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Anàlisi :: corrupció i poder
Nada bueno puede venir de la universidad Revista NADA / 29/07/2014
07 mar 2015
   

tolays universitarios

Con la aparición de nuevas alternativas políticas nacidas en la universidad, muchos creen haber descubierto los signos precursores de una nueva contestación social, incluso un cambio de paradigma sociopolítico. En realidad se trata, si se analiza con más profundidad (es decir, alejados del pensamiento progre), de una nueva fuerza conservadora que pretende modernizar una mentira que tiene más de dos siglos de vejez: la democracia. Nuestra tarea siempre ha sido la de clarificar los elementos que causan la alienación propia del hombre y la mujer y que revelan al mismo tiempo en sí mismos las condiciones de su supresión.
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Más de un siglo y medio después de la experiencia de 1848 y de la Comuna, no se puede ignorar la función práctica que cumple la democracia como pensamiento en el mundo existente, del mismo modo que ya no podemos hacer abstracción después de las sucesivas manifestaciones y movimientos estudiantiles, del papel que desempeñan concretamente los estudiantes y el profesorado universitario respecto a esta función. Las revueltas estudiantiles, a partir del famoso mayo francés, han obligado al enemigo a modernizar la opresión y hacer así el mundo todavía más invisible. El Poder, el Régimen, el Sistema, necesita llenar el vacío que hay entre la clase dominante y los pobres ya que se han profundizado peligrosamente en estos años bajo la crisis. A esto se dedica una generación de reformistas a las órdenes del Estado. No pueden, evidentemente, hablar otra lengua que no sea la del Estado y predicar la mentira democrática a la masa de los pobres.

La causa de la Democracia se ha convertido en el terreno privilegiado del reformismo, el terreno de enfrentamientos espectaculares entre mentiras rivales pero solidarias, sustituyendo el espacio que ha dejado la religión. Esta causa a la que se invita a identificarse a los pobres constituye el caballo de batalla de la burguesía y de los defensores del Estado para desviarles de la cuestión social. En todas partes del mundo donde los pobres sin cualidades se rebelan contra su condición y la toman concretamente con la miseria, el reformismo debe hacer de esta una fatalidad y de la agravación de la opresión social un problema político. Su finalidad es imponer el Estado como LA respuesta a esta fatalidad. Es decir, que las aspiraciones sociales de los pobres vayan a buscar su realización dentro del Estado. El espectáculo democrático sabe como canalizar oportunamente la agitación y el descontento. Con la mentira democrática, la falsificación de las aspiraciones de los pobres lleva a dejar sin criticar el principio del Estado. Allí donde hay una crisis de régimen, como sucede en España y otros tantos países, es donde el enemigo trabaja con el mayor ardor en el rejuvenecimiento de esta mentira.

Hoy en día la mayor parte de los estudiantes no tienen ya la pretensión de cuestionar la sociedad. Mejor, porque no podría ser más que un acto pretencioso. Pero no han renunciado, sin embargo, a la pretensión de desempeñar un papel en la sociedad, siempre de cara al Estado. No podemos ignorar lo que son, en su mayoría, los estudiantes. Los estudiantes han sido insuficientemente criticados. Ellos constituyen el elemento social del que se nutre el espíritu político. El movimiento estudiantil y sus iniciativas políticas defiende lo más puro de la política: el espíritu cívico, la esencia democrática. En los estados del primer mundo donde la gente está siempre más o menos obsesionada por sueños de promoción social, la enseñanza ocupa un lugar importantísimo. La enseñanza proporciona la ilusión de que es posible acceder a los mejores puestos. ¿Cuántos hijos de obreros y de inmigrantes esperan salir de su condición original gracias a un diploma? A falta de poder realmente hacer efectiva esa ascensión de clase, la universidad permite subsistir temporalmente a estos chavales, alejándolos de la cruda realidad a la que socialmente pertenecen: trabajo precario, el paro o la cárcel. La enseñanza democrática es en realidad un paso indiferenciado donde se juntan los chavales de distintas clases, de distintos orígenes socioeconómicos, pero no están todos llamados a ocupar el mismo rango en la jerarquía social. La universidad es, por lo tanto, un lugar que pretende estar por encima de las divisiones de la sociedad real. El campus ejecuta el principio de igualdad reivindicado por la democracia pero de forma abstracta. En teoría todo el mundo debe poder acceder a esta enseñanza. Una vez diplomados, los estudiantes irán a ocupar, en su mayor parte, puestos mediocres y precarios, el trabajo intelectual asalariado (en contraposición al manual, no universitario) o, en el mejor/peor de los casos, currando en alguna institución o industria neocultural.

Los sueños de promoción de los estudiantes se ven hoy, “por culpa de la crisis”, bastante comprometidos. El ideal democrático, que tenía en la universidad su terreno predilecto se ve, de este modo, cuestionado. Los estudiantes son el sector idealista de la sociedad moderna. La victoria de la derecha, del PP de Rajoy, de Wert, ha significado el retorno del principio policial como complemento de una vuelta sin tapujos, ni palabras que lo enmascaren como ocurría con el PSOE, a las brutales reglas del mercado. Se trata del abandono del proyecto de sociedad “generosa” de la que tanto hablan los progres y sustituirlo por las reglas puras, sin discursos enmascarados, del liberalismo de mercado. A lo argumentos del realismo mercantil, los estudiantes se enfrentan bajo la ideología democrática. La derecha pretende introducir la jerarquía social desde el principio, desde el ingreso en la universidad; los estudiantes y el profesorado solamente quieren aplazarla hasta la salida.

Los estudiantes y los profesores universitarios luchan por la integración, de una forma casi religiosa, frente a la amenaza latente de desintegración de la sociedad. Nunca hemos tenido a tantos excluidos de la sociedad, al menos no desde hacía mucho tiempo. Los estudiantes pretenden resolver esta situación como si se tratara sólo de un problema de moral política. Por eso presentan y apoyan proyectos políticos llamados a regenerar a La Bestia, como si la democracia pudiese ser amable. Todo intento de modificar el status universitario provoca protestas porque se está tocando uno de los principales ejes de integración a la sociedad, al menos de esa que está entre el Estado y el resto de la población, esa parte de la sociedad que tiene la pretensión de desempeñar en el futuro un papel en ella. La universidad es la pretensión del saber universal, la pretensión de tener ideas para el resto de la sociedad. Es la sustancia de la que se nutre el pensamiento dominante. El papel de los estudiantes es detentar la palabra de la sociedad existente y cada vez que la toman suscitan inmediatamente el interés de los medios de comunicación. Los estudiantes tienen el monopolio de la contestación admitida y reconocida, impidiendo a los pobres tomar la iniciativa en el pensamiento. El discurso nacido en las universidades pretende ser igualitario, reclamando su integración en una sociedad jerárquica cuyo principio no se pone nunca en duda. Los estudiantes y el profesorado se han considerado siempre los guardianes privilegiados del Estado y vigilantes de la democracia ya que la mayor parte de ellos constituirán más tarde, por sus funciones, la correa de transmisión necesaria entre este aparato y el resto de la gente.

El éxito social de las alternativas políticas nacidas en las universidades no reside en su capacidad para conquistar ciertas parcelas de poder (actualmente en un nuevo impulso electoralista), sino en imponerse como fuerza reconocida y aceptada bajo la forma de grupo de presión aparentemente apolítico diluido en la sociedad (de ahí que no se constituyan como partidos, sino como movimientos, círculos, etc.). Constituyen el elemento moderno de la pacificación social, portadores de la concepción de la sociedad civil y del ciudadanismo. Lejos de atacar el principio del Estado, protestan contra las desviaciones y las limitaciones de los regímenes liberales para la realización del Estado democrático. Una sociedad fundada en la explotación y la separación sólo puede lograr cohesión interna por medio de una mentira de pretensión universal. Estamos seguros y seguras que sus peticiones y pretensiones rejuvenecedoras y supuestamente contestatarias se desvanecerán cuando consigan colocar en el poder político a su gente. Se trata de la misma historia de siempre: un nuevo progresismo luchando por colocarse de nuevo en el Poder político, detentando ya el Poder cultural, para hacer lo mismo que la derecha sólo que de forma más amable y aparentemente soportable.

Fusilado por Secta Nihilista

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