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Notícies :: un altre món és aquí
Las cifras sobre el nuevo virus rezuman un hedor insoportable a propaganda.
26 abr 2020
Nuestra capacidad de reacción y de sanación reside ya casi exclusivamente en endurecer nuestra fortaleza interior ante la avalancha que viene, ante este choque frontal contra un iceberg que hunde su cresta en cotas del abismo nunca sospechadas.
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EDAD DE HIELO, EL ICEBERG INVISIBLE

Toda la información que se vierte participa de un fuego cruzado insobornable, donde cualquier posición cerrada es un acto de fe reluctante a la realidad. Pero el mayor crimen de la operación mediático-política en curso no es la mentira deliberada sino el desplazamiento del foco de interés, que han enflaquecido hasta lo patético, hasta lo indecente, unos y otros, sólo aforados a la lamentable discusión sobre “la gestión” del gobierno, el baile de cifras, la guerra de rituales de balcón, pura inyección de anestesia todo ello, que oculta la verdadera envergadura de la catástrofe que han provocado y que contribuyen a agravar pintándola de invisible.

Las consecuencias directas derivadas de esta situación que afronta nuestra generación exceden tristemente y de manera inconmensurable cualquier grueso de defunciones provocadas de manera natural por un virus, así como cualquier posible colapso hospitalario, amén de todo el resto de razones pintorescas que se han utilizado de pretexto para encarcelar a la población y potenciar su grado de sufrimiento de manera muchísimo más letal que la propia capacidad que alberga un virus.

En España, todas, absolutamente todas las principales causes de muerte reportadas al año serán severamente agravadas por el confinamiento, tanto en su afección fisiológica (sedentarismo, perturbación en la alimentación, luz natural, trastornos de sueño, trastornos sexuales, adicciones potenciadas a drogas legales e ilegales, etc.) como en su afección psico-emocional (sociopatía, abulia, angustia, traumas en niños, adolescentes y adultos, soledad, estrés, …). Según datos de 2018, 120.000 personas murieron ese año por enfermedades del sistema circulatorio; 112.000 más por tumores y cánceres; 53.000 por enfermedades del sistema respiratorio; 26.000 por enfermedades del sistema nervioso; 23.000 por trastornos mentales y del comportamiento. Un confinamiento forzoso de casi 2 meses de duración (de momento) es el mazazo más salvaje que pueda concebirse a todas estas causas a la vez, y a otras muchas más.

En 2009, debido a la crisis de aquel periodo, el número de suicidios y de intentos de suicidio se incrementó un 75% en EE.UU. con respecto al año anterior (https://nbcnews.to/3aBXJDC). El libro de Jeffrey Pfeffer, Muriendo por un salario, que hace poco traduje someramente (https://bit.ly/2zuj8BD) ilustra la cruenta realidad laboral y las realidades derivadas de ella que sufría EE.UU. antes del estallido de esta pandemia. La idea que vertebra el libro es ilustrar cómo la degradación de los procesos productivos diezma el bienestar de los trabajadores, y cómo la desafección laboral tiene una incidencia directa en la salud física y psicológica de las familias de la primera potencia del planeta. ¿Qué podemos esperar de la Gran Conmoción de 2020, si no un latigazo de proporciones bíblicas a un cúmulo de problemas interconectados que estaban ya abocando a cientos de miles de personas del primer mundo a la agonía?

India sufre una oleada de suicidios masivos desde los años 90 hasta el presente, con 200.000 suicidios sólo en el medio rural de 1995 a 2006 (https://bit.ly/2VG8ArY), una epidemia silenciosa particularmente agresiva entre pequeños propietarios de entre 25 y 50 años, cuyo progresivo endeudamiento fiduciario y quiebra de la inter-dependencia local les provocan asfixia vital. Hasta el momento, la asfixia del campo se ha hecho por procedimientos más o menos indirectos: las familias se atienen a préstamos crecientes de distinto tipo con los que afrontan unas condiciones de vida diezmadas por los costes ocultos de la modernización del agro, que revierten en rendimientos decrecientes, condenando así al medio rural a una espiral de dependencia creciente de las instituciones mientras soporta condiciones de vida más lamentables. Si esta situación ha abocado a la angustia y a la desesperación (200.000 suicidios, pero, ¿cuántos intentos frustrados, cuántos pensamientos agonizantes?), ¿qué puede esperarse de una intervención tan directa y feroz, la del confinamiento? Ésta ataca directamente a la producción del medio rural, la estrangula; pero también incide en el reino no material, ese gran ausente en la sinvergüenza, absurda y ridícula ciencia económica, pues diezma la convivencia, el encuentro con los demás, fuente de apoyo y afecto, valores que determinan de manera decisiva la producción, el bienestar y, en fin, la esperanza por la vida. El confinamiento muestra una agresividad sin precedentes; ¿qué más heridas se pueden abrir en un entorno al que cientos de miles de personas ya renunciaban con su vida? Por supuesto, el fenómeno no es exclusivo de India.

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