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Notícies :: guerra
Pensar la Anarquía en el siglo XXI
26 jul 2017
(Re)Pensar la Anarquía en el siglo XXI


La civilización ha impuesto su agenda vencedora de la mano de las
constantes transformaciones del capitalismo global. Nadie duda de su
triunfo a sangre y fuego. Su victoria es incuestionable, pero también es
evidente su colapso. Ha llegado al límite, alcanzó su plenitud y su
postrimería. El eco de su estertor le sobrevive y en medio de esa
resonancia se atrincheran los expertos resucitadores para prolongar la
agonía otra centuria.
Los políticos –sin distinción de colores e ideologías– se erigen como
“líderes naturales” del patriotismo posmoderno. Los falsos críticos se
indignan e intentan poner en marcha nuevas técnicas dilatorias. Los
optimistas se aventuran por la continuidad del progreso y la extensión de
la catástrofe mediante la multiplicación autogestiva de la nocividad. Los
militantes del quéhacerismo se exasperan y sobre actúan apostándole a la
hiperactividad inútil, a la organizacionitis crónica y a las epístolas a los
amigos. Los movimientos sociales se revelan en toda su plétora como arma
auxiliar de la dominación.
Frente a este panorama, todo parece indicar que el anarquismo ya
no encontrará las mismas posibilidades que un siglo atrás para justificar
un diseño finalista de sociedad libertaria por muy fundamentados que
puedan ser los valores sobre los cuales éste se asentaría. Hoy, el viejo grito
de guerra del anarquismo insurreccional (“Ni Dios ni Estado ni Patrón”) ha
perdido todo su esplendor y significado. Sin embargo, un aullido sedicioso
de fuertes tonalidades anárquicas vuelve –con las variaciones temáticas
del caso y las actualizaciones imprescindibles– a enseñar los dientes
demostrando la pertinencia de la Anarquía y su vigor demoledor.
Empero, la recreación de un paradigma anárquico que intente
reproducir las formas y la secuencia de razonamiento características del
anarquismo clásico encuentra hoy serias limitaciones. Aquella estructura
de pensamiento y acción –que se configuraba alrededor de una crítica, de
un marco valorativo, de un modelo de sociedad, de un proyecto de cambio,
de una práctica y de unos instrumentos en correspondencia–, ya no puede
ser replicada en términos actuales.
En efecto, el viejo modelo anarquista era el negativo de una sociedad
que se regía por prohibiciones y mandamientos, formalmente jerarquizada
y que parecía responder a un principio organizativo central; razón por la
cual bastaba con destruir las estructuras piramidales de dominación e
invertir el principio para que un cuadro completo de relaciones libertarias
de convivencia se abriera como posibilidad inmediata.1
No es casual que desde la Revolución española hasta el presente, los
distintos movimientos libertarios no hayan producido diseños acabados de
reconstrucción social –lo cual bien podría estar respondiendo tanto a
implícitas constataciones del tipo anterior como al carácter intemporal de
tales bocetos.
El modelo arcaico de sociedad libertaria, que nunca fue concebido
como parcial y pasajero sino como totalizador y definitivo,2
era concebible
en la medida que también lo fueran los proyectos insurreccionales y los
instrumentos orgánicos que le servían como sustento, los cuales tampoco
viven hoy su mejor momento.
La Revolución, en el sentido mítico que le diera la tradición
anarquista, es cada vez más una entidad inasible y, en el sentido estricto
de la experiencia histórica, un fenómeno infrecuente y de muy remotas
posibilidades; entre otras razones, porque los sujetos revolucionarios a los
cuales se les adjudicaba el protagonismo de las insurrecciones clásicas o
bien muestran síntomas de una ostensible degeneración o se encuentran
en estado permanente de transformación (léase, de flagrante integración al
sistema). Esta metamorfosis fehaciente del sujeto histórico ha dado lugar a
un sujeto carente de toda sujeción; es decir, a un no sujeto.
Paradógicamente, la resultante, es un sentimiento generalizado de ilusoria
autonomía y falsa emancipación.
No obstante, a pesar del patético escenario antes expuesto, nos
parece oportuno garabatear algunos apuntes iniciales que orienten
nuestros devaneos inmediatos. Esa es la razón de estas palabras y nada
más importante en tal sentido que reflexionar en torno al Poder, puesto
que el anarquismo no puede definirse si no es a partir de un estado
permanente de alarma y confrontación respecto a él.
1 Es necesario ser ponderados en este aspecto y admitir que no faltaron anarquistas que
no suscribieron enteramente este acto de fe. No obstante, nos parece obvio que esa no ha
sido la tónica ampliamente predominante.
2 No se nos oculta que esta afirmación es ampliamente discutible. Lo tradicional consistió
precisamente en lo contrario; es decir, los diseños libertarios de reconstrucción fueron
normalmente presentados como provisorios y sujetos a experimentación. Sin embargo, se
nos ocurre que tal extremo bien puede ser concebido como declarativo y apropiado a una
concepción que reaccionaba eruptivamente frente a la mera sospecha del dogma, pero
que en los hechos no llegó a pensarse en eventuales opciones alternativas. El Comunismo
libertario nunca estuvo exento de las formas acabadas de las utopías pre­enlatadas, como
elaboración racional anticipada de un no­lugar, de un orden perfecto (“La máxima
expresión del orden”) a materializar.
Digamos entonces, que el esfuerzo de recomposición de una crítica
anárquica se funda necesariamente en el reconocimiento de la historicidad
presente del Poder, lo cual está vinculado tanto con su distribución
institucionalizada a través de relaciones formales de dominación como con
su condición de estrategia –móvil, cambiante, reversible– asociada a ciertos
regímenes de producción de verdad.3
Esto último ya coloca la cuestión del
gobierno como un caso particular –el más importante, definitorio e
incluyente de los casos particulares, por cierto– y separando relativamente
las cuestiones referentes al Poder del concepto de soberanía, respecto al
cual, aunque en su variante crítica, el anarquismo clásico es todavía
excesivamente tributario.
Por otra parte, esto implica reconocer ya no sólo la gravitación del
poder político centralizado sino también, seguramente con mayor
relevancia teórica que la tradicional, la que ejerce la difusión caótica del
Poder en la sociedad. Lo que nos impone reubicar el problema del Estado,
de los espacios públicos y de la organización de la sociedad.
Al respecto, cabe decir que, así como el Estado generó en torno suyo
consensos inexistentes en el momento de la elaboración original del
anarquismo clásico, los volvió irrelevantes y transformó en etéreos los
espacios públicos diluyendo la política en una teatralización insustancial
de la decisión colectiva.
Es inconcuso lo endeble de ese simulacro del sufragio universal, la
participación ciudadana, la representación parlamentaria, la democracia
directa y algunas otras entelequias de similar calibre, cuando el propio
Estado ha sido sustituido en muchas de sus prerrogativas y en buena
parte de sus funciones instrumentales y simbólicas por corporaciones
financieras transnacionales y organizaciones supraestatales que
constituyen representaciones de una genuina concentración de Poder
iguales o mejores que la que expresara en su momento ese aparato
jurídico­político que el anarquismo clásico concibió como la sede natural
de las mismas.
3 Esto está obviamente inspirado en el trabajo de Michel Foucault, quien, a nuestro modo
de ver, aportó una caja de herramientas extremadamente útil para entender la vieja
sociedad disciplinaria (repleta de escuelas­internados, fábricas, hospitales, manicomios y
prisiones), sin embargo, de muy poco nos sirve para entender (y confrontar) la sociedad
contemporánea. Sin duda, sus investigaciones constituyeron en su momento la principal
referencia teórica de un proceso de reelaboración en torno al problema del poder;
referencia que, desde luego, dista mucho de ser canónica y acabada. Vid., de este autor,
Microfísica del poder, Saber y verdad y Genealogía del racismo; Las Ediciones de La
Piqueta, Madrid; 1979, 1991 y 1992, respectivamente.
Habrá que volver a puntear, por lo tanto, las atribuciones que los
Estados siguen reservando para sí en la era de la llamada globalización y
reubicarlas en un cuadro de antagonismos que ya no podrá ser
considerado de la misma forma que un siglo atrás ni puede ser contenido
por su mera representación territorial.
Del mismo modo, las sociedades contemporáneas y el aparente juego
de conflictos a que dan lugar, hoy se resisten a ser interpretadas a partir
de ese concepto central que alguna vez fue el trabajo. En sociedades
atravesadas por identidades múltiples, superpuestas y cambiantes, el
trabajo ha perdido la centralidad cultural e ideológica que le permita
seguir siendo el punto nodal desde el cual generar otros entendimientos
teórica y prácticamente pertinentes.
En estrecha relación con lo anterior, parece claro que el propio
esquema trazado por las clases sociales hoy forma parte de las categorías
históricas superadas. La clase ha adquirido una complejidad, una
diversidad y una segmentación interna que sólo puede ser concebida como
una pluralidad de clases que compiten e interactuán entre sí y que poco o
nada tienen que ver con aquel breve paisaje de polaridades perfectas que
alguna vez permitieron orientar sin demasiadas vacilaciones cualquier
estrategia de enfrentamiento. Las clases y sus luchas ya no pueden ser el
signo excluyente y ordenador sobre el que apoyar toda otra cavilación y
cualesquiera otras prácticas. Ahora habrá que aceptar una representación
social profundamente difusa de módulos intercambiables, en la cual las
clases sociales en su acepción clásica no constituirán ya su arquitectura
fundamental.
Todo esto nos remite a su vez a la imposibilidad de trazar tanto una
representación gráfica acabada de la distribución del Poder como, en
forma más abstracta todavía, un mapa de la sociedad en cuanto espacio
ordenado de lugares fijos, identidades inamovibles o atribuciones
inapelables.
En este plano, la crítica al discurso hegemónico –que últimamente
ha dado en llamarse “pensamiento único”– adquiere particular
trascendencia en la perspectiva del posicionamiento del denominado
postanarquismo; entre otras cosas, porque dicho pensamiento reactualiza
a su modo buena parte de la temática anarquista original, aunque ahora
canalizándola hacia una defensa del capitalismo como contrapunto de la
crítica del Estado y adulterando así la piedra fundamental que es la crítica
del Poder.4
4 Dos buenos ejemplos de este tipo de elaboración desvirtuada son, Nozick, Robert.,
Anarquía, Estado y Utopía; Fondo de Cultura Económica, México, 1988 y de Jasay,
Según el “pensamiento único” no hay duda que vivimos en el mejor
de los mundos posibles. Los tranquilizadores preceptos teórico­ideológicos
fundados en la libertad de empresas y mercados, en la democracia
parlamentaria y en la globalización se constituyen en la cosmogonía
irrefutable que nos advierte que el destino es ahora y de este modo y que
sólo cabe esperar la irrefrenable extensión de su definitivo imperio.
Ningún argumento detendrá entonces la locuacidad de los profetas
del presente y no habrá objeciones capaces de aplacar, siquiera por un
instante, su insensato panegírico.
Si la pobreza y aún el hambre continúan siendo el modo natural y
ominoso de vida de grandes multitudes, ello es y seguirá siendo así sólo en
tanto el capitalismo no haya cubierto con su bendito rocío la holgazanería
ineficiente de tales menesterosos, incapaces de comprender las
innumerables ventajas del ahorro y la inversión. Si guerras tribales o
implacables epidemias se ciernen sobre los pueblos más miserables del
planeta, la conciencia de los poderosos dormirá en paz gracias a los
"cascos azules" de las Naciones Unidas o a apresuradas remesas de "ayuda
humanitaria". Si las devaluaciones en cadena, los desequilibrios
financieros o el despilfarro de riquezas afectan a un grupo de países, no se
tratará más que de accidentes circunstanciales, errores meramente
administrativos o crisis de crecimiento que jamás permitirán poner en
duda el despliegue inmarcesible del progreso. Si el aire se vuelve
irrespirable, el agua intomable y la tierra improductiva, apenas si cabrá
esperar que un adecuado margen de rentabilidad constituya suficiente
acicate para que la innovación tecnológica se encargue por sí sola de la
crisis ambiental.
Si por otra parte, los despojos de la vieja nave del Estado se
desenmascara cada vez más como un crucero privado tecnocrático e
inaccesible, descaradamente corrupto, ello no tendrá nada que ver con
formas de integración y participación políticas que aun siendo
reconocidamente imperfectas no están sujetas ni soportan el más
irrelevante movimiento de crítica y superación. Si, en ese terreno, se
instala el vacío de representaciones instrumentales y simbólicas, ello no
será nunca el producto del complejo laberinto de mediaciones propio de las
democracias parlamentarias ni permitirá poner en cuestión el papel de los
partidos y sus estructuras de poder como articuladores de la "opinión
pública" y como agentes reales de decisión institucional en los menguados
niveles que todavía tolera el proceso de globalización.
Anthony, El Estado. La lógica del poder político; Alianza Editorial, Madrid, 1993.
Si por último, el llamado consenso de Washington, entre los
principales organismos multilaterales de crédito, es la verdadera voz de
mando del proceso de globalización, ello será presentado como una
consecuencia inevitable de la extensión del progreso, mientras la
hegemonizada circulación de hipercomunicación, culturas y servicios –y,
naturalmente, los flujos financieros que la acompañan– arrastra tras de sí
los últimos vestigios de autonomía, agudizando así la pérdida de sentidos y
el vacío existencial y reduciendo la realidad al recurso histórico que todo lo
explica: la apertura de una nueva era para una multitud de zombies
consumistas –saturados de Botox y esteroides–, idólatras de la ideología de
la felicidad y la esperanza, hijos prodigios de la positividad y el
rendimiento5
.
No hay duda entonces que vivimos en el mejor de los mundos
posibles y, quizás por eso, es incuestionable que el mundo se ha vuelto
decididamente insoportable y reclama pensar –una vez más o como
siempre– en los caminos de la sedición y en el concurso de la destrucción;
en la explosión de la rabia subversiva; en la Anarquía como fuerza negativa
emancipadora que excede todos los encasillamientos utópicos; en la
Anarquía como tensión disutópica; la Anarquía aquí y ahora. La Anarquía
como guerra permanente6
.
Potenciar ese impulso arrasador es la tarea. Avanzar en este afán el
objetivo. Para ello habrá que iniciar un periplo interminable de
experimentación, sin cartografías pre­enlatadas ni reivindicaciones vanas,
sin derramar una sola lágrima ante la muerte de los anquilosados relatos
emancipadores. Habrá que pensar contra el pensar. Tendremos que
hacernos invisibles, contagiarnos de rabia y asumirnos sujetos imposibles.
5 Evidentemente, estas conclusiones tienen su origen en las reflexiones de Byung­Chul
Han. Sin duda, en medio del nutrido elenco de estrellitas de la filosofía pop de la
modernidad tardía (Agamben, Bauman, Esposito, Hardt, Negri, Rifkin, Sloterdik y, Zizek,
entre otros críticos light del capitalismo postmoderno), este filósofo surcoreano se ha
puesto de moda y destaca como nuevo cartógrafo y excelente diagnósta de la sociedad
contemporánea pero, lamentablemente, sólo se limita al diagnóstico detallado y se niega a
echar mano del bisturí e intervenir. Véase, al respecto, Han, Byung­Chul; La sociedad del
cansancio, Herder Editorial; Barcelona, 2012 y, Topologie der Gewalt, Matthes & Setz
Verlag, Berlín, 2013.
6 Como es obvio, aquí retomamos la provocativa tesis de nuestro Pierre Clastres. Sobre el
tema, vid. el planteo de la “guerra permanente” como energía destructiva autónoma
(“fuerza centrífuga”) que impide la construcción del Estado, en Clastres, Pierre;
Arqueología de la violencia: la guerra en las sociedades primitivas; Fondo de Cultura
Económica, Buenos Aires, 2004 y, La Sociedad contra el Estado; Monte Ávila Editores,
Barcelona, 1978.
Nuestro mal­estar será el puerto de partida. El nos­otros la nave sin
capitán que surcará el desierto, sabedores que no hay nuevos mares que
explorar ni nuevas tierras a conquistar. Sólo un mundo que destruir.

Serie Folletería:

Folleto 1 Consideraciones de la TIA (Tendencia Informal Anarquista), Gustavo Rodríguez.

Folleto 2 Incitando al debate en torno a la extensión de la Anarquía más allá del anarquismo,
Gustavo Rodríguez.

Folleto 3 (Re) Pensar la Anarquía en el siglo XXI, Gustavo Rodríguez.
Folleto 4 Danzando sobre cristales rotos: apuntes en torno a la práctica de la sedición anárquica
contemporánea e invitación a su (re)valoración, Gustavo Rodríguez.

Folleto 5 ¡Contra toda Esperanza!, Gustavo Rodríguez

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Comentaris

Re: Pensar la Anarquía en el siglo XXI
27 jul 2017
Seguimos anclados en este anarquismo de pensamiento individual, hecho por HOMBRES EGOLOTRAS que tienen respuestas originales redactadas de forma grandilocuente por avanguardistas que reniegan del avanguardismo...

A mi este anarquismo individualista egolatra se me hace más libertarian que anarquismo. Anarquistas noa ssamblearios, o que entienden la asamblea como un escaparate a lo speaker corner... Y muchas ya no vamos a estos sitios por pereza de seguir perdiendo tiempo en proyectos que más aprecen de autoayuda para generales sin tropa que otra cosa.
Re: Pensar la Anarquía en el siglo XXI
28 jul 2017
+1 a l'anterior comentari
Re: Pensar la Anarquía en el siglo XXI
30 jul 2017
El individualismo anarquista no es lo mismo que el individualismo capitalista, sino se sabe la diferencia es mejor no opinar.

as asambleas anarquistas se hacen también para organizar protestas, acciones, etc. Los anarquistas individualistas siempre
se han organizado en asambleas pero no de esas que sólo sirven para que hablen siempre los mismos y se digan las cosas de siempre sino para meter teoría y acción en en el mismo plano.No confundas tus asambleas con las de lxlos demás.

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