El desarrollo de la medicina occidental
12 ago 2020
Recorrido histórico de la medicina occidental, tomando como base (con correcciones históricas y algunos añadidos) el capítulo 2 del libro "Entre el cielo y la tierra: los 5 elementos en la medicina china"
El desarrollo de la medicina occidental

Los descubrimientos de los primeros anatomistas confirmaron la visión mecanicista de que el cuerpo estaba formado por partes distintas e independientes, conectadas y sin embargo autónomas. Dividieron el cuerpo en sistemas análogos a procesos mecánicos que correspondían de forma precisa con descripciones estructurales de órganos y tejidos. El sistema circulatorio consiste en el corazón como una bomba mecánica que empuja la sangre a través de las tuberías de las venas y las arterias. Los pulmones son como fuelles, el sistema nervioso es como una complicada red de teléfono eléctrico.

Para la mecánica es mejor que las partes de la máquina sean estandarizadas y uniformes. De este modo las partes son intercambiables y se pueden reemplazar fácilmente, y la manera en que se estropean puede preverse en los distintos cuerpos. Las enfermedades estandarizadas se desarrollan a partir de causas establecidas, y los protocolos de tratamiento son fijos. Las partes uniformes están bajo control. Esta visión se centra totalmente en la manera en que las personas se parecen entre sí y tiende a despreciar las maneras en que las personas son únicas y diferentes. Cuando un grupo de personas recibe un mismo diagnóstico, también recibe el mismo tratamiento. La ciencia y la industria han permitido que la medicina sea practicada de forma masiva. La misma filosofía mecanicista que generó la producción en masa en la industria inspiró también la medicina y la asistencia sanitaria en masa.

El matrimonio de la ciencia, la industria y la medicina engendró una época de innovación y especialización. Como consecuencia, la mente y el cuerpo humano se dividieron y se redujeron aun en áreas de investigaciones más diversas y refinadas.

Por ejemplo, los químicos empezaron a percibir el cuerpo como una fábrica química controlada y regulada a través del equilibrio de los compuestos moleculares. La práctica de la terapia farmacéutica fue el resultado de los formidables descubrimientos realizados en química. La penicilina, aspirina, digital, cortisona y la vacuna de la viruela eran sólo una pequeña parte de los maravillosos fármacos descubiertos para tratar enfermedades específicas y eliminar los factores causantes o patógenos específicos. Los físicos, por su parte, percibieron el cuerpo como una estructura anatómica y desarrollaron la tecnología de la radiación para el diagnóstico y el tratamiento. El aparato de rayos X favoreció la precisión en el diagnóstico e impidió que se extendieran muchos cánceres.

Por su parte, los ingenieros percibieron el cuerpo como una estructura mecánica compuesta por partes dispares. Inventaron las herramientas quirúrgicas y los métodos para eliminar y reemplazar las partes defectuosas. El cuerpo, al igual que una máquina, podía detenerse, desmontarse, repararse y ensamblarse de nuevo. Los extraordinarios avances en la tecnología quirúrgica permitieron a los médicos realizar reparaciones a corazón abierto, injertos de piel, apendicetomias, cesáreas, reimplantación de miembros amputados y el arreglo de huesos. Estas innovaciones contribuyeron a la resolución de las crisis sanitarias potencialmente devastadoras y constituyeron las maravillas de la medicina moderna.

La definición restrictiva de la enfermedad

Otro cambio fundamental se produjo a mediados del siglo XIX, cuando Louis Pasteur localizó el origen de la enfermedad fuera del cuerpo en la forma de gérmenes. Su investigación analítica le llevó a aislar una causa previa específica que desencadenaba un efecto determinado. La teoría de los gérmenes de las enfermedades (teoría microbiana) postulaba que sólo un microorganismo podía producir síntomas específicos de enfermedad en organismos sanos. Esta teoría ayudó a explicar las epidemias y las plagas y a desarrollar remedios eficaces contra ellas.

Sin embargo, esta “doctrina de la causa específica” se llegó a aplicar de forma general para explicar todas las enfermedades. Y como lo que se buscaba era una causa única, la multitud de factores coadyuvantes que ocurrían simultáneamente en cualquier persona enferma eran ignorados. El hecho de que el estado general de la persona afectase profundamente su susceptibilidad a la enfermedad quedaba excluido en este modelo conceptual.

Por ejemplo, la insulina se descubrió cuando los investigadores lograron producir los síntomas de alta concentración de azúcar en sangre que ocurre en la diabetes dañando el páncreas de animales sanos. De acuerdo con la doctrina de la causa específica, se concluyó entonces que la causa de la diabetes era una deficiencia en la producción de insulina por el páncreas. En la medicina moderna éste fue un importante descubrimiento salvador de vidas. Sin embargo, a pesar de su importancia, la creencia de que la insulina era el remedio, impidió que la gente buscase el fundamento real de la enfermedad, cuyo curso degenerativo siguió inalterable.

La estrecha visión de la causa específica ha imitado el alcance y la efectividad de la medicina moderna, que a menudo equipara el control de los síntomas con la cura de la enfermedad. Esta creencia de la causa única desvió a la medicina de la apreciación del contexto y la complejidad del organismo humano del cual emergían las enfermedades degenerativas. Aunque muchos de los implicados en la atención sanitaria son cada vez más conscientes de que la enfermedad no puede separarse de la vida humana que la anida, la ideología de la medicina occidental no incluye esta visión. Como el propio Dr. H. Holman, de la Universidad de Stanford dice:

“La longevidad ha cambiado poco y las enfermedades principales, como el cáncer y las afecciones cardiovasculares, siguen desarrollándose. Las enfermedades afectan desproporcionadamente a los pobres, las causas importantes medioambientales y ocupacionales de las enfermedades reciben poca atención y aun menor acción sobre ellas, claramente hay una crisis en la atención sanitaria, tanto en su efecto sobre la salud como en el coste de la misma. Algunos de los resultados de la medicina son inadecuados no por falta de intervenciones técnicas apropiadas, sino porque nuestro pensamiento conceptual es inadecuado”.

La medicina moderna dirige su mirada a través de un microscopio para llegar a los detalles a expensas de restringir el campo visual. Los especialistas observan fragmentos cada vez más pequeños, obteniendo cada vez más información positiva en forma de datos descriptivos pero perdiendo el sentido de integridad del sistema como un todo. ¿Cómo fue que este modelo alcanzó una preponderancia exclusiva?

Restringir la institución de la medicina

A comienzos del siglo XX, [en plena segunda revolución industrial (1871-1914). NdE], Carnegie y Rockfeller (y más adelante sus posteriormente creadas fundaciones. NdE) subvencionaron un estudio sobre las universidades de medicina. El propósito era averiguar qué universidades estarían más interesadas en promover la “medicina científica”, y por lo tanto en promover las recién desarrolladas industrias tecnológicas basadas en los fármacos y los hospitales. El Informe Flexner, publicado en 1910 por la American Medical Association tras la realización del estudio mencionado, recomendaba que el apoyo financiero fuese solamente concedido a aquellas universidades comprometidas con la investigación científica basada en los modelos desarrollados en el siglo XIX. Todas las terapias no basadas en el modelo cartesiano1 fueron consideradas no científicas y por lo tanto quedarían privadas de apoyo. Sólo sobrevivió un 20% de las universidades incluidas en el estudio. El otro 80% se adhería a la “doctrina vitalista”, que aseguraba que “el hombre ayuda pero la naturaleza cura”. La naturopatía, la homeopatía y la fitoterapia fueron apartadas de la corriente principal y relegadas a la condición de medicinas populares. Finalmente quedaron desacreditadas por la falta de recursos y por el acoso político.

Anteriormente la mayoría de los médicos eran ayudantes, aliados y alentadores de las personas que luchaban con las enfermedades en su vida diaria. El médico nuevo se convirtió en la fuente exclusiva del conocimiento especializado y en el héroe aniquilador de la enfermedad. De forma creciente fue delegándose más autoridad y poder en el médico. Los pacientes fueron educados para que creyesen que sólo los médicos sabían la causa de su enfermedad y que sólo sus tecnologías o fármacos podían ayudarles.

A medida que se fue profundizando y ampliando la información científica sobre el cuerpo, los médicos y las personas perdieron la fe en la capacidad del organismo humano para curarse a sí mismo. ¿Cómo podía alguien que no fuera un ilustrado y sofisticado ingeniero manejar una máquina tan increíblemente compleja y vulnerable? Esta fe fue usurpada de las capacidades de auto-sanación del cuerpo y puesta en manos de los “expertos”: los médicos.

La medicina no se desarrolló para aconsejar a la gente sobre cómo mantenerse o llegar a sentirse bien. El médico sólo podía arreglar aquello que se había roto. Podía eliminar milagrosamente el mal (tumores, infecciones, piedras…) con medicamentos y cirugía. Podía manipular las funciones (hormonas tiroideas, diuréticos, esteroides) y reemplazar las partes deterioradas (caderas y corazones de plástico…). Como heroico soldado podía librar una valiente batalla a corto plazo. Podía eliminar el “mal”, pero el sistema no incluía ningún mecanismo para discernir o favorecer el “bien”. Los poderes de la medicina eran la fuente de su debilidad. Las instituciones clínicas e investigadoras de la medicina siguen estando definidas por el modelo conceptual existente y se orientan más a la intervención que a la prevención.

Por su parte, a medida que los médicos se convirtieron en expertos, adquirieron una especie de poder sobre sus pacientes. El dominio de la medicina se convirtió en un sacerdocio técnicamente sofisticado y altamente exclusivo. No era probable que una persona corriente pudiera llegar a conocer y a interpretar los datos necesarios para administrar los cuidados médicos. Incluso la profesión médica en sí se diversificó en campos cada vez más especializados: el médico de cabecera que cuidaba a la persona completa fue sustituido por el cardiólogo, que cuidaba del corazón; el ortopeda, que se encargaba de los huesos; el neurólogo para los nervios; el oncólogo para el cáncer; el psiquiatra para la mente, etc.

Cuando se retiró el poder de la persona para dárselo al médico general, y del médico de cabecera para dárselo al especialista, ya no había un médico que cuidase de la persona completa ni que la conociese en el contexto de su entorno total. La relación íntima que había existido entre el ayudante y el ayudado se convirtió en una relación impersonal entre extraños. Los médicos perdieron el conocimiento de sus pacientes como personas reales.

Este cambio en la organización de la medicina enseñó a sentir a la gente que la ciencia sabía más sobre ellos mismos que lo que ellos pudieran alguna vez llegar a saber o entender. Las personas, como pacientes, empezaron a abandonar la responsabilidad de cuidar de su propia salud. La expresión servicio de asistencia sanitaria sugiere que el médico es un portador que puede repartir la salud. La gente cree erróneamente que el poder de curar viene de fuera de ellos, administrado por una inteligencia ajena.

Esta distorsión del poder una relación antagónica entre los médicos y los pacientes. Cuando los médicos no pueden realizar su función de héroes y arreglar la máquina estropeada, a veces acusan a la víctima, considerando a los pacientes culpables de no curarse. Estos, aislados, abandonados, debilitados e invalidados, se sienten condenados a un círculo de sufrimiento sin escapatoria.

Otras paradojas

El poder, no importa quien lo tenga, no confiere sabiduría. Los médicos a veces equiparan su autoridad con la capacidad. Algunas intervenciones producen efectos desastrosos a largo plazo sobre la salud. Los trastornos iatrogénicos, o enfermedades inducidas por el médico, pueden ser el resultado de medicamentos, cirugía, radiación y quimioterapia. Los trastornos iatrogénicos son una de las causas principales de las enfermedades mortales. Aproximadamente una de cada 5 personas que ingresan en un hospital para reconocimiento contrae una enfermedad iatrogénica (Illich, I. Medical Nemesis.)

Según el microbiólogo premio Nobel René Dubos, analizando las amenazas para la salud de las innovaciones tecnológicas y de todos los fármacos de validez demostrada: “Algunos de los efectos tóxicos son enormemente indirectos y de acción retardada. Son el resultado de alteraciones en el equilibrio fisiológico y ecológico del organismo. Su mecanismo no reside en las reacciones químicas o fisiológicas que implican relaciones directas de causa-efecto, sino más bien en complejas respuestas interrelacionadas producidas por todo el organismo integrado, incluyendo su flora microbiana autóctona” (Dubos, R. Man adapting.).

Otra consecuencia de centrar más la atención en la enfermedad que en el paciente es que el médico puede erradicar el tumor pero no cuenta con los medios para promover la salud del paciente. Esto permite decir: “El tratamiento fue un éxito pero el paciente murió”.

Una gran paradoja del modelo de medicina occidental es que separa lo indivisible. Ha logrado diseccionar con tanto éxito el cuerpo humano que ahora sufre de “hiperseparación”, en la cual el todo ya no se percibe como una entidad significativa. Lo que antes era un círculo indivisible, un continuo completo, se convirtió en una línea de causalidades sucesivas en donde los acontecimientos se volvieron sucesivos, perdiendo las relaciones intrínsecas de unos con otros. La mente ha quedado separada del cuerpo; la enfermedad de la persona que la tiene; el agente patógeno específico del proceso total de la enfermedad; las partes entre sí; los síntomas del origen de la dolencia; y los pacientes de su propia responsabilidad y posibilidades.

Esta separación se produjo en los albores de la civilización moderna occidental, cuando la materia se aisló de lo inmaterial, los humanos de la naturaleza y el proceso quedó congelado en leyes fijas y absolutas. El dualismo quebrantó la unidad. Esta división nos ha hecho susceptibles a una inversión del proceso por la cual los medios (innovaciones industriales, tecnológicas y científicas) gobiernan nuestros objetivos y las personas son “objetos” en vez de “sujetos” de su propia actividad. Esto ha distorsionado nuestra imagen de lo que es el mundo y de quienes somos nosotros dentro de él. El mundo que el ser humano ha construido es impresionante pero carece de integridad. Cuando las personas son como máquinas, la medicina moderna se ve obligada a mantener la máquina en funcionamiento. Su propósito se define como evitar la muerte en vez de enriquecer la vida. Los cuerpos deben mantenerse vivos porque morir se considera intrínsecamente malo. La muerte es el enemigo que debe vencerse. La vida y la muerte no forman ya parte de un ciclo continuo2.

El centro de la civilización occidental ha sido el comercio, la industria y la información, con la proliferación de las transacciones económicas, de los productos fabricados y de los datos. La civilización moderna occidental ha sido capaz de producir el mundo en el que vivimos, de controlarlo logrando el poder sobre la naturaleza. Pero este modelo es exclusivo, excluye lo misterioso e intangible de su realidad porque lo inmaterial no puede ser domeñado, contenido ni controlado.



Notas

1En occidente la filosofía de la ciencia se basa en la premisa de que los humanos están separados de la naturaleza y que el mundo, al igual que una máquina, puede ser desarmado y reducido a sus partes integrantes. La realidad está localizada en la estructura tangible de la materia, la cual puede medirse. Aristóteles (quien formulara la frase: “el hombre es un ser sociable por naturaleza”, ligando y fundiendo “sociedad”, entendida como institución regida por un estado, a “colectividad”, entendida como agrupación humana) puso los cimientos de este pensamiento, que se fue desarrollando poco a poco durante el Renacimiento. La materia se entendía como algo fijo e inmutable.

En el siglo XVII el matemático René Descartes marcó la revolución científica de occidente, surgida al calor del sistema capitalista, nacido un siglo antes. La introducción de Descartes de un sistema analítico reduccionista formó la base de una nueva filosofía de la ciencia, que se convirtió también en la base de la medicina moderna (surgida de los paradigmas establecidos también un siglo antes por Paracelso, quien fulminara la medicina hipocrática en pleno surgimiento del capitalismo). Descartes creía que podía existir una verdad cierta y absoluta. Mediante la lógica deductiva y reduccionista, Descartes creyó que podía comprender el funcionamiento fundamental del universo. Conceptualizó el mundo como una máquina: “No veo ninguna diferencia entre las máquinas construidas por los hombres y los diferentes cuerpos que la naturaleza produce por sí misma”. Así mismo erigió una firme división entre cuerpo y mente: “No hay nada en el concepto del cuerpo que pertenezca a la mente; y nada en la mente que pertenezca al cuerpo”.

Esta visión mecanicista de la naturaleza condujo a las leyes físicas absolutas y fijas (hoy desmontadas por la termodinámica de fluídos) desarrolladas por el astrónomo y matemático Isaac Newton. Esta lógica constituyó la base del médico científico, que aun hoy perdura. Por imponer esta lógica y desconocer otras se considera por parte de la ciencia y del capitalismo este paradigma el único válido para entender el mundo. Y así es cómo un matemático sin nociones de salud ni de medicina, creó la medicina moderna. NdE

2Los cimientos de esta concepción los sentó Platón, maestro de Aristóteles, cuando formuló la inmortalidad del alma. Ambos cambiaron el paradigma filosófico para justificar la renovación de la antigua sociedad griega, cuna de la civilización occidental. Esta base fue adoptada luego por el cristianismo, que continuó profundizando en el tema de la inmortalidad (aun referida al alma) y posteriormente, ya en la edad moderna, se adaptó paulatinamente el concepto a la inmortalidad corpórea (vivir cada vez más tiempo, pero ¿para qué y a costa de qué?), con el nacimiento del capitalismo, hasta llegar a su culmen, primero con la industrialización (1º y 2ª revoluciones industriales, en los periódos 1700-1871 y 1871-1914) y después con la post y la trans insdustrialización (3ª revolución industrial en 1980, 4ª y 5ª en nuestra era). NdE.
Mira també:
http://www.terraindomita.blackblogs.org

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