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EL nacimiento de una nueva era(Diez horas con la globalización)
12 abr 2020
Pero, ¿qué es lo que está pasando realmente? Algo nuevo, importante y profundo, que al mismo tiempo que esta facilitando que la universalización sea más posible que nunca, está permitiendo que lo pequeño y local, sí no es trivial, adquiera significación. Nos encontramos ante un hecho objetivo, multidimensional (se manifiesta en múltiples aspectos), asincrónico en sus inicios(existen aspectos más desarrollados que otros, la evolución no es equitativa) y multicéntrico (aún no estrictamente global) desde el punto de visto geográfico. No estamos ante una opción, ni ante algo retórico, ni tampoco ante una ideología, por mucho que los neoliberales intenten activar este hecho dentro de su contexto ideológico.
1.-El nacimiento de una nueva era.

En los últimos tiempos han pasado demasiadas cosas y lo que quizás aún sea más importante: ¿no sienten la sensación de que los grandes cambios que se están produciendo están aquí para quedarse?
Hace solo siete años Alvin y Heidi Toffler, en su obra “Creando una nueva civilización, las políticas de la tercera ola”(1995-Atlanta), afirman lo que hoy ya nadie duda “el actual proceso de cambio social constituye nada menos que una revolución global”. Nos encontramos ante un cambio histórico, probablemente tan importante, y desde luego más global y rápido, que el que se produjo en el Neolítico o con la Revolución Industrial, una“tercera ola” para Alvin Toffler, una “nueva era postcapitalista” para Peter Drucker, una “nueva edad media” para Alain Minc o una “sociedad red” para Manuel Castells.
Pero, ¿qué es lo que está pasando realmente? Algo nuevo, importante y profundo, que al mismo tiempo que esta facilitando que la universalización sea más posible que nunca, está permitiendo que lo pequeño y local, sí no es trivial, adquiera significación. Nos encontramos ante un hecho objetivo, multidimensional (se manifiesta en múltiples aspectos), asincrónico en sus inicios(existen aspectos más desarrollados que otros, la evolución no es equitativa) y multicéntrico (aún no estrictamente global) desde el punto de visto geográfico. No estamos ante una opción, ni ante algo retórico, ni tampoco ante una ideología, por mucho que los neoliberales intenten activar este hecho dentro de su contexto ideológico.
El fenómeno no se comprende del todo, pero lo sentimos. Estamos tomando conciencia que posee fuerzas transcendentales que pueden llegar a provocar que tengamos que replantear el concepto de nuestra propia realidad. No existe una sola zona del Planeta en la que no se esté discutiendo de manera exhaustiva el proceso global.
¿Qué es lo que primero que debemos saber?. Identificar globalización con mundialización de la economía es simplificar un concepto, que como mínimo es precisable. Nos encontramos ante algo que admite en su concepción gran elasticidad. El intentar buscar precedentes históricos al actual proceso global en el siglo XVI, a finales del XIX o en cualquier otra época es materia de tesis doctoral, puede tener interés teórico-académico, pero no es primordial, ni esclarecedor. A finales del XIX había ya una economía mundial, pero ni el espectro del comercio de bienes y servicios, ni el número de países y empresas implicadas, ni la evolución tecnológica, ni el nivel de flujos financieros y de capitales, de aquel entonces es parangonable con el que se produjo en la última década en el la que el capital multinacional está aliado con la tecnología, surgiendo en torno a la misma importantes alianzas estratégicas. La globalización tal como se manifestó en la última década no tiene precedentes paradigmáticos y su propio proceso está anunciando la aparición de nuevos paradigmas que ya empezamos a identificar.
(lo que supone una mayor movilidad de los factores de la producción, del capital, de la tecnología, de materias primas, de los bienes y servicios, y en menor medida de personas.)
Empezamos a ser conscientes que la globalización es mucho más que la integración (interdependencia global) de los mercados financieros, la apertura de los mercados en general y la fragmentación de la producción (la producción se efectúa en muchas plantas, en distintos lugares e interviniendo varias empresas), facilitadas por la movilidad del capital, la tecnología, las materias primas, de los bienes y los servicios, de los trabajadores altamente especializados y en bastante menor medida los no cualificados, o de la mejora de las comunicaciones y los transportes. La globalización además de económica es política, tecnológica, cultural, mental, emocional y está influyendo en nuestra vida diaria, en la familia, en el matrimonio, en la igualdad entre hombres y mujeres, en aspectos íntimos como la sexualidad, ya no dominada por la reproducción.
La mundialización de la economía es un vector determinante del proceso global, pero no es el único. Existen otros factores independientes y dependientes no menos importantes como son: la eclosión de las nuevas tecnologías, la cobertura planetaria de las comunicaciones, el cambio en el modelo de transmisión de inteligencia en las organizaciones, la desaparición paulatina de intermediarios innecesarios, o bien la aparición de una nueva forma de hacer economía, que está facilitando el paso de una economía física a una economía de las ideas. Está nueva economía basada en el conocimiento, sustentada en una organización red y apoyada en las nuevas tecnologías, no tiene aún un peso específico importante en el contexto global, pero si está siendo determinante en la renovación de la economía tradicional.
La globalización que introduce otras formas de riesgo e incertidumbre, y que nos afecta independientemente de nuestra situación económica y geográfica, se está presentando además como un estado de ánimo, un cambio cultural y de mentalidad, como una posibilidad de que surja una nueva sociedad civil global, y por lo tanto como algo con capacidad suficiente no solo para afectar a nuestra organización social, económica o política, sino también a nuestros principios, valores, creencias y en general a todas aquellas cosmovisiones que han sido referencias paradigmáticas de nuestra forma de ver y entender el mundo.
Por otra parte el cambio es imparable, nadie puede frenarlo, su poder prometeico nos lo impide. La globalización constituye un proceso complejo e irreversible, que nos afecta a todos en cuestiones primordiales para la humanidad, es decir en temas que se han universalizado como son los que conciernen a los Derechos Humanos, ampliados en las últimas décadas por los planteamientos ecológicos y en los últimos meses por los ataques del terrorismo internacional y sus impredecibles consecuencias. El crecimiento económico ya no se puede seguir realizando a costa de agredir brutalmente al medio natural y humano. El cambio climático global y sus riesgos inherentes no es natural y si consecuencia de nuestra actuación sobre el medio ambiente. Esta situación es insostenible. La Tierra así va mal. El protocolo de Montreal apagó como pudo el incendio de los CFC (clorofluorocarbonatos) ozonocídas, pero hubo que redactar inmediatamente el de Kioto para atajar los gases nocivos. Se llevó a la práctica el Protocolo de Montreal más o menos, pero ya ven lo que está pasando con el de Kioto, que EE.UU. se muestra reticente a su firma. Hemos de superar el concepto de “desarrollo cuantitativo” con un desarrollo que compatibilice el progreso y la técnica con las limitaciones que supone el respeto al medio ambiente. Un eco-desarrollo más humano , que se sensibilice con la mejora de las condiciones de vida de los más desfavorecidas, que rectifique el sendero del desarrollo desviado. En realidad creo que existen fuerzas no económicas lo suficientemente poderosas para que el proceso global no se pare.
Todo lo anterior, le está dando al mundo un nuevo rostro que unos se imaginan terminará adquiriendo rasgos humanos, porque consideran que el proceso va a ser de suma positiva para la condición humana, pero otros intuyen que podría llevarnos a un mundo más injusto y desigual. Estos últimos piensan que nos encontramos ante una nueva etapa del desarrollo del capitalismo, ante un neoliberalismo que califican de salvaje y descontrolado, que está dilapidando las bondades de la economía del bienestar y que nos está llevando a una época antisocial, conservadora, de revolución de élites, a un nuevo modelo de apartheid para aquellos que tienen poco acceso a las nuevas tecnologías, o no lo tienen en absoluto. Para ellos la tal aldea global no existe y lo que si existe, es el encuentro interesado de las grandes potencias económicas y de grupos económicos que realizan alianzas estratégicas en el campo de las nuevas tecnologías, sin otro objetivo que la búsqueda del poder económico y la satisfacción de la metafísica nihilista de la voluntad de poder. Todos los planteamientos que descalifican la globalización en general, probablemente por limitarla al terreno económico, tienen algo en común: su lenguaje pertenece al ayer (los prejuicios de la era industrial están patentes en el mismo) y su heterogeneidad es auto-destructiva. El luchar por mejorar el proceso global , el hacerlo más humano, es una obligación ética, un imperativo categórico, que nos obliga a todos. El enfrentarse verticalmente a la globalización es un disparate similar al Ludismo de principios del XIX (movimiento obrero que pretendía destruir las máquinas y los centros fabriles, porque consideraba que la Revolución Industrial iba a acabar con el trabajo y a traer la miseria y la desgracia).
En cualquier caso lo que si hemos de reconocer es que la revolución ya ha comenzado y está en marcha. En ciertos aspectos el proceso global está muy avanzado, como puede ser en lo relacionado con los movimientos de capitales, de tecnología, de bienes y servicios, en el terrorismo, mientras que en otros aspectos (derechos humanos ecológicos, económicos, políticos y sociales, movimiento de personas ...) no lo está tanto. Es decir el proceso se presenta de momento asincrónico.
Aún encontrándonos en los orígenes de esta nueva revolución ya nos abruma y desconcierta. El fenómeno posee fuerzas internas de gran actividad, extraordinariamente capaces, con potencialidad suficiente para liquidar el pasado inmediato; cuestionar, precarizar y desordenar el presente, y para que la anticipación del futuro se convierta en algo primordial.
Ante todo esto, los estados parecen encontrase estupefactos, sobrepasados por circunstancias que se escapan a su capacidad de asimilación y reacción. Se cuestiona su capacidad de control en general, sus leyes y sus Constituciones se vuelven obsoletas El mundo se globaliza pero las instituciones estatales no. Los Estados y sus gobiernos, asisten anonadados a la pérdida de protagonismo y de control sobre su propia economía.
Los estados han perdido parte de la soberanía que tuvieron, y los políticos mucha de su capacidad para influir en los acontecimientos. La política económica se entrega a los Bancos Centrales, pierden el monopolio y control sobre sus divisas y son incapaces de acometer las inversiones necesarias que el mercado imperfecto acierta a establecer.
El control económico a escala mundial está pasando a empresas o a grupos de empresas que hacen alianzas estratégicas en el terreno tecnológico y que son capaces de crear normas de aceptación general, como ocurre en el caso de Microsof, Master Card, Visa, por poner tres ejemplos que nos son familiares. Normas, por otra parte, perfectamente compatibles con cualquier diversidad cultural.
El poder de los estados se vuelve difuso y su capacidad de control disminuye. El Poder Legislativo va perdiendo capacidad suficiente para crear un nuevo marco legal, adecuado para resolver los graves problemas que esta generando el nuevo contexto global, en el que están apareciendo problemas relacionados con la intimidad, libertad, propiedad intelectual, seguridad, derechos humanos, ecología, control de la economía, etc. Al mismo tiempo el Poder Ejecutivo y el Judicial, simplemente no parecen estar capacitados, en estos momentos, para resolver los nuevos problemas que genera la revolución global.
El poder militar de la mayor potencia mundial, ni sus servicios de inteligencia , a juzgar por los últimos ataques, parecen estar preparados para neutralizar la amenaza global terrorista, a la que hay que hacer frente más policialmente y desde el punto de vista de los derechos humanos y la información , que militarmente.
Ante tal situación, se impone la necesidad de un cambio social capaz de reinterpretar nuestro presente, definir nuevos conceptos y en definitiva identificar lo que Thomas Kuhn denomina ”nuestros paradigmas”, que están cambiando y por lo tanto anunciando una revolución en el sentido más amplio de la palabra. Ha llegado el momento de reordenar nuestras prioridades, redefinir nuestros puestos de trabajo y de plantearnos la necesidad de formarnos permanentemente, asumiendo papeles cambiantes. En cierto modo el tiempo se acelera y la distancia se muere. El acceso secuencial al conocimiento está siendo cuestionado por el diluvio de información general que nos llegan por los múltiples medios de comunicación. Una información no discriminatoria según la edad; es decir por una parte nuestros jóvenes están recibiendo una educación lineal, secuencial y por otro están experimentando un ambiente informativo y educativo al que acceden de manera aleatoria.
El mundo cambiará en la medida que cambiemos todos. La juventud ya lo está haciendo. Nadie debe dudar de la excelente capacidad que están mostrando los jóvenes a la hora de adaptarse a los nuevos medios, lo cual hasta cierto punto es lógico si reparamos en que, hoy en día, están más preparados para comunicarse y colaborar que para recibir órdenes. Todo ello refleja una nueva forma de pensar y actuar, que esta inquietando a los críticos y escépticos habituales, que se ven incapacitados para dar el paso psicológico necesario para adaptarse a la nueva realidad, sintiéndose inseguros y amenazados por un cambio que se resisten a entender. No creo que la globalización de lugar a una división generacional, ni mucho menos, como apunta Nicolas Negroponte. Es cierto que los jóvenes se están adaptando mejor a los cambios, pero no lo es menos que las personas mayores también los están asumiendo, por una razón muy sencilla e inequívoca: con ellos mejora nuestra calidad de vida. El esfuerzo de adaptación es muy inferior a la grandes ventajas que supone el disfrute de las nuevas tecnologías.
Después de los trágicos actos terroristas de hace unos meses, se impone la necesidad urgente de iniciar la construcción de un sistema internacional realmente organizado en torno a un orden que se considere legítimo por todos. O realmente la sociedad humana no existe, como asegura Peter Worsely, y en ese caso los seres humanos y la civilización tampoco o bien no podemos evitar el gran debate sobre el futuro.
Ante todo lo anterior, lo que parece razonable es que se promuevan espacios de reflexión a nivel mundial sobre las cuestiones e impactos que contempla la nueva globalización, apoyada en el paso de la “Sociedad de la Información” a la “Sociedad del Conocimiento Útil”, una cuarta ola en el sentido toffleriano de la expresión que mejore al situación actual y sobre la que profundizaré en el próximo capítulo.
Habrá que identificar los proyectos, clasificarlos, priorizarlos y dinamizarlos en las áreas que contribuyan a la formación de una nueva sociedad. Solo de esta manera nos podremos dotar de instituciones capaces de garantizar los derechos fundamentales de los seres humanos y en especial su libertad. Instituciones que deberán prepararse para manejar la incertidumbre y valorar intangibles, dos de las grandes problemas del futuro que se avecina.
En esta nueva era, todos debemos convertirnos en investigadores con capacidad de observación alerta no solo para buscar conocimientos sino para sorprendernos con el encuentro de aquellos que no eran buscados en el curso de la investigación. En otras palabras, nos veremos obligados a hacer “Serendipity", palabra que tiene un origen curioso pues alude a una región imaginaria descubierta casualmente en un viaje (Remer, Th.G,1965).
Estas nuevas circunstancias pueden variar el concepto de la actividad y el rigor científico, precarizando todo tipo de metodología. El ritmo del progreso científico se ha acelerado de tal manera y los campos de análisis científico cambian y avanzan de forma tan vertiginosa, que cada vez más, se suscita la necesidad no solo de crear nuevas formas de organización de la investigación, que ya se están creando, sino que en el campo de la metodología científica apremia la necesidad introducir la incertidumbre y la valoración sistemática de lo intangible.
Nos vamos a ver obligados a realizar el esfuerzo intelectual de anticipar el futuro. Y tal planteamiento, no es tarea fácil en un mundo en el que, en las últimas épocas cegados por los prejuicios de la era agrícola e industrial, pensábamos que lo que se avecinaba era una nueva revolución industrial. En realidad nos hemos encontrado inmersos en la revolución vertiginosa de los servicios en general y en especial de los relacionados con la industria, la informática, telecomunicaciones, transportes, biotecnología y en especial la genómica, la microelectrónica, la nanotecnología en general, entre otros desarrollos influyentes.
La fe ciega en la ciencia y la tecnología, propia de aquellas épocas, nos llevó a una preponderancia de las actitudes reduccionistas, expertas en las partes e ignorantes del todo. Se despreció en la educación el papel de la filosofía, la literatura, la historia, la sociología, las humanidades en general, olvidando que son las materias que permiten a los pueblos discernir y desarrollar el sentido crítico, necesario para elegir lo mejor en democracia y poder controlar el poder político, siendo además imprescindibles para definir nuestros problemas. El agujero de ozono hay que controlarlo con el sensor TOMS y el satélite Earth Probe, pero el que mas urge controlar, de verdad, es el de las ideas.
Con certeza nadie sabe lo que nos espera y como afectará todo esto a las relaciones humanas. Es el momento de preguntarse si el incremento exponencial de la información y el conocimiento accesible, unido a una inmensa capacidad de comunicación global, puede llevarnos a una mayor sensibilización ante los problemas comunes, y si todo ese potencial acabará constituyendo una ayuda real a los más desfavorecidos.
Hasta épocas recientes creíamos avanzar guiados por objetivos que vagamente planteados concernían al incremento de bienestar individual y colectivo. En otras palabras, creíamos en un futuro mejor para todos y en términos simples dábamos ese sentido a la condición de la especie humana. Pero ahora desbordados por los progresos científico-tecnológicos arrolladores que hemos mencionado, dudamos si serán aplicados en el sentido indicado o si su objetivo será crear, de acuerdo con el modelo histórico más clásico que ya conocemos, nuevas elites dominantes que pongan toda esa capacidad emergente al servicio de intereses estrictamente particulares. La incógnita sobre si será así permanece inquietantemente abierta.
Somos nosotros mismos, los que con nuestros proyectos y actuaciones llenamos de contenido el futuro. Por ello tenemos la obligación de constituirnos en atentos escrutadores de este nuevo caos del que deberá salir un nuevo orden que se apoye en valores con raigambre histórica y conocidos por todos y no considere a los valores económicos como únicos y universales. Tal vez va llegando el momento de plantearnos la existencia de un “Estado Universal”, por encima de unos “Estados-Nación”, e incluso de los “Pueblos-Nación”, y de considerar que la única nación que realmente existe es la que constituye el propio individuo, autentica odisea vital interior y exterior, auténtico cosmos, único objetivo válido de cualquier “protección” estatal.
Tal vez en esa búsqueda y no en otra se debería convertir la gran aventura de la “globalización”, empleando en ella toda nuestra alegría.

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