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Notícies :: indymedia
Lucio seguirá vivo
20 jul 2020
La muerte de Lucio Uturbia nos ha cogido a muchos como un jarro de agua fría en pleno mes de julio. Fue precisamente ese maldito día 18 que tenemos marcado a sangre y fuego los anarquistas.
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Casualidades del destino, Lucio nació otro día 18, pero de febrero de 1931, en la localidad navarra de Cascante. Se nos ha ido allí donde encontró su lugar en el mundo, en ese París que para muchos significó la libertad y la vanguardia del arte, porque él también, a su manera, fue un artista. Su arte traspasó fronteras, tantas como sus cheques de viaje falsos consiguieron burlar aduanas y controles hasta conseguir la genuflexión de un gran banco americano, luego rebautizado como Citibank.
Nacido en una familia humilde, era hijo de un político local socialista que luego se hizo comunista, pero de quien contaba que antes de su muerte le confesó «si yo naciera otra vez, sería anarquista». Cogió ese encargo. Durante el franquismo, en pleno servicio militar, empezó a realizar labores de contrabando en la frontera con Francia, debiendo refugiarse en ese país para evitar una captura que le habría supuesto la pena de muerte. Instalado ya en París, empezó su relación con las Juventudes Libertarias de la Fédération Anarchiste y a trabajar como albañil. Fue allí donde conoció a otro refugiado, Quico Sabaté, a quien acogió durante algunos años en su casa. Durante ese tiempo, «el Quico» le facilitó direcciones y contactos de miembros de la CNT. Tras el fallecimiento del histórico maqui catalán, siguió sus pasos y comenzó a dar atracos para seguir sufragando la lucha revolucionaria. Cuando decidió dejar las armas «por miedo a hacerle daño a los empleados de los bancos», optó por continuar en el arte de la falsificación. Ya había fabricado documentación falsa para guerrilleros y exiliados, así es que decidió dar el salto a la producción de moneda. De hecho, tras la «revolución» cubana, llegó a entrevistarse con su ministro de Industria –un tal Che Guevara– para proponerle la falsificación de dólares a gran escala, pero salió decepcionado de dicho encuentro porque no vieron con buenos ojos su plan. Sin embargo, Lucio siguió en el empeño de su lucha contra el sistema capitalista. Cual quijote libertario empezó a elaborar unas planchas de impresión con las que produjo, durante la segunda mitad de los 70, cheques de viaje por un valor de 20 millones de dólares de la época. Mucho dinero para cualquiera, no tanto para un banco internacional, pero sí el suficiente para hacer bajar sus cotizaciones. Saltaron las alarmas, esta vez no de las sucursales, sino del Sistema. Por ese y otros motivos, contra él llegaron a dictarse hasta cinco órdenes internacionales de búsqueda, incluida una de la CIA estadounidense. Durante ese tiempo pudo vivir como un señorito, pero siguió trabajando de albañil y destinando sus cheques a financiar «causas justas», así tampoco levantaba excesivas sospechas. Aunque finalmente le cogieron y fue procesado, jugó bien sus cartas, arrancando una condena de sólo 6 meses tras llegarse a un acuerdo extrajudicial en el que se retiraron cargos a cambio de que entregara sus planchas.
Su vida, como la de otros históricos compañeros y compañeras, estuvo llena de avatares que pueden conocerse en varios libros. Siempre estaba dispuesto a contarlos, sea desplazándose a donde se le pidiera, sea sabiéndose mostrar ante las cámaras en documentales o entrevistas para exponer cuáles eran sus principios y cuál era su visión de la vida, porque también sabía manejar el tempo de ese otro poder, el de los medios «de información».
Cuentan quienes le visitaban que su casa siempre estaba abierta; cuesta creer que se nos haya escapado, porque para quienes pudimos conocerle, aunque sólo fuese de pasada, seguirá vivo su ejemplo. Eso sí, ya no nos quedará París, al menos, no para ir a saludarle.
¡Salud, Lucio!

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