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Notícies :: corrupció i poder
partidos de «vanguardia»— que justifican la división entre dirigentes y ejecutantes(las colectividades) n
23 jun 2020
Las colectivizaciones en la «zona republicana», especialmente en Cataluña y Aragón, son, a mi entender, el fenómeno más importante dentro de la maraña de acontecimientos revolucionarios de este periodo.1 Las colectivizaciones, que fueron violentamente calumniadas por sus adversarios, encabezados por los comunistas, que fueron prácticamente ignoradas durante mucho tiempo por los historiadores o que fueron idealizadas por la mayoría de los comentaristas anarquistas, constituyen una realidad contradictoria donde aparece más claramente que, en el ámbito «militar» o «político», el carácter de lo que se estaba ventilando en aquella lucha. Se atacó todo el orden social, con las transformaciones en las relaciones de producción, se trastocó toda la vida económica, se derrumbó toda la pirámide jerárquica de la sociedad. No sólo se hacía tabla rasa de los «sacrosantos» principios de la propiedad privada sino también de aquellos otros principios —también «sacrosantos» para los llamados partidos de «vanguardia»— que justificaban la división entre dirigentes y ejecutantes.
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La primera comprobación que hacemos es la del carácter espontáneo de las experiencias de colectivización. En este movimiento masivo y espontáneo de las colectivizaciones es en lo que mejor puede basarse el afirmar sobre la importancia del movimiento libertario en las masas obreras en Cataluña que, de lo contrario, sería sólo cháchara «izquierdista». Los protagonistas de esta oleada anticapitalista fueron, sin lugar a dudas, los trabajadores anarquistas y anarcosindicalistas de la CNT. Evidentemente no obedecieron a ninguna consigna de «arriba», puesto que sus dirigentes permanecían mudos al respecto, en un principio, ya que estaban muy ocupados «haciendo política» (y también organizando la guerra). Pero esto no debió plantearles graves problemas de conciencia pues no hacían nada más que aplicar las ideas libertarias, sobre todo aquéllas plasmadas en el reciente Congreso de Zaragoza. Se apartaron de sus dirigentes en el sentido de que decidieron que había llegado el momento de poner en práctica dichas ideas, mientras que los líderes, por su parte, decidían que había que sacrificar el «programa del comunismo libertario» en aras de la unidad antifascista. Laq verdad es que los Estados Mayores de la CNT, no sólo no habían organizado las colectivizaciones, sino que éstas se habían realizado a pesar suyo. Al adquirir tal envergadura el fenómeno, la CNT, también la UGT e incluso la Generalitat, se impresionaron. La economía en cataluña estaba prácticamente en manos de los trabajadores, no podían seguir ignorando ese hecho. Por supuesto la generalitat y despues el estado antifascista se basó en las lagunas y los defectos, a veces reales, a veces ficticios, de esas experiencias, para hacerse cargo de las colectivizaciones.

Las «exigencias de la racionalización económica» ocultaron en este caso también las intenciones más profundas de las burocracias políticas. ¿Quién dirigía la economía en cataluña una vez desposeídos los patronos? Nadie. Ese era el escandaloso hecho que no podían tolerar. Después de cuatro meses de creatividad, de democracia obrera, de tanteos y ¿por que no?, de errores, se podían proponer varias soluciones, ya fuese para ir más lejos, ya para «reimplantar el orden». Se eligió la solución mas autoritaria posible, dentro del contexto de la Cataluña revolucionaria. El 24 de octubre de 1936, el Gobierno catalán institucionalizó por Decreto las colectivizaciones. Esto ha sido presentado en muchas ocasiones, hasta por gran número de exégetas de tendencia libertaria, como el simple reconocimiento de lo que habían realizado los propios trabajadores. En realidad, era exactamente lo contrario: el Estado se hace cargo de las colectivizaciones, en primer lugar, para limitarlas pero también, y sobre todo, para ampliar su propia influencia y su control en detrimento de la autonomía obrera. En el transcurso de los días y debido a la acumulación de problemas que plantea inevitablemente una transformación radical de la vida económica en plena guerra civil, se podían haber encontrado diferentes soluciones. El hecho de que se hayan escogido las previstas por el decreto no tiene nada de asombroso. No se puede aislar la cuestión de las colectivizaciones de los demás problemas que planteaba diariamente la situación revolucionaria. También en este caso, como vamos a ver, los dirigentes anarquistas eligieron la autoridad como habían elegido —o eligirían— la «unidad antifascista» contra la revolución, el Ejército contra las milicias, etc.

El Decreto había sido preparado por el Consejero de Economía del Gobierno catalán, Juan P. Fábregas, quien no se afilió a la CNT hasta julio de 1936. Anteriormente había sido director del Instituto de Ciencias Económicas de Barcelona y estaba políticamente ligado a los medios nacionalistas burgueses de la Lliga. Parece que el Decreto fue ásperamente discutido por las diferentes tendencias políticas representadas en la Generalitat, antes de ser aprobado. Pues algunos lo encontraban demasiado revolucionario...
El poder ha sido restablecido de arriba a abajo, la autonomía obrera ha quedado prácticamente reducida a nada. La pirámide burocrática en las empresas volvió a ponerse en marcha; el «interventor» del Gobierno y el director al frente de las empresas, los Consejos de Industria por encima de ellos y por encima de todo el mundo, como debe ser en el universo burocrático, el ministro y su Consejo de Economía. El 22 de octubre de 1936 (dos días antes de la publicación del Decreto) por la CNT-FAI y la UGT-PSUC: Estamos de acuerdo en considerar que esa colectivización no daría el resultado deseado sí no estuviera dirigida y coordinada por un organismo, representante natural de la colectividad que, en ese caso, sólo puede ser el Consejo de la Generalitat.

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