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Notícies :: globalització neoliberal
Algunas aclaraciones sobre el movimiento de los chalecos amarillos dirigidas a los amigos extranjeros V
16 nov 2019
El movimiento de los Chalecos amarillos, totalmente impredecible en su pretexto, sus formas, su duración y la agitación que ha provocado, ya es reconocido como la crisis social más grave que se ha producido en Francia desde 1968...
Los sucesos de Lyon, 22 de noviembre de 1831. Combate del Puente Morand.jpg
El movimiento de los Chalecos amarillos, totalmente impredecible en su pretexto, sus formas, su duración y la agitación que ha provocado, ya es reconocido como la crisis social más grave que se ha producido en Francia desde 1968 . No me extenderé en todo aquello que comúnmente se acepta sobre este movimiento y su sociología, o las especificidades típicamente francesas y también personales del ejecutivo actualmente en el poder (provocador, burocrático, despectivo y particularmente represivo), factor contingente que ha contribuido en gran medida, a exacerbar el conflicto . Los pocos documentos citados, bastante eclécticos, dan en general a pesar de sus limitaciones o sus prejuicios, una visión lo suficientemente clara. Parece más importante tratar de aclarar, más allá de los clichés laudatorios o críticos, aquello significativo para el futuro de los conflictos y de los desafíos de nuestro tiempo.
Como en otros muchos países occidentales, se trata de la rebelión de la gente común que se reconoce a sí misma como parte de la clase media (en el sentido de la normalidad corriente; dejaremos a los puristas del concepto las discusiones bizantinas sobre la irrelevancia de tal denominación), de hecho la capa empobrecida de las clases trabajadoras y de los jubilados, que aún no han sido rechazados como sobrantes inútiles del sistema, pero que sienten temor por ellos, sus parientes o sus hijos. De hecho, incluso en un país considerado "rico" como Francia, y al margen de cualquier crisis importante, cada vez es más difícil para estas categorías satisfacer sus necesidades materiales esenciales, es decir, no solo aquellas necesidades que este sistema ha convertido en necesarias para su cotidianidad integrada en la modernidad, sino también las necesidades básicas de vivienda, calefacción o alimentos.
La hegemonía progresiva del capitalismo como sistema de dominación, al hacer triunfar la sociedad industrial, ha tenido como proyecto y en todas partes como resultado el limitar la vida a su dimensión económica y reducir las aspiraciones humanas al trabajo y a la satisfacción de las necesidades materiales. Más allá de todos los sufrimientos, las crisis, las guerras y cualesquiera que sean los regímenes políticos aplicados para cumplir este programa (los fascismos y los socialismos burocráticos, a pesar de sus proyectos de construir un hombre nuevo, tuvieron que integrar esta centralidad o desaparecer), se puede decir que desde finales del siglo XIX fue aceptado globalmente, ya que ha sabido en gran medida mantener su promesa de una mejora material de la situación de las poblaciones (el fenómeno aún sigue funcionando eficazmente para todos los países emergentes en fase de rápida industrialización). Sin embargo, en los primeros países industriales este proceso histórico se interrumpió a finales del siglo XX, los salarios reales se estancaron y luego disminuyeron y las condiciones de vida se deterioraron gradualmente. La certeza casi secular de las clases trabajadoras, de que su suerte material mejoraría con el tiempo, de que vivirían mejor que sus padres y lo mismo ocurriría con sus hijos se ha derrumbado progresivamente.
Se ha producido una inversión de la situación, primero lentamente por la desindustrialización y la automatización del trabajo industrial restante, y después repentinamente con la crisis financiera del 2008, combinada con la aceleración de la globalización, asociada a la informatización de todas las actividades humanas. La sensación de desmantelamiento se ha convertido en la certeza de que toda estabilidad y seguridad material se han perdido junto a todas las viejas formas de solidaridad. En la actualidad, cualquier persona puede precipitarse en el abismo de la nada social y lo sabe. EL MANDATO DEL CIELO CAPITALISTA ESTÁ AGOTADO.

El mismo fenómeno ha ocurrido en todos los viejos países industriales y ha alimentado diversas formas de populismo de derecha, autoritario, nacionalista y xenófobo. La singularidad del movimiento de los Chalecos amarillos (aunque existe en el país un partido político de este tipo con fuerza electoral), es que su inmensa mayoría no ha hecho de la regresión nacionalista, racista o de la obsesión contra la inmigración su caballo de batalla, sino que explícitamente lo han ignorado o relegado a problemas secundarios. Naturalmente, en un movimiento tan amplio y heterogéneo, escaparate ideal para cualquier sectario carente de visibilidad mediática, este tipo de actos pueden darse siempre, ya que ni los votantes de la extrema derecha populista, ni los integristas musulmanes antisemitas, desaparecen por arte de magia, ver, por ejemplo, el incidente con Finkielkraut. Pero lo que es innegable, para disgusto del poder, de los progresistas que los tienen en el punto de mira y de los media que los muestran repitiendo la misma información una y otra vez, es que estos actos han sido bastante marginales y combatidos como se merecen.
Pero, ante todo, lo que ha movido y constituye la unidad de un movimiento tan ecléctico, es el retorno y el sentimiento compartido de una lucha de clases en el sentido más fundamental: la de los pobres contra los ricos. Y si el Estado ha sido tan particularmente atacado, lo ha sido en tanto defensor de los ricos y sus representantes, en tanto que parásitos . Las viejas referencias de la lucha de clases vestidas de fraseología marxista y la crítica del capitalismo, eran casi invisibles en los inicios del movimiento. La izquierda clásica y el izquierdismo están tan desacreditados y sus referencias son tan desconocidas, olvidadas o inútiles, sinónimos de tantas mentiras, de traiciones e impotencias, que lo que está masivamente presente como referencia histórica es la Revolución francesa de 1789, considerada victoriosa, y para los más veteranos concretamente el Mayo del 68.
Como si se tratara de retomar el curso inacabado de la Historia, el lema libertad, igualdad, fraternidad es explícitamente reapropiado como programa concreto: "la libertad y la igualdad se conseguirán, la fraternidad ya la practicamos", como los colores de la república que están allí para recordar que el pueblo es soberano y que ya ha cortado la cabeza de un rey: "un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo", lo mismo que el recuerdo recurrente de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793 legitimando la exigencia de la destitución del odiado presidente: "Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es, para el pueblo y para cada uno del pueblo el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes".
No es, pues, ni un movimiento populista de derechas ni un movimiento revolucionario de izquierdas, sino una especie de ciudadanismo radical que, a falta de algo mejor, toma al pie de la letra todas las afirmaciones cotidianamente pisoteadas y burladas de los fundamentos democráticos y de los discursos del personal político. No está estrictamente motivado por reivindicaciones materiales, sino más bien por exigencias morales sobre el funcionamiento de la economía, el poder político y, en última instancia, de la sociedad, reflejado de forma concreta en la fraternidad de las rotondas, crítica colectiva práctica del aislamiento social impuesto por la modernidad: "antes estábamos solos frente a nuestras pantallas", "encontramos una familia".
Estos simples hechos y la presencia de las banderas tricolor bastaron en un primer momento para alejar a la mayoría de los militantes de izquierda y de extrema izquierda, enojados porque lo real no se amolda a sus cánones ideológicos y a sus normas de etiqueta . Algunos vuelven ahora, en el lento reflujo del movimiento, para intentar colocar sus encantamientos rituales, anticapitalistas, antirracistas, de género etc., ante la indiferencia general .
Otros, (sucintamente, los diversos componentes del "black bloc", cuya expresión plural se puede encontrar en el sitio Lundi Matin vinculado al Comité Invisible), se sumaron rápidamente por su fijación al enfrentamiento con la policía, creyeron que la situación podía llegar a ser revolucionaria y que bastaba con dar un pequeño empujón para que la revuelta se convirtiera en insurrección y ésta en revolución. Desde entonces, fingen estar sorprendidos de que la mayoría de los que iniciaron el movimiento no sean finalmente los auténticos revolucionarios soñados, sino que se desvinculen regularmente, según las circunstancias, de la violencia urbana, que para ellos es el único criterio de radicalidad . Además, ellos se esfuerzan cada semana en verificar negativamente su credo en lo que ahora se reduce a los enfrentamientos rituales al final de las manifestaciones con una policía sobre-equipada que, después de los primeros sábados de enfrentamientos espontáneos extremadamente violentos, en general siempre ha tenido la situación controlada . Pero lo que es nuevo, es que esta violencia, por lo demás cualquier cosa menos ciega y esencialmente simbólica, aunque no sea obra de la mayoría de los Chalecos amarillos, ha sido percibida por estos como la consecuencia inevitable del desprecio del Estado, de la brutalidad policial, de la magnitud de la represión judicial y, en general, de la violencia social.
Podemos suponer que el saqueo de los Champs-Élysées, durante todo el sábado 16 de marzo en la jornada 18 de las movilizaciones, es el resultado conjunto de una estrategia de provocación clásica del laissez-faire del poder (con eventuales resultados que la habrían sobrepasado; la fabula oficial de que funcionarios subalternos de la prefectura de policía, ocultándola a sus superiores, hayan tomado la iniciativa de debilitar hasta cierto punto la capacidad de intervención de la policía parece difícilmente creíble) y de la radicalización de los 8.000 a 10.000 manifestantes, "black blocs" y Chalecos amarillos allí reunidos. En cualquier caso, si el resultado puede parecer tácticamente satisfactorio para los versalleses del partido del orden, deshaciéndose de un prefecto de policía poco fiable, haciendo aceptar la nueva ley antidisturbios, un endurecimiento de la represión, una llamada simbólica al ejército y cabe añadir una ley de privatización impugnada (votada a hurtadillas a las 6 de la mañana), el fracaso es evidente, ya que no ha logrado provocar una verdadera escisión en el seno de los Chalecos amarillos sobre la cuestión de la violencia, ni una ola de apoyo al poder.
Todo el mundo sabe que fueron los disturbios espontáneos de noviembre y diciembre, consecuencia de la violencia indiscriminada de la policía, lo que hizo, en parte, temblar y ceder al poder. En cuanto al saqueo del 16 de marzo al restaurante Fouquet's, como símbolo de clase, ha regocijado a la mayor parte del país, el destino de los Champs-Élysées (el lugar menos frecuentado por los parisinos), para la mayoría de los franceses le es tan lejano e indiferente como el de Dubái. La fuerza de este movimiento, visible en su duración, su determinación y su indiferencia ante las acusaciones de violencia, reside esencialmente en su rechazo de cualquier jerarquía, de todo liderazgo, y en la intensidad de la solidaridad vivida ante la masiva violencia estatal . Violencia hasta entonces reservada a los banlieues, a los zadistas, o a los "black bloc" .
Podemos resumir sus efectos más remarcables, en algunos puntos reafirmados constantemente hasta ahora:
- Rechazo de toda recuperación por parte de cualquier partido o sindicato.
- Denuncia de los medios de comunicación como instrumentos del poder.
- Rechazo de cualquier representación, portavoces oficiales y de toda evolución electoralista.
- Exigencia de democracia directa.
- Toma de conciencia masiva y denuncia de la violencia policial de un poder al servicio directo de un sistema y de una oligarquía.
- Intentos de instalar a largo plazo, directa y físicamente, los vínculos establecidos durante estos meses, tanto a nivel local como nacional.
Una vez superadas las estrictas demandas materiales iniciales, la duración del movimiento y la organización de debates, tanto directos como en las redes sociales, han llevado a los manifestantes a plantearse progresivamente preguntas más generales sobre la naturaleza de la sociedad y los medios para transformarla . Este es el crimen que potencialmente contiene a todos los demás y ha motivado el contrafuego del "pseudo-gran debate" organizado por el Estado, por miedo a un contagio al conjunto de la sociedad.
Es la existencia continuada o no de estos debates críticos al margen de toda tutela, tanto a nivel local como a nivel nacional, lo que determinará en el futuro si este movimiento puede tener un efecto acumulativo o bien si desaparecerá sin dejar rastros observables como tantos otros antes que él .
Sin embargo, los límites de este movimiento son también evidentes:
- El contagio no ha ocurrido: a pesar de una participación numerosa y del apoyo expresado por una gran mayoría de la población, nunca se ha convertido en un movimiento de masas paralizante de la sociedad, sino más bien en una revuelta por procuración o por poderes. Cientos de miles de manifestantes (en el apogeo del movimiento) por algunos millones de proclamados partidarios y el soporte del 70% de la población según las encuestas .
- Por falta de un apoyo masivo real, nunca han encontrado otros lugares físicos que ocupar que la precariedad de las rotondas, los peajes de autopista, los aparcamientos de supermercados y algunos lugares asociativos (en Saint-Nazaire, por ejemplo), otros donde el cuestionamiento de la sociedad podría haber tomado otra dimensión afectando a una mayor diversidad social.
- Por lo tanto, ha seguido siendo un movimiento provincial, más periurbano que rural, ignorado por las capas más favorecidas de las clases medias de las grandes ciudades (especialmente de la capital) y objeto del odioso desprecio de todas las élites: Luc Ferry, "filósofo", ex-ministro de educación, decía acerca de la policía, "Que utilicen sus armas de una vez por todas. Oiga, ya es suficiente".
- La famosa "convergencia de luchas", conjuro ritual del neoizquierdismo, ha continuado siendo letra muerta. Los sindicatos, temerosos de su impotencia y su marginalidad se negaron a asociarse al movimiento; los estudiantes, demasiado ocupados por "la interseccionalidad" de sus obsesiones de género y antirracismo han brillado masivamente por su ausencia y, aparte del Comité Adama , colectivamente los jóvenes de los suburbios han estado ausentes si exceptuamos algunas incursiones "Rolex" en los Camps-Élysées o en la Canabière de Marsella.
- Las manifestaciones contra el cambio climático que tuvieron lugar simultáneamente y que son resultado de otras categorías sociológicas más urbanas, más jóvenes, con más titulaciones, más deferentes y menos furiosas, no quisieron asociarse con el movimiento de los Chalecos amarillos, para profundo alivio del poder.
- Esta limitación socio-geográfica, que ha favorecido el no cuestionar más globalmente el sistema, ha llevado al movimiento de los Chalecos amarillos a centrarse en algunas reivindicaciones: la dimisión de Macron, el restablecimiento de la ISF (impuesto sobre el patrimonio), el aumento de los salarios y de las pensiones y la RIC (referéndum de iniciativa popular), todas ellas imposibles de alcanzar.
- En consecuencia, el reflujo, aunque lento es inevitable.
En estas circunstancias, es remarcable la firmeza del movimiento en algunos puntos fundamentales que son de carácter profundamente político: la exigencia de democracia directa (cualquiera que sea el adjetivo que se le asigne: transversal, participativa, horizontal, etc.), con el control y la revocación de los representantes, lo que implica un rechazo radical de la vieja política electoral de los partidos y la de la cogestión de los sindicatos, mientras que la exigencia de libertad y de igualdad, constantemente reiterada, también ha excluido el dejarse arrastrar al terreno de la xenofobia y de la regresión nacionalista. Firmeza del movimiento que conviene no verla tanto como una virtud transhistórica propia del pueblo francés (aunque la historia política de este país no sea totalmente ajena), sino como el resultado notable de una implosión acelerada de las ilusiones políticas surgidas recientemente. En menos de dos años, la regresión nacionalista de Trump, del Brexit o de Italia, ha demostrado su ineficacia, mientras que la fuga hacia adelante tecnoliberal de Macron ha explotado en pleno vuelo y la gestión ecolo-ciudadana como la de Podemos, se reducía manifiestamente a medidas simbólicas o cosméticas.
La explosión tardía del movimiento de los Chalecos amarillos ha tenido el efecto paradójico de no poderse adormecer en unas ilusiones, rápidamente desmentidas por los hechos, ya que en los últimos años, se ha vuelto muy común la profunda convicción de que este sistema no puede ser regulado ni reformado. A su modo, el movimiento de los Chalecos amarillos expresa esa constatación, ninguna delegación de poder podrá resolver los problemas reales a los que se enfrentan nuestras sociedades, por lo que es necesario que los pueblos retomen su destino. La ingenuidad bastante general de las propuestas de los Chalecos amarillos y los evidentes límites de su crítica no deberían ocultar el escándalo y el terror que provocan sus constataciones y resoluciones potencialmente subversivas. Además, no deben nada a la existencia previa de una minoría radical que se define subjetivamente como revolucionaria, de quien el poder finge temer la amenaza: "los black blocs no son un epifenómeno, sino una amenaza antigua, constante, poderosa y repetida", (Ministro del Interior dixit). Esta minoría no ha tenido ni tiene nada que ver con la irrupción de esta importante crisis y prácticamente no ha tenido ningún efecto en su evolución. Salvo constatar que la banalización de la violencia urbana durante las manifestaciones callejeras ya no asusta ni en provincia.
Si los recuerdos y el ejemplo concreto de Mayo del 68 se desvanecen y ya no significan gran cosa para aquellos que no lo han conocido directamente, acechan literalmente los pasillos del Estado. Porque, aunque el personal político actual no tenga la experiencia directa de esa crisis revolucionaria, es el derecho y el deber del Estado de registrar y transmitir la memoria de los peligros que lo han amenazado. El Estado actual sabe que no tiene ni tendrá nuca más los medios que antes tenía para poder negociar una salida a la crisis, ni económicamente para una redistribución financiera, ni políticamente concediendo nuevos derechos sociales, sin mencionar, por supuesto, las nuevas reivindicaciones sobre las que no tiene ningún control.
Naturalmente Mayo del 68 nunca volverá, como jamás se repite de la misma manera ningún acontecimiento histórico importante, banalidad que no dejan de repetirnos los izquierdistas arrepentidos e integrados, los revolucionarios cansados y los políticos falsamente aliviados. De hecho, si una crisis global condensase el conjunto de las críticas, agravios y la cólera de una mayoría de la población, es evidente que esto conduciría rápidamente no a un Mayo del 68, sino a un Mayo 68 a la décima potencia.
En efecto, ya no se trataría como hace cincuenta años de la yuxtaposición, sobre una base abrumadora de reivindicaciones socialdemócratas canalizadas por el partido estalinista, de un revolucionarismo neo-leninista a la defensiva y una débil crítica social de la sociedad moderna, sino más bien de un cuestionamiento global de una civilización agonizante, en todas sus dimensiones ecológicas, sociales, políticas e imaginarias. Como lo resume irrefutablemente el eslogan aparecido en las manifestaciones, tanto de los Chalecos amarillos como en las del cambio climático: "Fin de mes, fin del mundo, mismos enemigos, misma lucha".
En los últimos quince años, se han visto en Francia una sucesión de crisis tan diversas como duraderas que solo comparten el no tener solución. Evidentes para lo que aquí se llama crisis de los banlieues, es decir, la pauperización perenne de los guetos y la desintegración social que estalla regularmente en motines ante el racismo de la institución represiva, sin más futuro que su perpetuación.
Sin embargo, si miramos hacia otros lugares, por la brecha abierta en el consenso de la ideología del progreso provocada por la larga lucha contra el aeropuerto de Notre-Dame-des-Landes, se constata que ha trasladado al dominio público una crítica anti-industrial sistemática, antes confinada a un reducto intelectual, tanto en sus planes concretos de "grandes proyectos inútiles" como en su ideología tecno-progresista: "contra el aeropuerto y su mundo", o en su "transición energética, fraude tecnocrático". Ya no saldrá a la luz y las manifestaciones crecientes contra el cambio climático, entre otras, llevarán el conflicto a un nivel global desconocido hasta ahora, porque la sociedad industrial no tiene otra opción que continuar su saqueo, su destrucción y su guerra a la vida. Por lo tanto, se critica a todo el sistema económico-político no solo en nombre de la evidencia de un peligro inminente, sino cada vez más en favor de otra forma de vida.
Este conflicto ya estaba presente en el 2016 en el fenómeno de Nuit Debout y en las manifestaciones contra la legislación laboral de la loi Travail (reglamentos de derecho laboral) , que durante dos meses habían planteado, de una manera más minoritaria y centrada en la no legitimidad de las representaciones políticas, la crítica de la funesta coalición político-económica y tecno-industrial.
Y ahora, en pocas semanas, más que en cuarenta años de luchas perdidas, el levantamiento de los Chalecos amarillos, llevado por sectores de la población que se habían mantenido al margen (la frase más repetida es: "nunca he hecho política o "nunca me había manifestado"), ha conseguido reinstalar la cuestión social en toda su magnitud en el centro de la irrealidad de todos los discursos políticos. ESTE MUNDO VIVE AHORA SOBRE UN VOLCÁN.

Estos diferentes fenómenos, que implican a sectores de la población considerablemente diferenciados cultural y socialmente, se yuxtaponen o superponen en el tiempo, sin haber encontrado hasta ahora la oportunidad de fusionarse, y la esperanza secreta del poder es, evidentemrente, que siga siendo así. Anoté esta evidencia hace casi dos años:"Mientras que el sistema satisfaga globalmente las necesidades básicas que ha producido, no vemos por qué una masa crítica de la población se desvincularía de él. Ahora bien, esta es la condición sine qua non para el surgimiento de una crisis revolucionaria".
Pero ya estamos ahí. Aparte de cualquier crisis brutal, pero ante el deterioro progresivo de su destino, una parte de los sectores más pobres de la población común y corriente, la que no se reconoce en ninguna singularidad de edad, raza, género, condición social, aquella que universalmente se considera la más sometida a la alienación mercantil, al embrutecimiento del entretenimiento de masas, al aislamiento consumado de la sociedad del espectáculo, a la impotencia de la vida virtual, a la tentación del populismo regresivo, paradójicamente acaba de desvincularse de él. La resignación ha saltado en pedazos en el muro de la realidad concreta de las condiciones de existencia donde el sentimiento de la dignidad pisoteada ocupa un lugar central. Esta secesión ha sido bautizada con granadas y flash-ball (balas de goma) y confirmada con miles de penas de prisión; ceremonias iniciáticas que cientos de miles tardarán en olvidar.
La sociedad de masas descansa sobre el respaldo de las llamadas clases medias, aquellas que trabajan y consumen, que producen y reproducen el sistema, es decir, que están satisfechos con sus necesidades y con la satisfacción de estas necesidades. Hasta ahora, la circularidad de esta dominación solo había sido realmente quebrantada en su periferia y esporádicamente entre las facciones de la juventud aún no totalmente integradas a la economía. Sin embargo, las dos contradicciones insuperables del sistema: la tendencia a la desaparición del trabajo y la crisis ecológica generalizada, ya están socavando este consenso histórico. Aparte de cualquier crisis repentina, hipótesis que nadie se atreve a excluir, el inevitable empobrecimiento de la clase media ya ha empezado. Por lo tanto, son las bases sociales del sistema las que están debilitándose año tras año sin que se pueda ni imaginar el milagro que podría revertir esta tendencia.
Mientras que esta parte más instruida, más urbana, menos periférica, aún dispuesta a engañarse con las ilusiones renovables de la redención tecnófila, no se estrelle a su vez contra el muro de lo real, los banlieus (suburbios) arderán, los black blocs se enfrentarán a la policía, los obreros se lamentarán ante sus fábricas cerradas, los campesinos se suicidarán en sus granjas en quiebra y los Chalecos amarillos pedirán en vano la dimisión de Macron.
Se dirá que un derrocamiento tal es improbable, si no imposible, como se decía hace menos de seis meses, el destino de los trabadores pobres era el de revolcarse en su alienación e inevitablemente volver a caer en el estercolero del populismo de extrema derecha.
Sin embargo, el paso del tiempo refuerza el sentimiento, incluso entre los que aún se creen a salvo de la tormenta, de una creciente desposesión de su vida, amenazada individualmente por la economía, colectivamente por el control totalitario del Estado y universalmente por los estragos del complejo industrial-científico. Esto perfila el camino para recuperar el control de la vida en la tierra, salir de la prehistoria y, por fin, acceder por primera vez a una existencia propiamente histórica aboliendo estos determinismos cuyas lógicas autonomizadas convergen hacia un desastre tangible, y por ello es imposible su recuperación para que todo sea cuestionable y efectivo.
Es habitual entre los revolucionarios sin revolución calentarse en el lirismo apocalíptico de una revolución total, viendo en el menor escaparate roto el falso reflejo del espectáculo agrietado, en el saqueo de una tienda de lujo la práctica de la crítica a la mercancía, en la fugaz fraternidad creadora del motín el comunismo en construcción, cuanto más sofisticados más reconocen la realización del amor divino y universal, o incluso la superación del arte y la filosofía . Y nada de esto es completamente falso, porque es inseparable de la intensidad vivida en la efímera fusión de la ruptura de la sumisión y la apertura del tiempo.    
Pero la irrupción de un movimiento como el de los Chalecos amarillos confirma también verdades más prosaicas: caminar de forma duradera con la cabeza en las estrellas requiere anclar los pies en el suelo; las crisis revolucionarias solo ocurren cuando un sistema social es incapaz de resolver los problemas vitales a los que se enfrenta la población, hasta que ella misma no tiene más alternativa que ocuparse de ellos.
Los primeros momentos de dichas crisis no cuestionan los fundamentos del sistema, sino que buscan soluciones dentro de él, y es el reencuentro del debate colectivo lo que en sí mismo constituye la amenaza esencial que el poder quiere ahogar. Solo en una segunda etapa, con la parálisis y la impotencia del sistema, se construye el proceso revolucionario, la crítica se intensifica, se generaliza y pacíficamente o no el antiguo orden, el de la separación, cede el lugar al nuevo, el de una comunidad reencontrada.
Se trata de los balbuceos de este proceso, esta dimensión nueva y necesariamente experimental de toda crisis social de envergadura, liberada finalmente de todo mesianismo redentor y de todo líder carismático, lo que augura que una serie de repeticiones son tan posibles como deseables, lo que ya constituye la victoria del movimiento de los Chalecos amarillos.        

Jacques Philipponeau
abril 2019
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