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Anàlisi :: pobles i cultures vs poder i estats
La transición del franquismo al parlamentarismo, 1974-1978
20 nov 2015
A los 40 años de la muerte de Franco
...

Las conclusiones postreras a extraer de los acontecimientos estudiados son cualquier cosa menos risueñas. De entrada, hay que admitir que el fascismo llegó a su sedicente final, en tanto que formas pero no en sus contenidos y causas eficientes, por una decisión de las élites, que necesitaban modernizar sus procedimientos de dominación, mucho más que por la acción popular. Ésta fue un factor existente y de importancia pero a fin de cuentas de segundo orden. La acomodación popular, aunque parcial y relativa, durante decenios a una dictadura de tipo fascista es un asunto de gravedad extrema, que requiere una investigación más completa.

Es cierto que frente a la dicotomía o fascismo o izquierda el pueblo/pueblos tomó posición de manera similar a como lo hizo en la guerra civil, negando respaldo a uno y a otra, manteniendo la equidistancia y es tableciéndose a sí mismo como tercera fuerza, lo que estableció una situación de letargo relativo continuado, al no lograr constituir una línea estratégica, proyecto y programa negador de las dos formas de totalitarismo en pugna que movilizara a las clases modestas.

En esto el franquismo fue inteligente,al presentar al comunismo como su principal enemigo, y al tildar a todos sus enemigos de comunistas, pues sabía que eso contribuía en mucho a frenar la resistencia e insurgencia popular, debido a que el pueblo había experimentado y no había olvidado la ejecutoria despótica, burguesa, cruel y represiva de la izquierda, en particular del PCE-PSUC, en la zona republicana en 1936-1939. Esto había creado una profunda aversión multitudinaria al comunismo y similares entre las clases trabajadoras.

Tal es cuestiones pueden hacer inteligibles parcialmente los hechos, pero en el meollo del asunto, como explicación primera, está una grave falta por dejación u omisión, o más exactamente, por insuficiencia y escasez, de las clases populares en su oposición al Estado franquista.

Por tanto, cualquier forma de populismo o peor aún, de obrerismo, queda desautorizada en la experiencia. La tarea de construir al pueblo estuvo sin resolver sobre la mesa y lo sigue estando, siendo la más urgente en lo político, y también en lo ético y civilizacional. Revertir (auto-revertir) el populacho en pueblo es lo decisivo pues sólo así se puede constituir el sujeto revolucionario.

Respecto al individuo en tiempos del fascismo, el análisis ha de mostrar las dos caras. Por un lado, hubo individualidades magníficas que se atrevieron a oponerse y enfrentarse, generalmente a partir de nociones generales sobre la justicia natural, el respeto debido a la persona, el amor no doctrinario por la libertad, el rechazo de los dogmatismos o fes de Estado y la repugnancia innata hacia el despotismo, el matonismo y la arbitrariedad. El hábito franquista de torturar y maltratar, de exhibir las pistolas y aterrorizar, hizo que muchas personas considerasen intolerable dicho régimen y que pasasen a enfrentarse a él de manera heroica e incluso épica, generalmente aislados aunque respaldados por pequeños grupos de familiares, amigos, compañeros y paisanos, a menudo contando con una admiración y unas simpatías tan cuasi universales como pasivas, por el casi universal temor a la represión.

Pero dichas individualidades fueron pocas, muy pocas comparativamente, antes de 1974. El lado negativo estaba en el asentimiento pasivo de millones, por el espanto que el fascismo ocasionaba. El miedo, por lo general cerval, que se tenía al aparato represivo, sobre todo a la Guardia Civil y a la Brigada Político-Social, sobre la base de los recuerdos terribles, espantosos, de lo sucedido en la guerra civil, en la postguerra y posteriormente, paralizaba no sólo la acción práctica sino las conciencias, pues era de tal intensidad y persistencia que infinidad de personas decidieron no hacer nada en absoluto contra el régimen de Franco a pesar de tenerle como inaceptable y, además, ni siquiera pensar o sentir nada en contra de él. Reprimieron no sólo sus actos sino más aún sus espíritus. Así, se volvieron ciegos y sordos a la realidad, para sobrevivir a la represión pero más aún para sobrevivir a su propio pánico.

Un dicho brutal advierte que “el miedo guarda la viña”. Así es. Pero había mucho más. Desde mediados de los años 50 la economía y las disponibilidades del consumo fueron mejorando año tras año, lo que hizo que fuese “cómodo” el desentenderse de las grandes cuestiones de la sociedad y de la moral individual para dejarse llevar por lo gozoso de optimizar el propio nivel de vida. Una enorme masa de sujetos que habían conocido escaseces, e incluso hambre en la postguerra (hubo necesidad en toda Europa en los años posteriores a la II Guerra Mundial, 1945-1950, así que no fue privativo de España), desarrollaron una triste mentalidad según la cual comer todos los días era el súmmum de su existencia.

Ésta, concebida como una pelea o competición por mejorar materialmente, fue el proyecto de vida que el franquismo ofertó, con enorme éxito de público. El rápido desarrollo económico de los años 60, con sus oropeles consumistas y tecnológicos, provocó una conformidad lerda y vacuna en secciones enormes de las multitudes.

Se dio, antes de 1974, un antifranquista de pacotilla, pasivo y espantado, que después se jactaba de haber “corrido delante de los grises” y de ser “demócrata de toda la vida”. Tras ese año hubo una oleada creciente de politización, inducida desde el poder, en beneficio del proyecto parlamentarista institucional y, de repente, “todos” se decían contrarios al franquismo... Las carencias de un sujeto medio desestructurado por el sistema educativo y aleccionador pero más aún por las sucesivas operaciones de ingeniería social que efectuó el franquismo casi sin descanso, así como los cambios introducidos por la guerra y la larguísima postguerra, constituyeron un individuo capitidisminuido de manera múltiple, amoral, pusilánime, logrero, hedonista e irreflexivo, excelente para los fines del capitalismo-Estado en poderoso ascenso pero muy poco dotado para luchar por la libertad.

Si el pueblo como tal no estuvo a la altura de las demandas del momento histórico, el individuo tampoco lo estuvo, con la excepción de esa muy reducida minoría heroica antes citada, e incluso ésta tuvo un proceder notablemente deficiente y errado, que debería ser considerado con sano y constructivo espíritu autocrítico.

De la Transición surgió un orden político, el hoy existente, que conserva intocados los elementos básicos del fascismo. Ello no significa que de haber triunfado la línea de “ruptura democrática” la situación fuese diferente en esto. Los “rupturistas” deseaban desarticular únicamente las formas y superestructuras del fascismo para salvaguardar con más eficacia su esencia y fundamentos, a saber, el ejército, los aparatos policiales, los cuerpos de altos funcionarios y la banca. En la medida que aquéllos no eran revolucionarios, y no lo eran en absoluto pues militaban con tanto ímpetu en la anti-revolución como los reformistas, no podían ser antifascistas consecuentes, salvo en la demagogia.

Así pues, el peligro de retorno del fascismo sigue ahí, presente. Puede convertirse en realidad en el momento en que, como en 1936, se constituya una situación revolucionaria. La Transición muestra la prodigiosa habilidad y plasticidad del orden constituido, capaz de afirmarse y avanzar sirviéndose de un sinnúmero de formas políticas, ideologías y fuerzas partidistas, convirtiendo a sus amigos en enemigos y a sus enemigos en amigos, según lo demanden las circunstancias. En 1974-1978 se vale de las formaciones que habían sido sus adversarios a muerte desde 1936 y durante muchos años, ERC, PSOE, PNV y, sobre todo, PCE-PSUC. Esto hace que los vencidos en la guerra fueran los vencedores en la Transición, mientras que los vencedores en la contienda, Falange (subsumida en el partido único franquista, el Movimiento Nacional), etc., quedaron vencidos y desechados cuarenta años después. La conclusión última es que la política partitocracia es coyuntura y provisionalidad, y que nada estable ni duradero puede edificarse desde la política, menos todavía desde la politiquería.

La actuación de la izquierda, de toda ella, de la más radical y jactanciosa tanto como de la más mansa e institucional, fue detestable en todos los sentidos. Esto es tan obvio que no hay necesidad de insistir. El corolario último es que la Transición fue una nueva derrota de los factores o elementos de la civilización que se sumó a la derrota en la guerra civil. Fue otra vuelta de tuerca más de la barbarie, la destrucción planeada de lo humano y la tiranía, en la dirección de constituir una sociedad de seres nada que sean simplemente mano de obra y fuerza de trabajo, tan obedientes y sumisos, tan embrutecidos y nadificados que ya no puedan ser reconocidos como mínimamente humanos.

Revertir este estado de cosas, que es en el que estamos 40 años después de la muerte del general Franco y de la liquidación formal -sólo en lo superficial- de su régimen exigirá de la entrega, el arriesgarse y el padecer pero más aún de la inteligencia, el espíritu analítico y el cavilar estratégico, sin olvidar la hermandad, la convivencia y la fraternidad. El tiempo dirá si el futuro es mejor que el pasado, y si hemos aprendido algo del ayer inmediato para transformar el hoy y edificar el mañana.

Lo que difícilmente puede ponerse en duda que en la Transición, 1974-1978, fue la izquierda e izquierda extrema, española e “independentista”, la principal responsable de que la situación no fuera derivando hacia un estado de cosas más y más revolucionario. Ese bloque de partidos y organizaciones manifestó ser entonces la fuerza en primera línea de la contrarrevolución burguesa.

Aquélla fue antagonista de la revolución no sólo en lo político sino en todos los aspectos de la vida de la sociedad y del individuo. En lo cultural, educativo, moral, axiológico y estético. De manera enorme en lo convivencial y relacional, en lo erótico y amoroso. También en la concepción de la persona, en donde la izquierda efectuó un trabajo de una destructividad difícil de exagerar. Con ello contribuyó a crear el tipo de sociedad e individuo que el capital requiere. En todas las cuestiones se manifestó como la garante primera de la permanencia de lo sustantivo del franquismo en el parlamentarismo, aunque con nuevas formas, similarmente a cómo el régimen que organiza la Constitución de 1978 dio continuidad al Estado franquista, que era el Estado liberal decimonónico, o sea, el Estado perdurable, existente desde hace siglos.

A fin de cuentas, la izquierda toda fue antifranquista porque quería arrebatar el poder a los franquistas para apropiárselo ella y ella gozarlo ella, contra las clases populares. Eso le descalifica, pues una revolución es poner fin al poder para realizar la libertad, haciendo que el pueblo sea soberano realmente (y no formalmente como hace el parlamentarismo) en todas las manifestaciones de la vida social.

* * *

Quienes hicimos frente personalmente al fascismo de Franco en los tiempos difíciles, poniendo el pecho a sus golpes y respondiendo a ellos en la medida de nuestras limitadas capacidades, cumplimos entonces con nuestra obligación de seres humanos que no renuncian a serlo. En esa lucha nos construimos y reafirmamos, y 40 años después lo que hicimos nos duele en su escasez, extravíos y torpezas pero nos deleita en su modesta épica. Nosotros no fuimos “víctimas del franquismo” sino luchadores, y víctimas únicamente porque fuimos luchadores. Ahí estuvo el mérito, pequeño pero real. Quienes se dicen “víctimas” y piden resarcimiento por ello manchan nuestra ejecutoria de entonces, pues lo que hicimos fue bueno y fue hermoso y fue limpio (aunque no lo bastante perspicaz ni mucho menos lo bastante revolucionario) también porque era desinteresado y magnánimo. Una tarea queda pendiente al antifranquismo, como se dijo antes, la autocrítica. Ésta tiene que ser diferente en quienes se opusieron al régimen de Franco para ocupar el poder, lucrarse y medrar, y aquéllos que lucharon con buena fe y altura de miras. Pero todos, unos y otros, han de repasar los acontecimientos y mostrar, en su obrar de entonces, lo que estuvo bien y lo que estuvo mal. Los primeros, los vividores que llevan cuarenta años nadando en el deleite mostrenco del botín conseguido, nada harán en esta cuestión y nada se espera de ellos ya.

Los honrados e idealistas, por el contrario, tienen/tenemos que hacerlo. El presente texto es eso, una autocrítica en igual o superior medida que una crítica.
Mira també:
http://www.felixrodrigomora.org/wp-content/uploads/2015/11/TFaPF.pdf

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Comentaris

Re: La transición del franquismo al parlamentarismo, 1974-1978
21 nov 2015
Siempre haciendo amigos, ¿a qué viene meterse con los familiares de los represaliados? No te comprendo...Esperaré a lo de la autocrítica.
Re: La transición del franquismo al parlamentarismo, 1974-1978
23 nov 2015
En muchos escritos de don Feliciano “el estoico”, para justificarse y eludir toda crítica y responsabilidad de sus palabras, suele hacer notar que determinadas cuestiones, “de gravedad extrema”, “requieren una investigación más completa”. Es decir, él nunca se equivoca, es sólo que aún no ha llegado a la profundidad de sus “estudios”.

Si tenemos en cuenta esta cuestión y la productividad articulista y conferenciante de don Feliciano “el estoico”, podremos concluir que para él, todo es una excusa para no profundizar, eso sí, señala desde su más absoluta “superficialidad” el camino a seguir a quienes pretendan sumergirse en las profundas densidades del conocimiento.

Su aporte en ese sentido es muy prolífico, se atreve con todo, sin el menor respeto ni responsabilidad, porque lo suyo es más una cuestión de narcisismo onanista y de proyección hacia fuera sobre su supuesta superioridad intelectual.

Quienes conocemos las grandes aportaciones de don Feliciano “el estoico” al “conocimiento” y al patrimonio del “saber” de la humanidad, todavía nos sorprendemos, pero no por lo que dicen sus escritos o sus palabras, sino la mayor sorpresa radica en que aún haya gente, en contextos revolucionarios, que reproduzcan y difundan sus artículos sin el menor recato y vergüenza de su coherencia supuestamente revolucionaria.

Don Feliciano “el estoico” juega perfectamente su papel de agitador en tiempos de confusión, y eso es tan previsible como la represión y el genocidio contra las libertades que imponen los nazis. Lo que ya no tiene cabida en razonamiento alguno, es que alguien que se sienta impulsadx por sentimientos igualitarios, de justicia social y/o por el desarrollo de las libertades, resistiendo al sistema capitalista y patriarcal, se deje fascinar por sus discursos y los reproduzca y difunda en otras partes. Sería comprensible si ese dinamizador de las palabras y escritos de don Feliciano “el estoico”, fuese como él, y por tanto otro indeseable más con lenguaje e intenciones manipuladoras.

Sobre lo que escribe don Feliciano “el estoico”, sólo matizar algunas cuestiones. Cuando habla de los pueblos como resistentes a los “totalitarismos” e impotentes para articular “estratégica, proyecto y programa…, que movilizara a las clases modestas”, don Feliciano “el estoico” elude pronunciar que esos pueblos se tuvieron que enfrentar a muchas más adversidades que las que generaron los “totalitarismos”. También habla de incapacidad de esos pueblos para “movilizar a las clases modestas”, como si el pueblo perteneciera a otra clase o a una casta privilegiada. Es decir, don Feliciano “el estoico” trastoca el contexto, la clase y la situación de vida de esos pueblos combatientes, mientras considera que “el franquismo fue inteligente”.

Por otra parte, también falta a la realidad, pues en la revolución libertaria, ese comunismo que el sitúa como omnipresente, en algunas partes era poco menos que residual. Don Feliciano “el estoico” vuelve a introducir, pero sin nombrarlo, ese perverso dilema entre revolución o guerra, señalando la responsabilidad “de las clases populares en su oposición al Estado franquista”. Para él, populismo y popular vienen a ser lo mismo, y el pueblo, nunca llego a ser pueblo, sino populacho.

Para él, el pueblo no hizo nada o fue excesivamente pasivo durante el franquismo, sin reconocer que el propio esfuerzo de la supervivencia era ya casi un acto heróico, y no “una triste mentalidad”, en un lugar sin posibilidades y sin libertades.

Además afirma que “desde mediados de los años 50”, las mejoras económicas y de consumo, hicieron que las personas se dejaran “llevar por lo gozoso de optimizar el propio nivel de vida”. Desconozco qué mitades de los años 50 vivió él, pero llamarles de bonanza económica, sólo es posible si nos atenemos al hambre de la que se venía y decir que las personas se dedicaron a “optimizar el propio nivel de vida”, es un insulto y un desprecio a quienes todavía subsistían gracias a las cartillas de racionamiento o los “cupones-regalo” que el estado difundió. Dudo mucho que a eso se le pueda llamar “mejoras económicas” u “optimizar el propio nivel de vida”.

En muchos escritos de don Feliciano “el estoico”, para justificarse y eludir toda crítica y responsabilidad de sus palabras, suele hacer notar que determinadas cuestiones, “de gravedad extrema”, “requieren una investigación más completa”. Es decir, él nunca se equivoca, es sólo que aún no ha llegado a la profundidad de sus “estudios”.

Si tenemos en cuenta esta cuestión y la productividad articulista y conferenciante de don Feliciano “el estoico”, podremos concluir que para él, todo es una excusa para no profundizar, eso sí, señala desde su más absoluta “superficialidad” el camino a seguir a quienes pretendan sumergirse en las profundas densidades del conocimiento.

Su aporte en ese sentido es muy prolífico, se atreve con todo, sin el menor respeto ni responsabilidad, porque lo suyo es más una cuestión de narcisismo onanista y de proyección hacia fuera sobre su supuesta superioridad intelectual.

Quienes conocemos las grandes aportaciones de don Feliciano “el estoico” al “conocimiento” y al patrimonio del “saber” de la humanidad, todavía nos sorprendemos, pero no por lo que dicen sus escritos o sus palabras, sino la mayor sorpresa radica en que aún haya gente, en contextos revolucionarios, que reproduzcan y difundan sus artículos sin el menor recato y vergüenza de su coherencia supuestamente revolucionaria.

Don Feliciano “el estoico” juega perfectamente su papel de agitador en tiempos de confusión, y eso es tan previsible como la represión y el genocidio contra las libertades que imponen los nazis. Lo que ya no tiene cabida en razonamiento alguno, es que alguien que se sienta impulsadx por sentimientos igualitarios, de justicia social y/o por el desarrollo de las libertades, resistiendo al sistema capitalista y patriarcal, se deje fascinar por sus discursos y los reproduzca y difunda en otras partes. Sería comprensible si ese dinamizador de las palabras y escritos de don Feliciano “el estoico”, fuese como él, y por tanto otro indeseable más con lenguaje e intenciones manipuladoras.

Sobre lo que escribe don Feliciano “el estoico”, sólo matizar algunas cuestiones. Cuando habla de los pueblos como resistentes a los “totalitarismos” e impotentes para articular “estratégica, proyecto y programa…, que movilizara a las clases modestas”, don Feliciano “el estoico” elude pronunciar que esos pueblos se tuvieron que enfrentar a muchas más adversidades que las que generaron los “totalitarismos”. También habla de incapacidad de esos pueblos para “movilizar a las clases modestas”, como si el pueblo perteneciera a otra clase o a una casta privilegiada. Es decir, don Feliciano “el estoico” trastoca el contexto, la clase y la situación de vida de esos pueblos combatientes, mientras considera que “el franquismo fue inteligente”.

Por otra parte, también falta a la realidad, pues en la revolución libertaria, ese comunismo que el sitúa como omnipresente, en algunas partes era poco menos que residual. Don Feliciano “el estoico” vuelve a introducir, pero sin nombrarlo, ese perverso dilema entre revolución o guerra, señalando la responsabilidad “de las clases populares en su oposición al Estado franquista”. Para él, populismo y popular vienen a ser lo mismo, y el pueblo, nunca llego a ser pueblo, sino populacho.

Para él, el pueblo no hizo nada o fue excesivamente pasivo durante el franquismo, sin reconocer que el propio esfuerzo de la supervivencia era ya casi un acto heróico, y no “una triste mentalidad”, en un lugar sin posibilidades y sin libertades.

Además afirma que “desde mediados de los años 50”, las mejoras económicas y de consumo, hicieron que las personas se dejaran “llevar por lo gozoso de optimizar el propio nivel de vida”. Desconozco qué mitades de los años 50 vivió él, pero llamarles de bonanza económica, sólo es posible si nos atenemos al hambre de la que se venía y decir que las personas se dedicaron a “optimizar el propio nivel de vida”, es un insulto y un desprecio a quienes todavía subsistían gracias a las cartillas de racionamiento o los “cupones-regalo” que el estado difundió. Dudo mucho que a eso se le pueda llamar “mejoras económicas” u “optimizar el propio nivel de vida”.

Don Feliciano “el estoico” dice al final que esto es una autocrítica cuando él se coloca del lado de “los honrados e idealistas”, mientras que al pueblo, o lo que queda de él, es “populacho” y toda una serie de adjetivos descalificadores. Por eso me pregunto a qué se referirá cuando dice que “el presente texto es eso, una autocrítica…”, porque de “autocrítica” no tiene nada, pues él no se reconoce entre esos que, durante el franquismo, a mediados de los 50, “se dedicaron a optimizar el propio nivel de vida”.

Don Feliciano “el estoico” es un farsante ilustrado, no tanto al servicio del poder como al suyo propio.

Quien necesita ponerse constantemente como benefactor de la humanidad, suelen ser personajes que jamás hicieron nada por nadie, salvo por sí mismos. Y esa forma de “supervivencia”, ni es rebelde, ni revolucionaria.

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