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De cómo cierto feminismo se convirtió en criada del capitalismo. Y la manera de rectificarlo.
06 ago 2020
Texto crítico de Nancy Fraser sobre como ciertos feminismos se han puesto al servicio del capitalismo y cómo confrontarlos.
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Como feminista siempre he asumido que al luchar por la emancipación de las mujeres estaba construyendo un mundo mejor, más igualitario, justo y libre. Pero, últimamente, ha comenzado a preocuparme que los ideales originales promovidos por las feministas estén sirviendo para fines muy diferentes.

Me inquieta, en particular, el que nuestra crítica al sexismo esté ahora sirviendo de justificación de nuevas formas de desigualdad y explotación.

En un cruel giro del destino, me temo que el movimiento para la liberación de las mujeres se haya terminado enredando en una “amistad peligrosa” con los esfuerzos neoliberales para construir una sociedad de libre mercado.

Esto podría explicar por qué las ideas feministas, que una vez formaron parte de una visión radical del mundo, se expresen, cada vez más, en términos de individualismo.

Si antaño las feministas criticaron una sociedad que promueve el arribismo laboral, ahora se aconseja a las mujeres que lo asuman y lo practiquen. Un movimiento que si antes priorizaba la solidaridad social, ahora aplaude a las mujeres empresarias.

La perspectiva que antes daba valor a los “cuidados” y a la interdependencia, ahora alienta la promoción individual y la meritocracia.

Lo que se esconde detrás de este giro es un cambio radical en el carácter del capitalismo. El Estado regulador del capitalismo, de la era de postguerra, tras la II Guerra Mundial, ha dado paso a una nueva forma de capitalismo “desorganizado”, globalizado y neoliberal. La segunda ola del feminismo emergió como una crítica del primero, pero se ha convertido en la sirvienta del segundo.

Gracias a la retrospectiva, podemos ver hoy cómo el movimiento de liberación de las mujeres apuntó, simultáneamente, dos futuros posibles muy diferentes. En el primer escenario, se prefiguraba un mundo en el que la emancipación de género iba de la mano de la democracia participativa y la solidaridad social. En el segundo se prometía una nueva forma de liberalismo, capaz de garantizar, tanto a las mujeres como a los hombres, los beneficios de la autonomía individual, mayor capacidad de elección y promoción personal a través de la meritocracia. La segunda ola del feminismo fue ambivalente en ese sentido. Compatible con cualquiera de ambas visiones de la sociedad, fue susceptible de realizar también dos elaboraciones históricas diferentes.

Tal como yo lo veo, la ambivalencia del feminismo ha sido resuelta, en los últimos años, en favor del segundo escenario, el liberal-individualista. Pero no porque fuésemos víctimas pasivas de la seducción neoliberal. Sino que, por el contrario, nosotras mismas hemos aportado tres ideas importantes para este desarrollo.

Ilustración Andrea Ucini

Una de esas contribuciones fue nuestra crítica del “salario familiar”: del ideal de familia, con el hombre que gana el pan y la mujer ama de casa, que fue central en el capitalismo con un estado regulador. La crítica feminista de ese ideal sirve ahora para legitimar el “capitalismo flexible”. Después de todo, esta forma actual de capitalismo se apoya, fuertemente, sobre el trabajo asalariado de las mujeres. Especialmente sobre el trabajo con salarios más bajos de los servicios y las manufacturas, llevados a cabo no solo por las jóvenes solteras, sino también por las casadas y las mujeres con hijos; no sólo por mujeres discriminadas racialmente, sino también por las mujeres, prácticamente, de todas las nacionalidades y etnias.

Con la integración de las mujeres en los mercados laborales en todo el mundo, el ideal del salario familiar, del capitalismo con estado regulador, está siendo reemplazado por la norma, más nueva y más moderna, aparentemente sancionada por el feminismo, de la familia formada por dos asalariados.

No parece importar que la realidad subyacente, en el nuevo ideal, sea la rebaja de los niveles salariales, la reducción de la seguridad en el empleo, el descenso del nivel de vida, el fuerte aumento del número de horas de trabajo asalariado por familia, la exacerbación del doble turno, ahora, a menudo, triple o cuádruple, y el incremento de la pobreza, cada vez más concentrada en los hogares de familias encabezadas por mujeres.

El neoliberalismo nos viste a la mona de seda a través de una narrativa sobre el empoderamiento de las mujeres.

Al invocar la crítica feminista del salario familiar para justi- ficar la explotación, utiliza el sueño de la emancipación de las mujeres para engrasar el motor de la acumulación capitalista.

El feminismo, además, ha hecho una segunda contribución a la ética neoliberal. En la era del capitalismo con estado regulador, criticábamos, con razón, la estrecha visión política que, intencionalmente, se focalizaba en la desigualdad de clases y que no era capaz de fijarse en otro tipo de injusticias “no económicas”, como la violencia doméstica, las agresiones sexuales y la opresión reproductiva. Rechazando el “economicismo” y politizando lo “personal”, las feministas ampliaron la agenda política para desafiar las jerarquías de status basadas en las construcciones culturales sobre las diferencias de género.

El resultado debía haber conducido a la ampliación de la lucha por la justicia, para que abarcara tanto lo cultural como lo económico. Pero el resultado ha sido un enfoque sesgado hacia la “identidad de género”, a costa de marginar los problemas del “pan y la mantequilla”. Peor aún, el giro del feminismo hacia las política de la identidad encajaba sin fricciones con el avance del neoliberalismo, que no buscaba otra cosa que borrar toda memoria de la igualdad social. En efecto, enfatizamos la crítica del sexismo cultural precisamente en el momento en que las circunstancias requerían redoblar la atención hacia la crítica de la economía política.

Finalmente, el feminismo contribuyó con una tercera idea al neoliberalismo: la crítica al paternalismo del Estado del bienestar. Indudablemente y de forma progresiva, en la era del capitalismo con Estado regulador esa crítica ha ido convergiendo con la guerra neoliberal contra el “Estado-niñera” y su más reciente y cínico apoyo a las ong. Un ejemplo ilustrativo es el caso de los “micro-créditos”, el programa de pequeños préstamos bancarios para mujeres pobres en el Sur global. Presentado como un empoderamiento, de abajo hacia arriba, alternativo al de arriba a abajo, al burocratismo de los proyectos estatales, los micro-créditos se promocionan como el antídoto feminista contra la pobreza y el sometimiento de las mujeres.

Lo que se pasa por alto, sin embargo, es una coincidencia inquietante: el micro-crédito ha florecido precisamente cuando los Estados han abandonado los esfuerzos macro-estructurales para combatir la pobreza, esfuerzos que no se pueden sustituir con préstamos a pequeña escala.

También en este caso una idea feminista ha sido recuperada por el neoliberalismo. Una perspectiva dirigida, originalmente, a democratizar el poder del Estado para empoderar a los ciudadanos, es ahora utilizada para legitimar la mercantilización y los recortes de la estructura estatal.

En todos estos casos la ambivalencia del feminismo ha sido resuelta en favor del individualismo (neo) liberal. Sin embargo, el escenario alternativo de la solidaridad puede que aún esté vivo. La crisis actual ofrece la posibilidad de volver a tirar de ese hilo una vez más, de manera que el sueño de la liberación de las mujeres sea de nuevo parte de la visión de una sociedad solidaria. Para llegar a ello, las feministas necesitamos romper esa “amistad peligrosa” con el neoliberalismo y reclamar nuestras tres “contribuciones” para nuestros propios fines.

En primer término, debemos romper el vínculo espurio entre nuestra crítica al salario familiar y el capitalismo flexible, militando en favor de una forma de vida que no gire en torno al trabajo asalariado y valorice las actividades no remuneradas, incluyendo, pero no solo, los “cuidados”.

En segundo lugar, debemos bloquear la conexión entre nuestra crítica al economicismo y las políticas de la identidad, integrando la lucha por transformar el status quo dominante que prioriza los valores culturales de la masculinidad, con la batalla por la justicia económica. Finalmente, debemos cortar el falso vínculo entre nuestra crítica de la burocracia y el fundamentalismo del libre-mercado, reivindicando la democracia participativa, como una forma de fortalecer a los poderes públicos, necesarios para limitar al capital, en nombre de la justicia.

Nancy Fraser
Mira també:
https://medium.com/la-tiza/de-cómo-cierto-feminismo-se-convirtió-en-criada-del-capitalismo-y-la-manera-de-rectificarlo-744483f6

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Comentaris

Re: De cómo cierto feminismo se convirtió en criada del capitalismo. Y la manera de rectificarlo.
10 ago 2020
Buenas doctora Aliss:

La tesis central del artículo de Nancy es falsa, y además en la narración que hace se encubre un estatismo típicamente feminista y propio de funcionarias, normalmente profesoras de universidad que son cuadros del capital en funciones.

Voy por partes.

El Feminismo es UNO, no dos ni treinta, y no debe ser confundido con la política de las mujeres en cualquier corriente política y época histórica. El Feminismo es UNA Ideología históricamente determinada en la época del capitalismo, cuyo pilar clave es la creencia de la existencia de un el El Patriarcado. Este el “El Patriarcado” oprimiría a las mujeres desde la noche de los tiempos, y existiría a causa de que existen los hombres que son, por causas culturales-naturales, los opresores de las mujeres siempre. No es un problema de igualdad el que las adeptas feministas tratan, es un problema más profundo, que tiene que ver con la especiación humana. Por esto no hay diez ni veinte feminismos, solo hay UNO.

Esta Ideología tiene tres características fundamentales.

LA PRIMERA es que el núcleo ideológico esencial del El Feminismo contiene una negación radical del marxismo; pues si el motor de la historia es la oposición de sexos el motor de la historia no es la lucha de clases. Sin embargo los loros reformistas siempre insisten tontamente en que no hay negación radical del marxismo y que en realidad el feminismo es marxista, hasta soltar tonterías tan clamorosas como que no puede haber revolución proletaria si no es una revolución feminista... si, si la puede haber haber, de hecho es fácil de entender que si es una revolución proletaria no es una revolución feminista, que son dos procesos distintos y que incluso es cada vez más pausible que no puede haber revolución proletaria sino se hace también contra el El Feminismo.

LA SEGUNDA característica fundamental de la Ideología Feminista consiste en que dado que el El Patriarcado no es en esa ideología otra cosa que el poder opresor de los hombres contra las mujeres, y que el principal marco de convivencia entre sexos es la familia nuclear, no podría haber liberación de las mujeres sin disolución de la familia nuclear. Los loros reformistas repiten esta majadería continuamente haciendo el caldo a estas mujeres burguesas y de clases medias, pero ocurre que los marxistas no queremos superar la familia por ser el principal marco de convivencia entre los sexos sino anularla yy suprimirla en lo que es la base económica de la sociedad que explota al proletariado. Los paradigmas son totalmente opuestos, porque el paradigma feminista conlleva un reformismo social de destrucción de las relaciones sexuales y de consanguinidad para sustituirlo o bien con socializaciones estatistas o comunitarias, mientras que los marxistas no buscamos destruir las relaciones familiares sino eliminar las cadenas que las hacen opresivas por ser la base económica de la sociedad explotadora, lo que requiere una revolución social y no las nada inocentes transformaciones de ingeniería social feminista.

LA TERCERA característica fundamental de la Ideología Feminista consiste en que como las clases medias y la burguesia por medio de la Ideología Feminista buscan lo mismo que la Ideología Malthusiana, la cual es la infraestructura de la política de los nazis eugenistas de toda época, a saber; erradicar la familia nuclear, especialmente la proletaria, tienden a asociarse. Ellas, las feministas por lo dicho anteriormente de que consideran que es el marco de reproducción del el El Patriarcado, y principal lugar de la opresión de los hombres sobre las mujeres, y ellos, los malthusianos, porque para aplicar su ingeniería demográfica necesitan reformar las leyes y las mentalidades necesitan erradicar la familia nuclear, especialmente en el proletariado.

Hay pues una tendencia estructural entre esas dos corrientes burguesas a hacer una alianza y una asociación, de los eugenistas y El Feminismo, como se comprobó en la Convergencia de Pekin de 1995. Esta tendencia a erradicar la familia nuclear en el proletariado se profundiza por el rechazo a la monogamia existente en ambas corrientes de clase, unos burgueses y oligarcas y otras cuadros técnicos y funcionariales de clases medias.

En estas condiciones de la lucha de clases mundial sería absurdo hacerle el caldo gordo a una purga feminista de mujeres igualitaristas, aunque individualistas liberales, porque una feminista estatista, haciéndose pasar por socialdemócrata, lo pida. Por supuesto, a las mujeres pro igualitarias hay que apoyarlas si se es anarquista o espartaquista, pero, precisamente por eso, hay que seguir haciendo la crítica marxista y oposición proletaria a la Ideología Feminista y sus socios eugenistas, claramente enfrentados a los intereses de supervivencia más básicos del proletariado mundial.
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