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Notícies :: corrupció i poder
La autocrítica como punto de partida para avanzar
20 mar 2015
Esperamos que este articulo os guste y nos sirva a todos como una herramienta más para el debate sano y la discusión constructiva.
El origen de este artículo parte de una serie de ideas sobre las que trabajamos para preparar la ponencia de la charla Reflexiones acerca de la deriva institucional de los movimientos sociales en el Encuentro del Libro Anarquista de Madrid (2014). Debe entenderse dentro de un guión más amplio que arrancaba con un análisis de la situación actual (I y II), sigue con la autocrítica que recogemos aquí y acababa con una serie de propuestas para salir del bloqueo en el que consideramos que se encuentran el movimiento anarquista y parte del movimiento libertario de los que formamos parte. Estas reflexiones surgen de la certeza de que, frente a la sensación generalizada de movimiento y cambio, el movimiento anarquista se está quedando sin intervenir en la realidad, al menos con la energía, la ilusión y la creatividad con que lo debería estar haciendo. Por ello, vemos necesario revisar y trabajar en estos errores con el ánimo de dar ideas para terminar con cada uno de los problemas que sufrimos, siempre partiendo de la idea de que siendo libertarios como somos, también son nuestros errores.

Entiéndase esta crítica como una mirada que nos ayude a avanzar hacia nuevas propuestas y que sirva para generar una reflexión que nos permita construir una alternativa real y contundente, que no solo sirva como una defensa de nuestras prácticas, sino como un punto de partida para construir unas bases que nos permitan pasar a la primera línea de debate y acción política en un momento, este, en que tenemos la responsabilidad de responder y estar presentes.

Nos centraremos en la parte del movimiento anarquista que tiene interés en incidir en la realidad de una forma revolucionaria desde la propia sociedad a la que pertenece y que pretende transformar. Entendemos y valoramos que hay otros sectores que apuestan por otras tácticas y que consideran que el proceso institucional no les afecta , que van a seguir con lo que están haciendo sin variar un ápice su forma de trabajar. No serán objeto de nuestra crítica más que transversalmente.


Es en la otra parte del movimiento libertario, la que analizamos aquí, en la que pensamos que el problema surge de la ineficacia a la hora de optimizar y canalizar los esfuerzos. Desde nuestro punto de vista, esto produce falta de victorias (y nula repercusión de las obtenidas), de ilusión y la sensación de derrota permanente que termina paralizándonos colectiva e individualmente. Frente a esta parálisis no tenemos una varita mágica, pero sí que vemos ciertas vías por las que caminar a corto plazo. Sin embargo, antes de bosquejar algunas posibles apuestas de futuro, creemos que es importante darle una vuelta a algunos de los clichés que hemos venido repitiendo en los últimos años.

¿Son las grandes urbes lugares complejos para militar?

Existe desde hace tiempo el mantra de que en las grandes ciudades, cada una con sus peculiaridades, es muy difícil hacer trabajo político desde el anarquismo por las condiciones extremas que las caracterizan, como grandes distancias, deshumanización general, ritmo de vida, choques culturales...

Nuestro análisis es diferente. Si bien es cierto que hay condiciones objetivas que hacen diferentes las condiciones de lucha en una gran ciudad, en una ciudad de tamaño medio o en el mundo rural, es mezquino y autocomplaciente achacar exclusivamente a las condiciones urbanas una parte importante de las posibilidades de éxito o fracaso de una acción política como la nuestra.

Más bien responde a una perfecta acomodación a las excusas que el medio facilita. A una, podemos decir, vaguería militante. En una gran ciudad podemos permitirnos el lujo de tener un espacio de comodidad propio que en ciudades pequeñas o entornos rurales es imposible tener. Un subgueto, dentro del propio gueto “rojo”, que en lugares poco poblados no se da y que obliga a convivir con otras gentes y ramas del árbol “anticapitalista” (comunistas, ecologistas, antimilitaristas, determinados feminismos...).

Todo esto no pretende afirmar que en las grandes ciudades no es complicado hacer política, lo que decimos es que tampoco es fácil en el resto de entornos. Simplemente, son situaciones diferentes. (Sin ir más lejos, quien conozca el mundo rural español sabrá lo difícil que es vivir en él de forma diferente).

Las pocas veces que se da la coincidencia, al menos física, entre familias anarquistas suele ser ante casos de represión flagrante, momento en que la solidaridad hace de acicate para aunar, siempre de forma puntual, nuestras posiciones. De puertas hacia fuera, con el resto de movimientos, se puede coincidir en casos como estos, así como en convocatorias muy especiales (huelgas generales, antifascismo, marchas de la dignidad, contra la guerra...), pero, más allá de ocupar las mismas calles, nos cuesta generar sinergias de lucha, vías de comunicación y empatía.

El discurso como barrera y no como trampolín.

En cualquier práctica política, no solo la nuestra, el lenguaje (tanto el discursivo como el práctico) es la carta de presentación de aquellos que lo construyen.

Una parte del movimiento libertario actual ha quedado preso de una dialéctica, de un lenguaje totalmente ajeno a la realidad que le rodea. Una verborrea para iniciados que cumple a la perfección las funciones que se le presuponen: la de identificación de los miembros del gueto entre sí, incluyendo muchas veces la familia de pertenencia de cada cual, el mantenimiento de la distancia de seguridad que todo gueto requiere y la garantía de incomunicación con el resto de la sociedad. Con la “otra” sociedad.

Lo peor es que una vez dentro del bosque da la sensación de que los árboles nos impiden verlo y aunque una parte importante de la militancia libertaria parece querer de forma sincera romper la dinámica sociedad-gueto, sigue esclava no solo de las palabras, sino de una estética y unas prácticas relacionales que hace tiempo que dejaron de ser rompedoras para convertirse en una opción de consumo más y en una eficiente forma de señalamiento y automarginación.

Esto se hace patente de forma muy llamativa, sobre todo, en las publicaciones anarquistas. Lo que antaño fue un universo de publicaciones de todo tipo (noticias, pensamiento, salud, ciencia...) a la última, interesantes y al alcance de cualquiera se ha convertido en parodia de aquello. Es cierto que el número de cabeceras sigue siendo muy alto, pero lejos de responder a una realidad de interés generalizado parece más bien una necesidad de publicar para sentirse vivo, no para llegar a nadie. Muchas publicaciones (y esperamos que no le pase también a este blog) tienen una vida fugaz, una regularidad escasa y una calidad deficiente. Viven de refritos de textos mal envejecidos, peor analizados y girando eternamente en torno a temas de poco interés incluso para nosotros.

No obstante, pensamos que en los últimos años han surgido algunos buenos proyectos que si logran establecerse y no estancarse pueden convertirse en publicaciones de referencia y calidad.

El anarquismo contra sí mismo

El anarquismo, como conjunto de ideas, prácticas, memoria e imaginario ha ido a lo largo de las últimas décadas construyendo una tupida red de mentiras y errores de cálculo a su alrededor en la que finalmente ha quedado atrapado. Esta red está compuesta por una historia pasada que ha acabado convirtiéndose en un lastre terrible y mortal y por la sensación, ficticia por supuesto, generada por nuestra condición de gueto, de que no nos afectan los golpes que recibe la clase trabajadora por parte del sistema criminal que la tiene sometida.

La historia del movimiento libertario es fascinante y heroica. Lamentablemete, está casi toda por hacer. Debido a unas necesidades propagandísticas fruto de la derrota militar, de los ataques académicos externos de rivales y enemigos, y a la perversa seducción que ejerce el momento culminante de un proceso de cien años de evolución, que inevitablemente eclipsa todo lo anterior (entre otros muchos problemas), los autores afines más leídos, sin espíritu crítico por nuestra parte, se han dedicado a escribir panegíricos exagerados de militantes destacados a los que acaban elevando a los altares, y gestas colectivas nada matizadas ni analizadas en profundidad, monocromas. Estas obras literarias están mucho más cerca del mito que de los hechos.


Y de aquellos mitos, estos lodos. Por mucho que leamos parecemos incapaces de entender que las características del estado en aquellas épocas y las del estado actual (de momento) son muy diferentes. Que aunque en esencia el estado ha sido, es y será, una superestructura de control social inventada por y para la defensa de los intereses de la clase dominante, su superficie ha cambiado enormemente.

El estado, y ahora hablamos de Europa, no de todo el mundo, especialmente en España, era una máquina brutal de represión que poco o nada ofrecía de positivo a las clases obrera y campesina. Hoy, en cambio, el estado es algo más que el ejército, la guardia civil, los jueces y las cárceles. La gran mayoría de clase trabajadora ve hoy en el estado sanidad, educación, servicios sociales y (aunque nos joda) más bien poca represión.
Tratar de afrontar el problema desde la misma posición que los compañeros del siglo XIX o principios del XX es un error táctico terrible. Los derechos son frutos de victorias y derrotas de la clase obrera, partes cedidas por el enemigo en momentos determinados para no perder el todo, pero conquistas al fin y al cabo.

Y aquí es donde entra el segundo hilo de la tela que nos aprisiona. En nuestro desconocimiento profundo de la realidad, en nuestro no saber (porque ni lo hemos vivido ni somos capaces de imaginarlo) lo que supone una sociedad absolutamente liberalizada donde todos los servicios básicos son negocio, afirmamos orgullosos que el desmantelamiento del estado social no nos afecta, que, al contrario, facilitará el camino de la autogestión. Sin imaginar lo que supone vivir en una sociedad sin controles sanitarios de los alimentos, sin vacunas adecuadas (que no sometidos al imperio de la vacunación desmesurada prescrita por las farmacéuticas), sin alcantarillado, sin acceso a hospitales...

Una cosa es afirmar que la gestión del magro estado del bienestar español fue, y es, vertical y ajeno a la voluntad y las necesidades de la mayoría de la población, y otra muy distinta no reconocer que el camino pasa por una defensa crítica de esos espacios y reinventarlos en el proceso de lucha que se desate en su defensa.

Creemos que es posible una defensa pragmática de las condiciones de vida de nuestra clase, defensa a la que nos vemos obligados por las contradicciones que nos genera nuestro sometimiento al capital, que vaya más allá de una mitificación de “lo público” pero que no caiga en “propuestas” ideológicas y difícilmente generalizables.

En este sentido serán fundamentales los profesionales de cada sector, cuyos conocimientos son imprescindibles para replantear la función y gestión de sus ramos de cara al futuro.

La “contradicción”, o nuestra habilidad para convertir la vida en lastre

En 1983 se estrenó una película que en España se tituló “Juegos de guerra”. Este film narra una situación en la que un superordenador del Pentágono, programado para declarar la guerra nuclear de forma “objetiva” en caso de riesgo de ataque, en un momento determinado se ve frente a un supuesto teórico imposible de solucionar y dicha imposibilidad de responder de forma “racional” lo lleva a sentirse atacado, se activa, y desata una crisis nuclear que casi acaba con el planeta. Finalmente, Joshua, así se llama ese horror tecnológico, en un trepidante e inverosímil final, se da cuenta de que la única forma de “ganar” la guerra nuclear es no empezarla.

En la vida y en la lucha social tomamos decisiones todos los días. Decisiones que si bien no determinan el futuro de la humanidad de manera inmediata son políticas y, de forma micro, van perfilando o no, las posibilidades de cambio social. Cómo tratamos a nuestras parejas, amigos, compañeros, hijos, familiares, vecinos; lo que compramos, lo que comemos, lo que vestimos, lo que vemos, en lo que trabajamos; cómo nos organizamos, cómo luchamos, con quién, dónde y para qué.

Todas estas decisiones y muchas más que dejamos en el tintero, absolutamente imposibles de compatibilizar, acaban pesando sobre el movimiento anarquista como una losa terrible y, combinadas con una incapacidad teórica que nos lleva a no distinguir entre contradicción e incoherencia (no es un simple sofismo, hay un pequeño pero importante paso de un concepto a otro), llevan a muchos anarquistas a decidir, como hizo el ordenador militar de la película, que la mejor forma de no perder, de no contaminarse y, en cierto modo, de ganar (porque para nosotros, derrotados antes de salir de casa, resistir es vencer), es no jugar. No vivir. No luchar.

Esto nos lleva, claro está, a escoger luchas necesarias pero con escasa proyección social, revolucionaria, como pueden ser la lucha contra las cárceles, o el antiespecismo, en las que nos sentimos cómodos porque nuestras contradicciones, nuestras vergüenzas, no salen a la luz tan fácilmente. Luchas donde pensamos, erróneamente, que no caemos en una labor asistencial.

Y, lo que es peor, nos lleva a abandonar espacios de combate social donde nuestras prácticas (no solo nuestras ideas, que las ideas sin praxis son cascarones vacíos), podrían no solo ser de utilidad sino plantearse como una alternativa revolucionaria a las formas delegacionistas de otras alternativas anticapitalistas. Olvidamos a menudo que lo revolucionario no está solo en los objetivos sino en cada paso que nos acerca a ellos
Cuando el sindicato de la CNT de Barcelona, allá por los años 20, contraviniendo la directiva de la empresa, les enganchaba de nuevo el agua a miles de vecinos a quienes se la habían cortado por falta de pago, no estaba haciendo asistencialismo. Estaba dando una lección de acción directa, de solidaridad, de insumisión, de rebeldía y, además, era perfectamente consciente de que dejar sin agua a determinados barrios, en los que muchos de ellos vivían, no provocaría la revolución social inminente.

Decimos que queremos generar solidaridad y generalizar un modelo de vida más comunitario en valores y producción, pero en lugar de aprovechar los espacios de lucha existentes (antidesahucios, sanidad, enseñanza...) o reinventar unos nuevos, y necesarios (sexualidad, mundo del trabajo...) en los que mostrar en lo cotidiano que nuestras alternativas son posibles, nos apartamos de estos espacios. Y poco nos importa que estos espacios funcionen en asamblea (porque “están manipuladas”), logren victorias como las de la PAH (“son reformistas, balones de oxígeno para el sistema”) o no pertenezcan a partidos políticos (“sus dirigentes sí, Ada Colau, Ahora/Ganemos/Lo-que-sea Madrid...”).

Al final nos convertimos en francotiradores. A veces ingeniosos, a veces cargantes, pero a los que se escucha pero nadie toma muy en serio porque nos empeñamos en, y nos basta con, tener razón. Pero, tanto para vivir la vida como para hacer la revolución, tener razón no es suficiente.
En definitiva, ninguna revolución de la historia, ninguna, llegó a serlo con unos militantes obsesionados por la falta de contradicciones. Es más, en nuestra opinión, solo aquellos movimientos que han sido capaces de hacer de la contradicción virtud, de usarla como una fuente de impulso y crecimiento, lograron acariciar el sueño de un mundo mejor.

Solo arriesgándonos a que nos saquen los colores de vez en cuando podremos sacarles los colores a los demás. Solo jugando la partida, que no su juego, podremos ganarla.

Propuestas finales

Para terminar de una forma menos negativa que la línea general del texto, queremos hacer algunos apuntes en positivo de lo que se está haciendo bien y de iniciativas que otros grupos hacen y podrían inspirarnos. Estas propuestas son complementarias a las que ya consideramos en textos anteriores

En primer lugar, queremos destacar que pensamos que el paisaje anarquista es más ilusionante ahora, pese a todo lo que hemos dicho, que hace cinco años.
Hay iniciativas sinceras, en distintas áreas de actividad y de influencia, que están tratando de romper ese candado que nos tiene presos. Y si somos capaces de no sucumbir al encanto de la comodidad y de las prisas, podemos ver, a medio plazo, un esbozo de anarquismo-alternativa real.

Pensamos que en los tres últimos años se está dando, por fin, aunque de forma débil aún, un interés por la cultura, por el saber, por las ideas. En este sentido pensamos que sería muy positivo empezar a trabajar una sistematización de la formación de militantes. Superar lo que llamamos “charlismo” y apostar por una formación no reglada pero constante que convierta a cada militante en una persona perfectamente capaz de defender determinadas ideas o análisis y reducir así la dependencia de lo que otros llaman “cuadros políticos”. Es muy importante saber cómo podríamos romper el antes mencionado abismo que hay entre la mucha gente que nos lee, que nos sigue o a quien interesamos de una u otra forma y los que militamos activamente. No se trata de que todo el mundo tenga que ser activista, pero sí de que seamos capaces de sensibilizar y movilizar, de influir en definitiva, aunque sea puntualmente, a quienes ya nos miran con curiosidad e interés.

Para esto es fundamental que parte de nuestro estudio, de nuestro aprendizaje, se enfoque hacia la pedagogía misma. No una pedagogía pensada solo en los más pequeños, sino entendida como algo permanente. Potenciar nuestra capacidad de transmitir y educar, de hacer nuestros saberes accesibles incluso entre nosotros. Para esto, son características clave la humildad, en el sentido positivo no religioso de la palabra, y la empatía.

En este sentido, pero no solo, la participación en espacios de barrio, no necesariamente anarquistas, es una buena idea porque se pueden plantear cursos, conferencias y otras actividades lúdicas a las que atraer de una forma amable y natural a gente cercana que de otra forma tendría el acceso más difícil a nuestras ideas.

Otra cosa que supondría un giro de 180 grados si el movimiento libertario fuese capaz de llevarla a cabo, como hizo antaño, es llevar lo “marginal” de nuevo a lo social y general y no al revés. Explicamos: si luchas como el antiespecismo, los centros de menores, anticárceles, antipsiquiatría, etc., dejásemos de hacerlas desde el diletantismo y la moral, y las hiciésemos desde aquello que preocupa al común de los mortales (soberanía alimentaria, salud alimentaria, “derechos humanos”, pedagogía, control farmacéutico, incluso coste económico...) el acercamiento a la sociedad y nuestra capacidad de influencia serían mayores. No es que antes temas “marginales” no se tratasen; es que se hacía de forma muy diferente. No es que haya que dejar de tratar esos temas desde una perspectiva más profunda y “radical”, sino que hay que asumir que esta forma queda limitada a una minoría y que lo deseable es saber conjugar ambas perspectivas de manera que se creen sinergias.

En último lugar, por su importancia, para que no se olvide, para que quede fresco en la memoria y no se pierda entre tanto argumento, hemos dejado la reflexión vital que tiene pendiente el movimiento anarquista sobre las cuestiones de género. Llevamos años obviando, con cuatro frases mal argumentadas, que la cuestión de género queda asimilada por las ideas anarquistas al “acabar estas con toda opresión”.

Este comentario obvia el hecho de que el patriarcado, como sistema de dominación y control social, no solo es que mantenga hoy en día a la mitad de la población sometida a una opresión añadida a las del estado, el capital (el patriarcado es previo a ambos), la raza, la cultura (se da en todas las culturas y razas) y preferencias sexuales; es que además lo hace gracias a que concede el privilegio de la opresión a la otra mitad de la población para que sobrelleve mejor la parte alícuota de reprimido que le corresponde (la de clase, de raza, de cultura e incluso de gustos sexuales).

Al ignorar los feminismos cercanos no solo obviamos el hecho de que fueron estos los que revitalizaron nuestro discurso (junto a los ecologistas radicales) cuando este estaba de capa caída allá por los años sesenta del siglo pasado. Además, ignoramos el hecho de que son movimientos que ponen en solfa todo el sistema de dominación mundial, de manera más profunda que nosotros, no cerrándose a la dicotomía “estado-capital”, sino profundizando aún más en la naturaleza del poder y la dominación.

En definitiva, o nos ponemos las pilas con este tema o aceptamos no solo que nuestro movimiento será siempre predominantemente masculino y profundamente masculinizado y que, por tanto, jamás podremos hacer una revolución completa ya que, aunque suene (lo es) a soflama final, la revolución libertaria será antipatriarcal o no será libertaria.

Esperamos que este articulo os guste y nos sirva a todos como una herramienta más para el debate sano y la discusión constructiva.

Salud y suerte.
Mira també:
https://www.diagonalperiodico.net/blogs/equilibrismos/la-autocritica-como-punto-partida-para-avanzar.html

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