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Anàlisi :: dones
Las mujeres que miraban a la muerte de frente y a la cara
29 nov 2017
El duelo perinatal es una realidad silenciada y no poco frecuente que condena al duelo desautorizado a madres que en el primer mundo se encuentran emocionalmente inermes ante la pérdida prematura de sus hijos. La sociedad de consumo, impasible, mira hacia otro lado, no hay lugar para estas pérdidas. Atraviesan en soledad el camino de su duelo silencioso.
Death-of-a-child-Käthe-Kollwitz.jpg
Mi bisabuela Josefa tuvo 8 hijos. A dos pequeños se los llevó el tifus cuando sólo tenían 1 y 2 años. Un día Josefa regresó de la inconsciencia de las fiebres tifoideas para descubrir que sus dos pequeños no habían logrado sobrevivir como ella. Años después, otras dos hijas ya adolescentes se le murieron, junto con su padre, de miseria y enfermedad durante la guerra. La bisabuela Josefa siguió adelante viuda, y con sus otros cuatro hijos. Murió siendo ya viejecita.

Mi otra bisabuela, Dolores, tuvo 2 hijos. Un día la polio se llevó por delante a su marido y al mayor de los hijos, que tenía 5 años. Ella quedó viuda y con el otro hijo, un pequeño bebé que a punto estuvo de morir también en aquella epidemia de polio. El bebé quedó lisiado, la polio le retorció las dos piernas, el brazo derecho y la columna vertebral. La bisabuela Dolores siguió adelante, viuda y con su bebé enfermo. Trabajó para pagarle las operaciones que finalmente hicieron posible a su hijo superviviente poder andar a la edad de 10 años, con ayuda de prótesis en las piernas y un bastón. Ese niño fue mi abuelo.

Las dos mujeres son un ejemplo, como tantos en su tiempo, de mujeres que despidieron a sus hijos y no tuvieron otra que seguir luchando. También son un ejemplo de lo que a muchas otras madres les sigue sucediendo hoy en día en muchos países donde la miseria está presente. Todas estas madres sobreviven a la muerte de sus hijos. Su dolor es el mismo que el mio, pero aparentemente ellas sobreviven más con fuerza, entereza y serenidad de lo que yo soy capaz. ¿A qué puede ser debida mi mayor fragilidad y dificultad para aceptar la realidad de la pérdida de mi bebé? Posiblemente a factores que tienen que ver con el entorno social y cultural en el que he crecido. Mi fragilidad emocional se relaciona con las creencias en torno al embarazo y la muerte que he recibido desde niña.

La sociedad de consumo en la que he crecido vive de espaldas a la muerte, a la vejez y a la enfermedad. Los viejos ya no tienen un papel en el ritmo frenético y productivo de las familias, se les mete en residencias porque no hay tiempo para cuidarlos. La muerte y la enfermedad salen a escondidas de las casas, en ambulancias, y se ocultan en los hospitales. Se muere en soledad y asepsia, en el hospital, entre batas verdes y blancas. La enfermedad y la muerte, no ocupan su lugar en lo cotidiano de la vida. En muy pocas ocasiones las miramos de frente. La publicidad de los medios de consumo nos vende y troquela en nuestras mentes un arquetipo de éxito imposible de alcanzar pero que asumimos como dogma, ligado a la belleza y la juventud eternas. Tener éxito es sinónimo de ser joven, hermoso, con un buen trabajo y con una familia feliz con hijos.

En este contexto de creencias ligadas a una idea de perfección y felicidad irreales, se tiende a pensar que lo normal es la tríada embarazo-parto-bebé y felicidad. Que uno nace, crece, se reproduce y muere. Que los bebés no mueren y que si algo así llega a suceder, en ese caso es una muerte contranatura, antinatural. Qué creencia tan falsa: los bebés mueren, en pleno siglo XXI, y también en los países del primer mundo. A pesar de toda nuestra tecnomedicina triunfante, en España en 2016 murieron durante el periodo perinatal 4 bebés de cada 1000 (1).

La consecuencia inmediata de pensar que la muerte de un bebé es algo contranatura, es que se convierte en un tabú social. Lo aberrante da miedo colectivo. No se sabe cómo actuar ante ello. Para conjurar el miedo no se menciona el hecho, se oculta su realidad. Si no lo miramos, será como si no existiese. Que se te muera tu hijo cuando es un bebé es un tabú. En el entorno social cercano se tiende a evitar hablar del bebé que ha muerto, incluso a pronunciar su nombre, para «evitar hacer más daño a los padres». Con el corazón sangrando por la pérdida del hijo, te encuentras que tu entorno hace como si nada hubiera pasado, para que te recuperes antes. Esto conduce a un duelo silenciado, casi no autorizado, lo que dificulta la llegada del soporte social necesario para el reconocimiento del niño que ha muerto y para el consuelo de sus padres.

Mis bisabuelas crecieron viendo en las habitaciones de sus casas la enfermedad y la muerte de sus familiares. Porque convivieron con ello desde su infancia, sabían que la vida está ligada al sufrimiento y la pérdida, como un acontecimiento cotidiano. Mis bisabuelas sabían que los niños se mueren, siendo bebés y también más mayores, porque antes era una desgracia mucho más frecuente y las madres se enfrentaban a esta realidad sabiendo que era algo inevitable. A la muerte se la esperaba como una fatalidad irremediable y segura, era lo normal. Y por ello sus defensas emocionales cuando sucedía la muerte estaban preparadas. Y así su entorno social, que no negaba ni daba la espalda a la muerte, las acogía y amparaba sin tratar de ocultar su llanto. El duelo por la muerte de un hijo era un proceso normalizado y que ocupaba su propio lugar en el marco social.

Yo soy más frágil que ellas. He crecido en el paradigma de la belleza y la salud eternas. La muerte se me presentó por sorpresa y sin avisar, sin que yo me la esperara. Me arrebató con sus garras lo inimaginable, lo que yo más quería. La promesa de la medicina salvadora se me rompió en mil añicos en un instante. Quedé en shock, estupefacta, incapaz siquiera de creer lo que estaba pasando, porque en mi mundo se nos enseña que los bebés no se mueren. Y ante el vacío y la ausencia de mi hijo, mi entorno social mira hacia otro lado, porque no se sabe cómo actuar ante una desgracia que es tan contra-creencia que es mejor negarle su existencia.

Y por eso, yo que soy más débil que mis bisabuelas, ahora he de construirme nuevas creencias, en un mundo en el que la muerte se lleva a los hijos; he de abandonar los falsos mitos de mi sociedad mentirosa y aprender a mirar a la muerte de frente y a la cara.

Qué necesario para afrontar la pérdida de un bebé llega a ser el apoyo de otras madres que hayan pasado o estén pasando por lo mismo y qué escaso, por no decir ausente, es este recurso desde las instituciones sanitarias. Es importante dar apoyo y visibilidad a todas aquellas iniciativas que pongan en marcha la existencia de grupos de apoyo mutuo independientes y gratuitos (2) de madres que estén atravesando el difícil camino del duelo perinatal.

REFERENCIAS
(1) Instituto Nacional de Estadística, consultado en: http://www.ine.es/jaxiT3/Datos.htm?t=1699
(2) Enlaces a grupos de apoyo para padres y madres en duelo por la muerte de su bebé:
Barcelona: www.petitsambllum.com
Bilbao: www.centromayabilbao.com
Madrid: www.amad.es
Murcia: www.centronacer.es
Tenerife: www.espaciosparaelrecuerdo.com/parasiempre.html
Valencia: www.heperdidoamibebe.me
Varias ciudades: www.redelhuecodemivientre.es

La imagen incluida se titula "Death of a child" de Kâthe Kollwitz (1867-1945)
Mira també:
http://www.heperdidoamibebe.me

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