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Anàlisi :: corrupció i poder
La desconfianza como valor político
01 set 2003
Lo que sigue pertenece a un marco, el democrático, que considero a priori espúreo o falseado en su cimentación respecto a los significados de la democracia griega de la antigüedad y también respecto a la división de poderes âdescubiertaâ? por el barón de Montesquieu.
Pero, aun corrupto, medra en todo el mundo occidental quizá por la misma razón que los antiguos griegos mimaban a sus mitos asumiéndo sus fábulas "como si" fuesen reales; y en el caso del sistema que impera en Occidente, "como si" no hubiese alternativas...

Así pues, empecemos por decir que el ingrediente principal del cócktel que debe saber agitar bien el político para ganarse a sus electores, es la confianza. Luego él debe corresponder no defraudándoles. Hasta aquí, escolástica pura de Teoría Política.

Pero vivimos tiempos en que todo está bajo sospecha. Así es que será preciso asegurarnos de si quien ha de otorgar esa confianza, el elector, tiene a su vez claro si la deposita en el político elegido para que cumpla su gestión con rectitud (es decir, partiendo de los valores humanos y sociales cuya vigencia nunca se discute) o bien se la entrega por diversión simplemente para que haga prestidigitación de la verdad convirtiéndola en mentira por norma...

En un primer examen parece disparatado suponer que un ciudadano la ceda precisamente para ser engañado y sodomizado. Pero no lo es tanto si tenemos en cuenta cómo ha sido, y es, por un lado el comportamiento y la respuesta de la mitad de la masa de electores en las elecciones pasadas, y por otro, cuál es la índole de la audiencia televisiva que decide en fin indirectamente la programación que predomina; dimensiones ambas, que constituyen buena parte de la idiosincrasia coyuntural en el país.

Porque, habida cuenta el gusto generalizado por la verdad permanentemente fronteriza, empieza a resultar fenómeno raro por lo novedoso y fruto de épocas de decadencia, el tufo de una marcada voluptuosidad hacia la desconfianza. Depositar confianza en quien no se confía, produce por lo visto un regusto especial, una especie de sobreexcitación muy acorde a tiempos en que la perversión atrae sin necesidad de ocultarlo. Se prefiere apostar directamente por el sinvergüenza y el pícaro que quizá nos amenizarán con sus abusos, a fiarse de quien serán menos probables, frecuentes y graves sus engaños... En todo caso la cosa está en rendir homenaje a quien precisamente menos lo merece. Sucede algo así como esa mujer que prefiere al macho por sus genitales o su labia aun sabiéndole bribón y mujeriego, antes que al compañero austero. Es posible que esa propensión a favorecer la desconfianza y a juguetear con ella tenga mucho que ver con la atmósfera de inestabilidad que se respira. Pues es un hecho que la inestabilidad reina sobre todo y se apodera de todo: del empleo, de la pareja, de la familia, de los ingresos, del ordenador, del futuro... Y la desconfianza es una rama más que forma parte del árbol del desorden y de la inestabilidad.

De momento lo que sí está claro es que, a juzgar por lo preferido en televisión, prospera más el gusto por la desvergüenza que por la calidad, más por lo informe y tosco que por lo formal y elaborado, más por lo zafio y por lo que carece de matices que por lo rico en ellos. Dime qué ves, y te diré quién eres... Y en política, ya se vio. En lugar de postergarles y retirarles drásticamente la confianza, la mitad del electorado refrendó a quienes hubieran merecido más o menos simbólicamente el paredón. No se puede afirmar más que como hipótesis de trabajo, pero los que hacen subir las cuotas de share apoltronados presenciando astracanadas, deben ser los mismos que aportan su voto a la hora de elegir a los representantes políticos facinerosos.

Que sea o no pasajera esta actitud o una moda más, está por ver. Pero que la pureza de intenciones, la honradez, la propia confianza, la fidelidad, la lealtad... están en regresión y han perdido muchos puntos en la cotización de los valores tradicionales, es un hecho incontestable. No es posible explicar de otro modo que después de tan ultrajantes respuestas políticas a asuntos gravísimos como el del Prestige y el meter al pueblo sin su permiso y por la puerta de atrás en una guerra, sigan dando grandes mayorías ventaja al partido del gobierno sobre el de la oposición, como parece ser arrojan las últimas encuestas. ¿Es que podemos atribuir a la confianza en los gobernantes, tanto locales como nacionales que son tal para cual, el éxito casi absoluto en las últimas elecciones municipales? ¿Es que puede discriminarse esa confianza separando la hipotética fe que se tiene fe en los dirigentes locales del partido gubernamental, de la que no se tiene en el gobierno? ¿No será más bien que la "confianza" está viciada aun en los adictos al partido que votan a sus líderes a pesar de saber que no la merecen, y que lo hacen por simple atrofia o corrupción del sentido común y del sentido del bien hacer?

Dice Nietzsche que "un animal, una especie o un individuo están corrompidos cuando eligen y prefieren lo que es desfavorable para ellos". Pues llega un momento en la decadencia iniciada ya en un pueblo, que le lleva mayoritariamente a preferir lo desfavorable simplemente porque le excita la contravención de las pautas éticas y el riesgo que conlleva de acabar en caos. Le atrae, aunque ello sólo sea par oponerse al adversario, o por la misma razón que un fumador o un dipsómano siguen fumando o bebiendo sabiendo que el hábito acortará su vida.

Que la oposición ha hecho méritos para que el electorado desconfíe de ella es un hecho que no se puede discutir. Pero es manifiesto que, al lado de las aberraciones políticas cometidas por el partido del gobierno en esta última legislatura, los errores de los gobiernos anteriores del partido de la oposición fueron casi niñerías. Aun así debiera ser decisivo a la hora de pronunciarse en un juicio moral sobre la catadura de los gobernantes, el hecho de que no es lo mismo que un gobierno que no cuenta con mayoría absoluta tome decisiones graves contra el pueblo, que las tome prevaliéndose de ella...

Por lo tanto, tendremos que ir admitiendo que, hasta para conceptuar y graduar la confianza masiva hay que ponerse de acuerdo. Pues es difícil demostrarlo, pero es casi flagrante que lo enfermizo está cada vez más presente en los comportamientos y valoraciones sociales. Y que las masas que cuentan, miden y pesan también terminan por apoyar más a los facinerosos y a quienes no lo merecen según una axiología intemporal, que a quienes siguen intentando hacer de la honestidad su norte. Pues se puede ser recto y tener debilidades, pero cuando las debilidades abarcan a todas las pautas de conducta se cae en la abyección. Y lo cierto es que ya no interesa ni se cotiza la honestidad, ni el rigor, ni la verdad, ni en lo personal o en lo político interesa "lo correcto". Parece que los caminos preferidos en todos los órdenes toman exactamente la dirección contraria.

También es posible que tantas de esas actitudes que priman el "interés" de lo corrupto sobre los valores humanos de cambio, no obedezcan sólo a una degeneración generalizada. También es posible que honestidad, rigor, verdad, fidelidad, lealtad, rectitud... que han tenido a lo largo de la historia a la hipocresía y la falacia como caldo de cultivo, hayan terminado asociados a los atributos y señales del Poder autoritario sin disimulo. Por eso, huyendo de éste, se menosprecian aquellas cualidades y se acaba entregando la confianza a un poder autoritario como el actual (que se se las ingenia para ejercerlo sin parecerlo), como una madre desnaturalizada entrega a su hija a la prostitución...

Sea como fuere, el actual estado moral caótico de cosas, presidido por un abierto materialismo que no se niega y además se profesa, nos lleva derechos a la anomia, y de la anomia al completo desbarajuste psicológico primero y luego material, no hay más que un paso.

La sociedad está pidiendo a gritos una sanación global. Esperemos que no sea la cirugía de un guerra, como tantas veces ha sido en la historia, el remedio sanador...
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